Capítulo 55: Defensa I
Todo sonido no era más que un eco lejano. Notaba el cuerpo ido. Ausente. Podía sentir los movimientos en sus hombros al ser meneado, pero no les prestaba atención. Le costaba mover hasta los mismísimos dedos, pese a no haber sido dañado o agredido. Algo en su interior le estaba gritando que se moviese. Su propia voz chillándole al oído para que despertase de ese trance. Una voz muda que solo le transmitía una cosa: reacciona.
Ludo agitó la cabeza y volvió en sí. Los sonidos regresaron a su alrededor, y ya percibía todo con normalidad.
—Ludo, ¿me estás escuchando? ¿Qué es eso que hay en el cielo? Ludo.
Ludo se giró de golpe, tomó a Faewing por el cuello de su vestimenta y tiró de ella, sorprendiéndola.
—Escúchame y escúchame bien, esos de ahí son los solaris —apuntó hacia el cielo—, la amenaza de la que te he hablado. Tienes que decirle a todo el mundo que huya o se esconda. —La harpía lo miraba entre confundida y asustada. Sus ojos se alternaban entre él y los sujetos en el cielo. Se estaba quedando congelada—. ¡Faewing!
Esta reaccionó y se puso de pie.
—Sí, sí, ahora mismo —dijo ella, nerviosa. No supo si había conseguido que le creyera, o si su reacción había sido lo suficientemente preocupante como para dejarle claro en el peligro que se encontraban, pero, fuera cual fuera el caso, lo único que importaba era que ahora tenía que pensar en una forma de derrotar al enemigo en el cielo.
De repente se halló mirando a uno y otro lado, buscando a alguno de sus compañeros. Mogh, necesitaba encontrar a Mogh. Tal vez él pudiese contener por algo más de tiempo a los solaris. Con suerte, quizá hasta podría dañarlos. No solo él, necesitaba al resto: Rasticore, Krukk, Ulric, Astrid y Nefraxis. Los necesitaba a todos, y mucho más que eso.
Vio a los solaris descender hacia la parte central de la fortaleza, justo en el edificio que había habitado el anterior líder Johansen.
No estaba demasiado lejos de aquel lugar, así que fue corriendo. En su camino fue gritándole a todo el mundo que se alejaran del centro y se ocultasen. Algunos no lo escuchaban, no se habían fijado en los solaris. Otros parecían caer presa del pánico y corrían hacia la misma dirección que él. Este no tardaba en llamarlos idiotas y decirles que se volvieran.
Mientras corría sin parar, una pregunta le rondaba la cabeza: ¿qué hacían los solaris allí? De esa pregunta se generaban muchas otras. ¿Cómo los habían encontrado? ¿Por qué había uno de primera generación entre ellos? ¿Cómo demonios iban a derrotar a uno de primera generación cuando ni siquiera se había planteado en como matar a uno de tercera?
Entonces, su mente cayó en la cuenta. "Los niños", se dijo a sí mismo. No había otra explicación. Habían ido directos hacia ellos. Sabían su ubicación, y trajeron a un maldito solari de primera generación.
Ludo apretó los dientes y el paso. Ya era demasiado tarde para lamentarse. Solo le quedaba luchar y ver si entre todos eran capaces de vencerlos. Y, de salir vivo de aquella situación, aprendería una valiosa lección acerca de dejar al enemigo con vida.
Vio a varios ciudadanos correr en dirección contraria a él. El resto, al verlos, le seguían la corriente. Aquello solo significaba que se estaba acercando.
Llegó hasta donde se encontraban los tres solaris. Ahora que los tenía a menos de cincuenta metros, podía distinguirlos con facilidad. Un joven de piel morena y cabello corto y oscuro, y una joven de piel clara y cabello castaño. Eran inconfundibles. Veros y Lara. Ambos en su estado albor. Al de primera generación lo desconocía, pero también estaba transformado. Era un hombre caucásico de pelo claro, casi rubio, con ojos carentes de iris y pupila, y un cuerpo que, físicamente era imposible. Le recordaba a un coloso con músculos intimidantes. Brazos y piernas tan gruesos como un tronco enorme. No tenía un cuerpo tan definido y marcado como los de tercera generación, pero era innegable que eran mucho más fuertes que estos últimos.
Veros sujetaba a un transeúnte del cuello y lo alzaba como si fuese un muñeco de trapo. El monstruo era un semibestia oso. Sus brazos casi tan grandes y voluptuosos como los de un solari de primera generación. Intentaba soltarse del agarre con desesperación, tirando y arañando, pero no servía de nada. Sus garras, aunque poderosas e intimidantes, no parecían molestar a Veros en lo más mínimo, pese a que lo hacían sangrar. Era como ver a un niño peleando con un adulto plenamente desarrollado.
Veros apretó su agarre, haciendo que el semibestia luchase con más ahínco por soltarse, hasta que el solari se cansó y torció las manos. El gesto fue acompañado de un sonoro crack que Ludo pudo escuchar con más nitidez de la que habría deseado. El semibestia dejo de moverse y se quedó colgando como un saco. Veros lanzó el cadáver por los aires y Lara pegó un salto para llegar hasta él y enviarlo al interior de la ciudad de una patada.
—No representan un reto —sentenció Veros—. Nos tomara tiempo, pero podremos acabar con todos, Edwin —se dirigió al de primera generación.
—Eso es lo que espero. Porque si me veo obligado a intervenir, pueden darse por suspendidos —dijo el de primera generación en tono serio y amenazante, el cual parecía llamarse Edwin.
Veros pareció tragar saliva, pero mantuvo el porte y asintió con diligencia. Edwin se elevó por los aires y se quedó quieto en el medio del cielo, como un centinela vigilando desde lo alto de una torre.
—¿Podemos empezar? —gritó Lara desde las alturas, su voz impregnada con la emoción que cabría esperar de una niña antes de saltar al río para nadar.
Vero se mostró molesto por la actitud de la chica, pero al final se resignó a ella.
—Sí —se limitó a responder en voz alta.
Lara respondió con un grito de euforia, y luego salió disparada hacia las calles de la ciudad. Veros soltó un suspiro de cansancio mientras negaba con la cabeza.
—Bueno, habrá que comenzar —se dijo con voz cansada, más por la situación que por un cansancio real, y luego, mientras observaba la zona, clavó sus ojos en Ludo.
El monstruo dio un respingo y miró a su alrededor. Estaba solo, y también se había quedado paralizado en el peor momento. Tal vez, ahora mismo, él era el más indicado para combatir al solari. Así que lo único que pudo hacer era prepararse.
Ludo llevó las manos a las dagas de sus amarres. En cuanto vio a Veros prepararse para atacar, lanzó las dagas acompañadas por la pronunciación de su hechizo. Estas salieron disparadas y fueron directas al cuello, como un águila a su presa. El solari se mostró sorprendido, pero en un instante reaccionó con presteza y atrapó ambas dagas con sus manos. Sin perder el tiempo, Ludo lanzó cuatro dagas más con el mismo impulso de su hechizo. Y, mientras lo hacía, tomó las últimas cuatro dagas que le quedaban. Había conseguido expandir sus recursos un poco más, y los iba a aprovechar.
Veros dejó caer las dos dagas y, antes de ser alcanzado por la nueva tanda de cuatro, las evadió, dando un giro de lado y un impulso hacia adelante para acortar distancias. Ludo se alarmó y dio un salto hacia atrás, a la par que pronunció su hechizo y lanzó la última tanda de dagas que tenía. El ataque fue repentino y cercano, por lo que Veros se vio obligado a detenerse y cubrirse con ambos brazos. Las dagas parecieron clavársele en la piel, pero solo una pequeña parte de la punta. Algo desalentador, pero esperado. Por eso Ludo no perdió tiempo en desanimarse, y siguió alejándose, mientras volvía a invocar su hechizo para recoger todas las dagas clavadas en Veros. Dos de ellas fueron directo a sus manos por la parte del mango, pero Veros también aprovechó para lanzarse hacia él. Ludo intentó esquivar, pero Veros lo siguió sin problemas y lanzó un puñetazo que Ludo llegó a cubrirse, pero que lo envió lejos de allí. Dio varias vueltas en el suelo hasta chocar de espaldas contra una pared.
Ludo intentó levantarse del suelo usando los brazos, pero estos le temblaban sin control debido al impacto de antes. No podía moverlos con libertad. Solo había recibido un golpe, y aun así ya estaba casi inutilizado. Si tenía que describir aquella batalla con una sola palabra, sería "injusta". Sin embargo, no iba a darse por vencido. No aún.
Mientras estaba en el suelo, levantó ambas manos, apuntó a Veros y pronunció su hechizo. Veros lo vio a tiempo para cubrirse, pero, Ludo no le había lanzado nada, al menos de frente. Para cuando Veros quiso darse cuenta, las seis dagas que habían quedado atrás se le clavaron en la espalda. Ludo todavía notaba las dagas, las sentía. Tiró de ellas con todas sus fuerzas para que atravesaran al solari. No le importó que sus brazos le implorasen que parara, ni le importó que estos le temblasen como si fuesen a romperse, tan solo le importaba eliminar a aquel tipo. Lo sentía por Eadric, pero ya le había dicho que su vida estaba por delante de la de los solaris.
Veros clavó los pies al suelo mientras tensaba los músculos de su cuerpo, Ludo siguió tirando, pero, en un momento de sorpresa, el solari saltó hacia él y luego se giró para que las dagas le salieran de la espalda. Fueron directas a Ludo, el cual tuvo que hacer uso de toda su habilidad para desviarlas, puesto que la potencia con la que se dirigían hacia él hacía imposible detenerlas. Se incrustaron en el suelo y la pared a su alrededor, atravesando ladrillo y partiéndose contra la piedra. Antes de que pudiera darse cuenta, Veros lo tomó del cuello y lo estampó contra la pared. Ludo arañaba la mano del solari en un intento inútil por liberarse, comprensible, teniendo en cuenta que el semibestia oso no había conseguido moverlo siquiera.
—Espera, yo te conozco —pronunció Veros emitiendo esa aura solar, mientras el cabello le ondeaba por cuenta propia. De cerca aquello resultaba mucho más imponente que las veces anteriores—. Eres el cadáver que encontré en el hoyo. Así que no estabas del todo muerto. Lo siento por ti, pequeño, porque después de lo que has hecho desearás haber estado muerto.
Ludo quería pronunciar su hechizo e intentar golpearlo con algo, lo que fuera, pero su voz no salía, sin importar cuanto lo intentara. Notó como le lloraban los ojos y le fallaban las fuerzas. Era incapaz hasta de tomar uno de los cuchillos de su cinturón. En un último esfuerzo desesperado, miró una de las dagas del suelo y apuntó a esta con su mano, intentó moverla, pronunciando las palabras en su mente, tanto como podía, pues de su boca no salían más que quejidos sordos. Creyó ver la daga moverse, pero entre la humedad de sus ojos y el hecho de tenerlos entrecerrados, no sabía si aquel movimiento era algo provocado por él o una mera ilusión por la falta de aire, así como aquel grito lejano que se acercaba cada vez más.
De pronto, Veros lo soltó y cayó al suelo. A la par escuchó el sonido de metales chocando con violencia en un solo golpe estruendoso. El monstruo cerró los ojos y comenzó a toser con violencia. Se giró un poco para ver lo que ocurría, y encontró a Krukk enseñando sus dientes de orco mientras empujaba su hacha contra Veros, el cual se defendía con sus brazales dorados.
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Comienza la batalla por defender la fortaleza. Los pobres monstruos no pueden disfrutar de su victoria porque ya están golpeando otra vez a la puerta de su casa. A ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
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