XVII

Blanca se ha quedado dormida prácticamente encima de mí y yo estoy aguantando la respiración sin querer. Como si cualquier ruido o movimiento fuese a detonar una bomba. Lo cierto es que no sé cómo reaccionar y esa es la razón de que parezca un patético reptil inmóvil regulando su temperatura. Tengo los brazos doblados ligeramente suspendidos en el aire, lejos del contacto de su cuerpo, y me fijo en que su respiración es tranquila.

– ¿Blanca...? –tartamudeo en voz baja.

Su única respuesta es un gruñido mientras se acomoda sobre mí y se abraza a mi cuerpo como si éste fuera una almohada. Mis labios se mueven intentando articular palabra pero el corazón me late tan rápido que me es imposible, así que los junto de nuevo y me quedo largos minutos en silencio. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

A mi cerebro le parece que la mejor opción sigue siendo quedarme pasmada.

No reacciono hasta que me doy cuenta de que yo también estoy mareada. Los únicos dos botellines y medio que me he tomado se me han subido a la cabeza porque no estoy acostumbrada a beber. Qué triste, pienso. Pero tener a Blanca dormida sobre mí tampoco me deja pensar con claridad.

Apoyo la espalda y la cabeza en el sofá porque resulta que, debido a la tensión del momento, ni siquiera lo estoy rozando, y cierro los ojos con fuerza un momento hasta que el mareo se me alivia un poco y puedo volver a abrirlos. Paseo la mirada por el salón, o al menos lo que la escasa luz me deja ver de él. No me creo que esté pasando esto. Es todo tan surrealista que de repente lo encuentro gracioso. ¿Cómo puede parecerme graciosa una situación como esa? Definitivamente no estoy acostumbrada a beber.

Blanca murmura algo en sueños de lo que no puedo discernir palabra alguna y la observo, pero todo vuelve a quedar en silencio absoluto así que no le doy importancia. Sin embargo, un rato después siento cómo su cuerpo se contrae en una pequeña sacudida y le presto atención. Sólo puedo ver una parte de su rostro pero alcanzo a advertir que tiene el ceño fruncido. De nuevo empieza a emitir murmullos y, aunque no entiendo lo que dice, tanto su voz como el movimiento de su cuerpo reflejan angustia.

Espero unos segundos a ver si se tranquiliza sola pero, al ver que no es así, apoyo mis manos sobre ella, considerando el riesgo de que ésto la sobresalte en vez de ayudar. Sin embargo, tampoco eso ocurre.

– Shh...

Me encuentro con que estoy acariciando delicadamente su espalda para que se relaje y, poco después, soy consciente de que va funcionando. Su cuerpo va calmándose hasta volver a acompasarse con el ritmo de su respiración y me fijo en que su rostro ha recuperado una expresión más distendida.

Me relajo yo también echándome de nuevo hacia atrás y me quedo mirando el techo. ¿Se mueve? Cierro los ojos y me doy cuenta de que sigo acariciando la espalda de Blanca. Dejo de hacerlo súbitamente, algo avergonzada por no haber sido consciente antes, pero dejo mis manos sobre ella.

Durante unos minutos permanezco con los ojos cerrados y, cuando empiezo a notar el cansancio, los abro. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Irme? Observo a Blanca. Cada rasgo de su rostro. Cada facción que a mis ojos es perfecta. Despierta ya parece una diosa y dormida es lo más similar a un ángel que he visto y que veré. La paz que veo en ella me contagia. No puedo despertarla; no sé cuánto tiempo lleva sin dormir y prefiero quedarme un rato más antes que romperle el sueño. Pienso en el contraste entre su expresión de sosiego actual y el caos que realmente hay al otro lado de ella. Merece la misma calma por dentro.

De pronto tomo conciencia del movimiento de mis dedos, que han cogido un mechón de su cabello distraídamente. Me escandalizo a mí misma por estar acariciándole el pelo a mi profesora y aparto la mano. Creo que no voy a volver a beber.

Después de un largo rato pensando, en ella, en todo lo que ha pasado en un día, en todo lo que me ha contado, en sus brazos alrededor de mi cuerpo, se me empiezan a cerrar los ojos.

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