Capítulo 21: Hoyo I

La presa se había separado del grupo. Grave error. Ludo cerró un ojo, tensó el arco, contuvo la respiración, apuntó y dejó volar la flecha. Le dio en un costado, y la criatura cayó al suelo, soltando un chillido. Ludo ya estaba preparando el siguiente disparo. Repitió el mismo proceso antes de que el animal tuviese la oportunidad de reaccionar, y una nueva flecha silbó en el aire. Esta vez le dio en el cuello. El chillido de antes se convirtió en un gorgoteo sordo que se fue desvaneciendo hasta apagarse del todo.

Ludo sonrió para sí y guardó su arco y flechas. Se paró sobre la rama del árbol en el que se había ocultado y miró al suelo. Había más o menos unos seis metros de caída, una altura considerable para probar su idea. Se recordó a sí mismo que, si no funcionaba, el dolor tampoco sería para tanto. Aunque era más fácil pensarlo que hacerlo.

Chasqueó la lengua y se enfadó consigo mismo. Un comportamiento como aquel era propio del otro, no de él. No había ningún peligro mortal, así que no tenía que tener miedo. Inspiró profundo y soltó el aire. Tragó saliva y agitó las manos para relajarlas. Luego, dio el salto. Apuntó al suelo con las manos y trató de concentrarse tanto como le fuera posible. Tenía que funcionar.

—Levitato —soltó, y lo notó, un empuje de abajo hacia arriba en todo su cuerpo, como si estuviese metido en el agua y su cuerpo flotara hacia la superficie. El empuje que quería conseguir para detener su caída, pero no tuvo la fuerza suficiente.

Sus pies golpearon el suelo con sequedad y notó como sus piernas se estremecieron. Quiso quejarse, pero justo después de la caída le sobrevino esa sensación súbita de cansancio y mareo, la cual lo obligó a arrodillarse por un momento y recuperar el aliento.

Movió los dedos un par de veces para reactivar el sentido. Agitó los brazos y las piernas. Todo parecía estar bien. Se puso de pie y se acercó a la presa con el cuchillo en la mano. Se trataba de una cría joven de vulpino de crin plateada, un depredador cuadrúpedo similar a los lobos, pero más pequeños y agresivos. Al igual que estos últimos, solían ir en manada, pero este se había quedado atrás por un trozo de carne que Ludo había dejado cerca. Había estudiado a esas criaturas durante un tiempo. Los adultos no caerían en trampas como esas, y estos a su vez no dejaban a las crías más pequeñas alejarse de ellos. Pero los jóvenes eran otra historia, eran más temerarios y no contaban con el control de sus mayores. Y eso provocaba que aprendieran la lección de la imprudencia por las malas, aunque a ese vulpino la imprudencia le había salido muy cara.

Ahora que estaba más cerca de él, vio que era más grande de lo que esperaba. A dos patas, le sacaría dos cabezas. Aun así, era del tamaño indicado para poder hacerse un abrigo con su piel y aprovechar la carne. Las noches en ese bosque eran frescas. El sitio en el que había estado tirado por varios días conservaba bien el calor, y por eso no lo había notado antes, pero no era el mejor de los lugares en el cual permanecer, así que necesitaba esa piel de vulpino para poder moverse con mayor libertad a un sitio con mejores recursos y menos peligros.

Arrancó las flechas del cadáver y las limpió con su taparrabos antes de guardarlas en el carcaj. Desenvolvió la cuerda en su cintura, ató al vulpino por las cuatro extremidades y trató de llevárselo a la espalda. El peso extra casi hizo que se cayera de espaldas, pero se arqueó hacia adelante y lo evitó. Pese a ello, el peso del animal causaba estragos en su espalda. Apretó los dientes y comenzó a caminar. Tenía que ganar más músculo si quería sobrevivir allí. Justo cuando pensó en ello, una raíz que no vio le hizo tropezar y caer de bruces al suelo. Se arrastró como pudo hasta salir de debajo del vulpino. Cargarlo en brazos no iba a funcionar. Tendría que construir una carretilla o algo similar. O tal vez probar con fuerza no bruta.

Se miró las manos, pensativo. No perdía nada por intentarlo. Apuntó con ellas al vulpino y se preparó.

—Levitato —dijo, y comenzó a sentir el esfuerzo de forma súbita.

El animal pesaba más que él, estaba claro. Pero el hechizo no costaba en fuerza, sino en concentración, esfuerzo mental y un tipo de energía que no sabía dónde clasificar, pero que agotaba de forma similar al esfuerzo físico. Consiguió levantarlo, pero las patas aún rozaban el suelo. Ya le parecía bien. En ellas no hallaría ni mucho pellejo ni mucha carne. Dio un par de pasos y movió el cuerpo consigo, pero antes de dar el tercero se vio obligado a deshacer el hechizo. El esfuerzo le hizo caer de espaldas. Notaba el sudor en su piel y el aire que entraba y salía por momentos.

Había mejorado en el control del hechizo, pero aún le quedaba un largo camino por recorrer. Aunque también había descubierto cosas de su habilidad, hoy mismo había descubierto una de ellas. Allí tirado en el suelo, reflexionó al respecto. Al parecer, era más fácil intentar mover otros objetos o individuos que intentar moverse a sí mismo. Eso era algo que ni siquiera el otro había intentado cuando tuvo la varita en su poder.

Abandonó su descanso y comenzó a mirar a su alrededor en busca de algunos palos. Esa carretilla no se iba a construir sola.

Vio movimiento por el rabillo del ojo y no dudó en ocultarse tras el primer arbusto que alcanzó. Una vez estuvo tras las ramas y las hojas, miró hacia el sitio de donde provino el movimiento. Vulpinos de crin plateada. Eran varios. Una manada de, al menos, quince. Y se estaban acercando al cadáver.

Ludo maldijo para sus adentros y se quedó observando. Con un poco de suerte, acabarían por irse. Así podría reclamar su presa.

Los primeros vulpinos se acercaron al cadáver y lo olfatearon un poco. Intentaron moverlo con sus hocicos, pero no obtuvieron respuesta. Poco a poco lo fueron rodeando, y cuando uno de los vulpinos, el más grande, terminó de olfatear el cuerpo, alzó el hocico y aulló al cielo. El resto lo imitó, formando un cántico, como si rindieran luto a su compañero caído.

Ludo sintió deseos de comenzar a dispararle a todos para recuperar su presa e irse, pero tal insensatez solo podía ser perpetrada por alguien como el otro. Él, en cambio, iba a esperar paciente.

Cuando los vulpinos parecieron terminar el cántico, algo extraño ocurrió. Varios de ellos mordieron el pellejo de su compañero caído y lo arrastraron. La manada los siguió, y Ludo vio, extrañado, como se alejaban.

Pensó que, tal vez, lo llevarían a la cueva en la cual descansaban para darle un sitio en donde morir. Aunque ese comportamiento le parecía muy contradictorio, por lo que lo descartó.

También cabía la posibilidad de que los vulpinos fueran caníbales. No había tenido la oportunidad de ver algo como eso, pero tampoco había visto el cadáver de un vulpino hasta entonces.

Llamado por la curiosidad, siguió a la manada, asegurándose de mantener las distancias. Durante el trayecto, le sorprendió lo mucho que los vulpinos estaban dispuestos a arrastrar el cadáver de uno de los suyos. Se iban turnando de dos en dos para arrastrar el cuerpo. En ninguno de esos casos el vulpino de mayor tamaño ayudaba. Otra vez, algo que le resultó extraño a Ludo.

El hambre comenzaba a llamar a la puerta, y Ludo estaba a punto de perder la paciencia. Miró hacia arriba, hacia los árboles, en busca de alguna fruta para calmar su estómago. Pudo dar con alguna, pero cuando volvió a mirar a la manada, se percató de que esta se había detenido. Observó bien lo que estaba ocurriendo. Había algo como un pozo, o más bien un cañón, debido a su envergadura. No conseguía ver qué había allí, las hojas y las ramas no le permitían ver mucho más allá del borde en el cual estaban los vulpinos. Se fijó de nuevo, pues el más grande de ellos estaba tirando del cadáver él solo, acercándolo al borde. Luego levantó el cuerpo con un movimiento de cuello y lo lanzó al agujero.

Aquel comportamiento no tenía sentido. Ninguno.

Ludo subió hasta la copa del árbol para intentar ver mejor cómo era aquel cañón, pero solo consiguió ver el borde opuesto.

Bajó otra vez y vio a la manada alejarse. Cuando pasaron por debajo de él esperó unos segundos más y luego bajó con cuidado. Sin levitato. Corrió rápido hasta el borde del agujero, y no solo se percató de que era grande, sino profundo.

Raíces de los árboles asomaban por las paredes del cañón, al igual que rocas acabadas en punta. Como si aquello fuese algún tipo de boca retorcida y natural. Era incapaz de ver el fondo. La luz se extinguía en cierto punto. Se asomó con cuidado, intentando ver algo. Nada. Pero algo que sí le llamó la atención, fue un aroma ligero y desagradable que salía de aquel pozo, pero que no sabía distinguir de qué era.

¿Qué era aquel sitio? ¿Y por qué habían lanzado el cadáver de su compañero ahí? Todo eso era muy extraño.

Claro estaba que no iba a meterse ahí. Su curiosidad tenía límites, y estos comenzaban en el mismo punto que comenzaba el peligro innecesario, aquel que no involucraba ningún tipo de retribución más que satisfacer la propia curiosidad.

Intentó olvidarse del tema y dio media vuelta para continuar con sus actividades. Necesitaba construir un medio para transportar cadáveres del tamaño del vulpino. También tenía que seguir mejorando levitato. Le veía más futuro al dominio de ese hechizo que a su propio desarrollo físico. Intentó sacar músculo de un brazo, pero no había mucho que ver. "Brazos de lombriz", pensó, como solía decirle su padre. Incapaz de ser fuerte, incapaz de volar.

Arrugó el gesto al rememorar aquellos días, y apretó el paso. Tenía que seguir avanzando. Había mucho por hacer. Muchos objetivos por cumplir. Se detuvo en seco cuando vio dos ojos azules como el cielo mirándolo desde la distancia, pero aproximándose con paso cauteloso. Los rayos de sol que se filtraban entre las hojas iluminaban su crin plateada de forma paulatina. ¿Por qué había vuelto? Se supone que ya habían terminado de hacer aquello por lo que habían venido.

No tenía tiempo para descubrir el motivo, lo primero era solucionar la situación actual. Un combate directo no le convenía, así que optó por huir. Se giró a la izquierda en busca de volver a la seguridad de los árboles, pero había una pareja de vulpinos viniendo de aquel extremo. El que venía por delante seguía ahí, así que probó por la derecha, pero el resultado fue el mismo: más vulpinos. Ludo se llevó a mano al cuchillo en su taparrabos y retrocedió con cautela, mirando a todas partes. Se dio cuenta, con horror, que había sido rodeado. La respiración se le comenzó a agitar y el corazón se aceleró como un motor. Solo el otro habría podido caer en algo así. Cuando se halló al borde de la caída se odió a sí mismo por compararse con el otro, no solo por caer en una situación como aquella, sino porque elegiría de forma consciente meterse en aquel hoyo.

Había una raíz recia no muy lejos de donde él estaba. Tan solo tenía que atinar. Un vulpino que cargó contra él lo obligó a precipitarse sin calcular bien la posición. Cayó mal sobre una rama que le hizo perder el equilibrio y soltar el cuchillo. Todo a su alrededor comenzó a girar. Notó un golpe en la espalda, luego otro en la cabeza y uno más en el pie, luego se vio cayendo al vacío.

No tenía muchas opciones a su disposición. Solo podía hacer una cosa, y si no se empleaba a fondo, entonces nunca más volvería a hacerlo. Colocó las manos hacia adelante, miró al suelo y apretó los dientes.

—Levitato. ¡Levitato! —gritó, histérico antes de ver una mancha rosácea precipitarse hacia él. Luego, la inconsciencia.

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Me cambiaron el horario de trabajo, así que es probable que suba los capítulos a estas hora a partir de ahora, pero bueno, a saber cuando puede volver a cambiar esto XD

Tenía ganas de continuar con la trama de Ludo,  por algún motivo le he tomado cariño al personaje, y quiero que se desarrolle. De verdad espero que ustedes también estén disfrutando al verlo, porque habrá más de él y de su historia.

Si te gustó el capítulo, escribe un comentario, sin importar que estés leyendo esto después de uno o dos años de su publicación, pues me encantar leer a mis lectores. Y si gustas, también deja un voto.

Gracias por tu tiempo y apoyo.

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