XLIII

Cada milésima de segundo que tarda en abrirse la puerta se me antoja una eternidad. El corazón me late rápido, no sé si por miedo a ser descubierta, o por la adrenalina, pero creo que me gusta. Escucho un ruido proveniente de otra habitación y vuelvo la cabeza rápidamente buscando cualquier signo de movimiento, pero el chasquido de la puerta que tengo ante mí recupera mi atención.

Blanca me mira a través de una rendija, abre la puerta, echa un vistazo rápido al pasillo, tira de mí hacia el interior del apartamento y la cierra inmediatamente después, dejándome entre la madera y su propio cuerpo. Pensé que me preguntaría qué narices estoy haciendo pero en su lugar me sonríe.

– Parece que lo nuestro es vernos cuando se pone el sol –dice en voz baja, y después de todo el día, después de mi inquieta imaginación haciendo de las suyas, me resulta la voz más sexy que he oído nunca.

Contesto con una risita nerviosa que se escapa de mi respiración algo alterada y la observo desdibujada en la penumbra. A diferencia de mí ella no se ha puesto el pijama, pero me fijo en que se ha quitado las medias. La observo y me observa, y antes de que a mi mente le dé tiempo a empezar a contarme qué me gustaría hacer, Blanca me aplasta contra la puerta y se adueña de mis labios. El pulso se me dispara.

– Pensé que no vendrías nunca –susurra en mi boca, mezclando nuestros alientos.

Noto erizarse cada vello de mi piel y el calor apoderándose de mis mejillas.  La deseo demasiado como para evitar besarla como si no hubiera un mañana, su cuerpo aprisionando el mío contra la pared, su vientre moviéndose contra el mío, sus pechos moviéndose contra los míos. Respiro entrecortadamente antes de seguir con el baile de nuestros labios, sujetando su rostro con las manos, enredando los dedos en su pelo, acariciando con la lengua la humedad de la suya en una rigurosa expedición por su boca. Siento sus manos viajar con ansias por mi cuello, mis clavículas, desviar su camino antes de llegar a mi pecho y seguir por mis brazos. Su forma de jugar conmigo me enloquece y me obligo a controlarme, no quiero que se sienta violenta otra vez. Sin embargo, como si me leyera el pensamiento, Blanca entrelaza sus manos con las mías y las apresa contra la puerta a la altura de mi cabeza, haciendo la madera temblar con el golpe. Siento la piel de gallina y un calor especial cuando me deja un beso en la comisura y después unos cuantos más por la mandíbula, para ir bajando por mi cuello. De pronto Blanca guía mis propias manos hasta sus pechos y, en ese momento en el que puedo acariciarlos por encima de la ropa, mis sentidos se anulan y decido que ya no puedo controlarme.

La agarro por debajo de los muslos y la levanto en el aire al tiempo que ella reacciona para enganchar las piernas alrededor de mi cuerpo y se deja llevar hasta el mueble más cercano, donde la siento y sigo besándola devolviendo las manos a sus pechos, y luego a su cuello, y luego a sus pechos de nuevo, y ella suspira en mi boca mientras sus manos recorren mi torso de arriba abajo hasta llegar al borde de la camiseta para volver a subir con ella entre los dedos. Recuerdo entonces que no llevo sostén bajo el pijama y me invade una súbita sensación de vergüenza, pero me consuela saber que la única lamparita encendida es la que hay junto a la cama así que dejo que me la quite. Ella deja mi camiseta arrugada sobre el mueble a su lado y sigue con los dedos el valle entre mis pechos desnudos, que se mueven con el ritmo acelerado de mi respiración, después se acerca a mi oído.

– Llévame a la cama, Julia –me pide en un susurro que me produce un escalofrío por la espalda.

La obedezco como si me fuera la vida en ello, nuestras bocas enzarzadas en la misma lucha, sintiendo el roce de su blusa en mi piel, y la dejo caer sobre el colchón. Se le ha levantado la falda y ver la mayor parte de sus piernas libres me hace olvidarme de que estoy más desnuda que ella. Se desplaza hacia el cabecero empujándose con los pies y ayudándose con los codos sin dejar de mirarme, con una leve sonrisa que me enloquece, con ojos incitantes, casi exhortativos, que no conciben la opción de que no me acerque. Así que, rindiéndome al hechizo de su cuerpo, gateo hasta ella entrando dentro del foco de luz de la lamparita a nuestra izquierda, y cuando se me queda mirando comprendo que lo que quería era verme a la luz y la timidez me paraliza. En un intento de huir de esa situación, me lanzo a besarla sosteniéndome con un brazo a cada lado de su cuerpo. Ella me recibe atrayéndome hacia sí y degusto como si fuera la primera vez el sabor afrutado de sus labios. Creo que, por muchas veces que lo haga, siempre lo sentiré como la primera vez, porque en cada una de ellas me fascina su fluidez, la danza de su lengua jugando con la mía como dos críos que se persiguen el uno al otro. He besado a pocas personas en mi vida, pero puedo afirmar con seguridad que ninguna fue ni podrá ser como Blanca.

Siento sus manos ascender por mis costillas y envolver mis pechos, con una delicadeza impropia de un momento como aquel, sin despegar sus labios de los míos, y al mismo tiempo dentro de ese fuego que parece lindar la cama, y una corriente eléctrica me recorre de arriba abajo, y no puedo contener por más tiempo un jadeo que sale de mi garganta sin permiso, y unas cosquillas que se detienen en una parte muy concreta de mi cuerpo me impulsan a incorporarme, sentarme a horcajadas sobre su falda y mirarla desde arriba intentando regular mi respiración. Entonces, me doy cuenta de que me mira como se admira un cuadro. Me contempla, de hecho, como a uno de sus cuadros favoritos.

Mis dedos viajan solos hasta el primer botón de su blusa, ella no se mueve, lo desabrocho y paso al segundo, ella no se mueve, la miro, me está mirando, le pregunto con los ojos si está bien, buscando en ellos un permiso para seguir, ella me sonríe, asiente una vez con la cabeza, desabrocho el tercero, y el cuarto, y el quinto, y le abro la blusa dejando al descubierto un escote que se mueve al compás de su respiración, un vientre que tiembla de impaciencia. Entonces levanta el tronco y queda enfrente de mí, debajo de mí, y me acaricia la mejilla y yo salvo los pocos centímetros que separan nuestros rostros y la beso. A partir de ahí nuestras manos se convierten en mariposas curiosas que revolotean en forma de caricias y, antes de darme cuenta, he desabrochado el enganche de su sostén. Ella se lo quita como puede mientras se mantiene pegada a mis labios y me pregunto si lo hace adrede para que no pueda verla, y sí, me parece algo que ella haría, así que su forma de jugar conmigo, de hacerme sufrir, de excitarme cruelmente, surte efecto y, sin pensarlo, mis manos están están en sus pechos, descubriéndolos, conociéndolos, desbordándolos y desbordándome de suavidad, de calidez, de placer, notándolos endurecerse bajo mi tacto, acallando el intento de gemido que brota de su garganta y muere en mi boca.

Sin esperarlo, se giran las tornas, y a la vez nuestros cuerpos. Blanca me empuja hacia un lado y en menos de dos segundos me encuentro tumbada bocarriba, y sólo entonces puedo verla bien mientras imita mi postura anterior y aprisiona mis caderas entre sus muslos, la falda casi tapándole el ombligo, nuestras caderas en perfecto contacto, su silueta recortada por la luz creando un juego de luces y sombras, dos voluminosos senos moviéndose con ella, redondos, fascinantes; me asombra comprobar que a su edad aún conserva parte de la firmeza de los bustos adolescentes, pero me atrae casi más el hecho de que no la conserve toda.

Enseguida me sobra una capa y ella se deshace de mis pantalones para después volver a sentarse sobre mí, esta vez sin nada que se interponga entre el contacto de nuestras pelvis además de la ropa interior, lo que me hace sentir las palpitaciones agrupándose en un mismo lugar. De repente su cara se torna en una de concentración, su mirada perdida en algún lugar bajo mi rostro, para ser sustituida por una expresión de confusión. Yo ni siquiera he pensado en ello.

– ¿Y esto? –me pregunta acariciando los lugares de mi cuello donde hace unas noches quedaron marcas.

– ¿El qué? –contesto haciéndome la ignorante.

– Esto. –Aprecio una nota de preocupación en su voz cuando me aparta el pelo para verlo bien–. Parece como si hubieras tenido moratones hasta hace poco.

Recorro cada rincón de mi mente poniéndola en funcionamiento en busca de alguna excusa creíble.

– No es nada –digo para ganar tiempo.

– Julia...

– En realidad es una tontería. Estuve jugando con mi primo pequeño. Ya sabes lo brutos que pueden llegar a ser los niños.

Blanca me mira con escepticismo, como intentando comprender si estoy tomándole el pelo.

– ¿Me estás diciendo que un crío te ha hecho eso? –pregunta sin alterar la voz.

– No, claro, no un crío –explico como si fuera ella la que dice tonterías–. Varios.

Estoy demasiado lenta, demasiado excitada para pensar con claridad, así que voy modificando mi versión según las reacciones que veo en ella. Como no deja de mirarme sin decir nada, no sé lo que está pensando y me veo presionada a seguir hablando.

– Muy brutos y muy pesados... Se te suben encima para que les cojas en brazos, se te enganchan del cuello...

Blanca sigue mirándome y, entonces, para mi sorpresa, se le escapa una risa.

– Pero ¿tus primos son niños o chimpancés?

Una media sonrisa planea en mis labios y respiro tranquila.

– A veces yo también lo dudo –contesto incorporándome y quedando sentada frente a ella, bajo ella, recreando a la inversa la escena de unos minutos atrás.

Ella mantiene la sonrisa que ha quedado de su risa y cuando me acerco nuestros pechos se rozan. Nos miramos, cómplices, sabiendo la una de la otra lo que queremos. Como en una cuenta atrás finalizada, nos fundimos en una, rodamos, nos descubrimos por fuera, nos desnudamos por dentro, y nos desnudamos por fuera, y nos descubrimos por dentro, y jadeamos con el propio roce de nuestros cuerpos, y me detengo encima de ella, nuestras piernas intercaladas, nuestros torsos aplastados el uno contra el otro, le aparto el pelo de la cara, señalo con un gesto de cabeza una botella de alcohol abierta sobre la mesa, un vaso pequeño junto a ella al que le queda una gota.

– Has bebido, ¿verdad? –le pregunto, mis palabras chocan contra sus labios en forma de aliento.

– Sólo lo justo –contesta ella.

Me sonríe, le sonrío. Lo justo para poder hacer esto sin echarme a llorar, completa la frase mi mente. Lleno su cuello de besos, después sus clavículas, se le cierran los ojos, después sus pechos, la escucho suspirar mientras la intensidad de mis besos sube peligrosamente, mientras la atrapo, la saboreo, juego con ella, la escucho gemir y siento que el nacimiento del pelo me hace cosquillas como si flotara, y es imposible explicar lo que se siente al oír gemir por primera vez a esa mujer. Sigo bajando siguiendo con mis labios el sendero de su vientre hasta su ombligo, y luego sigo bajando hasta llegar al borde de su falda, y la miro de nuevo, pero esta vez se lo pregunto.

– ¿Bien?

Ella responde afirmando con la cabeza.

– Vale.

– Vale –dice también.

Entonces nuestras risas se entremezclan mientras le bajo la cremallera de un lado y me deshago de su falda, y también mientras me deslizo por encima de su cuerpo como si intentara que todos nuestros puntos se tocaran, erizando cada centímetro de su piel, de la mía, salpicando el ambiente de risas de compenetración, de placer, de que todo nos parece absurdo como si las dos estuviéramos borrachas de alegría. Al apreciar las piernas desnudas de Blanca me pregunto si alguna vez en mi vida he visto algo más cercano a la perfección que ellas y, cuando las recorro con mis manos como si quisiera reconocerla físicamente, me resulta muy fácil contestar a mi pregunta. Antes de pensarlo me descubro buscando el roce de nuestra ropa interior, sutilmente, mientras recorro su torso con la boca hasta volver al ombligo, con el pulso acelerado, ella arquea la espalda y, desde mi posición, sus pechos me impiden verle la cara.

De pronto, su teléfono comienza a sonar. Ambas nos sobresaltamos en un primer momento, nos quedamos mirando el aparato vibrar sobre la mesilla y, como si reaccionara de repente, Blanca se estira para cogerlo.

– Tengo que contestar –se excusa–. Vamos a despertar a todo el mundo.

La observo descolgar mientras pienso que su excusa tendría más sentido si no lleváramos haciendo ruido desde que entré por la puerta.

– Sí, soy yo –contesta a una pregunta que puedo imaginar–. ¿Cómo? –su rostro palidece de repente, pero no puede extraerse emoción alguna de su voz, le sigue un largo silencio, ella me mira, mira mi cuello, sigue en silencio–. Gracias, adiós.

No puedo imaginar lo que sea que le han dicho para que conteste de forma tan fría y a la vez le cambie la cara, y cuando cuelga el teléfono, me mira. Yo llevo mirándola todo el tiempo.

– ¿Pasa algo? –pregunto.

– Eran del hospital. Mario se acaba de morir.

Un nudo se me aprieta en la garganta. Recuerdo a Sergio y al Argentino. Me recuerdo a mí misma, vista desde fuera, desde arriba de algún lugar de aquella calle vacía en medio de la noche.

– ¿Te han explicado algo? –consigo preguntar.

Su mirada está hueca, sus ojos vuelven a ser un misterio para mí.

– Contusiones por todo el cuerpo que empeoraron su enfermedad respiratoria –repite lo que supongo que son las palabras del médico, luego me mira–. Creen que se metió en alguna pelea callejera. Le encontraron por la mañana.

Se me hace difícil tragar saliva y asiento en respuesta a sus palabras, sin saber qué decir. Ella tira de la manta que hay doblada a los pies de la cama y se arropa con ella, sentada en la almohada. A mí también me ha entrado frío de repente así que hago lo mismo con el trozo que sobra.

– ¿Cómo te sientes? –le pregunto.

Ella mantiene la mirada fija en la nada, pensativa. Después se levanta y se va hacia la mesa, caminando con la normalidad de quien no está semidesnudo, como si eso fuera lo último que le importara en ese momento, se enciende un cigarro, regresa a la cama, improvisa un cenicero con papel y vuelve a ocultar su cuerpo bajo la manta a mi lado. Le da una calada y retiene el humo unos largos segundos antes de expulsarlo despacio. Ni siquiera estoy segura de que se pueda fumar allí.

– No sé –dice finalmente–. No sé cómo sentirme.

Permanecemos un rato en silencio, ella dándole caladas a su cigarro con los ojos encerrados, como si delante de ella estuviesen proyectándose imágenes de su propia cabeza, yo mirándola a veces a ella, a veces mis manos, serena por fuera, hecha un huracán de pensamientos por dentro. La manta nos llega por debajo del pecho, pero a ninguna parece importarnos.

– No sé si darte el pésame o la enhorabuena –digo para caldear el ambiente, y en realidad para sacarme también a mí misma de ese momento, pero enseguida me arrepiento por cómo Blanca se lo pueda tomar.

Sin embargo, después de mirarme, sus comisuras se curvan levemente en una sonrisa, yo se la devuelvo más amplia y acepto el cigarro que me está ofreciendo. Ella chasca los labios sin mirarme y sacude la cabeza, ensimismada, con una sonrisa sarcástica. Cuando le devuelvo el cigarro, fuma sin mudar su expresión y se entretiene en saborear el humo.

– Qué cabrón –dice, antes de reír amargamente y sacudir las cenizas en el papel–. Parece que estaba esperando a que le denunciara para morirse. Qué cabrón, qué cojones tiene.

El hecho de que haya usado la misma expresión que él usó para referirse a ella me da un escalofrío. En parte me alivia que no sienta lástima por él, aunque sus ojos acuosos me confunden. Me encantaría dibujarla en ese preciso instante. Sus piernas encogidas bajo la manta, su torso desnudo, un brazo cruzado bajo sus pechos, el otro sosteniendo el cigarrillo, y una sonrisa amarga siendo acariciada por el humo. Nos turnamos el cigarro hasta que Blanca le da la última calada antes de que se consuma.

– Ya sabía yo que se moriría antes de dejarme en paz –murmura apagándolo en el papel humedecido mientras el humo escapa libre de la cárcel de su boca con cada palabra.

– Pero ya te ha dejado en paz.

Ella se gira hacia mí y alcanzo a ver en sus ojos un brillo de ternura.

– Sí –contesta, y me dedica una pequeña sonrisa–. Ve a dormir, Julia. Faltan sólo unas horas para levantarnos y quiero que descanses.

Está jugando con un mechón de mi pelo entre los dedos y asiento con la cabeza porque sé que ella necesita también un tiempo a solas consigo misma, así que abandono el cobijo de la manta para recuperar mi pijama, vestirme, dirigirme a la puerta, detenerme antes de abrirla, regresar a la cama, dejar un beso sobre sus labios, mirarla a los ojos:

– Intenta dormir un rato, anda.

Ella me responde con una afirmación de cabeza, yo la dejo sola y, con el mismo cuidado, regreso a mi habitación. Sé que no va a dormir. Sé que yo tampoco.

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