Capítulo 27: Fiesta monstruosa IV
Marco le sostenía la escalera a Tom mientras este terminaba de darle los últimos retoques a la decoración de la fiesta.
—No me muevas —dijo este, mirando hacia abajo—. Lo último que quiero es que se caiga la escalera y arruinar este traje con las llamas para volar.
Y no mentía. Tom llevaba el mismo traje que llevaba consigo cuando invitó a Star al baile de la luna de sangre.
—No la he movido —respondió Marco.
—Por si acaso.
Marco, por su parte, llevaba el traje que utilizó en el baile de fin de curso al cual no asistió. Tal vez en esta ocasión podría aprovecharlo.
—Ya está —dijo Tom—. Ese era el último. —Miró toda la sala desde arriba con una sonrisa de satisfacción—. A decir verdad, nos quedó bastante bien.
Marco asintió y miró a su alrededor. La sala era enorme. Una docena de pilares sujetaban otra planta con pasillos que permitían ver lo que ocurría debajo. Había cintas en todas las columnas, focos con luces de colores en cada esquina y puntos de iluminación. Y, como no podía faltar, una esfera de cristal en el techo.
En la parte baja, una tarima con el equipo de música preparado para que el DJ hiciera su trabajo. Mesas y sillas repartidas en el exterior de la pista, para todo aquel que quisiese sentarse a tomar algo, comer o solo charlar. Una barra de bebidas en el lateral, y otra de cocina, justo en la pared opuesta. Y, por último, una tarima preparada para Janna en una habitación contigua. Los letreros de los baños estaban bien señalizados, y también los de prohibido el paso para aquellas zonas para las que no sabían lo que había.
—Sí, ha quedado bastante bien pese a no haber utilizado magia —dijo Marco mientras Tom terminaba de bajar de la escalera.
—Y que lo digas. —Tom levantó una ceja y miró a uno y otro lado—. Por cierto, ¿dónde está Jackie?
—Dijo que iba a darse una ducha y a cambiarse. Volverá en cualquier momento.
El resto de los integrantes ya estaban allí. Kelly, la cual ayudaba con las cosas pesadas. Llevaba un vestido largo, brillante y azul.
Ponyhead, la cual levaba cómo única vestimenta un listón atado al cuerno.
Janna vestía un uniforme traje al que utilizaban los magos en televisión. Negro y muy elegante. Había sustituido su gorro habitual por un sombrero de copa. Hasta parecía inofensiva vestida así, pero Marco no podía estar más en desacuerdo con esa perspectiva.
—¿Qué me dices, Díaz? —preguntó, acercándole la mano—. ¿Me prestas tu mano para un truco de magia?
La sonrisa en el rostro de la chica le inspiraba de todo menos confianza.
—No, gracias. Prefiero verte durante la fiesta. Lejos de mí.
Su reacción pareció complacer a la chica, porque comenzó a reírse mientras mantenía una mirada relajada.
—Marco, lo dices como si fuera a hacerte algo —le dijo, colocándole una mano en el hombro, cosa que lo sobresaltó—. Relájate —tener la mano de ella en el hombro era lo contrario a relajarse—, estamos en una fiesta. Y ya de paso, dile a la princesa del estrés que también se relaje —señaló hacia Star, a su izquierda.
Star, siendo la anfitriona, llevaba un vestido real de diseño, bastante pomposo, de colores blanco y azul cielo. Se movía de un lado a otro, revisando las cosas de la sala.
Se acercó a ella, con paso firme, solo para comprobar que de cerca era peor.
—Marco, menos mal que estás aquí —dijo ella, acercándose de golpe con ojos bien abiertos y tomándolo del cuello del traje—. ¿Crees que las mesas están bien ubicadas? Yo creo que no están rectas —se despegó para ponerse en un ángulo desde el cual comprobar la disposición de las mesas—. Y la decoración. ¿Crees que sea demasiado? Tal vez sea demasiado. Ay, si tuviera la varita lo arreglaría todo en un momento. ¿Por qué de pronto todo parece que está mal? —se quejó esta, casi tirándose de los pelos.
Marco sonrió.
—Ahora sabes lo que se siente estar en mis pies —bromeó él.
—Tu vida debe ser horrible.
Marco sintió como si el tiro le hubiese salido por la culata.
—Está bien, me lo merecía. —Se acercó a Star y la tomó de los hombros—. Star, calma. La ambientación está bien. Las mesas están perfectas. Ya lo revisé todo —hizo una pausa—, dos veces. Sé lo importante que es esto para ti, así que puedes estar segura de que estamos preparados —le dijo con voz calmada y conciliadora, acompañando el gesto con una sonrisa, pero la obsesión de Star no parecía disminuir, porque solo se dedicaba a mirar por todas partes.
—¿Dónde está Jackie? —preguntó, como si no hubiese escuchado nada de lo que había dicho.
—Aquí estoy —dijo ella, apareciendo por la puerta.
Marco se giró y la vio, envuelta en el mismo vestido que se había puesto el día del baile escolar. Se veía igual de hermosa que aquella noche. Cruzaron miradas y se quedaron hipnotizados por un momento.
—Jackie, menos mal que estás aquí —dijo Star, corriendo hacia ella y rompiendo el ambiente—. Ven conmigo, necesito algo de paz interior. Y también exterior.
Jackie la tomó de la mano, le dio palmaditas en la espalda para calmarla y se la llevó al baño.
—Bueno, creo que me voy a ir preparando —dijo Tom a su lado, estirando los brazos—. Esa barra no se va a atender sola. —Caminó hacia la barra con porte elegante.
—Espera, ¿tú serás el camarero de la barra? —preguntó con curiosidad.
—Sí —respondió, encogiéndose de hombros.
—¿Desde cuándo sabes hacer bebidas?
El demonio le sonrió.
—Brian me enseñó. Dice que ayuda a uno a relajarse. —Marco no estaba seguro de que aquello fuese una buena actividad para que la recomiende un psicólogo—. Tranquilo, no son alcohólicas. A menos que quieras una. —Tom rio y siguió caminando hacia la barra.
De pronto, una luz iluminó a Marco, y tuvo que alzar la mano para cubrirse los ojos.
—Marco, apártate, que estoy probando la iluminación —dijo Ponyhead desde arriba.
Este hizo caso y se alejó, un poco por obligación y otro poco porque la luz le molestaba.
Chocó contra la barra de cocina y se ocultó ahí para no molestar, ya de paso aprovechó para ver todo lo que había dentro. Los ojos del muchacho se iluminaron cuando vieron el horno y la plancha que había allí. Eran enormes. La tecnología punta era propia de la tierra, y un indicio de que, tal vez, Star sí que había usado magia para preparar la fiesta. Solo que la habría usado antes de entregar la varita. Eso le hizo pensar al muchacho que la chica era más precavida de lo que pensaba.
—Marco —dijo Star, apareciendo por la puerta junto con Jackie. Se le veía bastante más tranquila—. Que bien que te familiarices con la cocina.
—¿Por qué lo dices?
—Porque serás el cocinero de la fiesta.
Marco comenzó a reírse. Le alegraba ver que Star también había recuperado el sentido del humor.
—Muy buena, he de admitirlo.
—No, Marco. Lo decía en serio.
Marco se siguió riendo un poco más, pero el silencio de la chica comenzó a ponerlo intranquilo y, eventualmente, paró de reír.
—Espera, ¿es en serio? —preguntó entre sorprendido e incrédulo.
—Sí. ¿No te lo dije?
—No —dijo, alzando la voz, dándose cuenta de lo que significaba lo que Star acababa de decirle.
—Ah, pues, sorpresa —dijo ella con una sonrisa culpable en un vago intento por excusarse—. Marco, te prometo que te lo compensaré. Te debo un favor.
—Con este ya van once.
—Pero, ¿podrás hacerlo?
—Sí, supongo. Solo tendré que buscar en internet alguna lista de comidas apropiadas para una fiesta —dijo, mientras buscaba su celular—, pero eso es inútil porque en esta dimensión aún no se ha inventado el internet —gritó, al borde del ataque de nervios—. No, está bien, Díaz, tan solo tienes que calmarte. Haz lo que sabes, lo que te enseñó tu padre. Seguro que los tacos y las comidas típicas mexicanas son suficientes para contentar a la que posiblemente será la reunión más importante en la historia de Mewni y... no puedo hacer esto. —Buscó desesperado una bolsa de papel que había entre los utensilios de cocina y la utilizó para respirar una y otra vez.
—Marco, Marco —dijo Jackie, acercándose a él y colocándole una mano en el hombro—. Tranquilo. No tienes que hacer nada en especial, solo haz lo que hicimos en el campamento, y si haces esas mini pizzas que hizo tu padre en la fiesta de tu casa entonces me harás la chica más feliz de la noche —dijo ella, con voz suave, y un tanto pícara.
—¿Crees que será suficiente? —preguntó, tímido ante la abrumadora situación que se le planteaba.
—Marco —le dijo ella, mirándolo a los ojos—, lo harás bien. —Jackie se acercó y le dio un beso en la mejilla—. Solo sé tú mismo.
Él sonrió y se llevó la mano a la mejilla.
—Muy bien —anunció, colocándose un delantal que había cerca de él y un sombrero de cocina—, tengo mucho que preparar y un tiempo incierto. —Colocó una bolsa de harina de maíz en la encimera y la abrió de un golpe de karate—. Hagámoslo.
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Esta vez sí, en el siguiente capítulo comienza la verdadera fiesta.
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