XXXI
Dos días después llego a clase sintiéndome extrañamente bien. La ilusión de ver a Blanca, como todas esas tardes, habita cada parte de mi cuerpo dándome ganas de reír de alegría. No disminuye cuando ella cruza el umbral de la puerta, maletín en mano, con su típica forma de caminar, esos pasos seguros que, en comparación con su estatura, se ven demasiado largos, y que marcan su propio compás con los tacones, ese ritmo que me cautiva. Mentiría si dijera que alguna vez he podido resistirme a admirar el contorno de sus piernas que parecen suaves sin necesidad de tocarlas, la gracia de sus rodillas o las curvas de sus caderas, y mentiría si dijera que no hay atractivo en su busto o que su rostro no me resulta cada día más hermoso. Mentiría también si dijera que no me arde el pecho cuando intenta mantener la mirada vacía y se le escapa hacia mí en ocasiones.
Ha comenzado ya la clase cuando Sara entra por la puerta. Blanca, que detesta la impuntualidad, le lanza una mirada resignada que se desvanece en cuanto ella murmura una disculpa y se dirige a su asiento. Casi llegando a mi lado, me saluda con un guiño y yo le sonrío.
– Hola –susurra mientras se sienta y saca el material.
– Hola –respondo en su mismo tono de voz para volver mi atención a la clase.
Me cuesta concentrarme porque tengo ganas de que llegue la hora de acercarme a Blanca, bajar juntas tal vez, como casi siempre, y cuando apenas quedan unos minutos para que la clase llegue a su fin, comienzo a recoger mi material. No entiendo por qué esta impaciencia como si no la hubiera visto en mucho tiempo, pero hay algo que me hace echarla de menos constantemente.
Justo antes de poder acercarme a su mesa, Sara me distrae con un comentario gracioso acerca del trabajo que hemos hecho, intercambiamos unas risas y, cuando vuelvo a mirar hacia la mesa, está vacía. Confundida, la busco alrededor y la veo salir por la puerta con apremio. La sigo y, una vez en el pasillo y advirtiendo que no tiene intención de detenerse, digo su nombre. Ella se gira desconcertada y señalo la puerta con el pulgar.
– ¿No cierras? –pregunto manteniendo implícito un "¿dónde vas?" que me guardo para mi curiosidad.
Blanca sacude la cabeza pero no se detiene, sólo camina más despacio.
– Las llaves están abajo, luego sube el conserje –contesta dando por zanjada la conversación.
– Espera, te acompaño –la retengo mientras me acomodo el abrigo en una mano sosteniendo la mochila con la otra. Ella se detiene casi llegando a las escaleras y me doy cuenta de lo invasivo de mi frase, así que rectifico-. ¿Puedo acompañarte?
– Si quieres –contesta ella.
Ignorando la impresión de que está siendo huidiza conmigo, camino rápidamente hasta ella para no hacerla esperar y bajamos las escaleras. Ninguna de las dos dice nada hasta que salimos de la academia y recorremos una calle entera. Cada vez que intento separar los labios para romper el hielo, siento que el silencio es demasiado denso para decir algo tan vacío y se me cierran solos. La observo de reojo. El cabello que le cae hacia los lados me oculta su rostro, pero se puede apreciar que va mirando hacia el suelo. En una de las ráfagas de viento, alcanzo a ver sus labios fruncidos, que en ella es señal de estar pensativa. En ese momento gira repentinamente la cabeza para mirarme mientras me pregunta:
– ¿Nos sentamos?
Asiento negándome a aceptar el temor que empieza a crecer en mi estómago y ambas buscamos un banco a nuestro alrededor. Señalo uno con la cabeza y, sin decir nada más, nos encaminamos a él. Una vez sentadas, reparo en que los nervios no me dejan pensar. Saco una cajetilla de tabaco mientras ella coloca su bolso junto a su falda, en medio de las dos, y me enciendo un cigarrillo entre los labios. Aspiro una calada y expulso el humo despacio para guardar la caja después y mirar a Blanca, quien parece no saber aún qué decir.
Echa el cuerpo hacia atrás apoyando la espalda en la madera del banco con la mirada puesta en el horizonte y se esfuerza por componer una pequeña sonrisa que alivia un poco mi tensión. O tal vez sea el cigarro.
– Sólo quería que supieras que pedí el parte de lesiones –dice de golpe como si ya hubiera desistido en buscar las palabras.
De pronto cualquier temor se disipa y una incipiente sonrisa va tomando forma en mis labios.
– Y, bueno... –continúa, levantando la mirada hasta mis ojos.
Al ver mi expresión, se contagia de ella aunque hace por evitarlo.
– No me mires así –dice con una sonrisa contenida, quitándome el cigarro de entre los dedos.
No me da tiempo a moverme cuando ella ya está dándole una calada y expirando profundamente. El humo me parece más bonito acariciando sus labios y la idea de que su saliva pueda estar en mi cigarrillo me impide advertir antes que éste tiembla entre sus dedos. Pero lo hace, notoriamente.
Espero pacientemente a que diga algo más y ella me devuelve el cigarro. Me obligo a esperar cinco segundos, y luego otros cinco para que mi ansia no le sea evidente, y sólo después le doy una calada. Por alguna razón, ésta me sabe mejor que ninguna.
– Pues eso, que... Que lo he presentado en comisaría.
Al principio estoy tan sorprendida que no reacciono.
– ¡Julia! –exclama bajando la vista a mi pantalón y sacudiéndolo con la mano.
Si no es por eso no me llego a enterar de que se me ha resbalado el cigarro de los dedos. No aparto la mirada de ella a pesar de que no pueda corresponderme porque está demasiado ocupada intentando evitar que me queme la pierna y aplastando la colilla en el suelo con la punta del tacón.
– ¿Lo has denunciado? –pregunto sin poder esconder una amplia sonrisa.
– Sí.
Me siento tan feliz por ella que no soy capaz de contenerme y la abrazo. Su perfume me embriaga y cierro los ojos. Como no se lo esperaba, ni responde ni se resiste, pero unos segundos después noto sus manos posarse sobre mi espalda. Está temblando. Me separo como si su cuerpo quemara.
– Perdona. Es genial, Blanca. De verdad.
Ella sólo sonríe. Entiendo que no pueda alegrarse aún, que siga asustada, ahora probablemente más aún. Pero sé que ha hecho lo correcto.
– Y cuéntame –la animo–, ¿cómo ha ido?
– Le han puesto una orden de alejamiento –explica.
– ¿Cuándo fue todo esto? –pregunto reflexiva.
– El lunes fui al hospital a por el parte de lesiones.
– ¿El lunes?
– Sí, después de clase –contesta.
No me da tiempo a pensar en que no me dijo nada cuando de pronto recuerdo ese día y una lucecita se enciende en mi memoria.
– ¿Pensabas... pedirme que te acompañara?
– ¿Cuándo? –pregunta ella.
Sé que está haciéndose la tonta para no reconocerlo, pero yo recuerdo su cara. Quería decirme algo al final de la clase y, cuando supo que tenía planes, se echó atrás y se limitó a darme las gracias. Darme cuenta tan tarde me retuerce el estómago y me da ganas de abrazarla otra vez.
– ¿Eso era lo que querías decirme? –insisto.
Ella le quita importancia con un gesto, como disipando una neblina invisible con la mano, y trata de cambiar de tema pero no se lo permito.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– ¿Qué más da, Julia? –replica ella con cansancio.
– ¿Fue porque Sara me invitó a salir con ellos? Porque yo hubiera preferido ir contigo... –confieso antes de pensar siquiera lo que estoy diciendo.
Ella me mira a los ojos unos segundos para después sonreír tiernamente.
– Ahí está el problema, Julia... ¿No te das cuenta? –Ante mi mirada confundida y mi silencio prosigue–. No te culpo, yo también he tardado en verlo. Demasiado para lo que debería haber tardado. –Blanca lleva una mano a mi rostro y me aparta el cabello colocándolo detrás de mi oreja. Aún puedo notar en su mano un ligero temblor antes de que la deje apoyada en la curva de mi cuello–. Quiero que tengas amigos, que salgas con gente de tu edad... No que andes preocupándote por una cuarentona que poco puede aportarte. Lo entendí en cuanto te vi con ellos. Sara parece muy buena chica y... No me mires así, por favor –se interrumpe al ver que mi semblante ha ido oscureciéndose–. Estoy segura de que me entiendes.
– Pero tú no me estás obligando a nada. Si me preocupo por ti es porque quiero –hablo notando un nudo en la garganta.
– Ya lo sé, corazón –me dice tomando un mechón de mi pelo entre los dedos con dulzura para luego soltarlo en su sitio y coger su bolso–. Tengo que irme.
– De verdad que si me lo hubieras pedido, hubiera preferido ir contigo –repito temiendo que se marche sin saberlo.
Blanca se limita a sonreír con suavidad. Es una sonrisa que ya conozco. Es la sonrisa que usa para esconder sus sentimientos y obrar como dicta la razón sin levantar sospechas.
– Por eso no te lo pedí.
Después de mirarme con esa sonrisa que empieza a molestarme, se va, y yo la observo marchar hasta que dobla una calle y dejo de verla.
Dirijo la vista al frente de nuevo y la clavo en el suelo sintiendo que los ojos me arden. Permanezco de esa forma unos minutos sin dejar salir una sola lágrima; luego alzo el mentón, respiro una vez, me levanto y me voy.
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