No eres un gran rey
—¿Esto... esto es demasiado? —expresó ella, visiblemente avergonzada—. ¿De verdad esto es para nosotros? Su mirada, fascinada por el banquete que se extendía ante nosotros, me provocó una mezcla de satisfacción y preocupación. Era evidente que no estaba acostumbrada a tales excesos; posiblemente, venía de un lugar donde la sequía azotaba con dureza a su gente —¿Acaso el rey piensa que nos terminaremos todo esto? —pregunta, soltando un suspiro pesado mientras me sentaba en el suelo. Ella me siguió, sentándose a mi lado.
—No, pero sí la mayoría —respondí con una sonrisa mientras los sirvientes comenzaban a servir los platos.
—¿y lo que sobre?
—Se lo doy a mis sirvientes. Aquí hay más comida intacta que otra cosa en este reino. No te preocupes, nada se desperdicia, si esa es tu preocupación —exclamé, tomando un poco de vino. Ella hizo un gesto de preocupación, colocando una mano sobre su pecho, como si intentara calmar un latido acelerado.
—Realmente eres un rey excepcional —dijo, pero su tono me pareció poco convincente. Había una incomodidad en su postura, como si la situación la abrumara.
—Al parecer no es lo único que te hace sentir incómoda —observé, notando cómo ella agachaba la cabeza, sus mejillas sonrojándose levemente. Era demasiado tímida; no me gustaba su falta de confianza. Empezaba a dudar de que fuera la dama de mis sueños, la que había imaginado en mis noches.
—Yo... bueno, no me lo tome a mal, pero el color de este vestido no es de mi agrado, al igual que muchas cosas que suceden en su reino —las palabras brotaron de ella, y los murmullos de los sirvientes llenaron el aire cuando terminó su frase. Levanté mi mano izquierda, y el salón se sumió en un silencio incómodo.
—¿Dudas de mi sabiduría?
—No. Pido perdón si mi comentario lo ha ofendido, rey, créame que no ha sido mi intención.
—¿Pero? —insistí, sintiendo la tensión crecer. Ella se quedó en silencio, sus labios apretados, como si estuviera en la cuerda floja de sus pensamientos.
—Tu pueblo no está bien administrado. Aquellos pueblos conquistados sufren hambre a diario, casi no hay agua, y tu economía y riqueza parecen concentrarse solo en este lado del reino —sus palabras me sorprendieron. Una chispa de sabiduría en su voz revelaba más de lo que aparentaba. Quizás no recordaba su vida pasada, pero parecía consciente del sufrimiento que había traído mi castigo divino.
Tal vez no era la imagen de mis sueños borrosos, pero era inteligente, capaz de mucho más que ser la mera representación de la Luna. Me levanté, y un pequeño suspiro ahogado de terror resonó en el aire, como si no le perteneciera. Me levante del suelo sin mirarla, di media vuelta y caminé hacia la salida. Los sirvientes abrieron la puerta, y me detuve en seco.
—Pide el color que más te guste a la costurera. Necesitarás más vestidos —expresé, lanzándole una mirada de reojo—. Y si quieres, dile a los sirvientes que se lleven la comida; tal vez así se mantengan callados cuando decida cenar.
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