Capítulo 105: La aventura de Jackie XII

Corría con la lengua afuera y respiraba como si se le fuesen a salir los pulmones por la boca. Sus compañeros la adelantaban e iban el doble de rápido que ella, y seguro que con la mitad de esfuerzo. O menos, por lo visto.

Se había envuelto el pecho con una tela para que no le molestase a la hora de moverse. Pero pensó que se lo habría apretado demasiado, debido a lo que le estaba costando respirar. O esperaba que fuese por eso, porque admitir que no tenía una condición para soportar aquellos ejercicios después de todos esos años patinando era impensable. Aunque, tenía que admitir que el entrenamiento de Lars, el hombre que se aseguraba de que todos los que quisiesen luchar estuviesen en condiciones, llevaba a la gente a los mismos límites de sus cuerpos.

A diferencia de un colegio, aquel no era un grupo de personas que empezaba a la vez e iban mejorando todos a la par. En aquel sitio se acumulaban tanto gente que acababa de empezar, como gente que ya llevaría allí un tiempo prudencial: el suficiente como para no estar a punto de echar los órganos por la boca durante los ejercicios, pero no lo suficiente como para ya poder formar parte de la guardia del lugar.

Y las diferencias no solo estaban en el tiempo que la gente llevase allí entrenando, sino también en las edades. Había tanto hombres como mujeres que iban desde niños, pasando por adolescentes, hasta adultos.

Era evidente que no disponían de la suficiente cantidad de entrenadores como para permitirse el poder diversificar mejor a la gente para darles un entrenamiento más acorde a sus condiciones. En consecuencia, tenían aquella gran variedad de personas juntas en un mismo lugar.

—Bajen el ritmo —gritó Lars—. Caminen por cinco minutos, y luego descansen otros cinco.

"Por fin. Un poco de descanso", pensó Jackie para sí.

Redujo el paso, intentando evitar el impulso de detenerse por completo, pues el resultado sería fatal más tarde, cuando su cuerpo se enfriara.

Oliver llegó hasta ella al rato. Este también estaba visiblemente cansado. Ni cuando estuvieron en los bosques corrieron tanto.

—Vamos, chicos, arriba esos ánimos —decía Julie, la cual aún movía las piernas a buen ritmo mientras iba de espaldas. Al parecer, se unía a los demás de vez en cuando para mantenerse en forma, y para animar a todos a seguir—. Los de atrás. Ustedes también pueden, solo tienen que seguir.

Tanto Jackie como Oliver se fijaron en los que estaban detrás. Era un grupo reciente. Llevarían unos pocos días más que ellos. Aun así, les costaba mantener el ritmo. Después de todo, el entrenamiento en el bosque con Oliver no fue en balde. No serían los mejores, pero tampoco eran los de más bajo rango.

Uno de los mencionados iba con el rostro apuntando al cielo, los ojos cerrados y la boca abierta para respirar. Sin querer, se acababa chocando con alguna que otra persona, y estas lo apartaban un poco sin empujarlo. Un muchacho de la misma altura que Jackie, pelo castaño y una cicatriz en el lado derecho del cuello (izquierdo desde la perspectiva del chico).

Siguió caminando de la misma forma, y acabó por tropezarse con una roca y caer de bruces al suelo. Varios se rieron. Ella también, recordando viejas caídas en el parque de patinaje. Pero como todo buen patinador, fue a ayudar al muchacho.

—¿Estás bien? —preguntó

Este todavía jadeaba. Levantó la mirada y Jackie pudo fijarse en que los ojos del muchacho eran celestes.

—Sí, no te preocupes.

Pese a las palabras del muchacho, Jackie le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse, y este la aceptó de buena gana.

A medida que Jackie se hacía mayor, su padre le contaba cosas de la vida. Tan sencillas como variadas, pero útiles en según qué casos. Una de esas enseñanzas era sobre los apretones de mano. Él le decía que podía aprender mucho de una persona en función de cómo le tomaba de la mano y lo que podía notar en esta.

Cuando el muchacho le tomó de la mano para levantarse, Jackie notó en ella un agarre firme y rígido, como un cordón bien apretado a que parece que es más fácil cortarlo antes que intentar deshacerlo.

Su mano se sintió áspera como la corteza de un árbol, y al intentar levantarlo se percató de que este era más pesado de lo que había estimado a simple vista.

Consiguió hacer que se pusiera de pie, entonces vio que este era un poco más alto que ella. Algo casi imperceptible a larga o media distancia.

—Gracias —le costaba respirar—, no hacía falta.

—No es nada. —El muchacho intentó relajar la respiración, tragó, y pareció haberlo conseguido un poco—. No deberías exigirte tanto.

—Tengo que esforzarme. —Su voz era suave, y su mirada, relajada—. Si tuviese que huir de los Perseguidores, no tendría tiempo para preocuparme si me exijo más de la cuenta o no.

—Es un buen punto. Pero pasarse con el entrenamiento solo hará que tu progreso se ralentice.

—Si no me exijo, no avanzaré.

—Si te exiges más de la cuenta, tú cuerpo no podrá seguir con el ritmo, y tendrás que detenerte varias veces para que se recupere. Al final, solo conseguirás el efecto contrario.

—Es un buen punto. —Hubo un silencio reflexivo entre ambos—. Por cierto, me llamo Keltar.

—Jackie.

—¿Cuál es tu historia? —Jackie enarcó una ceja—. La de cómo llegaste hasta aquí.

—Que directo.

Keltar se encogió de hombros.

—Suelen decírmelo. Es mucho más fácil entender a una persona cuando dices las cosas claras. De otro modo, siento que estoy perdiendo el tiempo en intentar comprender qué quieren decirme.

—Estoy de acuerdo contigo en eso. Me gusta que la gente me diga de forma clara lo que quiere en vez de querer hacer un misterio de todo cuanto dicen.

Keltar sonrió.

—Me caes bien, Jackie. Pero, ahora en serio, ¿cuál es tu historia? —insistió de nuevo—. Si puede saberse.

Al principio, no estaba segura de qué decir. Allí todos eran unos extraños para ella, e ir contando lo que le había ocurrido, no era algo que simplemente pudiese decirle a quien sea. Sin embargo, al fijarse en el resto de habitantes, se dio cuenta de que todos estaban en la misma situación. Todos habían perdido algo, ya fuese una persona o un antiguo hogar. Nadie tenía intenciones de hacerle daño a los demás. Estaban allí por lo mismo, para regresar a su hogar. Así que, compartir su historia podría ser el primer paso para conocer a los demás.

—Llegué aquí gracias a que Julie nos salvó la vida a mí y a Oliver —señaló al chico de forma sutil—. Soy extranjera y me encontré a la familia de Oliver en el bosque. Me acogieron durante una temporada, hasta que —guardó silencio por un momento— bueno, ya sabes lo que sigue.

Keltar pareció comprenderlo sin necesidad de entrar en detalles.

—¿De dónde vienes?

—De muy lejos. Dudo que conozcas el lugar.

—Pruébame.

—Eco Arroyo.

Keltar frunció el ceño un momento, buscando en su memoria algún lugar con el nombre que Jackie había dicho.

—No. No tengo idea de dónde queda eso. Tampoco he salido mucho de donde me encontraba como para saber algo del resto del mundo. Y nunca me interesé por saber qué había más allá de los muros del reino. —Por un momento, Keltar pareció mirar más allá de la madera de los árboles, como si buscara en el horizonte aquello que alguna vez fue su hogar—. Resulta irónico que ahora deba preocuparme más que nunca de todo lo que hay más allá de los muros del reino. Pero, ya sabes lo que dicen: la vida da muchas vueltas.

—Cierto. Pocas veces nuestros planes salen tal y como los teníamos en mente —convino ella—. Y, dime, ¿cuál es tu historia? —Keltar se giró hacia ella—. Si puede saberse.

—No hay mucho que contar. Yo era un aprendiz de herrero que le gustaba ver saltar las chispas de los metales y golpear con el martillo durante una buena parte del día. Vivía con el viejo cascarrabias que me acogió en su hogar, al menos hasta que vinieron los hombres del rey. Luego tuve que huir con un pequeño grupo que se ocultó en los bosques y luego se fue a probar mejor vida en otro reino cercano. Intenté comenzar una nueva vida allí, pero los Perseguidores acabaron encontrándonos. Tuvimos que huir de nuevo y ocultarnos en los bosques por un tiempo, intentando eludir a los Perseguidores, perdiendo a más gente cada vez que nos encontrábamos con ellos, hasta que nos salvaron los Halcones. Y heme aquí.

Jackie reflexionó sobre lo que había escuchado.

—Vaya, veo que te han obligado a abandonar tu hogar varias veces.

—Sí. Espero que esta haya sido la última vez. Asentarse en un sitio nuevo cada vez es una molestia.

—Lo sé. A nadie le gustan las mudanzas.

—Sí, tienes razón.

Ambos escucharon un silbido que los hizo girarse. Era Lars, subido encima de una roca, mostrando en todo su esplendor su lustrosa calva marcada por cicatrices. Una de ellas cruzándole por encima de uno de sus ojos, el cual tenía los colores emblanquecidos debido a su inutilidad.

—Se acabó el descanso. Daremos una vuelta más antes del siguiente entrenamiento.

Y, sin esperarse ni un segundo más, Lars dio un salto y echó a correr. Los de delante lo comenzaron a seguir, y los pocos segundos antes de volver a exigirle esfuerzo a sus piernas se acabarían pronto.

Jackie apuntó con la cabeza en dirección a donde iba la multitud.

—Nos vemos luego.

—Nos vemos luego, Jackie.

Ella continuó y se giró a medida que se alejaba.

—Intenta no tropezar de nuevo.

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Jackie se hace un nuevo amigo durante los primeros entrenamientos. Y de paso se da cuenta de que le espera un arduo camino. Para saber más, ya saben qué hacer.

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