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El viento se enreda en mi cabello, haciendo que vaya en todas direcciones. Me acaricia la cara, el hombro desnudo, el brazo. Cada vez noto más el frío y me siento tentada a empezar a temblar, pero mi mirada se fija en él.
Se ha cortado el pelo. Lo lleva mucho más corto que hace unos años. Sus ojos marrones me examinan con atención, como si estuviera delante de una persona desconocida, pero su rostro permanece impasible.
—Te has cortado el pelo —le comunico mi observación, pero no obtengo respuesta.
Sus labios permanecen apretados en una fina línea, como si estuviera conteniendo todas las palabras que realmente quiere decirme, pero sabe que no puede.
—Rose me dijo que habías vuelto de Nueva York —prosigo, intentando sacarle lo que sea, una palabra, un gesto, alguna expresión.
Pasan unos segundos que se hacen eternos hasta que contesta.
—Aquí estoy. —Acompaña sus palabras con un suave asentimiento de cabeza.
Nunca pensé que el tono frío de sus palabras me afectaría tanto, y menos después de todos estos años. Sabía que nunca podría no sentir nada al verle, pero esto duele incluso más de lo que me esperaba. Supongo que me lo merezco, por todo lo que le hice pasar.
—Tengo que irme —dice de repente, empezando a moverse en dirección contraria a donde me encuentro—. Ha estado bien verte.
Sé que está mintiendo, y quiero decirle que no tiene por qué hacerlo, pero no me salen las palabras. Se me quedan atascadas en la garganta mientras él se va, seguramente para no volver. Desaparece de mi vista, y una lágrima se desliza por mi mejilla.
—¡Corten! —grita el director, y respiro hondo antes de secarme la lágrima con el dorso de la mano.
El silencio que había hasta ahora se ve sustituído por algunos aplausos, y cuando terminan se empieza a notar el movimiento, la gente trabajando, moviendo las cámaras, dando órdenes.
—Increíble como siempre, Caroline —me dice Dirk, uno de los productores, mientras una asistente me da una chaqueta—. Me has emocionado incluso a mí.
—Gracias —le digo a la chica, que me devuelve una pequeña sonrisa, y luego miro a Dirk—. Y gracias.
Dirk me da unas palmadas en el hombro, y alguien me trae una taza con la infusión que suelo tomar por las noches mientras veo a Oliver volver de donde James, su personaje, se ha ido. Camino hasta una de las mesas y dejo la taza ahí para ponerme la chaqueta. Hace un frío horrible, lleva ya varios días haciéndolo, pero por suerte este es el último día de rodaje en este lugar.
—En dos semanas, el martes, todos en Nueva York —nos recuerda Arianne, la directora de la película—. Disfrutad de las vacaciones, ¡os las habéis ganado!
Tras un aplauso, algo más breve de lo normal porque todos queremos ir al autobús y refugiarnos en la calefacción, recogemos las cosas. Es tarde, son las diez de la noche así que dormiremos en el hotel. Luego, por la mañana, tocarán varias horas en el autobús, hasta que salgamos de los eternos bosques de Maine y lleguemos a Portland, donde un avión nos llevará a Los Ángeles —aunque algunas personas del equipo se van a Nueva York directamente—.
Me siento en el sofá acolchado del bus y respiro hondo. Doy otro trago a mi infusión y cierro los ojos. Podría quedarme dormida aquí mismo...
—¡Y va él y me manda a la mierda! —reconozco la voz de Allie, la directora de fotografía, seguida de una fuerte risa cortesía de Oliver Hawthorne.
Abro los ojos y los pongo en blanco al instante. Este tío siempre tiene que interrumpir mis momentos de relajación. Es como si tuviera una alarma en la cabeza que le dice "Caroline está tranquila, vamos a incordiarla".
—Es un imbécil —contesta la grave voz de Oliver, y no sé de quién hablan pero no me interesa en absoluto. Hay tantos imbéciles en esta industria que conocer su identidad ya me importa más bien poco. La verdad es que cuando estoy cansada me pongo de muy mal humor—. Estuvo molestando a Daisy Fiddle, el muy degenerado.
—¿Daisy Fiddle? ¡Pero si apenas tiene veinte años! —exclama Allie, horrorizada.
—Es un cerdo —dice Oliver.
—¿Podéis bajar un poco la voz? —pido lo más amablemente que puedo, porque en mi cabeza suenan como si estuvieran gritando todo el rato.
—La palabra mágica —me pide Oliver, y ya quiero mandarlo a la mierda.
—Cállate —contesto, y él se echa a reír, algo que yo consigo reprimir.
Oliver entra en otro compartimento del bus sin decir nada más, pero aún riendo.
—Disculpa, Caroline —me dice Allie con una sonrisa tierna. Esta chica es un amor, y me sabe un poco mal haberle pedido que se callara, pero es que estoy agotada—. Debes estar cansada después de tantas horas.
—Podría ser peor. —Sonrío.
—Oliver y tú sois un dúo explosivo —me dice, y levanto una ceja—. ¡De verdad! Casi nunca hemos tenido que repetir una escena con vosotros, esta película está siendo mucho más relajada de lo normal, me gusta este ambiente.
—La verdad es que no está nada mal —contesto.
Allie sonríe y se sienta cerca de mí. Pronto ya están todos dentro y el autobús arranca, dejando el pequeño pueblo en el que hemos estado rodando atrás.
Llegamos a Bangor, la ciudad más grande —aunque de grande tiene más bien poco— de la zona. El autobús aparca delante del hotel, que queda al lado del río, y en cuanto salgo voy directamente a acercarme al agua. Apoyo mis brazos en la barandilla mientras otro autobús llega y el equipo técnico sale de él. Me dedico a observar el río y la ciudad tras él, perdida en mis pensamientos.
De repente escucho a alguien acercarse a mí. Giro la cabeza y veo a Oliver. Se pone a mi lado sin decir nada, y apoya los brazos en la barandilla, imitándome. Saca un cigarrillo del paquete que tiene la mano y lo lleva a sus labios.
—¿Sabías que hay una ciudad que también se llama Bangor en Gales? —me pregunta mientras se enciende el cigarro—. Y desde Bangor puedes ir a Anglesey, que es una isla digna de visitar.
—Nunca he estado en Gales —contesto, sin dejar de mirar la ciudad.
—Pues deberías —dice.
Suspiro. Genial, ahora viene cuando se pone a decir que su país es mucho mejor que este.
Pero, para mi sorpresa, expulsa el humo del cigarro y empieza a caminar lejos de mí.
—¿Adónde vas? —le pregunto, porque a este hombre no hay por dónde pillarlo. Nunca sabes qué hará, ni cómo reaccionará.
—A dar una vuelta —responde.
—¿Ahora? Son casi las doce —digo, y se encoge de hombros antes de seguir su camino.
Oliver Hawthorne nunca ha sido santo de mi devoción, que digamos. No voy a decir que lo odio porque no tengo quince años, pero no termina de caerme bien, y el sentimiento es mutuo. No coincidimos en la manera de ver la vida, y algunas de las cosas que hace no me parecen nada correctas. Hay algo divertido en molestarnos mutuamente, no voy a negarlo, y la verdad es que trabajamos muy bien juntos.
Y, cómo no, los medios lo han exagerado tanto que, a ojos del mundo, parece que queramos estrangularnos el uno al otro. Ahora están que arden con el hecho de que estemos haciendo una película juntos. Es una producción independiente, así que no se está haciendo tanta publicidad de la película, pero la promoción ya nos la hace la prensa: que si nos vamos a besar en la peli y nos enamoraremos, que si tendremos una pelea que hará que alguno de los dos decida romper el contrato para la película porque no aguanta más al otro... En fin, yo los dejo hacer. Llevo años en esto y he aprendido a no dejar que me afecte que se inventen cosas raras sobre mí.
Decido dejar de darle vueltas a la cabeza y entro en el hotel. Les deseo unas buenas noches a las personas del equipo que me voy encontrando en recepción y por los pasillos y entro en mi habitación. Habitualmente me tomaría una copa de vino tinto, que ya casi se ha convertido en una tradición, pero estoy tan cansada que me doy una ducha rápida y me voy a dormir.
***
El vuelo de vuelta a Los Ángeles se hace largo. Nunca me acostumbraré a esta vida de aeropuerto, el tener que ir a menudo a coger aviones y tener que hacer colas para mil cosas diferentes, que si retrasos, cancelaciones... Además, esta película al ser independiente y tener considerablemente menos presupuesto no ha invertido en asientos de primera clase ni nada de eso, lo cual me parece bien porque prefiero que lo inviertan en producir la película, pero a la vez siendo un vuelo de tantas horas me lo hace mucho menos ameno.
En el aeropuerto de Los Ángeles nos esperan varios fans. En el avión nos hemos encontrado a varios que nos conocían, algo que no es raro, sin querer parecer egocéntrica. Somos conocidos, es lo que hay. Una chica se pone a llorar cuando Oliver la abraza y él sonríe.
La verdad es que Oliver es muy popular entre las chicas, seguramente porque cumple (o, al menos, solía cumplir) el estereotipo de chico malo: es guapo y, por lo poco que sé, tiene un pasado algo turbio. Ha tenido muchas novias, y se ha visto envuelto en escándalos que me hacen dudar de la salud mental de toda esta gente que lo admira. No es por faltar al respeto, pero Oliver decididamente ha tomado muy malas decisiones en la vida.
Firmo unos cuantos autógrafos, me despido de la gente del equipo que ha viajado conmigo a Los Ángeles y salgo del aeropuerto. Miro al reloj que adorna mi muñeca y veo que son las dos y cuarenta y tres de la tarde, lo que significa que Payton, para variar, llega tarde. Suerte que le he dicho que llegaba media hora antes de cuando realmente he llegado, porque si no me tocaría esperar aún más.
Si hay algo que no soporto es la impuntualidad, y da la casualidad de que mi mejor amiga es la persona más impuntual del mundo. Me busco la ruina allá donde voy.
El sonido de un claxon me hace girarme hacia la derecha y veo a mi amiga conduciendo su Mustang descapotable a toda velocidad hacia donde yo estoy.
—¡Payton, vas en contradirección! —le grito a la demente de mi amiga, y ella se echa a reír como una posesa.
Esta mujer no está bien de la cabeza. Siempre ha sido así y, aunque cuando éramos adolescentes me pensaba que con los años cambiaría, parece que solo ha ido a peor. La verdad es que me lo paso genial con ella, pero me preocupa que alguna de sus locuras termine en accidente. Lo raro es que aún no haya ocurrido nada grave.
Se para a mi lado y hace ademán de ir a abrir la puerta del coche, pero la paro en seco.
—No voy a subirme a este coche hasta que no des media vuelta y te pongas en la dirección correcta, Payton Lee Williams.
—Pues me voy. —Se encoge de hombros.
—Pues llamo a un taxi. —Imito su gesto y ella ríe.
—Está bien —dice, arrastrando la "e" con aburrimiento, como si le estuviera pidiendo que haga algo que requiera mucho esfuerzo.
Payton hace una maniobra completamente temeraria, cambiando de sentido con un derrape en medio de la abarrotada calle y consiguiendo que un taxi que viene por delante le pite. Cuando por fin está en la dirección que toca, meto mi maleta en el asiento de atrás y me subo al coche.
—¡Bienvenida a casa! —me dice en cuanto me siento a su lado, dándome un abrazo que le devuelvo con la misma efusividad.
—Ya echaba de menos tus locuras. —Sonrío.
—Y las que nos quedan —contesta, entusiasmada—. Sé que esta noche no querrás hacer nada porque estás cansada, pero mañana salimos a triunfar.
—¿Hay alguna fiesta interesante?
—En Delirium parece que hacen algo, me lo dijo Destiny —contesta.
—No suena nada mal. —Sonrío.
Payton me deja en casa y la invito a tomar un té. Nos bañamos un rato en la piscina y se va, porque al parecer ha quedado con un hombre con el que se está viendo. Cuando me quedo sola, saco de la maleta un libro que empecé hace unos días pero al que apenas le he podido dedicar tiempo y me pongo a leer. Mi móvil empieza a ser bombardeado con mensajes de mi madre diciéndome si iré a verla y, como planeaba ir mañana por la mañana, le contesto que sí.
Es bueno estar en casa.
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¡Hola a todas! Aquí tenéis el primer capítulo de "El precio de la fama". ¿Qué os ha parecido?
Empezaré a publicar la novela con normalidad el 1 de enero de 2020, pero quería subir este primer capítulo un poco antes para dar un poco de hype jeje
¡Nos seguimos leyendo el 1 de enero! De mientras, podéis seguirme en Instagram o Twitter, donde también me llamo sirendreams.
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