#15: Literas mudas

Estaban ellos dos solos en la alcoba, en medio del mayor silencio jamás experimentado por alguna persona en el mundo, sintiendo que las cosas no podían ser peor, pero sin animarse a decirlo en voz alta. En ese lugar, cuando la oscuridad parecía absoluta, era porque iban a caer un poco más de lo que ya estaban. Aun así, el pelinegro no sabía qué hacer con su cuerpo en estos momentos. Era extraño, lo que lo hacía sentir peor de ser posible, porque se suponía que ese sentimiento de incomodad estaba reservado para personas con las que jamás tenía contacto, no para alguien que sentía tan cercano como el castaño acostado frente a él.

Ni siquiera sabía si lo que sentía venía de su pecho o de su mente. Con Libra nunca era tan sencillo descifrar eso. El signo de la balanza tenía tantos pensamientos todo el tiempo que era imposible seguirle la pista y, con los pensamientos, venían las emociones. Miles de sentimientos diferentes, uno detrás de otro, llegaban como una estampida, mezclándose entre sí, confundiendo a cualquiera que no estuviera acostumbrado a tal carga de emociones. Pero Géminis no era cualquiera, no para Libra, no después de todo lo que habían vivido juntos.

Estaba fracasando, sin embargo, porque su mejor amigo estaba en la litera superior, con esas horribles correas que evitaban que saliera volando y la sangre llena de medicamentos para mantenerlo en un estado donde apenas y existía. Estaba fracasando, porque no sólo no fue capaz de protegerlo, sino que también ahora, en el presente, no podía dar con el sentimiento que imperaba en la mente del castaño.

El de ojos rasgados no quería ver a su mejor amigo en ese momento. Sabía que lo había lastimado, tendría que ser un completo inconsciente como para no saberlo, pero no podía soportar la imagen de un Géminis con los ojos rojos de tanto llorar y unas ojeras marcadas por las noches en vela. Su intención nunca fue lastimar a nadie, o tan siquiera eso se repetía durante todo el día para poder soportar el paso de las horas. Por lo menos no quería lastimar a Géminis. De eso estaba cien por ciento seguro. ¿Qué clase de monstruo quiere lastimar a su mejor amigo?

En todo caso, llegó a un punto en el que concluyó que su presencia hería más al pelinegro que su partida. Pensando de la manera más pragmática que pudo, hasta resultaba lógico: Si seguía vivo, Géminis tendría que sentir todo el terror y la ansiedad que él sentía cada vez que las luces se apagaban. Y, aunque no lo sintiera, podía ver en los verdes ojos del chico con pecas que le dolía ver en lo que se había convertido. Libra sabía a la perfección que adelgazó en su estadía en el Agujero Negro, y decir «adelgazar» era quedarse corto: Se convirtió en un esqueleto andante. Y sus crisis eran cada vez más fuertes. Géminis y Escorpio se volvieron unos cómplices que lo drogaban, rompiendo todas las reglas de ese lugar, para que él pudiera permanecer con ellos por más tiempo.

La única salida que tenía era dejar de existir. Llevarse a la tumba todos los problemas que le causaba al resto.

Porque no sólo era el hecho de que le dieran medicamentos que no deberían tener o que le mintieran a la Directiva, sino que se estaban arriesgando a que les pasara lo mismo que a él. Libra detestaba la idea de que su mejor amigo, la persona por la que daría la vida, se viera obligado a pasar por lo mismo por lo que él pasó sólo por protegerlo.

Sólo porque él era muy débil como para protegerse a sí mismo.

Estaba cansado de ser débil y, cuando consiguió reunir la fuerza necesaria para proteger a sus amigos de algo mucho peor, no fue suficiente.

Si él moría colgado en el baño esa noche, los pondría tristes. Estaba seguro de que, por lo menos Géminis, lloraría su partida hasta el cansancio. Pero, eventualmente, esa pequeña herida sanaría. El pelinegro no estaba solo, tenía a Capricornio a su lado, tenía a más personas que lo apoyarían. Si Libra hubiera logrado su cometido aquella noche, quizás Géminis hubiera estado triste un par de semanas, pero ahora estaría dejándolo atrás.

Pero no lo logró.

Y ahora Géminis sufría en un intento desesperado de entender algo que Libra se negaba a explicar. ¿Cómo le explicas a tu mejor amigo que estás cansado? ¿Cómo lo miras a los ojos y le dices que estás dentro de un túnel de que no te puede salvar? ¿Cómo le dices que tú ya estás condenado? ¿Cómo alguien puede decir esas palabras sin lastimar a la otra persona más de lo que ya lo hacía?

— ¿Tan siquiera puedes voltear a verme?— Pidió el signo de los gemelos con la voz rota. Llevaba ahí casi una hora, sentado en silencio con la espalda recargada en la pared, mientras veía a su mejor amigo fingir estar dormido. Lo conocía como la palma de su mano y era casi ofensivo que Libra no pusiera empeño en engañarlo. Soltó un suspiro, rindiéndose un poco más, sintiendo cómo su corazón se estrujaba en su pecho y las lágrimas se volvían a acumular en sus ojos.

No quería seguir llorando, porque se suponía que estaba ahí para ser el apoyo, no para poner más peso sobre los hombros del otro. Géminis no podía mostrarse débil en frente de una persona que lo que necesitaba era fortaleza, porque sabía que Libra se culparía por eso. Siempre lo hacía. Así que aguantó lo más que pudo, con una voluntad que no sabía que poseía, mientras no recibía respuesta por parte de su mejor amigo.

— Puedes hablar— Fueron las únicas dos palabras que le dedicó el otro. Géminis quería sacarse la idea de la mente, pero no por no admitir algo deja de ser cierto: Estaban en un punto tan bajo que cualquier cosa que no fuera una derrota sería digna de celebrar. Pero le dolía en el alma alegrarse porque Libra, el chico que otrora nunca dejaría de hablar, pronunció dos palabras.

— ¿Algún día me vas a explicar por qué lo hiciste?— Silencio— Ni siquiera encontramos una carta... Nada. ¿No pensaste en cómo nos sentiríamos? ¿No pensaste en cómo me sentiría?— Quizás en otro mundo, donde las cosas fueran más simples y los sentimientos no lo abrumaran de la manera en la que lo hacían, Géminis se hubiera sentido mal por la manera en la que se rompió su voz cuando pronunció esas palabras. Quizá, si no sintiera tanto odio hacia sí mismo por parte del otro o tanto miedo por parte propia, se hubiera detenido un segundo a tomar aire para controlarse. Pero este no era ese mundo, y Géminis estaba desesperado.

Cada día que pasaba perdía un poco más la esperanza. Cada noche era más aterradora que la anterior. Todas las noches se iba a la cama con el terror de que alguien tocara la puerta de su alcoba para darle las peores noticias que podría recibir. Todas las mañanas soltaba el aire que contuvo durante las horas de Luna porque podía volver a ver a su mejor amigo con vida. ¿Cómo demonios se suponía que debía mantener la compostura cuando cada «Hasta mañana» podía ser las últimas palabras que le dedicara a la persona que siempre estuvo a su lado?

Si alguien tenía derecho a romperse en mil pedazos, era él.

Y estaba cansado de fingir que no era así. Porque claro que la señora Katsaros le había aumentado las horas con ella después del «incidente» con la justificación de que era muy cercano a Libra. Porque claro que debía mantener la calma frente al castaño para no hacerlo sentir peor. Porque por supuesto que no podía soltarse enfrente de su pareja por miedo a preocuparlo de más, porque Capri no se merecía eso, porque primero se sacaba los ojos con las uñas antes de causar algún sentimiento negativo en ese hermoso rubio. Pero entonces se encontraba guardándose un cúmulo de sentimientos y pensamientos que le estaban drenando la vida de a poco.

Tan siquiera su sollozo bastó para que Libra volteara a verlo. Ni siquiera se permitió sentirse culpable al ver la única lágrima que escurría por el rostro del castaño, estaba demasiado ocupado colapsando como para notar esos pequeños detalles. Sintió, sin embargo, toda la culpa y autodesprecio que el de ojos rasgados comenzó a experimentar.

— Todo sería más sencillo si Ofiuco no hubiera aparecido...— Se lamentó el chico atado a la cama en un murmuro que no pretendía ser escuchado por el otro.

Sin embargo, Géminis tenía muy buen oído. Fulminó a Libra con la mirada, odiando a su mejor amigo por un instante, mientras se limpiaba las lágrimas con demasiada agresividad, lastimándose en el proceso. No le importó mucho, si era honesto.

— No se puede ser tan cobarde— Escupió, en parte porque lo pensaba, en mayor medida porque Libra se odiaba tanto que sus sentimientos se comenzaban a mezclar con los propios. El más delgado de los dos desvió la mirada, haciendo que la ira creciera más en el pelinegro. Y, en el centro de su pecho, el terror comenzaba a expandirse como un virus. Géminis estaba aterrado de lo que sentía en esos momentos. Se intentó convencer de que no eran suyas esas emociones, pero todo era una amalgama tan enredada que ya no podía distinguir nada— Lo siento, Sho...— Balbuceó, sintiéndose estúpido por excusarse frente a alguien como Libra. Sintiéndose la peor persona del mundo por creer que Libra no merecía ese perdón.

— Supongo que soy un cobarde— Dijo, soltando una risa desganada.

El signo de la balanza giró su cabeza para quedar viendo al techo, perdiendo su vista en algún punto sin importancia, mientras Géminis intentaba tomar un poco el control sobre lo que sentía, sin lograrlo. El silencio volvió a ganar terreno en la alcoba no.2.

Algunas veces, para algunas personas, el silencio podía ser agradable. Justo en ese instante, no era una de esas ocasiones. Géminis limpió una vez más las lágrimas que mojaban su rostro, sintiendo una mezcla de emociones que no deberían existir en una persona, mientras se levantaba del piso. Justo como el día anterior a ese, no conseguía nada con su mejor amigo. Miró la litera superior por una última vez, soltando un suspiro que pretendía deshacerse de todo el miedo y la tristeza que sentía, sin lograrlo, por supuesto, los suspiros no tienen tanto poder.

Quiso decir algo, pero no encontró palabras para comunicar una idea que no terminaba de organizar en su mente. Se resignó a abandonar la alcoba no.2 sin despedirse de su amigo; el nudo en su garganta no se lo permitiría, no cuando sus miedos le gritaban que lo hiciera porque esas podían ser las últimas palabras que le dedicara a su casi hermano. ¿Qué podía decir sin romper en un llanto tan ruidoso como egoísta?

Salió de la habitación a toda prisa, queriendo alejarse lo antes posible de Libra, sintiéndose como la peor persona del mundo por hacerlo, pero sin poder pasar otro segundo sintiendo ese odio con esa intensidad. No se dio cuenta de cuándo impactó contra el cuerpo del rubio que lo esperaba en el pasillo hasta que estuvo en el piso, víctima de la gravedad, sintiendo la culpa del otro como propia; sintiendo una mezcla de enternecimiento y amor surgir desde su pecho.

Eso era Capricornio para él: Un bálsamo capaz de recomponerlo en un instante. Vio al gigante ciego tantear a su alrededor en un intento de dar con él, pero sin poder hacerlo por su cuenta, así que Géminis decidió hacer un pequeño ruido, sólo para darle una pista al más alto. Capricornio sabía que lo hacía a propósito, pero en el fondo, debajo de toda la inseguridad que le causaba no ser capaz de ver, lo agradecía un poco. Era su pequeño trato: Guiarse cuando la oscuridad fuera más de lo que podían soportar.

— No tenías que esperarme— Logró murmurar, sobreponiéndose al nudo en su garganta que cada vez se hacía más pequeño. ¿Qué clase de magia tenía Capricornio? ¿Por qué era capaz de calmarlo después de uno de los peores momentos de su vida?

— Pero quería hacerlo— Dijo, sonriendo. Géminis era consciente de que Capricornio no solía hacer muchas expresiones cuando hablaba con otras personas, lo cual sólo hacía esos pequeños gestos más preciados para el pelinegro. De pronto, Géminis olvidó que debía sentirse culpable al sentir dicha porque su mejor amigo estaba atado en una cama. Y, cuando lo recordó, fue mucho peor que al inicio.

Justo como el día anterior a ese, volvía a ser un fracaso.

• . ✩ • . . • . . . . . •

Tuvo que juntar toda la fuerza de voluntad con la que había nacido para dar ese paso que hacía falta para salir de ese lugar. Ni siquiera sabía de dónde la había sacado, pero estaba agradecido de tenerla. Algo tan simple como dar un paso se volvió tan complicado como empujar una roca por una pendiente, como cargar con el peso del mundo; y, al mismo tiempo, en cuanto cruzó el marco de la puerta, se sintió como si por fin se librara de las cadenas que lo estaban aprisionando, como si por fin, después de años, pudiera tomar una bocanada profunda.

Y, si era así, entonces no entendía por qué las lágrimas caían por su rostro sin detenerse.

Corrió por un momento, sintiéndose ridículo, pero el miedo a que el pelirrojo saliera del comedor y le diera alcance le impidió detenerse hasta que hubo puesto suficiente distancia entre ellos. No sabía a dónde quería llegar, pero eso no lo detuvo, porque tampoco es como que tuviera muchas opciones; es lo que pasa cuando tu mundo se reduce a un complejo y lo tienes que compartir con otras doce personas que están igual de condenadas que tú.

Terminó por detenerse, porque era absurdo seguir huyendo cuando se iba a encontrar con esa persona en la cena, y dejó que su espalda se deslizara por la pared hasta que terminó sentado en el piso del complejo. Todo era tan limpio, tan impersonal... Los focos fluorescentes de luz azul blancuzca colgaban del techo y se reflejaban en la impoluta loseta sobre la que sus lágrimas caían. Vio cómo el reflejo de esas luces se deformaba dentro de las gotas, creando nuevos universos dentro de los cuales se sentía igual de solo que en la realidad, mientras se rodeaba a sí mismo con sus brazos, en un lastimero intento de abrazo individual que trataba de contener los espasmos que su llanto le causaban.

¿Y qué si alguien lo escuchaba sollozar en medio del pasillo? Tenía el corazón roto, si eso no le concedía una licencia para ser tan expresivo como le diera la gana, nada lo haría. Además de que tenía la certeza de que nadie se acercaría a preguntarle si estaba bien; en ese momento ningún miembro de su generación estaba en las condiciones de echarse más peso del que ya tenía encima.

Por primera vez en su vida no maldijo a los cielos cuando no pudo ver sus manos a causa de su habilidad. Tan siquiera esta vez era de utilidad poder desaparecer. Tan siquiera así no verían su rostro de ojos hinchados y de esta manera no daría tanta pena. No quería cerrar los ojos, porque cada vez que lo hacía el rostro del pelirrojo aparecía en su mente, con esa expresión dolida y esos ojos llenos de tristeza; y cada vez que eso pasaba, su corazón se apretaba un poco más.

¿Cómo podía convencer a todo su cerebro de odiar a una persona a la que se llevaba aferrando por tanto tiempo?

¿Por qué creía que la respuesta era el odio? Podía simplemente ignorarlo, aunque sabía que no podría hacerlo. Con el signo del león las cosas no eran simples nunca. O era amor, o era odio; no había punto intermedio. Le daría todo o nada, nunca una pizca menos, ni un poco más. Y, si alguien no era capaz de aceptarlo, entonces no estaba listo para él. Ignorarlo jamás fue una opción considerable, nunca fue la respuesta. Siendo así, sólo podría odiarlo.

Aunque no quisiera hacerlo.

Aunque no supiera si algún día podría lograrlo.

Pero no hay nada que el tiempo no termine por asesinar, y el llanto del moreno dejó de ser una serie de sollozos para convertirse en un silencio que se veía interrumpido por leves suspiros lanzados ocasionalmente. Las lágrimas seguían cayendo, pero por una vez su habilidad lo ayudaba. La invisibilidad lo cubría con su manto protector, impidiéndole a las pocas personas que llegaron a pasar por ese pasillo verlo. Y, si alguien llegó a escuchar algo, el mismo complejo los había entrenado para ignorar los lloriqueos hace tanto tiempo que era casi imposible que algún pasante se hubiera detenido a pensar por un segundo si era algo de lo que debía preocuparse.

Por una vez en su vida, Leo quería ser invisible y su cuerpo colaboraba para lograrlo.

Se sentía como un estúpido por estar tan deshecho por algo que él mismo decidió hacer. Nadie dijo jamás que realizar algo que es bueno para nosotros sería fácil, sin embargo. Creía que, como la mayoría de sus amigos le habían reclamado a lo largo de los meses, estaba exagerando; que le estaba dando demasiada importancia a algo que en realidad no la tenía. Pero sabía que no era así: Porque para él sí significaba algo. Esas palabras, dichas con tanto dolor mientras se arrepentía un poco más a cada segundo que pasaba, fueron las que le rompieron el corazón.

Porque, al tiempo que las decía, se dio cuenta de todo lo que estaba dispuesto a soportar por otra persona que nunca se detuvo a pensar en él. Porque, con cada palabra, se clavaba un puñal nuevo en la espalda, sintiéndose estúpido por aceptar hacerse pequeño a sí mismo con tal de recibir una mirada por parte de otra persona. Porque, a cada cosa nueva que decía, la venda se caía un poco más, dejándolo ver todo lo que se había negado a aceptar. Fueron sus palabras las que le rompieron el corazón, porque no se creía capaz de hacerse eso por alguien más. Y, al mismo tiempo, sabía que debía seguir hablando; porque, de no acabar con eso, volvería a lastimarse.

Y, si fueron sus propias palabras las que lo rompieron, la mirada de Tauro fue la que le dio el tiro de gracia.

Leo no sabría decir si recordar esos azules ojos dolidos fue buena idea, pues su llanto sólo empeoraba con eso, pero evitar lo doloroso no lo iba ayudar a superarlo. Así que ahí estaba, el chico al que le gustaba pretender que tenía la autoestima por las nubes, sentado en el piso mientras sus lágrimas caían sin parar, llorando porque le dijo a alguien que ya no quería seguir siendo un capricho. Ese pensamiento lo hizo reír un poco.

Tan siquiera nadie podía verlo en ese lamentable estado.

¿Y si permanecía invisible por siempre? Se preguntó si alguien se daría cuenta de su ausencia, si alguien lo extrañaría y por cuánto tiempo lo harían. Le gustaba ser invisible, porque era lo más parecido que jamás tendría a no existir en un mundo donde no podía huir de aquellas cosas que lo lastimaban. ¿Acaso era tan malo no existir? Y, si era así, ¿Por qué se sentía tan bien?

O eso pensó hasta que vio a cierto cobrizo salir a hurtadillas de una alcoba que se suponía clausurada. Sabía el que el signo de aire era extraño, insensible incluso, pero meterse a pasar la tarde a la alcoba de una generación que ya no estaba superaba con creces cualquier límite. Eso era demasiado, incluso para alguien como Acuario.

Su mente lo detuvo, haciéndolo pensar por un momento que no era su problema, que alguien más se haría cargo de esa situación. Pero sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. Por pensar así, Libra había estado lo suficientemente solo como para intentar quitarse la vida. «No es mi problema», «Tiene otros amigos, más cercanos, ellos lo van a ayudar», «Mejor no me meto en problemas» y todas las mentiras que los de su generación seguían repitiéndose para desviar la mirada y dejar que las cosas pasaran.

Si estaban de esa manera en estos momentos, era porque ellos lo habían permitido. El mismo Leo era la prueba de la mentalidad de su generación: Inclusive con el corazón roto, el que llamaba su mejor amigo estaba en otro lugar. Se sentía tan solo la mayor parte del tiempo, pero eso era porque todos estaban obsesionados con mantener un perfil bajo. Bueno, por mantener un «perfil bajo», Cáncer no estaba con ellos en ese momento. Por querer evitar problemas, nadie se acercaba a Piscis. ¿Quién sería la siguiente víctima de la soledad si seguían así?

Aunque no quería hacerlo, porque era meterse en problemas, se levantó del suelo para caminar hacia la alcoba de la que el signo del jarrón había salido. Tan siquiera las cámaras no lo podían captar en este estado. Tan siquiera él podía ser tan descuidado como quisiera. Avanzó los pasos que lo separaban del marco de la puerta de la habitación, sintiendo cada músculo de su cuerpo oponerse a sus deseos, sintiendo su corazón acelerarse un poco más a cada segundo.

Estaba preparado para ver muchas cosas, pero la imagen del pequeño pelinegro acostado en la cama, inconsciente, mientras las blancas sábanas sobre las que estaban tenían pequeños puntos rojos ahí donde, muy seguramente, sangre había caído, fue demasiado para el león.

Corrió hacia la cama sin pensarlo dos veces, hincándose para quedar a la altura de donde el pequeño signo de agua descansaba. Lo miró, sin saber qué sentir al respecto, con el pecho lleno de una preocupación que no había sentido desde esa horrible noche en la que correr por los pasillos estuvo permitido. Aún había restos de sangre seca en las fosas nasales del menor, evidencia de lo que pasó en ese lugar antes de que se diera cuenta de que había personas ahí. Intentó conectar los puntos, sin saber a qué conclusión debía llegar en esos momentos. Miles de preguntas llenaban su mente, mientras era incapaz de despegar la vista del signo inconsciente.

¿Acuario abandonó a Escorpio en una alcoba a la que nadie va? ¿Qué demonios había pasado ahí? ¿Habían peleado? ¿El signo de aire era culpable del estado del otro? ¿Por qué estaban en una alcoba tan apartada? ¿Por qué necesitaron esconderse?

Clavó su mirada en el cuerpo del otro, tan delgado, tan pequeño, intentando obtener respuestas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en realidad nunca le había prestado atención a Escorpio; no como lo estaba haciendo en ese momento. Sus negras hebras cayendo sobre su frente, cubriendo un poco sus ojos de largas pestañas; la manera en la que sus venas resaltaban a simple vista debajo de su pálida piel; lo lastimados que estaban sus labios gracias a la manía que tenía de siempre mordérselos; o cómo su clavícula se alzaba bajo su piel, marcándose quizá demasiado. Pudo ver, sin mucho agrado, los manchones purpúreos ahí donde las marcas de mordidas estaban. Era tan pequeño y se veía tan frágil, como si de tocarlo lo fuera a romper...

— ¿Estás preocupado?— La voz de Acuario, con ese característico tono burlesco, hicieron que diera un pequeño salto en su lugar. ¿Cuándo había vuelto a ser visible?

Sintió al cobrizo acercarse hasta que estuvo a su lado, para hincarse de la misma manera en la que él lo había hecho antes de ponerle una camisa humedecida en la frente al chico inconsciente. Escorpio se removió un poco, inquieto, quizá sobresaltado por la repentina sensación, pero no despertó. Después de unos minutos, cuando estuvo en claro que Escorpio seguiría durmiendo, Leo pudo relajarse, aun cuando no sabía en qué momento se había tensado.

— ¿Estabas llorando?— Preguntó Acuario al verlo. Leo no pudo hacer más que desviar la mirada, apenado de que alguien hubiera detectado eso— No te entiendo, Sirâj, tienes que decidirte— Pero el moreno no sabía a qué se refería el otro. Acuario clavó sus azules ojos en los verdes ajenos, intentando volver la conversación un poco más íntima— O eres la única persona de la generación que soporta verse en un espejo y no se odia a sí misma, o eres el patético intento de niño que está tan necesitado de amor que está dispuesto a tomar las migajas que alguien más le avienta de vez en cuando.

Las palabras de Acuario lo golpearon como un puñetazo directo en la cara; lo hicieron despertar como un balde de hielos cayendo sobre él a primera hora en la mañana. Se sorprendió mirando esos claros ojos azules, tan diferentes a los de Tauro, que eran de un azul tan intenso que sentía que se perdería en ellos, sin saber qué decir a continuación.

No soportó mucho tiempo la mirada, desviándola hacia el chico que dormía en la cama sin enterarse de lo que pasaba a su alrededor; ese mismo pelinegro fue con el que se metió a hurtadillas a un armario, movido por esa misma necesidad que resaltaba el cobrizo, tan patética como humillante, tan hambrienta de afecto que estaba dispuesta a conformarse con un poco de contacto humano antes de seguir sintiéndose sola. Esa vez, cuando estuvo tan cerca de Escorpio como jamás lo ha estado de nadie, ni siquiera se dio cuenta del lunar que tenía sobre la ceja derecha o de la forma en la que su clavícula resaltaba. ¿Qué clase de agujero negro de necesidad había sido los últimos meses?

— No lo sé— Confesó, mientas volvía a llorar.

Si se iba a romper el corazón, era mejor soltarlo todo de una buena vez.

• . ✩ • . . • . . . . . •

Su mesa tenía tres personas, contándolo, y eso ya era una victoria. Aunque él era el único sentado de su lado y eso sólo lo hacía sentir solo y triste, tan siquiera no era uno de esos días en los que más de la mitad de la generación decidían saltarse una comida. Cabía señalar que era la cena, la cual nunca había sido obligatoria. La sexta generación estaba tan abajo que cualquier cosa que no fuera una derrota sería festejada como una victoria.

Y cualquier comida que tuviera más de cuatro comensales se consideraría casa llena.

Las cosas estaban bien, o tan bien como podían estarlo últimamente. Acuario, sentado frente a él, hablaba de algún tema sin relevancia con Sagitario, quien parecía un muerto viviente y no tenía la chispa que otrora lo caracterizaba, pero por lo menos se había presentado a comer. En la tercera mesa, Aries y Piscis eran alimentados por un par de pasantes, pero eso no los cohibía a la hora de agregarse a la conversación de sus amigos, soltando comentarios en un tono un poco alto que no eran del todo acertados.

Él no los corregiría, sin embargo. Lo único que quería era acabarse su tazón de avena e irse a dormir lo antes posible. Estaba cansado de vagar por los pasillos en completa soledad durante todo el día y lo único que quería era subirse a su litera y cerrar los ojos antes de que Libra tuviera algún colapso nervioso y le impidiera dormir otra noche entera.

Se había distanciado de la generación desde aquella noche, ni siquiera hablaba de la misma manera con Leo, y fue por decisión propia y, al mismo tiempo, porque ellos decidieron darle la espalda. Todos lo culpaban de lo que Libra había hecho, incapaces de entender lo que él supo desde siempre. ¿Y qué si lo usaban como un pretexto para no asumir su parte de la responsabilidad? No ganaba nada culpándose por las decisiones del resto, y mucho menos al culparse porque uno de sus compañeros de habitación decidió colgarse después de decirle lo que sentía por él.

Quizás el resto lo tendría por siempre en la categoría de desalmado por cómo actuó esa noche. Quizás el resto jamás le perdonaría que pudiera seguir durmiendo después de ser el culpable, o tan siquiera al que podían señalar para dar con una explicación a la pregunta que el mismo signo de la balanza se negaba a responder. Quizás el resto necesitaba un chivo expiatorio para poder tener un poco de paz y él tenía que pagar por unos platos que no rompió.

Le daba igual a este punto.

Terminó su avena en silencio, tomando su bandeja y llevándola a la barra para alejarse del comedor lo antes posible. Sabía que había varios que no lo culpaban del todo, pero la mente suele enfocarse en las partes negativas. Sagitario lo volteó a ver, preguntándole sin palabras si pensaba irse, a lo que Virgo asintió con una mueca que no pretendía ser una sonrisa, pero que podría interpretarse como una. Ni siquiera recordó tomar un poco de su cena para alimentar a las hormigas que lo acosaban durante el día en busca de algo dulce, sería interesante que de nuevo invadieran su litera. Tan siquiera así podría escuchar los gritos de Leo al verse cubierto por miles y miles de pequeñas e inofensivas hormigas adictas al azúcar.

Sabía que varios no lo culpaban del todo, pero sentía una mirada llena de odio clavada en su espalda, haciéndolo sentirse incómodo, haciéndolo querer huir de ese lugar lo antes posible.

Pero se detuvo en el marco de la puerta para dar una última mirada a lo que su generación era actualmente. Quizás era nostalgia. Quizás era la soledad a la que lo habían sometido al excluirlo. Quizás era que no sabía cómo acercarse a ellos.

En la tercera mesa, los últimos miembros del club de los «Intocables» les agradecían a los pasantes que los alimentaron por hacerlo. Siempre le pareció gracioso cómo Aries y Piscis insistían en ser cordiales con las personas que trabajaban para quienes los hicieron incapaces de comer por sí solos en primer lugar. Pero así eran ellos, y Virgo no quería opinar al respecto.

En la segunda mesa, Acuario se esforzaba por volver a encender esa chispa de ánimo en el signo del arquero sin mucho éxito. Al albino le parecía absurda la manera en la que echaba de menos la actitud infantil y ruidosa del signo de fuego, pero así era. Y eso sólo lo hacía más triste.

Y en la primera mesa estaba su mejor amigo, con los ojos rojos, moviendo la comida en su plato sin decir nada, sin levantar la mirada. De ser la vida normal, unos cuantos meses atrás, se pasarían toda la noche susurrando sobre lo que pasaba por la mente del león, o eso hasta que Escorpio les gritara que se callaran de una buena vez. Al día siguiente, Libra le diría a Géminis todo lo que escuchó y ellos se enfadarían con la balanza. Y todo sería perfecto.

Pero las cosas no eran perfectas, ni mucho menos.

De hecho, algunas veces Virgo llegaba a pensar que las cosas no podían ser peores; pero el universo siempre encontraba nuevas maneras de sorprenderlos. Justo cuando el albino pensaba que no podían caer más bajo como generación, el piso colapsaba.

Justo como ahora, por ejemplo, que la persona de la que llevaba enamorado cinco años estaba intentando asesinarlo con la mirada mientras sostiene la mano de Capricornio por debajo de la mesa.

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