#04: Práctica rutinaria

El reloj en la pared se iluminó por un par de segundos, dejando que los demás supieran qué hora era. 10:01. Iba tarde. Soltó una maldición por lo bajo al tiempo que comenzaba a correr, rogándole a todas las estrellas que no se cruzara con ningún pasante al doblar la esquina. Sabía el camino de memoria al punto de poder recorrerlo sin necesidad de verlo, inclusive sabía a cuántos pasos exactos se encontraba del salón A42, donde tendría que haber estado hace un minuto. Aumentó la velocidad, sintiendo la libreta que colgaba de su muñeca columpiarse de un lado a otro. Se preguntó si se le olvidaba algo, aunque eso no ayudaría. Giró una vez más antes de llegar al lugar donde los otros tres signos esperaban por él. El pasante en turno, encargado de un entrenador que había visto unas cuatro veces en su vida, como máximo, no estaba feliz. De reojo, vio los números verdes neón.

10:03.

— Lamento la tardanza— Murmuró. Se encogió sobre sí mismo, sintiéndose como la persona más miserable de la creación, al sentir la mirada de enfado del pasante sobre él. Se retrasó por tres minutos a su práctica semanal, pero aun así, sabía que pasaría todo el día pensando en eso. Intentó reconfortarse al recordar que Escorpio había llegado media hora tarde la sesión pasada, pero era demasiado exigente con él mismo como para que eso calmara sus pensamientos.

— Como estaba explicando antes de que su compañero nos interrumpiera con su inasistencia— Empezó el pasante. El moreno le tenía un miedo genuino al chico, tan sólo unos años mayor que ellos, por su extraña manera de ser. Era muy formal, demasiado correcto, ningún pasante del lugar se parecía a él. Avanzó con las manos detrás de su espalda en una posición demasiado derecha, marcando sus pisadas y hablando con una voz potente que resonaba dentro de aquel pequeño cuarto— A partir de la siguiente semana, las sesiones de entrenamiento se triplican.

— Como no tenemos nada mejor que hacer— Masculló Virgo, haciendo que Escorpio, parado a su lado, asintiera y rodara los ojos, diciendo lo que todos pensaban en ese momento.

Vieron, con los ojos clavados en la pared de enfrente y sin ser capaces de hacer ningún movimiento, ni siquiera parpadear, cómo el pasante avanzaba hacia el rubio platinado. Se agachó un poco, pues era más alto que Capricornio incluso, y, muy cerca de la cara del signo de tierra, gritó.

— ¿Tiene alguna queja?— Cáncer tuvo que contenerse para no volver a encogerse ahí mismo. Virgo, sin embargo, se mantuvo casi imperturbable.

— Somos A, no necesitamos tres horas de entrenamiento a la semana— Soltó bastante molesto. Cáncer no conocía lo suficiente al rubio como para decir que era algo que no haría, pero llevaban toda su vida en el mismo barco y jamás hizo algo parecido— Ni siquiera necesitamos una hora, ¿Por qué todos pretenden que es así?

El ambiente en el pequeño salón de entrenamiento se tensó de inmediato. Si el pasante no hubiera estado tan concentrado mirando fijamente al rubio, se hubiera dado cuenta de la expresión de incredulidad que hizo Escorpio, o del estremecimiento que recorrió a Cáncer, o de que Capricornio comenzó a juguetear con sus manos. Virgo le sostuvo la mirada, desafiándolo en silencio, sin ceder ni un poco en su fugaz rebelión. El pasante, sin poner creerse el nivel de insubordinación que tenía ante sus ojos, soltó un resoplido, al tiempo que comenzaba a caminar, dedicando una mirada escrutiñadora a los otros tres conforme pasaba a su lado.

Cáncer sintió el impulsó de supervivencia de retroceder, de alejarse del posible peligro que representaba la persona frente a él, de salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde.

El silencio se extendió por un segundo más del que podían soportar, la tensión se podría cortar con un cuchillo. Escorpio estaba a dos de estallar en un ataque nervioso en forma de carcajadas. ¿Cómo se reaccionaba en esos momentos? Cáncer, por su lado, buscaba con la mirada la ruta de evacuación más efectiva.

— Como sabrán— Comenzó, con una voz que asustaba por el simple hecho de no reflejar ninguna emoción, con un tono consistente, como dicha por un robot que inspiraba una autoridad extraña en quien lo escuchara; manos en la espalda, mirada clavada en el causante de todo—En este salón no toleraremos la insubordinación, por lo que...

— ¿Me van a encerrar en el Agujero Negro?— Lo interrumpió una vez más el rubio— Porque pensé que no había reservaciones hasta otoño del año que viene porque nuestro querido Li...— Ni siquiera él pudo seguir con su discurso cuando el ruido de una mano estampándose contra la puerta hizo eco en la pequeña habitación. Virgo dio un pequeño salto en su lugar, Cáncer se encogió sobre sí mismo en un intento de protegerse.

— Síganme— Contestó con una sonrisa escalofriante en su rostro. Como si no tuviera alma, el pasante caminó con la espalda demasiado recta por el pasillo ante las miradas de extrañeza. En los quince años que Cáncer había vivido, diez de los cuales se fueron en entrenamientos, nunca salieron de su salón... ¿Por qué está vez era diferente? Aun así, y sin opción, los cuatro chicos lo siguieron por los pasillos que conocían de memoria, dedicándose miradas confundidas, hablando sin emitir palabra, intentando comprender lo que estaba pasando, pero sintiéndose más perdidos que al inicio.

Al final, se detuvo enfrente de una puerta que ninguno de ellos reconoció; como era común en esos casos donde la memoria de todos fallaba, las miradas fueron directo al chico con la libreta colgando de la muñeca. El moreno, con su habilidad para recordarlo todo y nada al mismo tiempo, sólo se encogió de hombros, incapaz de dar la respuesta que los demás buscaban, porque no la sabía. Él, a sus quince años, no tenía la menor idea de dónde se encontraban en esos momentos.

Miró de reojo a aquel chico casi albino, quien ocasionó todo esto en primer lugar, quien se encontraba sin color en el cuerpo. Y eso era decir demasiado, lo siguiente de lo que fue consciente fue un susurro, un par de palabras que al principio no tuvieron nada de sentido, pero que después se asentaron en la base de su cerebro, obligándolo a comprender el significado de lo que su compañero de entrenamientos le decía, despejando las dudas que tenía sobre porqué lo sujetaba con tanta fuerza del brazo, como si quisiera enterrar sus dedos en la piel ajena. Virgo se moría de miedo en esos momentos.

— Hay algo dentro— Repitió, con más terror en la voz del que creían posible. Algo. Los otros tres podían saber que era un animal ya que era Virgo quien lo decía, pero no tenían otra pista fuera de eso. Si supiera lo que había dentro, se los diría, pero esa voz que crecía en su cabeza no se podía comparar para nada a cualquier otro animal que hubiera conocido. Y, al saber que toda la vida la pasó encerrado en ese recinto olvidado por los dioses, podría ser desde un perro hasta un dinosaurio.

Virgo abrió la boca un par de veces, queriendo reclamar algo, pero sin lograr que una sola palabra saliera de su garganta. Hasta que terminó por enmudecer por completo al escucharlos. El repiqueteo de los tacones sobre el piso era inconfundible, ni siquiera tenían que verla para saber de quien se trataba; así que ninguno de los presentes se sorprendió cuando pudieron ver la cabellera pelirroja doblar la esquina, acercándose a ellos con paso seguro y sonrisa hipócrita.

El moreno no se consideraba una persona rencorosa a pesar de la naturaleza de su habilidad, pero no podía mirar a la vieja terapeuta a los ojos sin sentir el odio burbujear en su interior, sin sentir unas ganas increíbles de saltarle encima y asesinarla en ese mismo instante. No era una persona violenta, sin embargo, porque ese odio estaba justificado: La señora enfrente de ellos los había lastimado innumerables veces a lo largo de los años; lo recordaba cada que debían ir al comedor y veía el asiento de Libra vacío, o cada noche cuando Géminis no podía contenerse por el pánico que sentía, o por el simple hecho de que ninguno de ellos podría jamás tener una vida normal porque habían cometido el error de nacer dentro de esas instalaciones.

La señora frente a ellos era el rostro del proyecto que los condenó desde el momento de su nacimiento a ni siquiera tener esperanza.

— Buenos días jóvenes— Comenzó, con una voz que pretendía ser amigable, inclusive jovial, pero que sólo sonaba fría, falsa— La Directiva y yo hemos decidido que es hora de ponerles nuevos retos. No queremos que malentiendan el proyecto, la letra a la que pertenecen no significa que son más o menos importantes, ni que sus habilidades son mejores o peores. Simplemente es una letra— Ni siquiera Virgo, quien antes hablaba como quien quiere iniciar una rebelión, osó abrir la boca frente a ella— Y, como la Directiva ha notado que ustedes así lo comprendieron, se tomó la decisión de volver sus entrenamientos un poco más...— Hizo una pausa para soltar un poco de aire, como si lo que estuviera a punto de decir la llenara de emoción— Interesantes.

Un escalofrío recorrió a los cuatro chicos por igual. Ya no eran niños pequeños para caer en esas palabras, llevaban toda su vida en este juego con las peores manos que les pudieron tocar, y aun así, se las arreglaron para sobrevivir. Al principio, siendo cuidados por las generaciones anteriores, y después sabiendo que los demás les cubrirían las espaldas en caso de necesitarlo. Cáncer recordaba a la perfección los momentos en los que los mayores se ofrecían con tal de que a ellos no los llevaran a habitaciones desconocidas, sus miradas de miedo y sus sonrisas fingidas que tal vez los pudieron engañar de niños, pero que haciendo memoria sólo le rompían en corazón. Ya no tenían ni a la cuarta ni a la quinta para sacrificarse por los pequeños.

Y jamás se sintió más desprotegido.

— ¿Qué hay detrás de la puerta?— Preguntó Virgo. Su voz ya no era lo que hace unos minutos fue; ni siquiera se parecía. Ahora su voz era poco más que un susurro, un débil murmullo tan patético como tembloroso que ya no podía ocultar su miedo.

— ¡Qué bueno que preguntes!— Pronunció con una sonrisa hipócrita que dejaba ver sus dientes amarillentos, como si fuera un comercial viviente sobre no tomar demasiado café— Detrás de la puerta está su primer reto, para el cual deberán trabajar en equipo. Tienen una semana para preparase— Si evadir preguntas pudiera ser considerado un arte, ella sería la mayor artista de todas— Me dice su entrenador que lo podrán hacer. ¿Puedo confiar en ustedes?

No necesitaban de la habilidad de Cáncer para saber las reglas de memoria; eran mandamientos hechos por los que estuvieron antes que ellos, creados para sobrevivir el mayor tiempo ahí, hechos para poder colapsar y no para que te eliminaran. No darles problemas, no contradecirlos, no tener inconvenientes. Virgo los sabía, Escorpio los sabía, Capricornio los sabía. Todo el que quisiera mantenerse vivo en ese lugar debía saberlos.

— Claro que puede confiar en nosotros— Contestó Capricornio viendo a la nada. La señora Katsaros hizo una inclinación muy leve, casi imperceptible, que los chicos respondieron de mala gana, antes de dar media vuelta y alejarse del lugar. El pasante se puso en posición de firmes, dedicándole un saludo militar.

— Y Virgo— Dijo, deteniendo el molesto ruido de sus tacones contra el piso— Espero que te diviertas con ese oso la semana que viene.

• . ✩ • . . • . . . . . •

Las piezas del rompecabezas estaban casi por completo separadas por color. Era la parte que menos le gustaba, pues lo aburría como pocas cosas, pero comprendía que era la única manera de no perder todo su tiempo de recreación en una esquina. Luego, separarían las que fueran parte del contorno de las que van en el interior y, para finalizar, armarían la bestialidad de juego de mesa de mil quinientas piezas. ¿La dificultad? No lastimar a sus compañeros de trabajo.

Las estrellas se alinearon esa tarde, pues su castaño amigo decidió que era tiempo de socializar. La marmota salió de su madriguera y permaneció fuera el tiempo justo para arrastrarlo, metafóricamente, al área de recreación. No podían «arrastrarlo» de manera literal a ese lugar, no si quería conservarlo en una pieza. Pero sí podía presionarlo para que cediera por una vez en su vida, molestándolo con todos los recursos que sólo los mejores amigos como ellos tienen bajo la manga, inclusive jugando un poco sucio para conseguir esa tarde a su lado.

El tercer miembro de su triste asociación estaba ahí porque podía. O eso le dijo al interceptarlo en los pasillos, arriesgándose a perder la pierna al casi causar un accidente. Aries no le creía nada a ese pequeño mentiroso, pero lo consideraba su amigo y siempre era bienvenida un poco más de compañía por las tardes, y un par de manos no le irían mal al enfrascarse en la odisea que representaba esa montaña de piezas. Se sentaron en su mesa, alejados del resto de personas, intentando ignorar ese sentimiento de pánico que se adueñó de sus amigos desde la mañana.

— ¿Esto te divierte?— Preguntó por fin el cobrizo a su lado, tirando un par de piezas azules a la caja con todo el odio que se puede sentir por dos pedazos de cartón— Sería más divertido meter la mano en una freidora.

— Lo dices como si alguna vez hubieras visto una freidora— Contestó sin despegar la mirada de su tarea. La última vez, se tardó una semana, un tiempo deshonroso para alguien que no ha hecho otra cosa en su vida más que sentarse a unir piezas de colores. Esta vez era por orgullo.

— Dos azules en el montón verde— Murmuró el de ojos verdes. Piscis tenía la mala costumbre de sentarse cruzado de brazos, lo más alejado de la mesa como le era posible. Los chicos frente a él lo comprendían, pero algunos de sus compañeros de generación pensaban que no quería juntarse con ellos, lo cual se derivaba en un rechazo generalizado— Tan siquiera ustedes tienen la opción de meter la mano en una freidora— Llevó las manos a lo alto, estirándose cual gato. A esa hora acostumbraba dormir— Si hago eso, el aceite se congela a mi alrededor y adiós diversión.

— Hola paleta de grasa— Comentó con una sonrisa tonta el de cabello cobrizo, haciendo una mueca de disgusto casi al instante, lo que provocó una sonrisa fugaz en el castaño de brazos cruzados. Aries los miró, primero a Acuario, luego a Piscis, para terminar rindiéndose ante la tontería que crecía entre esos dos chicos. Quizá se dio cuenta de que lo llevaba viendo por mucho tiempo sin decir nada; tal vez era debido a la timidez del contrario, quien no pudo sostener la mirada por más tiempo y la desvío apenado, mientras un sonrojo crecía en sus mofletes; o a lo mejor se debía al pensamiento del moreno que se dejó escuchar en su propia mente, pero Acuario terminó por aclararse un poco la garganta para romper el silencio— Entonces, Aries, ¿Por qué te gusta torturarte de esta manera?— Hizo caso al comentario de Piscis, tomando las piezas azules que se encontraban en el montón incorrecto y las lanzó a la pila azul— Esto es aburrido hasta decir basta.

— ¿Tu habilidad es quejarte?— Interrogó el signo de fuego. El acusado se encogió de hombros— Si no quieres estar aquí, puedes irte— Pero los tres presentes en esa mesa sabían que eso no pasaría. Acuario miró por un momento a Piscis con toda la impotencia que pudo transmitir con sólo los ojos, después regresó a su monótona tarea de separar las piezas por colores.

El signo de fuego tenía que ser cuidadoso con todo lo que hacía si no quería terminar rompiendo el mundo, lo cual le impedía participar de la mayoría de los juegos que había en ese lugar. Una vez en su vida había participado de un videojuego multijugador, pero eso sólo sirvió para agregar otra regla a su lista personal. Le quedaban los rompecabezas, los cuales disfrutaba, y tenía a sus amigos para hacerle compañía cuando la necesitaba, y algunas veces, como este día, le daba por ser bondadoso con el mundo y hacerle un favor a dos idiotas para que pasasen tiempo juntos.

Si bien no lo solía decir mucho, algunas veces también se sentía solo, más cuando él mismo consideró que lo mejor sería alejarse del resto para no lastimarlos. En su vida sólo pudo contar con el resto de los C, aquellos que sufrían de una maldición similar a la propia, aquellos que no podían pasar los días con el resto porque sería irresponsable de su parte. Ahora eran él y Piscis.

Miró a su alrededor, evaluando la habitación como siempre lo hacía, sin que nadie se diera cuenta del pase de lista silencioso, de la preocupación del primer signo. Eran once, el mismo número incompleto que eran desde hacía varios días. Libra llevaba dos semanas en el Agujero Negro y cuando mencionaban el tema a alguno de sus cuidadores, estos lo evadían sin ningún tipo de discreción, lo que traducían como un «Deja de preguntar, no va a salir». Tener de prisionero a uno de los suyos era una clara declaración de guerra que ellos no podían aceptar. Era suicida entrar en una batalla dentro del territorio enemigo donde el único que tiene qué perder eres tú.

Aun así, ahí estaba el grupo de amigos de Libra, planificando por enésima ocasión cómo traficarle algo para hacer su estadía más placentera.

Aun así, teniendo todo en contra, estaban presentando batalla con el simple hecho de seguir vivos en ese lugar.

— Tú deberías estar ahí— Le murmuró el único B de la mesa, señalando un extremo de la habitación con una sutileza que Aries no creía existente en él— Eres nuestro líder, después de todo.

El mencionado sonrió con tristeza antes de negar con la cabeza. Si él era su líder, no tenían futuro. El resto solía considerarlo una especie de autoridad moral cuando eran más jóvenes por el simple hecho de haber salido del laboratorio primero; o eso hasta que comprendieron que el moreno no quería esa carga sobre sus hombros. Quizá decepcionó a algunos, pero prefería defraudarlos al negarse a detener una pelea por el control remoto a que se dieran cuenta de la inutilidad del mayor en un asunto de vida o muerte.

No es como que fueran a experimentar algo cercano a tomar decisiones así de importantes alguna vez, pero Aries sabía que, de hacerlo, no podrían contar con él.

— Pedazo líder que has escogido— Respondió uniendo dos piezas con el cuidado que tiene alguien al desarmar una bomba. Acuario soltó un bufido mientras lanzaba más piezas, poniendo los ojos en blanco y dejando salir su frustración en forma de un pequeño estallido frente a ambos C.

— Pues Virgo no deja de pensar sobre un oso y me está enloqueciendo— Escupió las palabras, como siempre lo hacía al referirse a aquellos que le llenaban la mente con palabras que no le pertenecían— Llámame loco, pero quizá sí le ayuden unas palabras de ánimo, una palmada en la espalda— Resopló a modo de risa— Si no lo tranquiliza, lo mata y su mayor preocupación pasan a ser los gusanos que se comen sus ojos— Un esperado silencio se posó sobre la sala, todas las miradas estaban sobre la lejana mesa donde el rompecabezas estaba condenado a no terminarse, mientras los presentes se unían en una tarea en común: Asesinar a Acuario por hacer tal comentario. El de cabello cobrizo podía sentir las miradas clavándose en su espalda, así que se encogió de hombros— Te quiero, Chase, pero me duele la cabeza y es tu culpa.

Fue cuando el líder que no quería aceptar su responsabilidad lo vio, ojos hinchados y enrojecidos, cara congestionada, mirada perdida, el chico sentado en el piso estaba hecho un manojo de ansiedad y miedo que amenazaba con perder la cordura en cualquier instante. En ese momento las piezas encajaron en la mente de Aries, encendiendo todas las alarmas existentes. Virgo estaba a nada de romperse y nadie podía hacer mucho para ayudar.

— A ti siempre te duele la cabeza, Jakov— Respondió el signo del león, quien rodeaba al de cabellos casi blancos por el hombro, en un intento de contener a su mejor amigo de la única manera que se le ocurría— He llegado a pensar que tu habilidad es el dolor de cabeza.

— Él es un dolor de cabeza por sí solo— Agregó el albino con la voz rota. Un intento de risa salió de sus delgados labios, haciendo que el pecho de más de uno se encogiera.

Algunas veces nuestras acciones nos sorprenden más a nosotros que al resto. Nos gusta pensar que nos conocemos y es por eso por lo que, cuando nuestro cuerpo reacciona por inercia, nos impresionamos de esa manera. Aries no se dio cuenta de cuándo se levantó de su lugar, o de cuándo caminó los pocos pasos que lo separaban del resto, mucho menos del momento en el que se puso de cuclillas frente al chico de ojos rojos, más cerca de lo que había estado de cualquiera de ellos. Tampoco sabía por qué decidió romper con su propia regla del autoexilio en ese instante, una norma que servía para proteger a sus compañeros de su habilidad. No tenía la respuesta a ninguna pregunta y fue por eso por lo que las palabras que salieron de sus labios lo paralizaron.

Aries, el chico que intentaba a toda costa alejarse del resto porque consideraba que sólo así estarían seguros, clavó sus oscuros ojos en los ajenos, transmitiendo la calma que sólo un líder puede transmitir, y con una sonrisa que reflejaba una confianza que no sentía, preguntó.

— ¿Qué fue lo que pasó en el A42?

• . ✩ • . . • . . . . . •

El área de recreación tenía la misma energía convulsiva que un grupo de hormigas que han consumido mucha cafeína y azúcar. Desde que tenía uso de razón, Aries se había mantenido alejado del resto y ahora, por un problema que todavía no ocurría, ahí estaba, frente a Virgo, hablando con él como si siempre lo hubiera hecho. Si no aprovechaba esta oportunidad, no tendría otra, no sin levantar sospechas. Con un grupo tan reducido de personas para pasar toda tu vida, aprendes a mantener un bajo perfil para ahorrarte problemas o malentendidos.

Usó la tragedia que vivía su amigo, aunque sin comprenderla del todo, para poder acercarse al grupo de personas que murmuraban sus planes sobre la revolución en forma de contrabando. No era cercano a ninguno, así que no se ofendió cuando cortaron la conversación de golpe para mirarlo con recelo. Era amigo del causante del problema, después de todo. ¿Quién confiaría en la buena voluntad de alguien que se sienta con un demente que bromea sobre la muerte de sus compañeros? Aún así, si no hablaba ahora, no lo haría nunca.

— ¿Tienen alguna idea de cómo hacer que su plan funcione?— Un par de personas bufaron al escuchar sus palabras. Estaba siendo entrometido, lo sabía, pero llevaba toda la noche pensando en eso— Porque pueden intentar hacerlo después del toque de queda.

—Sagitario— Comenzó Géminis, tensándose al instante. Podía sentir la ansiedad que burbujeaba dentro del más alto abrirse paso dentro de su cabeza con la delicadeza de un toro. Sintió el contacto de Capricornio en su brazo, calmándolo un poco, casi nada, y como reflejo se recargó contra su pareja. Sabía que el de ojos rasgados frente a él no era una mala persona, pero no sabía cuánto podía confiar en alguien que opta por interrumpir conversaciones ajenas en lugar de quedarse apoyando a uno de sus amigos. Las palabras salieron con odio, sin embargo, porque Géminis no tenía filtro y se odiaba por eso— No es por ser mala persona, pero no te necesitamos en este plan— Con menos intensidad, sintió la alegría burlesca que provocó su respuesta en sus amigos. Si se sintió apenado, no lo demostró.

Entre la ansiedad del gigantón parado enfrente de él, el pánico del albino y la creciente locura y desesperación de su mejor amigo que cruzaba toda la instalación para torturarlo las veinticuatro horas del día, era demasiado para cualquier persona.

— Mucho éxito no han tenido— Contestó entre dientes.

Y ocurrió...

Capricornio tenía razón al tensarse de golpe. Conocía al pelinegro recargado sobre él a la perfección, así que no le sorprendió cuando la explosión se dio; ni siquiera hizo amago de contenerla, ¿Para qué hacerlo? Sólo se acomodó en su lugar dispuesto a disfrutar del espectáculo aunque fuera sólo en sonidos. Nadie hizo nada, nadie le advirtió a Sagitario del pequeño infierno que había desatado con ese comentario. Nadie hizo el más mínimo gesto.

Y Sagitario en definitiva no estaba preparado para la onda expansiva de aquella granada que llamaban Géminis.

El pelinegro era una cabeza más pequeño que él, pero en ese momento logró intimidarlo. Géminis se levantó con la velocidad de un rayo, prácticamente saltando sobre él, tomándolo desprevenido mientras los espectadores intentaban contener risas de burla. Y, con el cuello de su sweater agarrado por el puño de ese pequeño signo de aire, Sagitario estaba reconsiderando si fue buena idea ir a hablar con esa panda de desconocidos. Su cara dejaba ver la sorpresa que sentía; ojos como platos y la boca abierta, así como ambas manos en alto en señal de rendición.

Había perdido la batalla sin siquiera dar pelea.

— Escúchame bien, pedazo de imbécil enfermizo— Géminis estaba escupiendo las palabras con toda la frustración que sentía. Sagitario no era el culpable, pero la gota que derrama el vaso es quien se lleva la peor parte y esta no sería la excepción. Le estaba hablando tan cerca de su cara que cualquiera podría malinterpretarlo, pero el ambiente era tenso y agresivo hasta decir basta. Toda la impotencia que sentía al no poder hacer algo por su amigo la descargaría contra alguien que no tenía nada que ver en esa situación— Tan siquiera nosotros estamos intentando hacer algo. ¿Qué has hecho tú además de quedarte a jugar videojuegos y dormir todas las noches?— Al terminar de decir eso, lo empujó, más para alejarlo que con la intención de lastimarlo.

Cuando la burbuja de odio se hubo roto, ambos chicos se dieron cuenta del caos que causaron. Las miradas de todos estaban sobre ellos, incluso los hinchados ojos de Virgo. Sagitario, quien al ser empujado trastabilló, miraba desde el suelo al más pequeño con un brillo de pánico aún en los ojos. Los que estaban más cerca tenían sonrisas incrédulas. Su novio le tendió la mano al aire y le correspondía a Géminis tomarla para regresar a su lugar. Sagitario balbuceó un par de veces desde el suelo sin poder hilar una frase coherente antes de sacudir la cabeza como idiota y levantarse, entendiendo que no lo querían cerca, resignado a volver con su grupo.

Si Géminis quería disculparse, no se le notó. Y vaya que quería decir algo, lo que sea, para no quedar como la horrible persona que intimida a aquellos que muestran preocupación por su mejor amigo, pero no estaba en el estado mental para hacerlo. Oyó un murmullo que sonaba como la voz del chico ciego sentado a su lado, pero no pudo distinguir las palabras pronunciadas. Así que sólo apoyó un poco más de su peso corporal contra el ajeno, sintiendo la calidez de este a través de la tela, mientras el remolino de incertidumbre que se formó en su mente gracias a su pequeña escena se disipaba poco a poco al tiempo que las conversaciones revivían entre sus compañeros.

— Vaya circo que te montaste ahí atrás— Comentó en broma el de ojos grises mientras lanzaba una bola de papel al aire para atraparla y repetir el proceso— Pensé que habías dicho que ibas a conversar con ellos para ayudarlos, no hacerlos enojar.

— Cállate Jov— Lo cortó.

— Vamos, que ni siquiera les diste la nota— En ese momento, Sagitario perdió la poca calma que le quedaba. Géminis lo sintió, sentado en su esquina, pero sólo le dedicó una mirada fugaz. El de ojos rasgados fulminó con la mirada a su mejor amigo, diciéndole sin necesidad de palabras que se callara en ese preciso instante. Escorpio se rindió; con Sagitario algunas veces era mejor izar la bandera blanca porque, de otro modo, sería pelear una batalla perdida.

— No hago más que fastidiar las cosas, Escorpi— Murmuró recargándose en la mesa. Como siempre, estaba fría y le provocó soltar un resoplido seguido de una sonrisa— Debería dejar que todo siguiera como está.

— Me voy, Volker me espera en la esquina— Sagitario alzó la cabeza a manera de reflejo al escuchar ese nombre, buscando con la mirada lo que sabía que no podría ver. Escuchó la risa de su mejor amigo y sonrió de lado.

— Lo sé, lo sé. ¿Le envías mis saludos al buen Diacono? Lo extraño.

— Claro, amigo— Y, sin decir más, se alejó para hablar solo en la esquina.

Mirando a todas las personas con las que compartía vida dentro de ese recinto, se sintió solo una vez más. Es difícil no hacerlo cuando tu mejor amigo te acaba de abandonar por ir a hablar con alguien que lleva muerto un lustro; o cuando a tu alrededor se gestan debates en los que no quieren que participes. Lo vio antes que nadie, lo cual era lo esperado: No puedes ver qué ocurre a tu alrededor cuando estás centrado en lo que tienes delante. Lo vio y supo que las cosas no iban a estar bien en varios días, porque siempre era así cuando él llegaba al área de recreación.

Así que lo tomó del brazo y lo haló hasta llegar a una puerta de madera; sintiéndose como su mejor amigo, entró ahí mientras el otro luchaba en busca de su libertad. Y, al cerrar la puerta, se vieron envueltos en la oscuridad.

— ¿Viaje?— Interrogó de golpe. Espalda contra la puerta, bloqueando la salida. El menor tomó varias bocanadas de aire mientras su respiración se normalizaba de nuevo— ¿Viaje?— Insistió, con más urgencia en la voz.

— No fue una amenaza— Dijo entre jadeos. Sagitario supo al instante la respuesta a su pregunta y se maldijo por tomar así al otro— Virgo está en pelig...

Y así, como quien sopla un diente de león, el chico frente a él se esfumó.

-----------------------N.A:

Si, lo sé, tardé demasiado y me odio por eso. Lo siento, en serio. Intentaré actualizar lo más rápido posible, pero tengo que ser sincero: Esta crisis me va a afectar mucho en lo que respecta a mi pobre salud mental.

Manténgase a salvo, no salgan si no es de vida o muerte, cuídense mucho.

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