Un recuerdo
**Flashback Madara**
La mujer estaba allí, tomando un baño bajo la luz de la luna, mientras las sirvientas preparaban un traje para ella. La ropa que llevaba antes dejaba al descubierto la mayor parte de su piel.
Ella se relajaba en el agua, y de repente, flores rosadas comenzaron a flotar sobre la superficie. Al mismo tiempo, luciérnagas aparecieron, iluminando suavemente la habitación. Con delicadeza, flores brotaron de su cabello formando una corona de flores, lo que la hacía verse aún más... hermosa.
—¿Necesitas algo?— Pregunta, sin abrir los ojos.
—¿Así que la magia sí existe?— Questione. Abrió los ojos y me miró con tranquilidad, acomodándose mejor en la bañera. Sonrió ligeramente mientras tomaba unas flores con sus manos.
—Sí, como el chakra— Dije, con una ligera sonrisa en los labios.
—¿Y es necesario que te cases con él?— Pregunté rápidamente. Ella me miró sorprendida, pero luego bajó la mirada, algo avergonzada.
Su rostro era tan hermoso y tierno que sentí una gran curiosidad por conocerla más.
—Sí— Respondió en voz baja.
—Cuéntame de ti— Dije, acercándome con cuidado. Ella también se acercó un poco. Su rostro estaba tan cerca que casi podía sentir su respiración. Con una mano, apartó un mechón de cabello de mis ojos, y cerré los ojos ante ese gesto. Sentí cómo me acariciaba suavemente la cara.
—Mi hermano no es realmente mi hermano— Dijo, acomodándose de nuevo en la bañera—. Mis padres tampoco son mis verdaderos padres. Me encontraron cuando era muy pequeña y me criaron como a su hija, pero no soy una princesa. Solo soy un enigma más de ese reino.
Sacó los pies del agua y los apoyó en el borde de la bañera, mientras volvía a cerrar los ojos, como si estuviera sumida en pensamientos oscuros.
—¿Y si te casaras conmigo?— Pregunté, sin poder evitar la esperanza que surgía en mi pecho al escucharla hablar de una vida distinta, una en la que ambos podríamos estar juntos.
Ella abrió los ojos y me miró de nuevo. Esta vez, su mirada estaba más intensa, más profunda, como si estuviera evaluando cada palabra que había dicho, cada opción que había dejado abierta.
—Eso no es posible— Dijo al fin, con voz suave, pero firme. Sus palabras eran como una puerta cerrándose lentamente, pero algo en su mirada me decía que no todo estaba perdido. —Para que eso ocurriera, el rey tendría que saldar su deuda conmigo, y hay dos formas de hacerlo.
—¿Cuáles son?— Pregunté, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago. ¿Qué alternativas podrían haber para que todo esto fuera posible?
—Que el rey acepte el compromiso... o—
—¿O?— Insistí, casi sin aliento, temiendo lo que pudiese decir a continuación.
—Que el rey muera— Respondió sin dudarlo, con una frialdad que me desconcertó. Sus palabras caían como una sentencia, como si para ella fuera una opción más entre muchas.
—¿Sabes el futuro?— Pregunté, buscando en sus ojos alguna pista de lo que realmente pensaba, de lo que realmente sentía.
Ella sonrió, pero no era una sonrisa de alegría. Era una sonrisa distante, cargada de algo que no podía entender del todo.
—Sí, y por eso te lo menciono— Dijo mientras se levantaba suavemente de la bañera. La habitación parecía desvanecerse a su alrededor, como si todo el mundo estuviera esperando por su próximo movimiento. Las sirvientas la envolvieron en una toalla con delicadeza, como si estuvieran tratando con algo frágil, pero también con una cierta reverencia. —Sé quién será el victorioso en ambas decisiones. No importa cómo suceda, el futuro está escrito.
Su voz era baja, casi un susurro, pero en sus palabras llevaba la certeza de alguien que había visto lo que estaba por venir. No sabía si debía sentir miedo o admiración por esa confianza tan perturbadora, pero algo dentro de mí sentía que no podía apartarme de ella, que su destino y el mío estaban conectados de alguna manera, sin importar lo que sucediera.
Ella se apartó, y por un instante, me sentí atrapado en la quietud de la habitación, como si todo el mundo hubiera dejado de moverse, como si el tiempo se hubiera detenido. Solo quedaba la promesa de algo inevitable, algo que ya no podía evitarse, como el curso de un río que siempre sabe adónde va, aunque se resista a llegar.
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