Capítulo 19: Campamento VI

Tomó la cuchara con cuidado. Las costras que cubrían sus dedos eran delgadas y sensibles, pero al menos le permitían tocar objetos, siempre que no ejerciera mucha presión. Ahora, tareas tan simples como tomar un tazón de leche y cereales se habían vuelto una verdadera prueba de esfuerzo y concentración. Por poder, no podía ni lavar la cubertería que utilizaba, pero era mejor eso que tener que recibir ayuda para comer.

Recogió el tazón y se lo llevó a su padre, el cual estaba lavando los tazones de los demás junto al señor Díaz. Estaban teniendo una conversación amigable sobre los peligros de hacer una barbacoa con el torso descubierto. Se lo estaban pasando bien.

Su padre la miró y tomó su tazón despreocupado.

—¿Qué harás hoy en el campamento, cariño? —preguntó él.

—Marco dijo hoy iban a llegar unos geofísicos a ver lo ocurrido en el bosque.

Escuchó a alguien dar unos pasos apresurados por los escalones de la cabaña.

—Ya están aquí —dijo Marco, llamando la atención de todos.

—Creo que esa es la señal —le dijo ella a su padre.

Salió junto a Marco y fue directo a la parte del bosque en donde se hallaban los geofísicos. Había algunas personas conglomeradas por la zona. Era normal, no todos los días viene alguien a estudiar el terreno de un campamento porque dos adolescentes se habían extraviado por una noche entera. Los días anteriores a la llegada de los geofísicos, Jackie se había fijado que los del campamento habían colocado señales de precaución cerca del borde del bosque, en las partes que daban a cuestas como la del otro día. No era una valla de seguridad, pero por algo se empieza.

Cómo era de esperarse, los geofísicos habían colocado una cinta en un perímetro para que los curiosos no se acercasen más de la cuenta. Había un par de monitores del campamento que también hacían, a su vez, de guardias para vigilar que nadie se colara. Comprendía el porqué, pero Jackie de verdad tenía ganas de acercarse y saber qué había ocurrido. Tal vez así se sentiría menos culpable por lo ocurrido esa noche.

Vio que uno de los geofísicos se acercó al primer monitor que vio.

—Perdone, a mi padre se le olvidó traer un cubo —dijo él—. ¿Sería posible que nos presten uno? —era un joven que rondaría los veinte y pocos. Ojos marrones claros y cabello corto y negro. Llevaba gafas y un suéter naranja fluorescente.

—Claro, ahora le traigo uno —dijo el monitor, y luego miró a su compañero—. Espera aquí, vuelvo enseguida.

El geofísico se estaba por ir, tenía que aprovechar la ocasión antes de que perdiera la oportunidad.

—Disculpe, señor —llamó Jackie, provocando que el tipo se girase.

—Eso de señor no hacía falta —comentó él.

—Lo siento.

—¿Qué necesitas?

—¿Saben qué fue lo que causó que la tierra se deshiciese?

—¿Deshacerse? La tierra no se "deshace". Puede desprenderse o sufrir algún cambio en su estructura por agentes externos, lo cual puede ser el causante de una desestructuración en su constante. Pero no, aún no sabemos qué ocurrió.

—Entiendo —o al menos lo entendió en parte.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Estás haciendo un trabajo de verano para el colegio?

—No, es porque quiero saber qué fue lo que ocurrió —dijo ella, a lo que el hombre se mostró confuso—. Soy una de las personas que cayó por la cuesta esa noche. —Enseñó sus manos para que viera que no mentía—. Y él fue la otra persona que cayó conmigo —señaló a Marco, y este saludó, y el geofísico se fijó en que Marco no tenía las mismas heridas que ella—. Yo me llevé la peor parte —aclaró.

—Entiendo. Como dije, de momento no sabemos nada, pero estudiaremos lo ocurrido y nos aseguraremos que los propietarios del campamento tomen medidas al respecto.

—¿Podría decirme qué fue lo que ocurrió cuando lo sepan?

—Lo siento, pero no podemos estar pendientes de dar información de una investigación a un tercero, aunque ese tercero sea uno de los afectados.

Comprendía que no pudiese hacerle ese favor. Un trabajador no suele dar información sobre su trabajo a civiles a menos que lo exija el propio trabajo, pero tenía que intentarlo.

—Charlie, ¿ya tienes ese cubo? —preguntó un señor detrás del tipo. Se trataba de un hombre ya entrado en años. Se le notaba por algunas arrugas en el rostro y un pelo canoso casi por completo. A diferencia del chico, este tenía una barba frondosa y cuidada, pero sí que llevaba gafas como él.

—Ahora nos lo traen.

El señor reparó en Jackie y Marco sobre el resto de curiosos.

—¿Quiénes son esos chicos?

—Buenos días, señor —interrumpió Marco antes de que Charlie pudiera decir algo—. Me llamó Marco, y ella es Jackie. Estábamos hablando con su compañero acerca del estado de la tierra en el borde del bosque.

—¿Eso es lo que les interesa a los jóvenes de hoy en día? —preguntó el señor con una sonrisa divertida oculta tras los vellos de su barba y bigote—. En mis tiempos solo pensábamos en jugar a las canicas y ensuciarnos de tierra hasta las cejas. Eso sí, luego no teníamos el valor de ver a la cara a nuestras madres, porque si no nos daban fuerte con el cinto. Intentábamos huir de casa y esperar a que les pasar el enfado, pero tomen un consejo, nunca subestimen la memoria de una madre enfadada.

Marco la miró a ella y esta hizo lo mismo. Ambos confundidos.

—Esto nos interesa porque fuimos nosotros los que se cayeron por el borde. Y nos llama la atención porque no nos caímos en sí, sino que la tierra cedió —explicó Marco.

—Ah, así que son ustedes dos —dijo el señor, mirándolos a ambos con detenimiento. Por si acaso, Jackie prefirió dejar sus manos a la vista para mayor credibilidad—. Ya veo, ya veo. —El señor se rascó la barba alternando la mirada entre uno y otro—. Díganme, jóvenes, ¿estarían dispuestos a ayudar a hacer su trabajo a este par de adultos a los que les gusta ver la tierra?

Charlie al escuchar lo que el señor había dicho, se sobresaltó.

—Papá —reclamó el más joven—, no podemos llevar a dos adolescentes a nuestra investigación.

—Tonterías, saber qué fue lo que ocurrió nos ayudará a tener una mejor perspectiva de cómo pudo haber ocurrido —decía mientras levantaba la cinta amarilla que marcaba el perímetro. Jackie pasó por debajo, aceptando la amabilidad del señor. Marco hizo lo mismo. El monitor del campamento no dijo nada, pero sí que les echó una mirada recelosa—. Eso sí, les pediré que no se acerquen de más a la zona de riesgo —dijo mientras reía y volvía a dejar la cinta en su sitio.

—Papá, esto es absurdo —Charlie se llevó su dedo pulgar e índice al entrecejo y se lo masajeó por unos segundos—, perfectamente podrían mentirnos respecto a lo ocurrido.

El señor los miró a ambos durante unos instantes.

—Chicos, ¿prometen decirnos la verdad sobre lo ocurrido? —preguntó el señor.

Los dos chicos se miraron entre ellos y luego al señor.

—Sí —dijeron al unísono.

—Ves, ya está, no nos van a mentir. —Charlie parecía que iba a protestar una vez más, pero fue interrumpido.

—Aquí tengo el cubo que necesitaba —dijo el monitor que se había acercado.

—Y además ya tenemos el cubo. Vamos, tenemos trabajo que hacer. —Sin dar oportunidad a discusión, el señor echó a andar y Jackie y Marco lo siguieron.

—A la orden —acabó por decir Charlie con la misma ilusión que cabría esperar de un gato cuando lo meten en la bañera.

—Gracias por dejarnos acompañarlo, señor —dijo Jackie.

—Carl. Llámenme Carl —dijo el señor—. Y díganme, ¿qué fue lo que ocurrió?

Jackie miró a Marco y este le hizo un gesto con el que le cedió la palabra, así que ella le contó todo lo ocurrido a Carl, sin dejarse detalles.

—Ya veo —dijo Carl, más para sí mismo que para ellos—. Interesante. Interesante.

—Más bien inconsistente. Cómo dije antes, la tierra no se deshace —dijo Charlie.

—Charlie, hoy aprenderás algo nuevo de este oficio. Cuando estudiamos lo que le ocurre a la tierra, y tenemos testimonios que puedan compartir su experiencia, debemos escucharlos, pero, y aún más importante, tenemos que saber interpretarlos desde el punto de vista de alguien que conoce cómo funciona la tierra. Y ahí es donde entramos nosotros. —Carl se colocó un arnés que ajustó en el pecho y que tenía la sujeción por la parte de delante.

—Papá, si quieres darme algún tipo de lección, necesito que seas menos críptico. —Charlie amarró una cuerda a un árbol cercano y le hizo varios nudos. Bastante resistentes, en apariencia.

—Si es justo eso de lo que se trata esta lección. Aprender a discernir entre las palabras de la gente. —Carl se amarró la cuerda al arnés y se aseguró de que estuviera bien atada—. Por ejemplo. Jackie, que fue lo que sentiste cuando caíste por la cuesta. ¿Te tropezaste? ¿Te resbalaste?

—No. Se sintió más bien como si de pronto la superficie sobre la que estaba parada desapareciera.

—¿Podrías decir que es similar a estar parada sobre una trampilla y que luego se abra?

—Más o menos. —No había sido igual, pero tal vez eso podría ser lo más cercano a lo vivido—. Pero no tan brusco.

—Comprendo. —Carl se giró hacia su hijo—. Charlie, pásale a Jackie el puntero láser.

Charlie buscó en una de las cajas de herramientas que llevaban. Sacó el láser que le pidió su padre y se lo entregó a Jackie.

—Muy bien, Jackie, ahora te voy a pedir que me señales en donde fue que te paraste cuando caíste. —Carl tensó la cuerda del arnés hasta que quedó tirante y se acercó a la zona en donde se podía ver un claro desnivel con respecto a la superficie alrededor—. Pero, sobre todo, no te acerques demasiado.

Ella asintió e intentó apuntar a la zona, pero sin el trozo de tierra que faltaba era difícil discernir bien la ubicación exacta. Carl pareció darse cuenta de ello al verla trastabillar con la punta del láser.

—¿Sabes?, creo que será más fácil si usamos el trozo contiguo a donde te caíste.

—De acuerdo.

Jackie hizo lo propio, y Carl, después de tensar el arnés lo justo y necesario, se paró justo donde ella marcaba.

—La superficie parece firme —comentó Carl. Dio un par de pisotones que hicieron que Jackie se imaginase al señor colgando de la cuerda del arnés, pero no fue así—. Muy firme. Charlie, pásame el palo.

El hijo buscó un palo extensible de metal y se lo pasó a su padre. Carl estiró el palo y comenzó a golpear con la punta en varios sitios de la tierra. Sobre todo, donde conectaba la parte en la que estaba parado y el límite en donde Jackie había caído. Sí bien esa parte no cedía, había pequeños trozos de tierra que se desprendían por donde golpeaba.

—Si fuera mi primer día en este trabajo, diría que es imposible que esta tierra se descomponga —dijo Charlie.

—Pasó —insistió ella—, en serio.

Estaba segura de lo que había vivido. Marco también estaba de su parte.

—Y no decimos lo contrario, hija —comentó Carl—. El estado de la superficie en la que te paraste esa noche dice que no mientes. De haber saltado tu misma o haber tropezado, la tierra no estaría así. Y tampoco parece un desprendimiento provocado por una pala o un pico, no hay marcas y que lo demuestren. Por lo cual resulta lógico pensar que pasó de forma natural. El problema aquí es que no parece que la tierra esté en condiciones de sufrir un desprendimiento como el que sugieren, pero la evidencia visual dice otra cosa. El problema de todo esto es la contradicción entre una cosa y otra. ¿Entiendes?

—Sí —respondió, confundida, no por entender lo que Carl le había dicho, sino porque, siguiendo esa lógica, no era capaz de comprender cómo pudo ser posible que sucediera.

—Pero, si lo que dice es cierto —dijo Marco.

—Que lo es —afirmó Charlie.

—¿Cómo pudo desprenderse la tierra, entonces?

—No puedo darte una respuesta segura. Pero es justo por esto por lo que estamos aquí —dijo Carl—. Ese es nuestro trabajo: descubrir qué ha ocurrido aquí. Y aunque esté agradecido por su ayuda, debo pedirles que a partir de aquí nos dejen solos. —El señor sonrió. Tal vez esa era su idea desde el principio. Contentarlos un poco para que luego pudiesen trabajar en paz. No podría culparlos, después de todo, uno no querría tener a alguien pululando en su espacio de trabajo.

Aun así...

—Carl, ¿puedo pedirle un favor? —preguntó Jackie.

—Dime.

—¿Me podría decir qué es lo que ocurrió aquí cuando lo sepa? Es que desde la noche en que me caí no dejo de pensar que fue mi culpa, y quiero saber si fue un descuido mío, o si tuve la peor suerte posible.

Carl sonrió.

—Jackie, dime la verdad, sin ser humilde, ¿crees que fue tu culpa lo de esa noche?

—No. —No dejaba de sentirse responsable por lo ocurrido, pues podría no haber ido. Pero tampoco creía que hubiese hecho algo arriesgado. Como cuando un niño acerca la mano al fuego, pero sin llegar a tocarlo—. Tal vez no tendría que haberme acercado, pero no creo que fuera mi culpa.

Carl le colocó una mano en el hombro.

—Entonces no tienes que comerte la cabeza. —Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó—. Ten, envíame un mensaje para que tenga tu número. En cuanto sepamos qué ocurre, te lo haré saber.

Jackie se quedó mirando la tarjeta, incrédula ante lo que había escuchado. Tomó aire, sonrió en grande y abrió los ojos.

—Gracias, Carl. De verdad que gracias.

El hombre se rio con una mano en el vientre.

—Todo sea eso. Ahora vayan y disfruten de su tiempo libre. Que las vacaciones no duran eternamente.

Marco también agradeció la consideración de Carl. Luego se despidieron y volvieron al campamento.

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Volvemos al tema. Sorry por tardarme en subir esta semana. La universidad es una amante exigente y muy tóxica, lo cual me hace replantearme esta relación...

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