Capítulo 46: Historias III
La explicación fue larga, pero ninguno de los presentes se distrajo ni por un instante. Eadric apuntó a Krukk para que este preguntara.
—Entonces, ¿ahora los solaris han conseguido aumentar su número? ¿Estos nuevos solaris sí que eran como sus padres?
—No del todo. Miren, para que podamos entendernos, vamos a dividir a los solaris de la misma forma en la que ellos lo hacen: por generaciones. La primera generación es la original, los solaris creados por Solaria. La segunda generación son los solaris que no manifestaron ninguna cualidad física como la de sus padres, aquellos que fueron germinados de forma natural. Y, por último, la tercera generación, los que fueron germinados y gestados con el estado albor. Esta generación, al principio, era igual a cualquier mewmano normal, al menos en aspecto, pero ellos, al igual que sus padres, podían acceder al estado albor, emitiendo un aura similar a la del sol, pudiendo volar y aumentando todas sus cualidades físicas: fuerza, resistencia, velocidad y aguante. No eran tan fuertes como los de la primera generación, ni tenían la misma sed de sangre que ellos al matar monstruos. Eran considerados inferiores por todo esto, pero, a diferencia de los de la segunda generación, ellos podían combatir monstruos con facilidad y derrotarlos. También eran tan inteligentes como la segunda generación, así que podían prepararse y crear estrategias de caza. Por todo eso fueron considerados aptos por sus progenitores para formar parte del ejército solari. La segunda generación, por otro lado, fue relegada a un segundo plano. Unos pocos se salvaron porque eran importantes estrategas o mentes maestras que ayudarían a sus padres en su misión, pero los que no corrieron esa misma suerte fueron puestos a prueba una última vez. Si conseguían sobrevivir a las mismas pruebas por las cuales pasaban los solaris de tercera generación, serían aptos para el ejército. La alternativa era morir en las pruebas. Actualmente el ejército solari cuenta con dieciocho guerreros de primera generación y más de cien de tercera generación —dijo, permitiendo que los presentes digirieran esa información.
Hubo un silencio durante un momento. Era mucho por procesar. Ludo sabía partes de todo lo que Eadric había dicho, pero ahora que escuchaba la historia entera, entendía a lo que quería referirse cuando le dijo que su familia lo veía como alguien inferior.
—Bien, su ejército tampoco es muy grande. Hay muchos otros ejércitos superiores en tamaño —dijo Rasticore.
—No deberías subestimarlos por su número. El precio por hacerlo puede ser demasiado alto.
—¿Cuánto deberíamos preocuparnos?
—Cuando la primera generación decida que el ejército está listo, realizará una última prueba para determinar si son aptos o no para regresar a Mewni y reintegrarse: exterminar a todos los monstruos del bosque de la muerte segura.
Los presentes se sorprendieron por esa declaración. Varios de ellos miraban pensativos al fuego, hacían bailar sus ojos de un lado a otro, intentando evaluar el peso de las palabras de Eadric.
—Eso no puede ser cierto —dijo Astrid—. Esos mewmanos no pueden existir —expresó con nerviosismo—. Deberíamos haberlos visto en el bosque antes.
—Yo los he visto —dijo Ludo, llamando la atención de todos—. Yo los he visto luchar contra un grupo de monstruos. Son eficaces y despiadados. Y el miedo que provocan es tan real como ellos mismos. No tengo alguna prueba que te pueda aportar, más que mi palabra, pero es preferible eso a encontrarse a uno de cara.
Astrid se apoyó contra Ulrik, y este la abrazó para intentar tranquilizarla.
—¿Por qué nos cuentan esto? —preguntó Ulrik dirigiéndose a Eadric con un tono de voz entre la preocupación y la molestia—. ¿Quién eres y cómo sabes todo eso?
Eadric guardó silencio por un momento.
—Lo sé, porque yo también soy un solari —soltó, cabizbajo—. Uno de segunda generación.
Eso bastó para que Ulric volviera a ponerse de pie, listo para lanzarse al mewmano, pero Rasticore alzó una mano para que se detuviera.
—Al decirnos todo esto estás traicionando a los tuyos —dijo Rasticore—. ¿Por qué lo haces?
—Como les he dicho, soy un solari de segunda generación. Los de la primera me han torturado a mí y a los de mi generación. Su mentalidad es racista y elitista a unos extremos dañinos. Consideran a los de segunda generación inferiores a ellos, pese a poder acceder a la forma aurea. Y a nosotros nos considera meros fallos en su plan. Si no son capaces de ver algo de valor en sus propios hijos por no cumplir sus expectativas, no quiero imaginarme lo que le harán al pueblo de Mewni el día en el que dejen de verlos como aliados a los que proteger. Tuve la suerte de poder escaparme de una prueba que me habría matado de no ser por Ludo —dijo, señalándose con una mano—. Y ahora que estamos libres, queremos formar nuestro propio ejército para acabar con los solaris mientras aún tenemos oportunidad. O al menos a los de la primera generación. Con un poco de suerte podría ser capaz de convencer a los de la tercera que abandonen el objetivo de sus padres, y vivan su vida de forma tranquila.
—Entonces, no están salvando monstruos de los bárbaros, sino que los están reclutando para formar su ejército —comentó Rasticore, tan perspicaz como lo había demostrado a lo largo de la noche.
—No del todo —respondió Ludo—. Los estamos salvando con la intención de que nos ayuden a liberar a los demás prisioneros, y poco a poco ir formando a un grupo grande. Luego, tras haber salvado a todos, entrenar al grupo y captar más miembros para prepararnos para luchar contra los solaris. Nadie está obligado a unirse si no quiere.
—Entonces, ¿nos estás engañando para formar un ejército que pueda derrotar a los solaris? —preguntó Krukk, con voz cautelosa y gesto defensivo.
—No. No es lo que están haciendo —dijo Rasticore—. Su objetivo es crear un ejército a base de confianza, y cuando esté formado y todos los clanes Johansen sean expulsados del bosque, hacer la propuesta de también exterminar a los solaris.
—Es lo mismo.
—Sí, pero es como dijeron. No están obligando a nadie. —Rasticore se giró hacia Ludo—. Aunque bien podrían hacerlo. Si los solaris amenazan a todos los monstruos del bosque, es mejor luchar con un ejército grande que morir en solitario.
—Tienes razón —dijo Krukk, cruzado de brazos y con gesto pensativo—. En ese caso, cuenten conmigo —aseguró el orco. A lo que Eadric sonrió.
—Nosotros no queremos que nadie más pase por lo que pasamos nosotros —dijo Ulric, mirando a su mujer. Esta asintió—. No somos guerreros, pero podemos defendernos con colmillos y garras —aseguró el licántropo—. Cuenten con nosotros, también.
—Si creen que un plan así funcionará, están muy equivocados —dijo Rasticore—. Necesitarán gente preparada, que sepa gestionar grandes grupos de monstruos. Alguien con experiencia. —Ludo sonrió al escuchar la forma en la que el septario decía aquellas palabras—. Me necesitan a mí —sentenció—. Cuenten conmigo.
Después de escuchar toda la explicación de Eadric y del peligro inminente había decido unirse a pelear en vez de huir. Aquel grupo definitivamente estaba formado por un montón de locos de remate. Serían unos buenos aliados para el ejército.
Las miradas se posaron en la demonio, expectantes a su respuesta.
—Después de haber escuchado lo que dije, ¿qué querrás hacer, señorita...? —dijo Eadric.
La mujer sonrió, enseñando unos dientes de sierra, y miró al solari directo a los ojos.
—Mi nombre es Nefraxis —pronunció ella—. Y pueden apostar que me uniré a su lucha.
Eadric puso una expresión de alivio que no le cabía en la cara. No era para menos. Habían conseguido convencer a cinco de los seis prisioneros que liberaron. Era un gran logro, sin lugar a dudas.
—Nefraxis. Gracias por unirte. Pero, no hemos escuchado tu historia. ¿Querrías contarla?
La demonio se encogió de hombros e hizo un gesto de poca importancia.
—No hay mucho que contar. Luché contra el príncipe del inframundo. Perdí y acabé tirada como un cadáver en medio del bosque y cuando los Johansen me vieron me apresaron —dijo, sin más.
—¿El príncipe del inframundo? —preguntó Eadric.
—¿Luchaste contra Tom Lucitor? —preguntó Ludo.
—Sí. Parece que está intentando entrenarse, así que está luchando contra cualquier demonio que se le ponga delante. Yo intenté pelear contra él unas quince veces, hasta que se hartó y me envió a este mundo —volvió a encogerse de hombro, levantando las manos—. Tal vez con la sangre de alguno de esos solaris consiga la fuerza para vencer a Tom.
—¿Por qué necesitarías la sangre de un solaris? —inquirió Eadric.
—Porque soy un demonio emomántico.
—Los conozco. Estudié sobre ellos en un libro de demonología. Son demonios que luchan utilizando la sangre como recurso, creando armas y artilugios para el combate.
—Sí, sí. Eso es lo que hacen los emománticos comunes, pero yo no. Utilizo la emomancia para los combates cuerpo a cuerpo, y me fortalezco al consumir sangre. Si el enemigo es fuerte, también lo será su sangre.
—Entiendo. Entonces, ¿este será el primer grupo? ¿La primera piedra que será la base del ejército que formaremos en el futuro? —dijo Eadric, con un tono de profunda ilusión en sus palabras.
Ludo se puso de puntitas y le colocó una mano en el hombro, llamando la atención del solari.
—No te pongas tan dramático —dijo, bajando al tipo de su nube—. La primera piedra somos nosotros. Pero este es el primer paso importante. —Eadric sonrió y asintió con fuerza—. Muy bien, todo el mundo, hoy ha sido una noche productiva, pero necesitamos descansar para recuperar fuerzas. Mañana hablaremos del próximo movimiento. Por ahora, vayan a dormir. Yo me quedaré haciendo la primera guardia.
—Despiértame luego de cuatro horas, y haré la siguiente guardia —le dijo Rasticore antes de meterse en una de las tiendas.
El resto de monstruos también se metió en una tienda y se fue a conciliar el sueño. Eadric se lo quedó mirando. Ludo le devolvió la mirada y sonrió, levantando un dedo pulgar. Eadric hizo lo mismo, y se despidió. Mientras el solari se iba a su tienda, Ulric apareció por un lado y le colocó la mano en el hombro. Eadric, al verlo, pegó un brinco hacia atrás, y soltó un grito bastante vergonzoso.
—Tranquilo —dijo Ulric, pidiendo calma con ambas manos. Eadric pareció captar el mensaje, y recobró la compostura—. Quería disculparme por lo que dije antes. Nos ayudaste a salir de esas jaulas y yo te lo pagué cuestionándote y gritándote.
—No te preocupes. Es normal después de todo lo ocurrido —dijo Eadric, cosa que el licántropo pareció tomarse bastante bien—. ¿Cómo se llamaban tus hijos?
Ulric adoptó un semblante más serio y melancólico.
—Sven y Odric —respondió.
Eadric asintió en silencio.
—Son unos nombres bonitos —dijo con voz solemne—. Lamento tu pérdida.
—Gracias —dijo Ulric, dejando una pequeña pausa—. Lamento la pérdida de tus hermanos de la segunda generación.
—Gracias. No me preguntes los nombres, que no me acuerdo de todos.
Ambos soltaron una pequeña sonrisa. Una pequeña gracia en un momento melancólico. Una gota de agua en medio del desierto, pero mejor eso a no tener nada. Los dos se despidieron y se fueron a sus tiendas. Ludo se quedó mirándolos a todos hasta que no quedó ninguno. La fogata era su única compañía. Miró a las llamas mientras crepitaban. Se sintió orgulloso de lo que habían conseguido. Aún faltaba, pero era, como había dicho antes, un paso en la dirección correcta.
Para matar el tiempo hasta que le tocase a Rasticore hacer la guardia, se puso a practicar su magia. Tomó un cuchillo de los que le había quitado a los cadáveres de los bárbaros, y lo miró.
—Levitato —pronunció en voz baja.
El cuchillo comenzó a flotar en su mano, hasta que llegó a la altura de su rostro. Tomó un segundo cuchillo y lo miró con detenimiento. Se concentró en él, sin dejar que el otro cayese al suelo.
—Levitato.
Notó el peso del cuchillo alzarse de su mano, y Ludo abrió los ojos. Vio ambos cuchillos flotando delante de él de forma simultánea. Sonrió para sí.
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Con esto terminamos las historias de los monstruos. Aquí comienza el ejército de Ludo, pero también termina este momento con ellos. En el siguiente capítulo volvemos con la parejita feliz.
Espero verlos allí.
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