XXXVII
Despierto con el corazón acelerado. Una fina capa de sudor me cubre la frente y una serie de imágenes se suceden fugazmente por detrás de mis ojos. No ha sido precisamente una pesadilla.
Cuando logro aceptar la realidad me doy cuenta de que algo aprisiona mi mano. Miro a la protagonista de mis sueños preguntándome en qué momento nos hemos movido tanto. Está dándome la espalda y se me abren los ojos como platos al ser consciente de que estoy abrazándola, mi pecho contra su espalda, la suavidad de su pelo rozando mi nariz, que respira el aroma floral de su champú, mi brazo rodeando su cintura y su mano atrapando la mía a la altura de su pecho. Demasiado cerca de sus pechos como para poder ignorar que estoy rozándolos. ¿Cuándo hemos acabado así?
Me deshago de su agarre con cuidado y me separo despacio para levantarme. No sé qué hora es pero la luz del día se cuela por la puerta entreabierta como un baño de sol. Blanca respira profundamente y esconde la mano debajo de la almohada al sentirla libre. Me da ternura.
Cierro la puerta despacio para dejarla dormir sin que el ruido la despierte y, después de lavarme la cara en el baño y acicalar mi pelo ante el espejo, decido que esta vez me toca a mí hacerle el desayuno. Echo un vistazo al reloj cuando llego a la cocina y éste marca las once de la mañana. ¡Las once! Cualquier día normal me resultaría incluso pronto, pero desde luego es más que tarde para Blanca, que acostumbra a madrugar sin querer. Intento recordar a qué hora nos dormimos pero se me hace imposible. De cualquier forma, me alegra que pueda seguir durmiendo.
Me planteo dejarle en la mesita de noche un vaso de agua y una aspirina para cuando se despierte, pero entonces tendría que dejarle también algo de comer, y al final supondría llevarle el desayuno a la cama. Y, conociendo a Blanca y su rechazo por lo cursi, seguro que me lo tira a la cara o se ríe de mí. Así que descarto la opción.
Preparo café y tostadas porque es lo único que recuerdo dónde está y, mientras espero a que se haga, dejo una aspirina sobre la mesa y me dirijo al lugar más fascinante de la casa.
El lienzo en medio del cuarto cubierto por una sábana que algún día fue blanca hace que me brillen los ojos de curiosidad. Me muerdo el labio dudando si sería correcto destaparlo sin el permiso de la autora, pero antes de que el código moral que tanto respeté la noche anterior me lo impida esta vez, ya estoy apartando la tela. El olor del café se filtra mezclándose con el de la pintura y tanto la cafetera como la tostadora me reclaman en la cocina, pero el tiempo para mí se ha detenido y no puedo apartar la vista del cuadro inconcluso. Son mis ojos, mi nariz, mi boca, mi pelo.
Doy un paso atrás por instinto como si admirarlo de lejos fuera a disipar mi confusión, pero no lo hace. Mientras más lo miro más convencida estoy de que hay un ser arañándome las entrañas desde dentro y empujándome el corazón hacia la garganta.
El chasquido de una puerta abriéndose me arranca de mi ensimismamiento y vuelvo a cubrir el lienzo rápidamente con la tela. Salgo del cuarto a tiempo de ver la mitad del cuerpo de Blanca desapareciendo, descalza, por el salón, y enseguida la sigo. Al ver tanto el salón como la cocina vacíos, se gira desenredándose el pelo con los dedos en el momento justo en el que aparezco yo. Me mira extrañada y sonrío con nerviosismo.
– Buenos días –dice con voz pastosa y los ojos cansados, demasiado dormida aún para articular una sonrisa–. Has hecho el desayun...
– ¡Mierda!
Corro a la tostadora sacando dos rebanadas de pan ennegrecidas y las dejo sobre el plato con fastidio. Ella me observa desde el mismo sitio mientras pongo a tostar otras dos rebanadas.
– Qué desastre –digo sirviendo el café en dos tazas.
Las llevo hasta la mesa y al volverme veo que me está siguiendo con la mirada de brazos cruzados y con una sonrisa divertida en el rostro. Tiene la falda arrugada. No sé qué deseo estúpido tenía nada más levantarme, no sé si esperaba que Blanca se lanzara a besarme en cuanto me viera, pero por alguna razón una chispa de decepción crece lentamente en algún lugar de mi cuerpo.
– Te agradezco mucho el desayuno, pero te agradecería más que no me quemaras la casa –dice con las cejas levantadas.
Se me escapa una risa mientras cojo avergonzada las tostadas quemadas y las estudio con la mirada.
– No se puede salvar nada de ahí –afirma risueña contestando mi pregunta interna antes de quitarme las rebanadas de pan de la mano y tirarlas a la basura sin ningún miramiento–. Tienes que dejarlas ir.
Sonrío.
– Lo siento, espero no haberte despertado.
Ella niega con la cabeza y consulta su reloj de muñeca.
– ¡Dios Santo!
Su sorpresa se une con el susto que le provoca el salto de las tostadas y me hace una gracia absurda. Las llevo a la mesa y Blanca me sigue.
– No recuerdo la última vez que me levanté tan tarde –dice tomando asiento–. Y también hace mucho tiempo que no sueño nada. Espera, sí –entorna los ojos fijos en mi café, pensativa–... Creo que he soñado cosas.
– ¿Qué cosas? –pregunto haciéndome la distraída mientras dejo mi plato y me siento enfrente de ella.
Cuando alzo la mirada está mirándome. No sé interpretar lo que hay en sus ojos. Le da un mordisco al pan tostado y se toma la aspirina con un trago de café.
– Cosas raras. No me acuerdo.
Fuerzo una sonrisa que me pesa más de lo que esperaba.
– Por Dios, no me acuerdo de nada de anoche –explica apoyando la frente en la mano y negando con la cabeza sin mirarme, con el ceño fruncido, como si le molestara no poder recordar pero ya fuese costumbre–. ¿Tanto bebí?
Asiento con lo que intenta ser una leve sonrisa y ella emite un bufido.
– Entendería que te acabases cansando de mí –dice, y yo dejo de masticar; al darme cuenta vuelvo a hacerlo despacio–. No tienes que quedarte siempre que a mí me dé por beber. Tampoco tienes que acompañarme a casa; cuando voy sola siempre llego, tarde o temprano. Ni tienes que quedarte porque yo te lo pida, que sé que aunque me digas que no, sí lo hago. ¿Te la lié anoche?
Trago más rápido de lo que debo y lo noto arañar mi garganta lentamente. Toso un par de veces y acabo contestando con una negación de cabeza por miedo a ahogarme si hablo. Ella inclina la cabeza a un lado con la ceja levantada. No me hagas eso.
– ¿Qué hice? –Ante mi silencio, continúa comiendo sin dejar de mirarme a los ojos–. Me va a estallar la cabeza y me siento como si un camión me hubiera pasado por encima, hubiera dado marcha atrás y me hubiera atropellado por tercera vez antes de huir. Eso significa que anoche estaba perfectamente capacitada para hacer algo bochornoso.
Deja la tostada a la mitad y me doy cuenta de que yo tampoco la he terminado. Recordar la noche anterior me evoca tantas emociones que se me cierra el estómago, pero aun así me obligo a acabar con el café.
– Nada que me molestara –contesto evasiva con un encogimiento de hombros levantándome a recoger mi plato y mi taza.
Mientras estoy fregándolos escucho el chirrido de una silla y unos pasos que se detienen a mi lado.
– Así que hice algo bochornoso –infiere apoyando el lateral de la cadera en la encimera de la cocina.
– Blanca, no tiene importancia –digo quitándole de las manos el plato con la taza apoyada encima para fregarlos también.
Ella se cruza de brazos resignada con la mirada perdida en mis manos cubiertas de jabón.
– Cuéntamelo, petarda –me pide con los labios apretados en una sonrisa.
Una vez termino de fregar, me sacudo el agua de las manos en el aire, las seco después con un paño, vuelvo a dejar éste en la encimera y la miro a la cara.
– Da igual lo que hiciste, estabas borracha, no voy a tenerlo en cuenta –concluyo.
Me sostiene la mirada unos segundos que se me hacen eternos, aún de brazos cruzados, y la seguridad con la que he hablado me va abandonando por momentos. Me prohíbo que se me vayan los ojos a sus labios. Entonces, descruza los brazos y alza las manos a la altura de su cabeza con las palmas extendidas, para después dejarlas caer a ambos lados de su cuerpo.
– Muy bien. No me lo vas a contar.
– Si no te acuerdas no tiene sentido.
– Está bien.
Temo que esté enfadada, pero un par de segundos después chasca los labios con hastío, me empuja el hombro con el puño cerrado y se va rascándose la herida de la frente por encima de la gasa.
– ¿No tienes que curarte eso? –pregunto en un intento de destensar el ambiente.
– Sí –murmura ella apoyándose de espaldas en el sofá.
– Déjame ayudarte.
– Es una tontería –la escucho decir, pero ya estoy yendo al cuarto de baño.
Encuentro el botiquín enseguida porque lo recuerdo de la última vez y, una vez lo tengo todo, ella aparece detrás de mí. Se sienta sobre el inodoro cerrado sin insistir más en llevarme la contraria, y me inclino sobre ella retirándole con cuidado el apósito. Dejo al descubierto un corte en diagonal, no muy grande pero aparentemente doloroso. Aspiro entre los dientes con un rictus y ella me mira indiferente. Únicamente arruga un poco la frente cuando el algodón impregnado en betadine entra en contacto con la herida, pero no se queja.
– ¿Te ha gustado el cuadro? –me pregunta de repente.
– ¿Qué cuadro? –digo centrando toda mi atención en la herida a pesar de que hace rato que noto sus ojos sobre mí.
– Pensaba regalártelo, cuando estuviera terminado. Sé que lo has visto.
El estómago me escala a la garganta como impulsado por una fuerza súbita.
– Siento haber entrado –ella me interrumpe sacudiendo la cabeza.
– No te he preguntado eso –dice con una sonrisa.
– Me ha encantado –admito devolviéndosela–. Es increíble.
Sigo curándola con toquecitos suaves sin que a ninguna de las dos se nos borre la sonrisa de la cara y para terminar le coloco una gasa nueva.
– Gracias –me dice levantándose y comenzando a guardarlo todo.
Asiento quedándome mirándola atontada cuando se pone de puntillas para alcanzar el último estante del armario. Se coloca la camiseta que se la ha subido ligeramente al estirarse y me mira.
– Bueno, voy a darme una ducha –me informa–. Ayer fue un día extraño.
Sigo asintiendo sin mudar la expresión de mi rostro y ella me imita antes de lanzarme una mirada significativa.
– ¡Oh, claro! –digo saliendo del cuarto de baño–. Perdona.
Se ríe antes de cerrar la puerta. Me quedo al otro lado unos segundos sintiendo una bola crecer en mi vientre hasta que una decisión repentina me domina empujando mis pies hacia el salón. Arranco un trozo de papel de mi cuaderno y me doblo para escribir en él apoyándome en la mesa.
Segundos después sostengo el lápiz entre los dientes y lo mordisqueo con nerviosismo mientras releo lo que he escrito, escuchando de fondo el ruido del agua en la ducha.
Me besaste. También me dijiste que me besarías hoy. Pero tranquila, sé que no querías hacerlo.
Dejo la nota encima de la mesa, me calzo, cojo mis cosas y me voy.
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