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"El amor no tiene fronteras de género, etnia, religión o procedencia".
Esa es una de las bases sobre las que me educaron mis padres. Es algo que siempre he tenido claro, no debes limitarte a tí mismo en el amor.
Mi padre, Aniel, nació en Inglaterra, hijo de cubanos que emigraron buscando una vida mejor.
Mi madre, Siham, es marroquí, nacida en Marrakech. Su familia se mudó a Londres cuando ella tenía catorce años, ya que mi abuelo estaba enfermo y necesitaba una operación que estaba empezando a hacerse en el Reino Unido.
Papá era un estudiante de Medicina que estaba como interno en el hospital donde ingresaron a mi abuelo dos años después de su llegada a Londres, y ahí conoció a mi madre.
Las cosas para ellos no fueron fáciles, las diferencias culturales y religiosas eran muy grandes y los prejuicios de los demás eran potentes. Además, había una diferencia de seis años entre ellos. Pero lo superaron, y todo para poder estar juntos.
Mis padres siempre han sido un ejemplo a seguir para mí en cuanto a relaciones. Llevan veintitrés años juntos y se quieren como el primer día. Eso es lo que siempre me ha hecho creer en el amor.
Pero, así como no debes limitarte a tí mismo, tampoco debes forzar algo que no funciona. Y es por eso que ahora mismo estoy sentada en el sofá de mi apartamento, viendo cómo Frank termina de recoger sus cosas para irse.
Ninguno de los dos decimos nada, porque no hay nada que decir. Se acabó, y no es algo sobre lo que sentirse triste o enfadado, hemos hecho lo que era mejor para los dos, y si todo va bien seguiremos siendo amigos como antes, como si esto nunca hubiera ocurrido.
—Entonces... ¿nos vemos mañana en el Arkham? —me pregunta, refiriéndose al bar al que solemos ir.
Él tiene ya todas sus maletas preparadas en la puerta, está dispuesto a salir, pero me mira expectante.
—Claro —contesto con una sonrisa. Debo admitir que la he fingido un poco.
Él asiente, sonriendo también, abre la puerta y sale de mi apartamento, llevándose con él sus dos maletas.
La puerta se cierra detrás de él, y suspiro. La verdad, no ha sido fácil ver cómo se va, pero no porque hayamos terminado, sino porque se me hace raro. Él ha estado viviendo conmigo por varios meses, y ahora voy a tardar en acostumbrarme a su ausencia, pero es lo mejor que podíamos hacer.
—Bueno —me digo a mí misma—. ¿Y ahora qué?
Mi cabeza va a mil por hora, atosigada por los pensamientos que llevan revolucionando mi mente desde hace una semana. Y entonces yo, siendo la masoquista que soy, decido volver a leer esos mensajes que recibí hace una semana, a las diez de la mañana —tres de la madrugada en Los Ángeles—.
Louis S. (10:03): deeeenaaa
Louis S. (10:03): pr que estas tan lejso?
Louis S. (10:04): mierda deena porqur no puedo sacarte de mi cabeza?
Louis S. (11:23): lo siento, no me hagas caso.
Suspiro y dejo el móvil encima del sofá de nuevo. Subo mis pies al sofá y me abrazo a mis rodillas, escondiendo mi rostro entre ellas. Todo está tan jodido.
Pensaba que era Frank al que quería de verdad, realmente lo pensaba, pero enterrar mis sentimientos por Louis tan rápido era imposible, y cuando recibí esos mensajes lo tuve más claro que nunca. No decidí dejarlo con Frank porque crea que ahora podré iniciar una feliz relación con Louis, decidí dejarlo porque estar con una persona mientras quieres a otra no está bien, y Frank no lo merecía. Además, a él tampoco le veía feliz conmigo.
Los primeros meses juntos fueron increíbles, pero la magia de la novedad se fue apagando hasta que solo quedaron cenizas, cenizas que espero que resurjan en forma de amistad. Sé que lo conseguiremos.
Así que mi única opción ahora es seguir adelante, sin Louis ni Frank, aunque no creo que me cueste demasiado acostumbrarme, al fin y al cabo Frank seguirá siendo mi amigo y Louis seguirá siendo inalcanzable. Ni siquiera me tomé en serio los mensajes que me envió, Louis siempre está jugando, desde que le conocí.
Yo sólo tenía ocho años. Llegaron dos niños nuevos a la escuela, Frank y Alice, e iban juntos a todos lados. Ellos se conocían desde que habían nacido, y sus padres decidieron meterlos a ambos en la misma escuela. Yo no tenía amigos, y ellos eran considerados los "raros" de la escuela, porque no se relacionaban con nadie. Pero, un día, la profesora de Naturales me puso con Alice en un trabajo, y aunque ella no se dejaba conocer, terminé consiguiendo ser su amiga. Y entonces fuimos los tres: Frank, Alice y yo. Los tres mejores amigos.
Un día, Alice me invitó a su casa. Yo sabía que ella era hija de Ian Smeed —un actor que en ese momento estaba bastante de moda, aunque no le duró demasiado—, pero nunca me importó eso. Para mí ella era Alice, no la hija de Ian Smeed. Cuando entré en su casa, no había nadie —algo que al parecer era normal en la mansión Smeed—, pero mientras hacíamos los deberes juntas en el salón, entraron dos chicos adolescentes completamente idénticos. Sí, Alice me había contado que tenía dos hermanos gemelos, pero nunca imaginé que serían tan parecidos, apenas había nada que les distinguiera, aunque hoy en día sé que Louis tiene un pequeño lunar encima de la ceja, y además las voces son diferentes.
Años más tarde empezaron los juegos de Louis y, con ellos, mis problemas.
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¡Hola!
Aquí tenéis el primer capítulo de 8750 kilómetros. Sé que es corto, pero es como un capítulo introductorio.
¿Qué os ha parecido? :)
De momento, subiré un capítulo por semana, ya que todavía estoy escribiendo Conociendo a Noah, y además tengo trabajos de la uni y no tengo tanto tiempo como desearía.
Nos haré un favor a todos (tanto a vosotros como a mí) y pondré un día de publicación jajaja, será los martes.
¡Hasta el martes que viene, entonces! (tranquis, que subiré CAN antes jajaja)
Claire
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