XXXIX

A partir de ese día soy incapaz de sentirme la misma. Y, curiosamente, lo soy. Sigo siendo yo, pero una yo un poquito más ligera, un poquito menos consistente desde que sus labios me deshicieron del lastre de la confusión, del miedo. Desde ese momento en el que Blanca me permitió a través de un sencillo beso saborear el gusto del consentimiento, incluso de la aceptación, ya no me siento culpable del roce accidental de nuestras manos, ni de las veces que sus ojos descubren a los míos acariciando su silueta, ni del temblor de mi voz cuando me hace una pregunta directa. Ya no me siento culpable de mi admiración por ella, de mi adoración, de mi amor. Ya no temo temer quererla. Y, sin embargo, un nuevo temor va naciendo desapercibidamente en mí.

Éste se hace presente ante mis ojos cuando la veo entrar en clase. Parece distraída y diría que esquiva mi presencia si no fuera porque directamente reniega de que exista. Eso me confunde aunque comienzo a entenderlo.

Al final de la clase, me siento una idiota por pensar que Blanca no iba a arrepentirse de nada de la otra tarde y recojo mis cosas notando el peso de cada una de mis facciones.

– Eh, Julia –escucho la voz de Sara mientras estoy terminando de cerrar la cremallera de mi mochila–. ¿Vienes esta noche?

Se me escapa una fugaz mirada hacia Blanca, quien está con la cabeza baja recogiendo su mesa, y miro de nuevo a Sara con una expresión de disculpa.

– Hoy no puedo.

Sara se va con Nico tan sonriente como siempre y, en ese momento, puedo ver el indicio de una sonrisa en los labios de Blanca, una sonrisa limpia, pacífica, leve. Me acerco a ella y, antes de que pueda llegar, levanta la cabeza sin preocuparse por disimular su sonrisa, me mira y la ensancha aún más, como si realmente le alegrase verme. Teniendo en cuenta su actitud evasiva durante toda la clase esto me choca, pero no puedo decir que me moleste.

– Hola –me saluda con una expresión que me resulta demasiado tierna como para seguir dándole vueltas a su comportamiento.

– Hola.

Antes de darme cuenta estoy devolviéndole la sonrisa, una sonrisa limpia, pacífica, amplia, y algo capta el nuevo sonido de su voz que se queda vibrando en alguna parte de mi cuerpo. Relaja la sonrisa y me mira dubitativa. En un intento de enfrentar la sensación de que se dispone a romper lo que apenas ha crecido entre nosotras, decido sacar el tema antes de que lo haga ella.

– Respecto a lo del otro día... –empiezo, pero ella me interrumpe con una silenciosa negación de cabeza.

Junto los labios de nuevo y la miro con curiosidad mientras los últimos alumnos abandonan la clase. Entonces, ella me sonríe de nuevo.

– ¿Tienes algo que hacer? –me pregunta con una mirada intensa que interpreto como "sé que no tienes nada que hacer aunque hayas fingido que sí".

Niego con la cabeza sintiendo lo absurdo de mi gesto; como si no supiera que no antepondría ninguno de mis planes a ella.

– Quiero que me acompañes –afirma, y su voz ahora es más dura, sus ojos más serios– a la comisaría.

Me doy cuenta de que le tiembla el labio al hablar y la miro, al principio confusa, después sorprendida, después feliz. Y, en el fondo, orgullosa.

– ¿Entonces vas a...?

– Acabar con todo esto de una vez –termina mi frase.

Asiento con la cabeza dándole las fuerzas que necesitaba para devolverme la sonrisa con más seguridad y también ella asiente aunque creo que no es tan consciente de ello como yo.

– Cuando quieras –le digo mirándola fijamente a los ojos sin encontrar otra forma de transmitirle todo mi apoyo.

Blanca vuelve a afirmar con la cabeza, como si en cada uno de esos asentimientos pudiera creerse un poquito más lo que está a punto de hacer, pero puedo apreciar claramente el pánico detrás de su piel.

– Todo va a ir bien –ni siquiera he planeado esas palabras antes de que salgan a través de mis labios como empujadas por una necesidad que siento tan mía como suya, y quizás más suya que mía.

Alza los ojos para mirarme a la vez que las cejas, que caen en decadencia sobre ellos dotándola de una expresión que recuerda a los cachorros asustados. Sin embargo, enseguida se recompone con un último asentimiento de cabeza, sin dejarse intimidar por su propia voz interior, dejándome ver a la Blanca que más conozco, la fuerte, la dura, la que deja atrás los temblores de sus cimientos y sigue su camino haciendo ruido con los tacones.

Y, siendo fiel a esa versión de sí misma, endereza la espalda, me mira, me enmarca el rostro entre las manos, me planta un beso en los labios, coge sus cosas y camina con pasos firmes hacia la puerta, dejando detrás de ella a una tonta pasmada, aturdida, que tarda unos segundos en salir de su embobamiento para alcanzarla.

***

Esa misma noche le ofrezco ir a tomar algo para que se despeje. La espera en la comisaría ha sido larga, su voz resistente y clara mientras denunciaba los hechos, mostrando una confianza de la que en realidad carecía, que sólo yo sabía que no poseía y que me demostró en un par de ocasiones cuando le vibraba la última sílaba de las frases, cuando sus dedos rozaban la tela de su falda en un temblor ligero pero constante que echaba ya en falta el cigarrillo que se había fumado antes de entrar y reclamaba el que se fumaría al salir, y que me hizo obedecer a mi instinto cogiendo su mano para acariciarle el dorso con la otra. La animé a presentar la orden de protección y así lo hizo, y cuando salimos de la comisaría yo ya le estaba ofreciendo el cigarro que su lenguaje corporal me pedía a gritos.

Por eso, unas horas después de haber salido juntas de la clase de pintura y estando ella más tranquila, nos encontramos en una cafetería cualquiera tomando algo. Esta vez vamos a ir a un lugar distinto, le he dicho antes de llevarla a un local de otra zona cercana, a lo que ella no ha opuesto objeciones.

– ¿Cómo te sientes? –le pregunto después de unas copas.

Ella suspira y se encoge de hombros, mirándome de esa forma que me permite ver su debilidad.

– Espero haber hecho bien –responde.

– Lo has hecho, Blanca, de verdad que lo has hecho, puedes sentirte orgullosa de ti misma.

La que era y sigue siendo a ratos la mujer de piedra me dedica una sonrisa triste, más que triste melancólica, y un tiempo después estamos hablando de la excursión de la semana que viene. Ha sacado ella el tema para informarme más profundamente de lo que va a consistir y de las novedades que les han comunicado recientemente, pero sé que mantiene la conversación para pensar en otra cosa, así que la sigo sin poder ocultar de todas formas lo emocionante que me resulta.

Sin embargo, cuando salimos a la calle para volver a su casa, tal vez con alguna copa de más, parece que ya no siente deseos de esforzarse por impedirse a sí misma poner en su boca sus pensamientos y, después de caminar en silencio hasta su calle, rompe el hielo de repente, como si hubiera estado dándole vueltas a lo mismo todo el camino.

– Respecto a lo de sentirme orgullosa –dice mientras se quita el pañuelo del cuello; entre el alcohol y la calurosa primavera en la que hemos entrado el aire se ha vuelto más denso y cálido–, no sé, creo que he hecho lo que tengo que hacer, pero por algún motivo no termino de creérmelo...

Abre la puerta de su portal, reflexiva por lo que acaba de decir, o tal vez demasiado concentrada en acertar la llave en la cerradura. Entro detrás de ella ya que me sostiene la puerta dando por hecho que voy a subir.

– Bueno –contesto caminando hasta el ascensor–, si te sirve de algo, que sé que probablemente no, pero si te sirve de algo, yo sí estoy orgullosa de ti.

Dejo de escuchar sus pasos y siento su presencia a mi lado. Giro la cabeza hacia ella, está mirándome, buscando mis ojos con los suyos, y cuando los encuentra se cuela en ellos antes de que yo pueda evitarlo, y como tantas otras veces siento que me desnuda el alma, y justo antes de que las puertas del ascensor se abran ella me sonríe, y yo le sonrío, y me doy cuenta de que nunca me voy a acostumbrar a algo tan simple como eso, que sus sonrisas siempre me van a hacer cosquillas.

Entra en el ascensor antes que yo y me contesta mientras subimos.

– Sí me sirve, me sirve más de lo que crees.

Se lleva a los dientes la uña de su dedo pulgar y mira al suelo, la sonrisa aún en sus labios, y me recuerda de pronto a una adolescente tímida, y la ternura que me da me hace morderme el labio y sonreír, porque no me está viendo. Las puertas se abren dejando que salga ella primero y, una vez abre la puerta de su casa, parece tener un momento de repentina lucidez y se da la vuelta para mirame.

– Perdona, te he hecho subir hasta aquí –dice sorprendida de su propia inconsciencia–. Íbamos hablando y no me he dado cuenta.

– No pasa nada, no tengo prisa.

Aunque no lo he dicho con esa intención, advierto que ha sonado como una forma de decirle que quiero pasar más tiempo con ella, y asiente con la cabeza mientras se da la vuelta para entrar en su propia casa. Yo la sigo con pasos lentos, viéndola deshacerse de la chaqueta y dejándola de cualquier manera en el respaldo del sofá.

– ¿Quieres algo? –me pregunta quitándose los zapatos y suspirando ante el placer de liberar sus pies.

– Un vaso de agua está bien –contesto, y enseguida me viene a la memoria el primer día que estuve en su casa.

Mientras me lo trae cierro la puerta y me quito también la chaqueta. No puedo evitar conducir los ojos a sus pies descalzos, sus pantorrillas, el final de su falda y el comienzo de la misma ajustándose a su cintura como si estuviera hecha a medida, su espalda, su pelo cayendo en cascada un palmo por debajo del cuello, hasta que se gira y la imagen es aún más bonita, y me mira mientras se acerca como si no entendiera por qué la estoy mirando. Y de pronto ni siquiera yo entiendo por qué la estoy mirando, por qué mi cuerpo no acepta la orden de mi cerebro de dejar de hacerlo, por qué de pronto el aire pesa a mi alrededor. Y rozo sus dedos al coger el vaso de agua de su mano, sintiendo una corriente desde ellos hasta mi pecho.

Blanca resopla agitando la mano cerca de su rostro como si pretendiera recibir algo de aire.

– ¿Por qué hace hoy tanto calor? –se queja mientras estoy bebiendo, decidiendo quitarse la fina chaqueta de punto que le cubre los brazos–. ¿O soy sólo yo?

Entonces me doy cuenta de que eso era, de que realmente hace calor.

– No, no eres sólo tú –contesto dejando el vaso en la cocina, siguiendo su ejemplo y retirándome la sudadera que llevo encima de una camiseta sin mangas.

La sensación de frescor al contacto de mis brazos con el aire sólo dura los segundos que tardo en volver a encontrarme con Blanca, ahora sin chaqueta. Mi termostato interior sube de golpe a al ver sus brazos desnudos y los dos botones desabrochados de la blusa que dejan al descubierto un escote cuanto menos sugerente.

– Trae –me dice alargando la mano para que le tienda mi chaqueta.

Obedezco sin decir nada porque no me sale la voz y ella la deja junto a la suya en el sofá. Sólo después se fija en mi camiseta pero enseguida desvía la mirada recorriendo la casa en derredor.

– A lo mejor se ha encendido la calefacción sola y no me he dado cuenta –especula mientras se acerca a un radiador a comprobar la temperatura.

– Blanca, no te preocupes, está bien así –consigo decir, aturdida por su empeño.

Ella regresa a mí con pasos dudosos, y aun así el movimiento de sus caderas me hipnotiza, y lo hace aún más el de sus pechos, y esa uve en la que se juntan. Me devuelve la sonrisa.

– Creo que nunca te agradezco lo suficiente –dice de pronto.

– Pero si...

– No me refiero a la calefacción –me interrumpe con una sonrisa dando el último paso hacia mí–, me refiero a todo.

Le sonrío hasta que una sensación me invade; la sensación de que Blanca va a tener otro momento de lucidez, o de que yo voy a tener otro momento de lucidez, porque así es el alcohol, que a veces, sólo a veces, regala momentos de lucidez, y sin embargo tardo apenas unos segundos en comprender que ese no va a ser uno de esos momentos para mí y, como si mis piernas adoptaran vida propia, doy un paso hacia ella.

Blanca me mira a los ojos; noto que no lo esperaba, pero no retrocede. Me siento demasiado abstraída como para pensar en lo que estoy haciendo y le echo hacia atrás la mitad del pelo que le cae por el hombro derecho, acariciando con un dedo su clavícula por el camino y siguiendo el recorrido lentamente por su hombro. Puedo sentir el calor que emana su cuerpo reclamando mi propio calor, actuando como un imán sobre mi pecho que me acerca y me seca la boca por momentos. Blanca ladea ligeramente la cabeza hacia el lado contrario, como ayudándome a seguir con mi paseo de caricias, y bajo con mis dedos a lo largo de todo su brazo, degustando su suavidad tan despacio como puedo, viendo cómo se le cierran los ojos, también despacio. Advierto los restos de un par de hematomas que aún se resisten a borrarse de su piel y paso por encima de ellos las yemas de mis dedos, deseando que éstos fueran curativos, mientras el sonido de su respiración llega a mis oídos y ella abre los ojos para mirarme.

No acierto a interpretar qué es lo que quiere decirme sin hablar, no sé si he hecho algo mal o si se está rindiendo a la mutua demanda de nuestros cuerpos, sólo sé que la temperatura sigue subiendo, que su mirada es la más sensual que he visto nunca, que su cuerpo es el más sensual que he visto nunca, que su escote parece llamarme y sus labios entreabiertos también. Entonces, como si ambas hubiésemos contado hasta tres mentalmente, Blanca rompe su estatismo y lo siguiente que siento es el choque de nuestros labios fundiéndose en un beso que me hace sentir el fuego del infierno a nuestro alrededor. Con las manos enganchadas detrás de mi cuello y las mías buscando desesperadamente su cintura, nuestras lenguas se enlazan en un apasionado baile silencioso al que acompañan nuestros cuerpos caminando a ciegas hasta el sofá. Sus dedos colándose por debajo de mi camiseta y tirando de ella hacia arriba me produce un escalofrío a lo largo de toda la espalda y no puedo hacer otra cosa que ayudarle a deshacerse de la prenda que ya me estorba demasiado. Sólo entonces rompemos el beso, aprovechando para coger aire, y cuando mis manos desabrochan uno por uno los botones de su blusa ella no tarda en quitársela por sí misma.

Caemos en el sofá a tiempo de tirar a un lado la ropa y el movimiento de sus pechos bajo el sujetador cuando los almohadones frenan su caída me corta la respiración. Blanca tira de mí reclamando mi boca y yo se la entrego junto con mi cuerpo, mi alma y hasta mi vida, y pienso que nunca he probado unos labios tan tiernos, ni una lengua tan fresca y tan caliente a partes iguales, ni una piel tan suave, y la recorro con mis manos como si quisiera grabar en mi memoria cada rincón, y la ruta que sus manos siguen a su vez por mis costillas, junto con el contacto electrizante de sus pechos contra los míos me llevan a otro mundo. Me separo un momento de ella para mirarla desde arriba y reparo en las marcas que también se resisten a abandonar su pecho. Ardiendo de rabia por conocer el origen de esos mordiscos que se pierden incluso por debajo de la tela de su ropa interior los acaricio con los dedos sin sobrepasar las costuras y observo su pecho subir y bajar entrecortadamente, siguiendo el ritmo de su respiración. Incluso su vientre, el vientre de una mujer que nunca ha sido excesivamente delgada, me parece lo más cercano a la perfección que jamás veré.

Esta vez soy yo la que busca sus labios pero entonces me doy cuenta de que algo va mal. Su boca me corresponde de forma vacilante, distraída, y su cuerpo bajo el mío parece haberse petrificado. Me separo y la miro a los ojos, viendo en ellos algo situado en medio del deseo y el miedo.

– ¿Estás bien? –le pregunto preocupada.

Ella se limita a mantenerme la mirada, como si no encontrara otra forma de reaccionar, pero desde que me confesó un trocito de su vida me he informado lo suficiente, he leído lo suficiente para saber que no, que no está bien. Que probablemente las imágenes del hombre que tantas veces la ha forzado a hacer lo que ahora está haciendo por propia voluntad le pasean por la mente sucediéndose las unas a las otras sin intención de desaparecer. Me gustaría decirle que yo no soy él, que yo soy cuidadosa, que yo nunca le haría daño, pero he leído suficiente para saber también que así no se cura ningún trauma, así que, en lugar de eso, me separo de ella.

– No pasa nada –le digo con dulzura al reparar en que todo su cuerpo está temblando.

Ella me mira sin decir nada, con ojos tristes; sé que está sintiéndose culpable por su reacción y no voy a permitir que así sea. Me levanto del sofá y recojo del suelo nuestras respectivas camisetas, vistiéndome con la mía y sentándome a su lado con una sonrisa alentadora.

– Lo siento –dice en un murmullo incorporándose cuando le agarro la mano.

– No, lo siento yo –contesto entregándole su blusa y esperando a que se la ponga–. No debería... Tú no tienes nada que sentir.

Una vez se encuentra vestida y sentada, le acaricio el pelo por detrás. Ella se inclina hasta apoyarse sobre mí de lado y, enternecida por su gesto, la rodeo con el brazo, permaneciendo así unos minutos en silencio.

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