Sombras rotas
—¿Cómo es que la conoces?—exclamó, dejando que el enfado se filtrara en su voz. Ella miraba al suelo, atónita por lo que acababa de ocurrir.
La observé unos segundos más y vi cómo las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
—¿La amas?—la pregunta me sorprendió, me dejó completamente atónito. —Hinata... debió haber recuperado la memoria al momento de encontrarte a ti y pedir tu ayuda—.
—¿De qué estás hablando, Sakura?
—Le pedi a mi hermano que mandara a Hinata aquí para pedirte ayuda. Mi pueblo fue atacado por bestias hace unos soles. Yo me ofrecí en su lugar pero ella insistió para que yo pudiera auxiliar a los heridos. No fue...una decisión fácil
—Y, ¿eso qué tiene que ver con la pregunta que me acabas de hacer?
—Porque mi hermano tuvo que borrar su memoria para que no pudiera volver si un enemigo la encontraba. Si no ha recuperado la memoria, es porque se ha...encontrado con el enemigo y porque el enemigo se ha...enamorado de ella—.
Su rostro reflejaba una tristeza absoluta, estaba al borde del desmayo por esa confesión. Era imposible que alguien pudiera enamorarse tan rápido. Suspiré con pesadez.
—No, no la amo. Y a ti tampoco te amo—. Volteé a mirarla—. El simple hecho de que te hayas metido en mi mente cada vez que lo quisiste, no te da el derecho de proclamarte como tuyo.
—Pero Sasuke—. Pronunció mi nombre con una firmeza que me dejó sorprendido. Hace mucho que no escuchaba mi nombre de esa forma, como si su eco hubiera permanecido en el olvido, al igual que sus recuerdos.
—Para ti, soy ¡Rey!—exclamé con enojo—. Mi nombre no es para una mujer vulgar como tú.
—¿Cómo puedes ser tan seco y serio?—dijo mientras retrocedía—. Tú aún no estás listo ni para amarme o para amar a alguien más, ni para ser un rey.—Habló rápidamente, antes de girarse y salir corriendo hacia la puerta. Pero cuando intentó abrirla, se encontró con que no podía.
—Aún no ha terminado.—dijo, su voz grave y decidida—. Ahora que estás en mi reino, me perteneces, Sasuke. Me sirves a mí, tu poder me pertenece.
—No.—respondió con furia, su rostro distorsionado por la ira—. Ahora las cosas cambian. Tú tomaste la decisión de no amarme, de amarla a ella, de casarte con ella. Pero escúchame bien, Sasuke, ahora serás tú el que sufra por mí hasta tu última agonía.
Se agachó lentamente, mientras la luz en la habitación comenzaba a desvanecerse, volviéndose cada vez más tenue. Yo me puse en posición de batalla. Alargó la mano hacia el suelo y susurró las palabras del conjuro con una calma desconcertante.
—Umbra, abysso, et lux evanescens...—murmuró, mientras sus dedos se curvaban como si recogieran la oscuridad a su alrededor, envolviéndola con ella.
Al pronunciar las palabras, las sombras a su alrededor se desplazaron hacia ella, tragando la luz de la habitación. En un parpadeo, su figura desapareció, disolviéndose en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí. Los últimos vestigios de su forma se desintegraron en un vórtice de sombras, antes de desvanecerse por completo.
Un susurro etéreo de viento oscuro fue lo único que quedó, como si las sombras mismas hubieran tomado su lugar. Ya no se veía ni se escuchaba nada de Sakura.
La luz regresó, pero no completamente. El lugar estaba vacío.
En ese momento, los guardias entraron junto con Madara. Todos se detuvieron y miraron el espacio sorprendidos, confundidos.
—¿Dónde está Sakura?—dijo Madara rápidamente, su voz grave, como un trueno en la distancia. Lo miré, agitado, pero no pude articular ninguna palabra. Me encontraba paralizado, completamente perplejo. Si se iba con su hermano, perdería no solo a ella, sino también a Hinata.
—Ha escapado.—expliqué entrecortadamente—. ¡Búscala!—
Me miró sorprendido, y entonces grité, desesperado:
—¡Ahora!—Madara asintió rápidamente y, sin decir una palabra más, ordenó a los guardias salir del palacio.
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