Capítulo 44: Historias I
Tras acabar la batalla y tomar como rehenes a los tres pobres diablos que tuvieron la desgracia de sobrevivir esa noche, el grupo de monstruos se sentó en torno a la fogata para descansar y alimentarse de la carne de los caídos. Todos comieron la carne cruda para aprovechar mejor sus nutrientes, menos el orco, que prefirió cocinarla. Eadric era el único que se comía las frutas y trozos de carne seca de los bárbaros, lo cual atrajo la mirada de más de uno del círculo.
El momento más complicado de explicar se presentaba ahora ante Ludo. Los habían liberado, y estaba más que convencido de que todos ellos estarían agradecidos en mayor o menor medida. Pero gratitud y lealtad, o más bien, convicción, eran cosas distintas. La gratitud podría ayudarle a convencerlos de unirse a su batalla por liberar a más rehenes. Y sería la lealtad lo que le ayudaría a convencerlos de formar un ejército para derrotar a los solaris.
—Por fin algo de sangre —dijo la demonio.
Tenía el cuerpo del hombre al que había matado en su regazo. Hacía rato que había terminado el corazón. Ahora estaba limpiando la sangre que se le había quedado esparcida sobre el pecho del tipo. Las manos de la mujer ya no eran alargadas ni puntiagudas. Ahora eran normales. Las uñas algo largas y afiladas, pero Ludo pensó que eso podría ser algo normal para los de su especie.
—¿Cuánto tiempo estuvieron prisioneros? —preguntó Ludo.
—Dos semanas —respondió la hembra de la pareja de licántropos.
—Una semana —respondió el septario.
—Semana y media —dijo el orco.
Las miradas se posaron sobre la demonio, la cual abandonó su comida un segundo para verlos a todos.
—Tres —se limitó a responder antes de proseguir.
Ludo enarcó una ceja, extrañado.
—¿Por qué los Johansen mantendrían vivos tanto tiempo a un grupo de monstruos? —preguntó.
—Para llevarlos a la capital —respondió Eadric, llamando la atención de todos, excepto de la demonio—. Los Johansen no tienen por costumbre tomar rehenes ni prisioneros a menos que sea extremadamente necesario. Lo que estaban haciendo en esta ocasión era buscar gladiadores para llevarlos a su coliseo personal y entrenarse.
Ludo se sintió tentado de preguntar cómo sabía eso, pero estaba casi seguro que sería por los solaris. Y en un momento como aquel, lo último que necesitaba era que los allí presentes comenzasen a hacer preguntas respecto al solari. Aunque, lo más probable sería que él no fuese el único que se hiciera esa pregunta. Tenía que cambiar el rumbo de la conversación, pero sin ser brusco.
—Pero, hay algo que no me cuadra —dijo Ludo—. Esta noche los vi luchar a todos y cada uno de ustedes. Y sólo con eso me cuesta creer que hayan sido atrapados.
—Eso es porque los Johansen atacaron de forma cobarde, deshonrosa, indigna de un verdadero guerrero —se quejó el orco, alzando la voz y enseñando los dientes como un animal furioso, llamando la atención de todos.
Ahora, frente a la luz de una fogata, y con la atención puesta en él, Ludo pudo fijarse mejor en el aspecto del orco. Este tenía ojos grises y cabello blanco, largo y trenzado. Su torso estaba descubierto, solo vestido con dos cintos cruzados de cuero. Llevaba pantalones de pieles de animal y botas similares. Tenía marcas y cicatrices por todo el cuerpo. Lo que evidenciaba cuál sería su actividad favorita para pasar el tiempo.
Ludo sonrió para sus adentros, la emoción y convicción con las que el orco se expresaba era todo lo que necesitaba.
—¿Qué es lo que quieres decir con eso? —inquirió Ludo—. Explícate. Y de paso, dinos quién eres.
—Me llamo Krukk. Y soy un guerrero orco. —"Para sorpresa de nadie", pensó Ludo—. Hace tiempo decidí convertirme en viajero, vagar por el mundo y encontrar nuevos desafíos para demostrar mis cualidades. Algo muy común en los de nuestra raza. Pero los Johansen, esos cobardes, no mostraron honor. Me tendieron una emboscada mientras me bañaba en el río, lejos de mis hachas, y me encerraron en sus jaulas. Con gusto habría aceptado la derrota por mi cuenta si uno de sus guerreros me hubiese ganado en combate justo. Pero esto —el orco arrugó los labios, furioso, dejando que se le viesen las encías, los colmillos de su mandíbula inferior parecían más prominentes que antes—, esto es blasfemia —las palabras sonaron como si las hubiera escupido. Tenía los puños apretados y las venas marcadas como si fuesen las raíces de un árbol.
Hubo silencio por un momento. El licántropo macho le colocó una mano sobre el hombro al orco, y pareció calmarse un poco.
—Comprendo tu frustración —dijo este. Los dos licántropos eran de pelaje gris, el cual se aclaraba en el torso y las partes internas de las extremidades. La vestimenta de ambos era muy sencilla: pantalón de cuero y pechera en el caso de la mujer. Sí había algo que destacar, eso era el par de ojos amarillos que tenían ambos—. Me llamo Ulrik, y mi compañera aquí presente se llama Astrid —indicó, señalándola con la mano—. A nosotros nos asaltaron en el bosque, cuando estábamos buscando otro hogar.
—¿Otro hogar? —preguntó Krukk—. ¿Acaso perdieron el que tenían?
La pareja negó.
—Los licántropos hacemos algo similar a los orcos —explicó Astrid—. Somos nómadas, pero nos movemos en manada. A veces manadas grandes, a veces pequeñas. Pero siempre nos movemos juntos.
—Éramos de una pequeña manada compuesta por nosotros —dijo Ulrik, e hizo una pausa, mirando al fuego— y nuestros hijos.
—¿Y dónde están? —preguntó Eadric. Ulrik alzó el rostro con ojos humedecidos y una expresión hostil. Una que hizo que el solari diese un respingo.
Astrid le colocó una mano en la espalda a su pareja, y con la que tenía libre le tomó la suya. Este agachó la cabeza y sollozó en silencio.
—Los Johansen los utilizaron para capturarnos —respondió la mujer—. Los atraparon mientras jugaban, y nos amenazaron con matarlos si no nos dejábamos apresar.
Hubo un momento de silencio durante el cual solo se escuchó el crepitar de las llamas. Un silencio que respondía a la pregunta que todos se hacían por dentro, pero que ninguno se atrevía a formular. La respuesta era más que obvia.
Ulrik alzó la mirada, mostrando dos surcos de humedad partiendo de sus ojos.
—Pero ellos lo hicieron de todos modos —dijo el varón—. En cuanto nos tuvieron esposados y enjaulados ellos... ellos les cortaron el cuello a ambos. —Ulrik apretó los dientes y arrugo el hocico mientras las lágrimas humedecían su pelaje. Astrid también comenzó a llorar—. Eran tan solo unos niños. No podían hacer nada para defenderse. Pero a esos malnacidos no les importó.
—Lo siento —dijo Krukk en tono solemne—. Ningún padre debería ver morir a sus hijos.
Palabras bonitas, pero no eran aplicables a todos los casos. Algunos padres serían capaces de matar ellos mismos a sus propios hijos si lo viesen necesario. Ludo lo sabía de buena mano. Pero no iba a decir nada al respecto. No tenía intenciones de entrar en debate con ellos, y mucho menos en un momento como ese. Sin embargo, se fijó en que Eadric había bajado la mirada en esa parte de la conversación.
¿Se sentiría identificado?
—Díganme por qué —gritó Ulrik, levantándose de su sitio de golpe—. ¿Por qué tenemos que dejar vivir a esos desgraciados? —señaló a los tres Johansen que habían tomado como prisioneros. Estos, al escuchar el grito del licántropo, dieron un brinco y se acurrucaron cada uno en la parte más alejada de su jaula—. ¿Por qué ellos tienen la oportunidad de seguir respirando cuando mis propios hijos no la tuvieron? ¿Y por qué, por qué hay un mewmano entre nosotros? —preguntó señalando a Eadric, el cual se alarmó de golpe y se puso de pie, dando un paso atrás—. Hace rato que llevo notando su apestoso aroma. No dije nada porque nos liberaron de esas jaulas, pero no puedo seguir sentado aquí como si nada con él delante.
—Ulrik —dijo Astrid con voz suave y preocupada, colocándole una mano en el hombro y otra en el brazo, en un intento porque el varón no avanzase más.
El ambiente era tenso, y Eadric estaba visiblemente asustado. Su expresión era normal, pero Ludo era capaz de ver el temblor en su cuerpo. Y no podía culparlo. Él mismo notaba como su cuerpo se puso tenso ante la posibilidad de que aquella criatura saltase sobre ellos. El instinto le estaba diciendo que se preparase para huir o luchar, en caso de ser necesario. Pero él se esforzó por mantener un porte sereno.
—Comprendo tu enojo —dijo Ludo, poniéndose de pie—. Tienes motivos más que de sobra para desearle la muerte a estos hombres. Y se la merecen, por lo que les hicieron a ti y a tu mujer, y por mucho más. Pero, si aún no los hemos matado, es porque valen más vivos que muertos.
—¿Qué valor pueden tener esas sabandijas? —inquirió Ulrik.
—El que los propios Johansen quieran darle. —La respuesta confundió al licántropo, y también al resto—. Eadric, ¿podrías explicarles? —le ofreció al solari.
Eso no es necesario. El propio Ludo podría haberlo explicado, pero, en ese momento, le estaba ofreciendo a Eadric la posibilidad de mostrarse más serio y centrado. De recuperar su compostura y dignidad. Lo miró directo a los ojos, expectante de que actuase. Ludo no hizo ningún gesto ni señal, pero sus ojos transmitían un mensaje: aprovecha la situación.
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¿Escucharán al mewmano o lo empalarán? Hagan sus apuestas.
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