Capítulo 43: Rescate III
—Trébol —gritó alguien de una de las tiendas—, ¿qué demonios está pasando ahí?
Ludo notó un escalofrío recorrerle toda la espalda hasta llegarle a la nuca. Antes de que se pudiera dar cuenta, ya tenía una mano cerrándose sobre la empuñadura de su cuchillo.
—Mierda —se quejó Eadric—, se van a despertar. ¿Qué hacemos?
Ludo le lanzó las llaves y el solari las atrapó en el aire.
—Libera al que parezca más fuerte, luego al siguiente más fuerte, y así hasta que los liberes a todos —dijo Ludo, con voz severa—. Si actúas rápido, tal vez podamos sobrevivir.
—Sí que sabes cómo tranquilizar a alguien.
—¡Trébol! —volvió a gritar el Johansen.
—Quéjate menos y abre más jaulas.
—¿Quién anda ahí? —preguntó un hombre que asomó por la tienda, estaba de perfil a Ludo y Eadric—. ¿Trébol, de nuevo te dormiste, puto inútil?
Ludo llevó su mano a las dagas de hueso y lanzó la primera, pronunciando su hechizo. La daga le atravesó el cuello al tipo, y este intentó toser, tambaleándose hacia un lado, agitando una mano en el aire en un vano intento por sujetarse a algo, hasta que se desplomó, retorciéndose y tosiendo sangre.
—Burg, ¿qué fue ese ruido? —dijo otro tipo desde dentro de su tienda.
Alguien se asomó en una de las tiendas de delante, de cara a Ludo.
Lanzó la otra daga que tenía entre sus dedos, pronunciando el hechizo. La daga voló certera hacia su objetivo, pero el hombre se agachó y evitó ser apuñalado.
—¡Nos atacan! —gritó el hombre de la tienda que se ocultó.
—Hijo de puta —maldijo Ludo—, ¿cómo van esos prisioneros?
No despegó los ojos del campamento, miró hacia uno y otro lado, atento a la primera amenaza que se acercase a él.
—Estoy en ello —respondió Eadric con voz nerviosa. Podía escuchar como trastabillaba con las llaves.
—Bien, tómate tu tiempo. No es como si estuviésemos en apuros o algo similar.
Escuchó un grito de guerra provenir de una de las tiendas. Cuando giró la mirada hacia esta vio salir a una figura enorme alzando una espada igual de grande como si se tratase de un estandarte. Esta se acercó a él como un caballo desbocado. Ludo lanzó una daga, acompañada de su hechizo, pero, debido al frenesí del momento, no pudo apuntar bien. Acertó a la figura en el pecho, pero la daga no pareció hacerle daño. El hombre descargó un tajo descendente que Ludo consiguió esquivar, no supo bien como. El golpe produjo un estruendo en el suelo, muy cerca del monstruo, y este pensó que la tierra a su lado se partiría en dos.
—Levitato —pronunció, apuntando con su mano a la empuñadura del arma.
Un empujón de fuerza invisible provocó que el hombre perdiera el equilibrio y se tambalease. Ludo se quejó para sus adentros, la idea era hacer que perdiera el arma, pero parecía tenerla aferrada a su mano como las raíces de un árbol a la tierra. Sin embargo, toda situación se tenía que aprovechar. Lanzó el cuchillo de piedra que sostenía con la derecha y empujó con su hechizo. Dio justo en el centro del cuello del hombre.
Más enemigos aparecieron, y Ludo volvió a pronunciar su hechizo para recuperar su cuchillo bañado en sangre.
—Papá —oyó gritar a uno.
Más bárbaros comenzaron a aparecer: dos por a la izquierda, uno delante y otro más por la derecha. ¿Cuántos quedaban? No era momento de llevar la cuenta. Uno de los de la izquierda corrió hacia él con un escudo delante. Ludo esquivó y rodó hacia adelante. Otro apareció por delante, estaba en el aire con un hacha en alto. Ludo apuntó con ambas manos e hizo acopio de gran parte de sus fuerzas.
—Levitato.
El bárbaro que había saltado siguió volando, sobrepasando con creces a Ludo, y perdiendo el equilibrio en el medio del aire. No lo vio caer, pero el sonido de algo estamparse contra el suelo le dio una idea de lo que le había ocurrido. Intentó tomar un respiro, cuando un hacha le pasó rozando, sorprendiéndolo. Un poco más a la izquierda, y aquello podría haber sido un golpe fatal. El esfuerzo de levantar a aquel tipo aprovechando el impulso de su salto no le había costado tanto como levantar la piedra, pero estaba agitándose. Había demasiados flancos por los que preocuparse, y cada vez más enemigos salían de las tiendas y tomaban armas. Si nadie le echaba una mano, tendría que huir, o acabaría muriendo allí mismo.
Escuchó un golpe seco sobre la madera, justo a su espalda. Se giró, listo para lanzar dagas a quien sea que se le acercase. Sin embargo, lo que vio le dio algo de esperanzas. Un septario de piel verde, un brazo mecánico y un cristal en lugar de ojo tomó la espada del hombre al que Ludo había matado. El reptil alzó el trozo de metal y golpeó el escudo del bárbaro con tanta fuerza que se lo arrancó de las manos. Este intentó defenderse atacando con un hacha que llevaba en su mano libre, pero el reptil aprovechó que su espada estaba en alto para descargarla contra la extremidad del mewmano y cortarle la mano. Provocando que el desgraciado gritase con desesperación. Sin perder el tiempo, el reptil tomó la mano cercenada del hombre y la arrojó con todo y hacha hacia donde estaba Ludo. Este estuvo a punto de desviarla, cuando vio que su trayectoria no se dirigía hacia él. Un quejido de dolor a su espalda lo hizo girarse. Vio a un bárbaro llevarse una mano a la clavícula, donde tenía clavada el hacha con la mano cercenada aferrada a esta. Sin dudarlo, Ludo pronunció su hechizo y lo empujó hacia atrás. Haciéndolo chocar contra dos que venían por detrás.
—Son muchos —comentó el septario a su lado, poniéndose en posición para atacar.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó Ludo.
—Solo una, no mueras.
Gran consejo.
Un grupo de tres iba a cargar contra ellos. Ludo preparó sus dagas, y el reptil afianzó su espada. Iban a impactar en cualquier momento, cuando un grito de furia llamó la atención de todos. Por la derecha una mancha verde chocó contra el primero de los tres bárbaros, empujando al resto con él. Se trataba de un orco. Este aún llevaba puestas las esposas, pero no pareció importarle, porque las usó para ahorcar al bárbaro contra el que había cargado. El reptil fue el primero en aprovechar la situación para atacar a uno de los que se había caído con el resto. Ludo se centró en atacar a cualquiera de los que se acercaba a ellos. Lanzó tres dagas consecutivas a todos los que se acercaban. A todas ellas le dio un pequeño empujón de magia. Sin embargo, ninguna detuvo a su objetivo. Todos ellos se resguardaron detrás de un escudo o esquivaron los proyectiles. Tan solo le quedaba una daga y su cuchillo, pero después de lo que acababa de ver, dudaba de que hicieran algo útil.
Miró detrás suyo. Aún quedaba un hacha. Apuntó a ella con su mano y pronunció las palabras.
—Levitato —al recitar el hechizo alzó la mano y el hacha salió volando hacia los cielos oscuros, girando en el aire.
Ludo corrió hacia los enemigos, cuchillo en mano. Estos lo vieron, y uno de ellos fue el que se dirigió hacia él. Mientras corría, Ludo alzó la mano, repitió su hechizo, y la bajó de golpe. El hacha bajó con fuerza, haciendo un arco desde los cielos hasta la espalda del bárbaro, el cual soltó un aullido de dolor y cayó al suelo. Cuando se desplomó, otros dos aullidos, o más bien, rugidos, se oyeron en la noche. Ludo escuchó el sonido de perros furiosos acercándose, y para cuando quiso darse cuenta, dos sombras pasaron por encima de él como un par de gacelas y se abalanzaron sobre dos Johansen. "Licántropos", pensó Ludo. La pareja sacudió a los hombres como si fueran unos enormes sacos de patatas. Estos gritaban y se debatían con puños y patadas, pero eso no parecía ser suficiente para aplacar la ira de los semi-mewmanos.
El orco se protegió de los que venían utilizando el cuerpo de uno de ellos como escudo mientras lo ahogaba con las esposas. En cierto punto, el cuerpo que sostenía dejó de moverse, y lo empujó de una patada. Otro saltó sobre él con el hacha en el aire, pero el orco interpuso las cadenas. Con ellas hizo un torniquete en el mango y le arrancó el arma de las manos al bárbaro.
El orco proliferó un grito de furia y descargó el hacha con tanta fuerza sobre el cráneo del mewmano, que escuchó el crujido justo antes de que la cabeza se zarandease como una bolsa de boxeo.
El reptil evadía golpes y atacaba con presteza. Atrapó la espada de uno de los bárbaros con su mano mecánica, y con la otra lanzó una estocada a la vez que tiraba de la hoja de su oponente. En un movimiento limpio y sincronizado se defendió y le atravesó el cráneo a su rival.
Las fuerzas enemigas mermaron, al igual que lo hizo la moral de estas. Ludo se aseguraba de rematar a todo el que quedaba y de apoyar a los demás. Remató a uno que estaba en el suelo con el cuchillo y levitato. Luego lo recuperó. Le lanzó un hacha y una espada a la pareja de licántropos para que lucharan en igualdad. Lanzó un escudo que golpeó a uno que iba por la espalda del orco. Y al septario le devolvió la espada cuando pareció perderla, justo para que rematara a uno con su ataque.
—Ya están todos —dijo Eadric, apareciendo a su lado.
—Menos mal, por un momento pensé que te perderías la victoria —dijo Ludo en tono sarcástico.
—Fui tan rápido como pude —se justificó el mewmano.
—Lo que sea. —Miró a su alrededor, buscando al último prisionero—. ¿Dónde está el último? No me digas que se te escapó.
Eadric hizo lo mismo, mirando a un lado y a otro, nervioso.
—Estaba aquí hace un momento.
Bueno, cuatro de seis no estaba mal. O eso pensó, hasta que vio una sombra detrás de uno de los bárbaros del fondo. Un pobre diablo que, ante la desventajosa situación, perdió el espíritu de lucha, ahora solo miraba la batalla desde la distancia, temblando y con las manos aferradas a un hacha. Sin que esté se percatase, aquella sombra se precipitó hacia él con un movimiento que sorprendió a Ludo y Eadric. Aquella sombra atravesó el pecho del hombre, apuñalándolo con su propia mano. Esta tenía los dedos alargados y puntiagudos, como una estaca. La luz de las antorchas ahora iluminaba a la figura. Una mujer de piel roja y cabello largo y oscuro. Lo que llamaba la atención era el brillo en esos ojos ámbar, como el sol al atardecer, y el par de cuernos que le sobresalían de la frente. Una demonio. La mujer se las había ingeniado para, al atravesar el pecho del hombre, arrancarle el corazón de cuajo con tanta habilidad, que este tuvo tiempo de soltar un par de latidos finales antes de detenerse. Sin quitar la mano de su sitio, la mujer pasó el cuello por encima del hombro del bárbaro, ya muerto, se acercó el corazón a la boca, y con una sonrisa de sierra, le propinó un enorme mordisco.
Ludo vio la escena, entre sorprendido y emocionado. No se podía decir lo mismo de Eadric. "Cinco de seis", pensó Ludo con una sonrisa en el rostro. Era un buen comienzo.
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Después de esta batalla, los nuevos personajes tendrán que decidir si se integrarán al grupo o le harán lo mismo que la mantícora. A ver cómo está la suerte de Ludo esta vez.
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