22

—¿Y qué se supone que vas a hacer, arrancarle un pelo a Frank mientras duerme? —me pregunta Kathy.

—No lo sé —suspiro.

Hoy se cumplen oficialmente doce semanas desde la última vez que me vino la regla, lo que significa que ya puedo realizarle al bebé una prueba de paternidad no invasiva, es decir, que no supone ningún riesgo para el bebé. En realidad podría haberlo hecho un poco antes, pero la doctora me recomendó esperar. Ahora lo que me falta es al menos uno de los dos posibles padres.

—Además, Frank no ha estado saliendo mucho con nosotros últimamente —comenta, pinchando el trozo de tortita con su tenedor.

—¿No? —pregunto, extrañada.

—Habrá encontrado otro bar con la tal Jen —gruñe, notablemente molesta—. Qué chica tan insoportable.

—No me dio muy buena impresión, no —concuerdo.

—Está loca, seguro que es como Bianca.

—Esperemos que no.

Hoy he quedado con Kathy para desayunar, ya que al haber dejado el trabajo en la librería tengo las mañanas libres, y le he contado todo lo del embarazo. Se me acaban las opciones para saber quién es el padre, y dado que Frank ya no está en mi vida, se lo contaré a Louis cuando vuelva. Se lo iba a contar de todos modos, él tiene derecho a saberlo, porque además de ser uno de los posibles padres, estamos intentando ser pareja.

—Alice —dice Kathy de repente.

Miro hacia la puerta, pero no veo a Als por ningún lado.

—¿Qué? —pregunto, confundida.

—¿Y si Alice se hace la prueba? Es la hermana de Louis, ¿no sirve?

—Me parece que no funciona así —suspiro—. No sé si es legal, y además por lo que sé hay pocos laboratorios donde se hagan pruebas de ese tipo, y tardan mucho tiempo.

—Pues no se me ocurre nada más —se encoge de hombros.

—No pasa nada —sonrío—. Esperaré a que Louis vuelva.

—¿Cuánto queda para eso?

—Un mes exacto.

Por la tarde, entro a trabajar en el horario habitual, a las cuatro de la tarde. El restaurante parece más calmado hoy, o quizás la que está calmada soy yo. Duncan no está, ha dejado a Tim al mando, y teniendo en cuenta que es un hombre muy amable, hoy todos los camareros y camareras estamos mucho más animados.

Estoy volviendo a la cocina después de haber cobrado a una mesa cuando noto mi delantal vibrar. Maldigo para mis adentros y aligero el paso hasta la cocina, donde saco el móvil para ver que está llamándome Frank. Frunzo el ceño, pero dado que estoy trabajando, tengo que ignorar la llamada. Total, mi turno acaba en media hora y hoy no tengo que quedarme a cerrar, puedo llamarle cuando salga. Pongo el aparato en silencio, y sigo con mi trabajo.

En cuanto me quito el delantal, lo pongo en el armario que le corresponde y salgo del restaurante, lo primero que hago es sacar mi móvil. Veo que tengo 3 llamadas perdidas de Frank, y un mensaje.

Frank: ayudame

Frunzo el ceño y marco su número. Tarda varios tonos en contestar, y cuando lo hace lo primero que oigo es el sonido de la música, pero parece lejano.

¿Deena? —el tono de su voz suena esperanzado.

—¿Qué pasa? —le pregunto, preocupada.

Necesito que vengas a buscarme —no vocaliza muy bien, parece desorientado.

—¿Dónde estás?

En el Arkham —contesta.

—Voy ahora mismo, no te muevas de donde estás —le pido justo antes de terminar la llamada.

Decido coger un taxi para llegar más rápido sin tener que correr, y a los cinco minutos estoy en el local.

Entro y respiro hondo antes de adentrarme en la multitud. Hace tiempo que no salgo de fiesta, antes siempre veníamos aquí, pero ahora no quiero ni estar en este lugar porque el ambiente de alcohol y drogas que hay me repugna.

Paso entre toda la gente que baila, y cuando veo a Diego bailando con una chica, voy directamente hacia él.

—¡Diego! —grito, pero la música camufla mi voz y él no me escucha.

Me acerco más y un cuerpo choca contra el mío. El chico con el que he chocado ni siquiera me pide perdón, solo me sonríe y se acerca a besarme. Lo aparto de un empujón y sigo mi camino hacia Diego, quien está a punto de empezar a enrollarse con la chica. Afortunadamente, llego hasta él antes de que lo haga.

—¡Diego! —vuelvo a gritar, agarrando su brazo.

—¿Deena? —me mira, confundido.

—¿Dónde está Frank? —alzo la voz para que me escuche bien.

—¿Frank? —pregunta, y asiento—. La última vez que lo he visto estaba entrando en el baño.

—Gracias —le digo, y vuelvo a caminar entre la multitud en dirección al baño.

Cuando por fin llego al baño de hombres, no hay nadie esperando para hacer sus necesidades, algo bastante raro. Abro la boca para llamar a Frank, pero de repente escucho un sollozo provinente de uno de los cubículos, y voy hacia allí.

Presiono la única puerta que está cerrada, encontrándome con que está el pestillo puesto.

—¿Frank? —pregunto.

—¿D-Deena? —su voz me contesta al otro lado de la puerta, y ésta se abre.

Delante de mí aparece Frank, o lo que solía ser Frank. Ahora es un saco de huesos con las ojeras mucho más marcadas de lo habitual y los ojos rojos, no sé si de las drogas, de llorar, o de ambas cosas.

Él se abraza a mí casi con desesperación, y se echa a llorar.

—Sácame de aquí, p-por favor —me suplica con la voz rota.

Consigo sacar a Frank del local con bastante rapidez, y tenemos la suerte de que un taxi esté pasando por delante justo en ese momento. Corro para parar el vehículo, y ayudo a Frank, quien apenas se aguanta de pie, a subirse al asiento de atrás. Me siento a su lado, y le doy la dirección de mi piso al taxista. Afortunadamente mi piso está a unos cinco minutos, porque Frank tiene el rostro pálido y dudo que tarde en querer devolver.

—Creo que voy a vomitar —balbucea, confirmando mis sospechas.

El taxi frena en seco, haciendo que casi me golpee con el asiento de delante.

—¡Aquí no se vomita! —exclama el taxista, seguramente harto de todas las veces que deben haber vomitado en su coche.

—Espere aquí, por favor —le pido, y salgo corriendo del taxi para rodearlo y sacar a Frank, quien ya empieza a tener arcadas, por el otro lado.

En cuanto lo saco del vehículo, Frank cae de rodillas sobre el asfalto y empieza a vomitar.

—Mierda —murmuro para mis adentros, y me arrodillo a su lado para sujetar su rebelde pelo y así evitar que se manche.

Frank vomita muchas veces, eliminando todo lo que ha ingerido, y doy gracias por estar en una calle que apenas está transitada, porque de lo contrario estarían pitándonos por estar prácticamente en medio de la calle.

Cuando por fin parece haber terminado, lo ayudo a subir al taxi de nuevo y le doy las gracias al taxista por esperar. Emprendemos de nuevo el trayecto hacia mi piso, y llegamos allí en pocos minutos.

Pago el importe correspondiente y salimos del taxi. Tengo que llevar a Frank cogido del brazo porque parece no ser muy consciente del entorno. Espero que, al haberlo vomitado todo, el efecto de las drogas que ha consumido se desvanezca pronto.

Llegamos a mi casa y me fijo en que Frank vuelve a tener el rostro pálido, por lo que me apresuro a buscarle un cubo —el mismo que usó la última vez que estuvo aquí, vomitando—, lo siento en el sofá y le pongo el cubo delante. Frank vuelve a vomitar, pero dura mucho menos. Cuando termina, se echa hacia atrás, apoyando su espalda en el respaldo del sofá, y me mira.

—Lo siento —dice, con voz temblorosa.

—¿Qué sientes, exactamente? —pregunto, sentándome en la mesilla de delante del sofá.

—Lo siento todo —su voz se rompe y algunas lágrimas empiezan a caer de sus ojos—. Siento estar dándote problemas otra vez, siento haberte hablado mal, pero tú no mereces tener que aguantar a un drogata de mierda... y ahora estoy molestándote de nuevo.

Sorbe por la nariz, intentando no romper a llorar, y me levanto para sentarme a su lado en el sofá.

—Puedo ayudarte, pero no intentes apartarme otra vez —le digo.

—No —niega, y entonces se echa a llorar.

Se abraza a mi cuerpo, y correspondo a su abrazo sintiendo las lágrimas picar mis ojos. Esconde la cara en mi cuello, mojándomelo con sus lágrimas.

—Siempre has sido buena conmigo —dice entre sollozos y teniendo que parar a coger aire porque no puede dejar de llorar—. No quería que cuidaras de mí una vez más, no quería meterte en mis problemas, lo siento. Nada de lo que dije es verdad, te lo juro, no quería hacerte daño, solo quería alejarte de toda mi mierda...

Miro hacia el techo, intentando que no vea que he empezado a llorar yo también.

—No quiero que me alejes, Frank, eres mi mejor amigo, estaré ahí siempre —le aseguro.

—No me abandones —me suplica, y se me encoge el corazón—. No me dejes solo, no quiero sentirme solo otra vez.

Al final del día Frank siempre se sentirá como un niño abandonado por culpa del hijo de perra de su padre.

—No lo haré, nunca, te lo prometo.

Él se abraza a mí aún más fuerte, y lloramos juntos hasta que ya no quedan lágrimas.

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