XXX
Esa noche duermo en su cama porque ya hemos aprendido la lección. Me cuesta conciliar el sueño a su lado pero el sonido de su respiración me acaba por relajar. Sorprendentemente no se desvela en ningún momento ni presenta signos de estar teniendo pesadillas. Sin embargo, busca mi mano en sueños. Cuando me despierto ella ya se ha levantado, otra vez. Grabando su saludo en mi inconsciencia, buenos días, marmota, desayunamos, y paso todo el domingo con ella hasta después de la cena porque, como era de esperar, ni se ha planteado faltar al trabajo la semana siguiente.
El día transcurre apaciblemente; Blanca parece bastante más animada y eso me anima a mí, por lo que no dejamos de bromear y hablar de cualquier cosa. Me deja entrar todas las veces que quiera a la habitación donde pinta y hay tantas cosas en ella que siempre descubro alguna nueva que me deja fascinada. Mientras cenamos, vemos una película. Me da a elegir y yo escojo Matrix porque sé que es su favorita. Ella sonríe.
Cuando salgo de su casa me siento como nunca antes creo haberme sentido, como si estuviera despertando de un coma que ha durado toda mi vida. Por una vez siento que estoy donde quiero estar, que hago lo que quiero hacer, y es una sensación tan gratificante que, incluso cuando empieza a llover, me es imposible borrar la sonrisa de mis labios y dejo que cada gota de agua la acaricie.
El lunes, nada más entrar por la puerta, me fijo en que vuelve a llevar la raya del pelo al medio y que el moratón de su pómulo ya ha desaparecido casi por completo. Soy incapaz de verla de la misma forma después de haber estado el fin de semana con ella y se me hace raro hacer de alumna cuando lo que más me apetece es abrazarla.
Antes de empezar la clase, me pide que la espere después un momento y noto los ojos de Sara sobre mí. La miro distraídamente y ella me sonríe a modo de saludo por lo que le devuelvo el gesto.
Cuando pasan las dos horas, me tomo mi tiempo para recoger y, mientras estoy dirigiéndome a la mesa de Blanca, Sara y Nico pasan por mi lado charlando. Sara parece recordar mi presencia de pronto y se gira para hablarme.
– Oye, vamos a ir en un rato a tomar algo, ¿vienes hoy? –me pregunta caminando más despacio mientras Nico sigue su camino para reunirse con alguien.
– Eh... –titubeo mirando de refilón a Blanca, quien recoge sus cosas como si no nos estuviera escuchando a pesar de tenernos justo delante.
– Te esperamos, claro –añade ella dándose cuenta de que tengo que hablar con la profesora.
Me lo pienso unos segundos. Tal vez sea mi oportunidad de hacer amigos, quizá una señal de que todo va a empezar a ir bien.
– Claro –contesto con una sonrisa, que ella me devuelve con un guiño antes de irse.
Vuelvo a centrar mi atención en Blanca, quien aún no ha levantado la cabeza.
– ¿Blanca...? –la llamo.
Ella me mira por fin y veo algo raro en su expresión, algo que antes no estaba.
– Ah, sí –dice cerrando el maletín–. No era nada, es una tontería, puedes irte –habla con un tono natural pero algo en su sonrisa me choca.
– ¿Qué querías decirme? –insisto.
Ella se encoge de hombros vacilante, como si estuviese improvisando.
– Bueno, sólo quería darte las gracias.
– ¿Las gracias?
– Sí. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por ayudarme, no tenías por qué hacerlo así que... Eso –concluye apartando la mirada, incómoda.
Yo sonrío porque decir ese tipo de cosas no es precisamente una de sus muchas habilidades.
– Ya está, eso es todo, puedes irte –insiste sin mirarme mientras se pone el abrigo.
– ¿Seguro? –pregunto recelosa.
– Sí –contesta alargando la última vocal de forma cansina y sonriéndome–. Venga, que te están esperando.
Sacudo la cabeza con una sonrisa.
– Nos vemos el miércoles entonces –me despido dirigiéndome a la puerta.
– Pásalo bien, anda.
La miro antes de irme y en ese momento ella me mira y me dedica una sonrisa. Yo se la devuelvo y busco a Sara.
***
Son más de las diez cuando decidimos dejarnos caer en un pub después de estar deambulando casi media hora buscando uno. Se nos ha unido Carmen, una chica de veintidós años que también está en clase, y al llegar a la puerta del pub nos encontramos con otra que viene directamente a saludarnos. Al principio no puedo evitar sentir algo de rechazo por su voz aguda y su efusividad. Saluda a Sara con un beso en los labios y nos informa de que un tal Sergio está esperando dentro, así que nos dirigimos todos a la entrada.
Enseguida la música nos envuelve y nos acercamos a la barra, donde un chico moreno está apoyado ya con una copa en la mano y nos saluda. Se detiene sobre mí y me señala con un dedo mirándome con expresión confundida.
– Esta cara no la conozco –afirma, y Sara interviene.
– Julia, Sergio; Sergio, Julia –nos presenta escuetamente gesticulando con las manos.
Nos saludamos con dos besos y una sonrisa que dura poco porque la chica que nos ha recibido fuera se acerca a él y se besan en los labios. Esto me confunde ya que la he visto besar a Sara, pero se me olvida un rato después.
– ¿Te pido una copa, Julia? –me pregunta esta última y me encuentro con sus ojos y los del camarero, expectante al otro lado de la barra.
Me siento tan fuera de lugar allí dentro que acepto sin pensarlo dos veces.
La presión de no conocer a nadie más que a Sara y de no estar acostumbrada a la situación va desapareciendo a medida que pasa el tiempo. No puede decirse que esté totalmente cómoda pero al menos ya no me siento tan violenta. Además, resultan caerme bien esos chicos y Sara se ocupa de que yo esté a gusto en todo momento.
O, al menos, hasta que Nico pronuncia ese nombre que se resiste a salir de mi cabeza.
– ¿Que Blanca es tu madre? –pregunta perplejo haciéndome comprender al instante que me he perdido parte de la conversación.
– ¿Qué? –respondo con brusquedad sin poder evitarlo.
– ¿Qué dices? –le dice Sara con una mueca.
– ¿Quién es Blanca? –pregunta Almudena, la chica que besó a Sara y a Nico y de la que no sabía su nombre hasta hace unos minutos.
– La profe de pintura –contesta Sara.
– ¿De dónde te has sacado que sea mi madre? –pregunto.
Nico se encoge de hombros como intentando exculparse.
– Es lo que acaba de decir Carmen.
Enseguida poso la mirada sobre ella, que me mira como si nada.
– ¿No lo es?
Esa pregunta me molesta más de lo normal.
– ¡Claro que no!
– Pues eso es lo que se dice –contesta ella–. Está claro que os conocéis.
– Sí. Era mi profesora en el instituto.
– Entonces se lo habrán inventado. Aunque tengo que reconocer que yo también lo pensé.
– ¿Por qué? –pregunto más por curiosidad que porque me interese.
– No sé, por su forma de comportarse contigo, supongo –responde con indiferencia sin ser consciente de lo que me duele pensar que Blanca me trate como si fuera su hija.
– ¡Qué va! –interviene Sara–. Se ve que hay un vínculo especial entre ellas, pero no familiar. –Me mira y sonríe tiernamente–. Se nota que te tiene mucho cariño.
– ¿En serio?
Estoy confundida acerca de cuál es la verdadera imagen que transmitimos Blanca y yo, pero me consuela que al menos alguien vea que nos une algo más allá de un lazo de sangre.
– Es verdad –corrobora Nico, quien ha estado siguiendo la conversación como el espectador de un partido de tenis–. Yo he visto las miradas que te echa y lo último que me parecía es que fuérais familia.
Una sonrisa insinuante asoma a sus labios y comienzo a sentirme incómoda con ese tipo de bromas.
– Pero ¿qué dices? –interviene Almudena, que hasta ese momento ha estado dándose el lote con Sergio sin prestar atención a su alrededor–. ¿Cuántos años tiene esa mujer?
– Pues unos cuantos –contesta Carmen riendo.
– Tampoco tantos –tercia Sara, que bebe de su copa como si estuviera más que acostumbrada a las tonterías de Nico.
– Pues, tenga los que tenga, a mí me parece que se conserva muy bien –dice este último, y atraer las miradas sorprendidas de los demás le anima a seguir entre risas–. ¿Qué pasa? Yo si tuviera la oportunidad...
– Cállate, Nico –le interrumpe Carmen–. No seas enfermo.
Yo me termino la copa fingiendo indiferencia mientras me pregunto interiormente en qué momento una profesora ha pasado a ser el tema de conversación de un grupo de jóvenes y lamentando que Blanca sea el centro de mis acciones de una forma u otra. Así es imposible sacarla de mi cabeza.
– ¿Está casada? –pregunta Nico, que no ceja en su intento de ser gracioso.
Aunque pensaba que la pregunta era parte del chiste y por tanto no requería respuesta, me encuentro con que la mayoría de las cabezas se vuelven hacia mí, expectantes, sin ni siquiera tratar de esconder su curiosidad.
– Pregúntaselo a ella –concluyo.
– ¿Eso es que sí? –insiste.
– Yo creo que sí –opina Carmen–. Tendrá cuarenta y pocos, y es guapa.
– Como si eso fuera todo –interviene Sara con un suspiro–. Y dejad ya en paz a Julia, no va a hablaros de la vida privada de Blanca, cotillas –me defiende.
A pesar de que Nico y Carmen siguen bromeando entre ellos ignorando a Sara, a ella parece no importarle lo más mínimo y se gira para mirarme, señalando mi copa vacía.
– Voy a la barra, ¿quieres otra?
Asiento y me levanto para acompañarla, con tal de salir de esa mesa un rato. Ella me coge de la mano, lo cual me pilla desprevenida pero tampoco hago nada para evitarlo.
– No les hagas caso, son unos idiotas –me dice una vez llegamos a la barra y nos sentamos en dos banquetas altas.
– Ya me he dado cuenta –contesto con una sonrisa.
Ella me la devuelve y, cuando el camarero pasa por delante nuestra, le pide una copa para cada una. Mientras esperamos, vuelve a coger mi mano y empieza a jugar con mis dedos distraídamente.
– Yo sí pienso que te tiene un cariño especial –dice con la vista fija en mi mano para después mirarme y dedicarme una sonrisa–. Y es verdad que te mira mucho en clase.
– ¿Ah, sí?
Sara asiente haciendo que sus mechones cortos se muevan graciosamente como los de una niña y entrelaza su mano con la mía.
– Cuando pintas.
Un cosquilleo adquiere vida en mi estómago al imaginar que lo que dice es verdad.
– Y tú también la miras –añade provocando que mi cuerpo deje de flotar en la nube que mi imaginación ha creado de la nada.
Mi timidez le debe de resultar divertida, porque me mira con una sonrisa en los labios. Sin embargo, por alguna razón, me inspira confianza.
– Por eso cuando pintaste sus ojos me acerqué a hablar contigo. Me parece una amistad muy bonita –confiesa y me doy cuenta de que le estoy sonriendo yo también.
– Eres muy observadora, ¿no?
Ella ríe y, justo en ese momento, el camarero deposita dos copas en la barra frente a nosotras para desaparecer rápidamente.
– Un poco –contesta risueña bajando de la banqueta de un salto y soltando mi mano para coger su copa–. Sobre todo con lo que me interesa.
Se encamina a la mesa y yo tardo un segundo en coger mi copa y seguirla. Al llegar, volvemos a ocupar nuestros respectivos asientos y Nico interrumpe su conversación con Sergio para mirar nuestras manos y después a Sara con una mueca de disconformidad.
– ¿No me traes una a mí, Sarita?
Ella rueda los ojos como respuesta.
– Claro, y te la pago también –dice sarcástica.
– Ah, ¿y a Julia sí la invitas? –insiste fingiendo un tono ofendido.
– Sí, a ella sí –contesta lanzándome un guiño cómplice al que yo respondo con una sonrisa de agradecimiento.
Cuando decidimos irnos a casa, me encuentro con que he estado más cómoda de lo que me esperaba. Sara ha resultado ser más encantadora de lo que ya parecía, he terminado por acostumbrarme a los chistes malos de Nico, que detrás de sus constantes tonterías parece buen chico, Sergio es simpático y poco hablador, Carmen es la más seria y Almudena la más rara, pero todos tienen su encanto. De camino a casa, algunos se han ido quedando atrás porque tenían que tomar caminos distintos y sólo quedamos Sara, Nico y yo. Les doy las gracias por invitarme y, como despedida, Sara se acerca a mí y me besa en la comisura de los labios. Me quedo helada por unos instantes pero, al ver que ella no reacciona de forma extraña sino que actúa como si no hubiese pasado nada, apremiando a Nico para irse, recupero mi imagen de ser sociable y me despido de ellos finalmente para meterme en el metro.
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