XLVIII
Una vez hemos bajado del autocar y los alumnos se dedican a coger sus cosas, reviso mi teléfono y descubro que tengo un mensaje de mi madre.
«Buenos días Jul (mi madre acostumbra a llamarme Jul, pronunciado Yul, cuando quiere ser amable conmigo), espero que esté yendo todo bien. No estaremos mañana para cuando llegues, vamos a pasar el día con los amigos de tu padre, que han tenido un bebé, una ricura por cierto. No hay casi nada en la nevera así que te dejamos dinero en la mesita. Un beso.»
Mi madre acostumbra también a dar explicaciones de más. Guardo el teléfono y echo un vistazo a la situación; los chicos siguen prácticamente igual que antes. Me pregunto si son siempre tan lentos o es que no les ha dado tiempo a despertarse aún. Me acerco a la pared del instituto y apoyo en ella la espalda, disponiéndome a contestar a mi madre.
– Chicos, espabilad, que este hombre no tiene todo el día –apremia Elena dedicándole al conductor una sonrisa de disculpa.
Poco después todos tienen sus mochilas y comienzan a dispersarse en grupitos.
– Bueno, chicos, un placer haber estado estos días con vosotros –dice Elena a modo de despedida–. Espero que hayáis disfrutado.
La respuesta es un conjunto de voces y palabras de asentimiento mezcladas pero Blanca no podía dejar que se fueran sin más.
– Que paséis una buena tarde, y recordad que mañana es el último día para entregar el trabajo así que espero que lo traiga todo el mundo, a menos que quiera ganarse un simpático cero.
Un murmullo de disgusto se extendió entre los estudiantes y uno de ellos se atrevió a contestar.
– ¿Tienes los exámenes corregidos, profe?
Miro a Blanca.
– Claro que los tengo.
No los tiene.
– ¿Vas a dar la nota mañana? –añade otro.
– Ya veremos. Hasta mañana –zanja el tema y se acerca a Elena, lo que sirve de pistoletazo para que los alumnos no pierdan más tiempo en irse.
Una de las alumnas se acerca a Blanca y, desde mi posición, no escucho lo que hablan pero parece ser sobre el nombrado trabajo. Elena le dice algo a Blanca, a lo que ella asiente, y se dirige a las puertas del instituto. Al verme allí me sonríe.
– Espero que te haya gustado.
– Sí. Todo era muy interesante –respondo por cortesía (de hecho puedo recordar cosas bastante interesantes, aunque no creo que decírselas a Elena sea la mejor opción).
Ella asiente y desaparece al otro lado de las puertas. Unos segundos después Blanca llega a mi altura. Veo a la niña reunirse con sus amigas y marcharse.
– Te vas, supongo –dice parándose a mi lado.
– Mi madre cree que llego mañana.
No sé a qué pretendía responder con eso. Blanca arruga la frente.
– ¿Mañana?
Me encojo de hombros.
– No sé si se lo dije mal o lo entendió mal, pero me inclino más por lo segundo.
Ella muestra una sonrisa y piensa unos segundos.
– Tengo que arreglar un par de cosas, ¿quieres esperarme?
– Claro.
– No tardo nada –dice mientras camina hacia la puerta.
Vuelvo a decansar la espalda en la pared y los recuerdos se me agolpan en la mente. No puedo evitar rememorar la reciente escena del autocar y una sonrisa estúpida me planea en los labios. Unos segundos después se desvanece. El recuerdo que prevalece sobre los demás es el menos agradable de todos.
Espero cinco minutos. Diez. Y un minuto antes de los quince, Blanca aparece apresuradamente cerrando la cremallera de su bolso.
– Ya estamos –sentencia alegremente–. No sé qué ofrecerte, pensaba comprar cualquier cosa en cualquier sitio de comida rápida y comer en el coche.
– No suena muy saludable –me permito opinar.
Ella apoya mi idea con un asentimiento de cabeza y una sonrisa.
– No mucho, pero es mi costumbre.
– Puedo romper esa costumbre. ¿Me dejas invitarte a comer?
A Blanca se le escapa una risa.
– ¿Vas a venir con formalismos después de lo que ha pasado ahí dentro? –dice señalando el lugar donde se hallaba el autocar.
– Mas nada sería para mí mayor honor que convidarla a usted a un agradable almuerzo, madame –le sigo la corriente.
– ¿Madame? –repite ella enarcando una ceja y colocando los brazos en jarras.
– Disculpe, quería decir mademoiselle –corrijo con una leve reverencia.
– ¿Así que estás intentando tener una cita conmigo?
– Si quiere llamarlo así...
Blanca cuela el brazo por dentro del mío abrazándose a él y me conduce caminando. Ese pequeño gesto me inunda de ternura.
– ¿Y a qué sitio piensas llevarme para compensarme por ese madame?
Cuando hemos recorrido un par de metros deshace el agarre al darse cuenta de que estamos justo al lado del instituto, y continuamos caminando por separado.
– ¿Te gusta la comida china?
Me doy cuenta de que nunca se lo he preguntado y su respuesta puede ser decisiva. No considero de fiar a las personas a las que no les gusta la comida china.
– ¿A quién no? –responde ella.
– Conozco algunas personas. Sí, personas –ella exagera una expresión de incredulidad–. Y caminan por la calle como el resto, y hacen vida normal.
Blanca sacude la cabeza.
– No te creo, ¡no puedo creerte!
– Mi madre es una de ellas. Igual es por eso que nunca nos hemos entendido bien.
Blanca me sonríe y cruzamos una calle.
– Conozco un restaurante –digo.
– ¿Sólo uno?
– Quiero decir que tengo uno en mente al que podemos ir.
– Ahí está mi coche. ¿Sabrás guiarme?
Asiento con la cabeza mientras observo el vehículo. Si no me equivoco es un volvo (lo corroboro después al ver la placa) de color gris oscuro, se nota que tiene unos cuantos años. Blanca me indica que suba y obedezco ocupando el lugar del copiloto y lanzando mi mochila al asiento trasero mientras ella deja sus cosas en el maletero y rodea el coche. Cerramos las puertas a la vez sin planearlo y ella deja el bolso en su regazo mientras arranca el motor, después me pide que lo sostenga.
– Tú dirás –dice mirándome una vez colocada con las manos sobre el volante.
– Todo recto, hasta que salgas de este barrio, después te indico.
Ella sigue mis indicaciones y, tras unos momentos en silencio, me pregunta:
– ¿Es caro?
Yo la miro pero ella no ha apartado la mirada de la carretera.
– ¿Qué te importa? Te he dicho que te invito. Gira a la derecha.
Sus manos dirigen el volante a mis órdenes.
– Precisamente por eso me importa.
– Llevo dinero de sobra.
– No quiero que me lleves a un sitio caro.
– Calla y...
– ¿Ahora por dónde?
– Izquierda.
– ¿Me has oído? Si es caro volveremos a mi primera opción y tendrás que comer una hamburguesa en este coche.
Ruedo los ojos clavando la vista en la ventana. Lo cierto es que ni siquiera recuerdo si es caro o no.
– ¿Y qué te importa que me gaste el dinero que quiera en ti?
– Pues me importa. Yo trabajo y tengo un sueldo, y tú no.
– El dinero que llevo encima es el que me ha sobrado de estos tres días en los que no me has dejado gastar ni un céntimo, así que prácticamente te estás invitando a ti misma.
– Porque la excursión corría a riesgo nuestro –se defiende ella–. Los alumnos no debían pagar nada.
– Pero yo no soy una alumna más. ¿O sí?
Los ojos de Blanca están fijos en la rotonda.
– ¿Qué salida cojo?
– La segunda.
Espero una respuesta en silencio durante un minuto entero. Blanca frena en un semáforo en rojo.
– Claro que no eres una alumna más. Pero está mal desobedecer a tus mayores.
Estoy apunto de protestar con un pequeño codazo pero aborto la acción porque el semáforo cambia a luz verde.
– Además, invitarte a cosas ni se acerca a saldar todo que te debo.
La miro con el ceño fruncido.
– ¿De qué hablas?
– ¿Es por aquí? –me ignora ella señalando al frente con un movimiento de cabeza.
– Sí, puedes aparcar ya, es la siguiente calle.
Estacionamos y bajamos del coche. Me doy cuenta de que aún tengo su bolso y se lo doy mientras caminamos. Por un momento sólo se oyen nuestros pasos contra la acera hasta que doblamos la calle y localizo el restaurante. Me sorprende haber sabido llegar.
– ¿Es eso? –pregunta ella señalando con el dedo.
– Bueno... Entre que no hay ningún otro restaurante cerca con esa estética y que las letras son chinas... Sí, debe de ser ese.
– Parece caro.
– Blanca...
– Es sólo que... mira mis pintas. ¿Cómo voy a entrar así en un sitio como ése?
Siguiendo su petición, miro sus pintas. La falda púrpura, una camiseta simple, zapatos planos. Le dedico una mirada de obviedad.
– ¿Qué pintas?
Entramos en el local y esperamos en el recibidor.
– Seguro que desentono –dice peinándose el pelo con los dedos.
– Blanca, tu pelo está perfecto –río colocando las manos en sus brazos–, y tu ropa está perfecta. Pero si podrías salir a la calle vestida con cartones y seguirías estando perfecta.
Ella deja de peinarse sin decir nada. ¿Se ha sonrojado? Para huir del momento sigo hablando.
– Mírame a mí, vengo en vaqueros, mi ropa sí que desentona.
– Cuidado con lo que dices, que esa camisa es mía –bromea ella.
– ¿Mesa para dos? –nos pregunta un camarero.
Asentimos y obedecemos su señal de seguirle. Blanca contempla el restaurante a su alrededor y se me ocurre que sólo estaba buscando excusas para enfrentarse a aquello porque está nerviosa. Cuando me ha preguntado si era una cita estaba claramente bromeando, pero ¿cuánto tiempo hará que alguien no la lleva a un restaurante?
Nos sentamos enfrentadas donde nos indican, ella esconde una sonrisa.
– Es muy bonito –dice liberándola.
Le sonrío de vuelta. Me alegra que te guste, podría haber contestado, pero es demasiado peliculero y ella sabe apreciar un buen silencio.
Durante toda la comida en la que discutimos sobre nuestras preferencias de la propia gastronomía y compartimos platos para probar nuevos sabores, Blanca no deja de sonreír.
A Blanca se le nota cuando algo le hace ilusión. Es incapaz de retener la sonrisa, una hilera de perlas blancas que la iluminan y me iluminan. Por eso, cuando la veo sonreír de esa forma, inmensa, inocente, límpida, casi sin descanso, sé que está a gusto, que está a gusto conmigo, y eso me contagia de su incapacidad para mantenerse seria. Pero a ratos siento que el simple hecho de mirarla, de disfrutar de su belleza sin más, es una falta de respeto, porque parece tan sincera, tan transparente, y yo escondo secretos. Concretamente un secreto horrible.
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