2

—Vamos, ¡tres más! —me anima Sierra, mi entrenadora personal.

Respiro hondo rápidamente, sin permitirme a mí misma parar, y levanto otra vez la pierna para golpear el saco de boxeo. Luego doy dos golpes con mis puños, cubiertos con los acolchados guantes de boxeo, y vuelvo a repetir estas acciones dos veces más, hasta que Sierra suelta un grito de aprobación y paro, respirando con dificultad pero contenta conmigo misma.

—Lo haces genial, ya no sé ni para qué me necesitas —dice Sierra mientras me seco el sudor con la toalla e intento que mi respiración y mi ritmo cardíaco vuelvan a la normalidad.

—No seas pelota —bromeo, y ella sonríe.

De repente mira el reloj de pulsera que lleva alrededor de su muñeca y suspira.

—Tengo que ir a llevar a Joe a la escuela, ¿te importa hacer los estiramentos sin mí? —me pregunta, mirándome con una expresión dudosa, como si fuera a decirle que no puede irse.

—Claro que no. Ve, mujer —la tranquilizo.

Después de todo, si estamos entrenando tan tarde es porque me he dormido esta mañana, siempre dejamos claro que a las nueve menos cuarto Sierra tiene que irse. Ser una madre soltera no debe ser nada fácil.

—Nos vemos... ¿en un par de semanas? —me dice, mirando su agenda en el móvil.

—En dos semanas me voy a Nueva York —contesto—. ¿Te iría bien quedar un par de días antes de que me vaya para preparar el entrenamiento de hotel?

"Entrenamiento de hotel" es como le llamamos a los que hago cuando estoy de rodaje, porque no todos los hoteles a los que voy cuentan con un gimnasio, así que tenemos que fabricar un plan para entrenar en la misma habitación del hotel.

—Perfecto —contesta—. Me reservo el día catorce, ¿va bien?

Me levanto para ir a ver mi agenda, que tengo en el móvil, y confirmo que ese día tengo pocas cosas que hacer, lo que no es para nada habitual.

—Sí —asiento—. Me va bien.

Nos despedimos, y ella sale de la zona del gimnasio en la que nos encontramos. Apenas hay gente aquí —y puede que el hecho de que la suscripción al gimnasio sea carísima tenga algo que ver—, y lo agradezco porque puedo estirar y relajarme sin tener a nadie gimiendo ni gritando cual tenista al hacer ejercicios. Hay gente que se lo toma muy a pecho, esto del deporte.

Cuando termino de hacer los estiramientos finales voy al vestuario a recoger mis cosas. Me lavo la cara rápidamente, me rehago la cola de caballo que llevo, y llamo un taxi para que pase a recogerme.

Antes solía ducharme aquí, en el gimnasio, pero nunca terminaba de sentirme a gusto, a parte de que uso unos productos muy específicos y tengo una rutina de cuidado de mi piel bastante estricta, así que cargar todos esos productos hasta el gimnasio sería una locura.

Llego a casa a las diez menos veinte después de haber pasado por el supermercado. Me siento agotada aunque apenas hace tres horas que me he levantado, pero es el típico cansancio del día después de un viaje largo. Cuando empecé a trabajar en esto me encantaba viajar en avión, pero ahora lo hago tanto que lo he terminado aborreciendo.

Me doy una ducha larga. Suelo intentar hacerlo rápido para no gastar demasiada agua ni tiempo, pero hoy me permito estar un rato más. Lavo mi cuerpo eliminando el sudor y sustituyendo su olor por un aroma dulce, tropical. Hago lo mismo con mi pelo, pero para este uso champú y acondicionador naturales. Hace ya meses que rompí el contrato publicitario que tenía con una gran marca de productos de peluquería para darle algo más sano a mi estropeado cabello.

Cuando salgo de la ducha, me visto con un vestido holgado y ligero, y aprovecho que tengo tiempo para prepararme un desayuno completo. Nunca como nada antes de entrenar porque acostumbra a sentarme mal, y así puedo prepararme algo más elaborado cuando vuelvo a casa.

Una vez desayunada y arreglada, cojo el coche y salgo hacia casa de mis padres. Hace ya dos años que dejé Beverly Hills para mudarme a Malibú, que es algo más tranquilo y está más alejado de la gran ciudad, y no me arrepiento en absoluto. Beverly Hills era una locura, ahora al menos puedo salir a la calle sin tener gente esperándome fuera.

Acelero por mi calle hasta llegar a una avenida más grande. Suena mi móvil, que tengo la costumbre de dejar encima del asiento del copiloto, y desvío la mirada unos segundos para ver de quién se trata. Unos segundos en los que casi me salto un stop y tengo que hacer un frenazo para evitar chocarme contra el coche de delante. Este me pita y levanto la mano en señal de disculpa, con el corazón en la boca.

Creo que esto de ir a ver a mi familia me afecta demasiado. No por nada en especial, son lo que más quiero en el mundo pero son algo... complicados, y a veces me ponen nerviosa.

Conduzco hasta la casa de mis padres en Calabasas, a poco más de media hora de la mía. Sergei, el portero, me saluda antes de abrirme la puerta de entrada al terreno. Le doy las gracias y, al ir a aparcar dentro, veo que el coche de Jillian está aquí. Respiro hondo y me concentro en aparcar.

—¡Tía Caro! —la voz de mis sobrinos pequeños chillando mi nombre al unísono me recibe cuando entro en la casa.

Debo destacar que no soporto que me llamen Caro, pero por ser ellos se lo permito.

—¡Hola, monstruos! —exclamo, abrazándolos a ambos a la vez.

—Pero mira quién ha decidido hacer acto de presencia —dice Jillian, con una taza de lo que presumiblemente es café en la mano, siguiendo a sus hijos.

—Llegué ayer, dame un respiro —le pido, sonriendo.

—Mamá te ha echado de menos, ayer estuvo hablando de ti toda la tarde —me explica.

—Echa de menos meterse conmigo —contesto con tono burlón, aunque toda broma tiene algo, o mucho, de verdad—. ¿Habéis dormido aquí?

—Sí —dice, dándome la sonrisa más falsa que he visto en un buen tiempo. Decididamente el talento para actuar me lo llevé todo yo.

—¿Va todo bien con Brandon? —inquiero.

—Oh, sí —asiente, esforzándose demasiado para que me lo crea—. Todo genial. Solo me apetecía pasar tiempo con mamá y papá. Ya sabes que desde que vuelvo a estar embarazada quieren pasar más tiempo conmigo.

Brandon, el marido de Jillian, padre de Avery, Lucas y la niña que está por nacer, es un imbécil integral. Es el típico marido que no hace absolutamente nada, solo mira deporte desde el sofá y se cree que por ser el hombre tiene algún tipo de privilegio que implica a mi hermana haciéndoselo todo. Y no entraré en más detalles porque no quiero ponerme de mal humor.

—¡Caroline! ¿Eres tú? —se escucha la voz de mi padre, Edgar, al final del pasillo.

Camino por el pasillo hasta llegar a la cocina, y veo a papá sacando algo de la nevera.

—Hola, cariño. —Me da un beso en la mejilla y aprovecho para abrazarlo—. ¿Tienes hambre? Jonah ha preparado un batido de frutas que está para chuparse los dedos.

Jonah es el empleado de casa de mis padres. No vive aquí porque mis padres no requieren tanta atención, según ellos aún son muy jóvenes, pero hace la mayoría de las tareas del hogar.

—¿Lleva azúcar blanco? —pregunto.

—No, lo ha hecho con sirope de ágave —contesta él.

—Perfecto, entonces.

Salimos al jardín desde la puerta de la cocina que da al exterior, y veo a mi madre sentada en el sofá que hay al lado de la piscina, sorbiendo de su batido.

—¡Caroline! —exclama en cuanto me ve, levantándose—. Mi niña, ¿cómo ha ido todo?

Cuando me alcanza, me da un abrazo asfixiante y llena mi mejilla de besos, probablemente dejándola toda llena de pintalabios.

—Genial —contesto, caminando con ella de vuelta al sofá—. Aunque hacía un frío horroroso.

—¿Cómo va el rodaje con Oliver Hawthorne? —pregunta, y tengo que resistir el impulso de rodar los ojos, porque ya sé a dónde quiere llegar.

—Bien —contesto con algo de sequedad, pero no tengo ganas de contestar preguntas, y mucho menos si se refieren a Oliver.

—Hija, no sé qué te pasa —me dice, mirándome con preocupación—.Cualquier mujer estaría encantada de trabajar con un bombón británico como él, pero tú vas y eliges no llevarte bien con él.

—Que sea guapo no va a hacer que me caiga bien automáticamente —contesto, y decido cambiar de tema—. Pero el rodaje va genial, ya solo nos quedan unas pocas tomas y habremos terminado.

—¿Me invitarás al preestreno? —pregunta papá, sentándose a nuestro lado.

—No, papá. De hecho, te pondré en la lista negra para que no te dejen ni acercarte.

—Gracias, cariño. —Deja un beso en mi frente y me echo a reír.

Aunque sean mis padres, debo reconocer que Astrid y Edgar Noel son gente peculiar. Mamá tiene dos adicciones en la vida: el bótox y los ansiolíticos. No le decimos nada porque aún no se ha hecho ninguna desgracia en la cara y los ansiolíticos sospecho que son más placebo que ninguna otra cosa. En cuanto a papá, es un hombre que igual va vestido de las mejores marcas y peinado de forma impecable en algunas ocasiones, y luego cualquier domingo te lo puedes encontrar por la calle vestido de violeta y verde y llevando sandalias con calcetines.

—Por cierto, Jordan está arriba —me dice mamá—. Ve a verlo y dile que baje, que almorzaremos algo todos juntos.

Me levanto, aún con mi vaso de batido en la mano, y entro de nuevo en la casa. Esta vez tomo un recorrido diferente y paso por el salón, donde Avery y Lucas miran los dibujos animados. Frunzo el ceño al no ver a Jillian, pero miro por la ventana y puedo verla hablando por teléfono con una expresión en la cara que indica que las cosas, para variar, no van bien. Y me apuesto lo que queráis a que es por Brandon.

Siento el impulso de salir, cogerle el teléfono y gritarle a Brandon que se ate una roca al pie y se tire al mar, pero hace tiempo que he asumido que si Jill no hace el esfuerzo mental de mandarlo a la mierda nada va a cambiar. Nadie puede tomar esa decisión por ella.

—Tía Caro, ¿cuándo haces otra peli? —me pregunta Avery, sacándome de mis pensamientos homicidas hacia su padre.

—Uy, aún quedan algunos meses para que esté en el cine —contesto—. Pero, ¿vendrás a verla conmigo cuando la estrenemos?

—¡Sí! —Sonríe, entusiasmada, y su hermano me mira como si lo hubiera traicionado imperdonablemente.

—Nada de quejas, Lucas Edward —lo llamo por sus dos nombres, el segundo de los cuales se lo pusieron en honor a mi abuelo—, tú también estás invitado.

—¡Bien! —exclama, y luego mira a su hermana—. ¿Ves? A mí me quiere más.

—Oh, no, otra vez no —murmuro, y escapo de la emergente pelea de hermanos por mi amor hacia el pie de las escaleras.

Subo al primer piso mientras doy un trago a mi batido y una vez allí camino hacia la habitación de uno de mis hermanos más pequeños. El sonido de la música hip-hop se escucha desde el pasillo. Golpeo la puerta con mis nudillos sin ninguna esperanza de que lo oiga, y al comprobar que no lo ha hecho abro la puerta, encontrándomelo en la cama con el ordenador. Junto con su cara de alegría cuando me ve, me recibe una bofetada de un olor fuertísimo.

—Joder, Jordan, huele a porro desde China —me quejo—.  Mamá se va a enterar.

—¿Qué pasa, hermana? —ignora completamente mi pequeña bronca y salta de su cama para darme un fuerte abrazo—. ¿Qué tal el rodaje? ¿Mucho ligoteo o qué?

—No, nada —contesto, rompiendo el abrazo y dejando un beso en su mejilla. Entonces veo una caja de preservativos tirada de cualquier manera en el caos que es su habitación—. No como tú, por lo que veo.

—Ya sabes, lo de siempre. —Se intenta hacer el humilde pero, para variar, le sale fatal. Humildad y Jordan Noel no son palabras que vayan juntas—. Yo soy como tú, hermanita: mucho sexo y poco compromiso. Eres la más guay de la familia: ¿para qué estar siempre con el mismo tío cuando puedes tener a uno diferente cada semana?

Esto debe de haberlo soñado porque hace como mínimo dos meses que no tengo ninguna actividad sexual que no sea conmigo misma, pero no voy a contradecirlo porque no pasa cada día que mi hermano de veintiún años me considere una tía guay, aunque no es la primera vez que me lo dice.

—Yo solo espero que trates a todas con respeto y lo hagas siempre con consentimiento —le digo, aprovechando para recordarle la importancia de ambas cosas.

—Lo sé, lo sé —contesta—. Me lo llevas diciendo desde que empecé el instituto. ¿Tú sabes la vergüenza que me dio esa charla?

—Créeme: esa charla con papá mamá habría sido mucho más vergonzosa, y menos productiva.

—En eso llevas razón —admite—. ¿Quieres fumar?

—No, gracias —rechazo su amable propuesta para drogarnos juntos—. Vamos a almorzar abajo. Date una ducha y cámbiate la ropa, que hueles muy fuerte.

Él hace un gesto de obediencia militar con su mano en la frente y sonrío antes de salir de su habitación. Mientras bajo las escaleras me da por oler mi camiseta y compruebo que, efectivamente, ahora yo también huelo a marihuana. Genial.

Salgo al jardín de nuevo sin temer que mamá vaya a decirme nada porque ya deben estar más que acostumbrados a este olor. Yo creo que incluso hacen como que no huelen nada para evitar tener que preocuparse por su hijo.

—Estaba hablando con papá de que esta Navidad hacemos un completo —me dice en cuanto me siento junto a ellos.

—¿Vienen todos? —pregunto, sorprendida. Somos una familia bastante unida, pero como la mayoría de mis hermanos y hermanas tienen pareja y viven lejos, suelen turnarse las Navidades o tener otros compromisos.

Sí, tengo más hermanos a parte de Jillian y Jordan. Cinco más, concretamente. Somos ocho en total.

—Sí, ¿no es genial? —contesta, emocionada—. Haremos una gran fiesta, ya estoy pensando en temáticas y decoraciones. ¿Te quedas esta tarde a ayudarnos?

Omito decirle que quedan casi tres meses para Navidad porque la veo entusiasmada, pero me niego rotundamente a quedarme para escucharla divagar sobre los tres mil temas que debe tener pensados para Navidad, cuando acabará decantándose por —sorpresa, sorpresa— algo muy navideño.

—Esta tarde he quedado con Caesar, tenemos que arreglar varias cosas —contesto.

—Mi hija la actriz, siempre ocupada —dice con un suspiro, pero decido ignorarla.

Ya estoy habituada a los intentos de chantaje emocional de mi madre y, aunque suelen funcionar, este es de los suaves, así que consigo pasar de ella.

—Voy a por agua —digo, para evitarme el drama que probablemente venga ahora.

—Madre mía, ¿ahora Jordan y tú fumáis juntos? —me pregunta Jillian cuando entro a la cocina.

—Lo único que he hecho ha sido entrar en su habitación. Dos minutos allí ya te apestan entera —le explico.

Jonah está preparando el almuerzo, y me pongo a su lado para inhalar con fuerza.

—Huele delicioso, Jonah —le digo, y él sonríe.

Jonah lleva muchos años trabajando para mi familia, incluso cuando yo vivía aquí. Es un hombre de origen irlandés, que debe tener diez años menos que mis padres, y es todo amor. Es algo regordete y siempre tiene una sonrisa para todo el mundo.

—He preparado guacamole, sé que te encanta —me dice, y podría ponerme a llorar de la emoción. Hay cosas buenas, y luego está el guacamole de Jonah. Eso es otro nivel.

—Muchísimas gracias. —Paso una mano por sus hombros y lo estrecho hacia mí, haciendo que suelte una risita.

—Oye, Carol, tengo que pedirte un favor —la voz de mi hermana aparece por detrás.

Oh, no. Ya imagino lo que es, y no me apetece nada. Creo que no debería haber venido.

—Tengo planes esta noche —contesto directamente, porque es verdad. Hoy voy con Payton a Delirium, tal y como le dije ayer.

—Brandon y yo estamos mal, Carol —insiste—. Necesitamos pasar una noche en pareja. Salir a cenar, hablar, arreglar las cosas. Por nosotros, por los niños.

Odio cuando mete a los niños en medio. Jillian ha salido a mi madre: son la víctima perfecta, y saben manipular los sentimientos de los demás. Por todo lo demás, las adoro, pero esta faceta suya me pone de los nervios.

—Ya sabes lo que opino —manifiesto.

—Solo te pido esta noche, Caroline, por favor —me suplica, aunque siempre dice lo mismo.

—Tengo una vida, Jill —le recuerdo—. No llevo ni un día aquí y ya me estás pidiendo esto. Parece que es lo único para lo que me quieres.

—¿Qué ocurre, chicas? —pregunta mi madre, entrando en la cocina.

Jonah aprovecha este momento de silencio para prácticamente huir de la cocina hacia el jardín. Sabe perfectamente que las cosas van a ponerse feas.

—Le he pedido a Caroline que se quede con los niños esta noche y no puede —le dice Jill, y suspiro.

—¿Por qué no puedes? —inquiere mamá.

—He quedado con Payton —contesto con sinceridad. Podría inventarme que tengo algo más importante, pero me niego. Es mi vida y deben respetarla.

—Caroline Patricia Noel, tu hermana lo está pasando mal —me dice, y es entonces cuando me doy cuenta de que la fiesta de la victimización ha empezado—. Un matrimonio es algo que debe tomarse en serio, y está haciendo todo lo que puede por arreglarlo. Sé que no lo comprendes porque por algún motivo parece que desde que Victor rompió contigo eres incapaz de sentar cabeza.

—No metas a Victor en esto —le advierto, porque sabe perfectamente que es un tema sensible y siempre lo usa en mi contra.

—Solo me preocupo por ti, Carol —insiste—. Tienes treinta años, ¡tu tiempo se agota! Qué quieres, ¿ser una de esas madres tan mayores? Apenas podrás disfrutar de tus hijos.

—Mamá, no quiero tener hijos —contesto, aunque sé que es complicado que una mujer que tiene ocho hijos lo comprenda.

—Tonterías —contesta—. No sé cómo no has encontrado a nadie desde lo de Victor. ¿Qué hay de ese Oliver?

Ahí es cuando mi enfado llega a su punto crítico.

—¿Para qué quiero estar con nadie? —cuestiono, cruzándome de brazos—. ¿Para tener una relación de mierda como la de Jill? ¿Para estar con alguien a quien apenas soporto solo para evitar la soledad? Prefiero estar sola el resto de mi vida a esto.

Entonces se escucha un sollozo proveniente de mi hermana mayor y me callo de golpe. Mierda, me he pasado. Siempre que me enfado termino diciendo cosas de las que me arrepiento.

—Lo siento, Jill —digo inmediatamente—. No quería decir eso...

—Es muy fácil hablar desde fuera, ¿sabes? —me dice—. Quiero a Brandon, ¡y claro que lo soporto! Pero no todo es tan fácil como a ti te gusta pensar.

—Mira lo que has hecho —me recrimina mi madre—. Siempre estás diciendo cosas fuera de lugar.

Trago saliva, sintiéndome culpable pero enfadada a la vez por la actitud de mamá. Cada vez que me niego a algo que me piden empiezan a hacerme sentir como una mierda, y al final consiguen que acceda. Mira que me considero una persona con carácter, pero siempre me ha aterrado decepcionar a mi familia, ellas lo saben y lo usan en mi contra cada vez que necesitan algo de mí.

—Me quedaré a los niños esta noche —le digo a Jill—, pero mañana por la mañana, a las nueve, vienes a buscarlos. Ni un minuto más tarde. Tengo una entrevista a las once en mi casa.

—Está bien. —Sonríe, secándose las lágrimas—. Gracias, Carol.

Ni siquiera le contesto. Suspiro y salgo de nuevo al jardín. Me iría ahora mismo pero me niego a que los dramas de mi madre y mi hermana me impidan disfrutar del guacamole de Jonah, porque además sé que lo ha preparado expresamente para mí.

Cuando estamos a punto de empezar a comer, se escucha la puerta principal abrirse para cerrarse segundos después. Unos pasos ligeros atraviesan el pasillo, y solo con escuchar ese sonido ya sé de quién se trata. Teniendo siete hermanos, mi casa solía ser un gallinero, y llegó un punto en que sabía identificar perfectamente quién se estaba acercando solo por el sonido de sus pasos, una habilidad que sigo conservando.

—Pero mira a quién tenemos aquí —digo con una sonrisa en cuanto la veo salir al jardín.

—Sophia, cariño —la saluda mamá, levantándose para ir a abrazarla.

Sophia es la más joven del clan Noel, y probablemente el resultado de la crisis de madurez de mis padres —junto con Jordan, que nació solo dos años antes—. Vive con mis padres pero no para mucho por casa, algo que me parece completamente normal teniendo en cuenta el nivel de salud mental que hay en este lugar, donde están todos locos menos ella. Es dulce, cariñosa y una buenísima persona. Ni siquiera sé cómo puede tener estos rasgos y apellidarse Noel, aunque supongo que parte de esas cosas las ha sacado de mi padre. Edgar Noel es una excelente persona, pero está como una regadera.

Jordan baja poco más tarde, cuando Sophia nos está contando sobre la maqueta que está grabando. Yo la verdad es que de música sé poco, solo lo que me ha contado algún que otro artista o productor musical antes de pasar por mi cama —aunque tampoco han sido tantos, eh, que esta gente suele tener un ego como una casa y a mí eso no me gusta nada—, pero se la ve muy entusiasmada. Ha conseguido firmar con una productora joven y pequeña, a pesar de que todos nos ofrecimos a mover hilos para conseguirle un contrato con una gran productora, pero entiendo que quiera abrirse camino ella sola, y me parece muy respetable.

La verdad es que yo tampoco lo he tenido fácil, pero el que mi madre fuera, en su día, una gran actriz —aunque se retiró cuando empezó a tener hijos sin parar— y mi padre un famoso productor de cine, me han allanado bastante el camino. No he tenido que preocuparme tanto por hacer contactos, pero debo decir que si no tuviera el talento que tengo, no estaría donde estoy. No voy a ser falsamente modesta, porque soy una muy buena actriz, y trabajo como una loca. Me he ganado lo que tengo, aunque a ciertas revistas de vez en cuando les dé por ir diciendo que no es así.

Cuando termino de almorzar, le digo a Jillian que traiga a sus hijos a mi casa por la tarde, porque estaré ocupada hasta entonces. Me despido del resto de la familia y me voy a casa. Quiero hacer un poco de yoga y relajarme en la piscina antes de quedar con Caesar.

__________
¡Hola y feliz año a todas y todos! Sean bienvenidas al capítulo 2 de El precio de la fama jeje ¿qué os va pareciendo?

Tendréis el capítulo 3 la semana que viene. Un abrazo y hasta entonces :3

Salu2,
Claire

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top