LII

Han pasado dos semanas desde que dejé su casa. Dos semanas largas, densas y extrañas, sobre todo extrañas. Hace tan sólo un año no se me habría ocurrido que mi concepto de "extraño" implicara no estar con mi profesora de Arte, pero así es ahora.

En estas dos semanas, nada ha estado bien, nada me ha acercado a nada remotamente tranquilo. De hecho, los recuerdos angustiantes me han visitado el doble, las imágenes me han asaltado sin piedad una y otra vez sin que nadie apareciera por la puerta para hacerme pensar en otra cosa. He despertado entre lágrimas con el corazón encogido y nadie me ha consolado entre sus brazos en mitad de la noche. Mi cama se sentía demasiado fría, demasiado vacía, y parecía siempre invocar los mismos demonios cuando me iba a dormir. A menudo flotaban a mi alrededor palabras acusadoras que me señalaban con el dedo y, después, siempre me enseñaban la última imagen que tenía de él. Sufría más porque mis tormentos eran Mario y también Blanca, los dos por igual. Y yo no podía contra los dos.

La primera semana, no hice ningún movimiento.

El primer día de clase desde que cerré la puerta de la casa de Blanca estuvo gobernado por la tensión. Al principio, ella se retrasó tanto que pensé que no vendría. Estaba ya juzgando inconscientemente su comportamiento cuando entró por la puerta y se limitó a decir cuatro palabras y observarnos pintar el resto de la clase. Pasó los ojos por encima de mí como si yo formara parte del mobiliario y lo cierto es que tampoco los posó sobre ninguna otra persona. Sara se acercó a mí algunas veces para intercambiar palabras o halagar mi pintura, pero yo tenía ese nudo en el estómago desde que la vi a ella y a Nico. Era la primera vez que los veía desde la pelea y sentía un peso demasiado grande; la responsabilidad de decidir si debía decirles lo que había pasado y arrastrar la vida de más personas al mismo infierno en el que estaba yo, o esconderles la verdad y nunca más hablar del tema para que sus mentes pudieran continuar enteras. En ese momento vi a Nico besar a Sara en el pelo mientras ella se reía y decidí optar por lo segundo.

Blanca, ensimismada en la lectura de quién sabe qué papeles, mordisqueaba el lapicero entre los dientes y se prohibía levantar la vista cuando sabía que yo la miraba. Me dije que no podía hacer más que eso, mirarla mientras esperaba a que las cosas tomaran algún camino.

Se fue en el momento exacto en el que terminó la clase, murmurando una justificación evidentemente inventada, y Sara pareció tener la intención de quedarse un rato conversando pero también yo acabé yéndome pronto, alegando que estaba cansada, y ciertamente era así. No la vi por el camino y tampoco la busqué; sabía que era demasiado pronto y si ella no quería verme yo no iba a forzar las cosas. Qué fácil sonaba dentro de mi cabeza, qué conmovedoramente comprensivo por mi parte, toda una mujer madura y racional, pero mi mente y mi alma llevaban caminos distintos, y me rompí. Lloré como una idiota en medio de la calle. Y sólo era el primer día. Blanca y Mario eran demasiado para mí.

Los días que precedieron a aquel fueron la misma montaña rusa, la misma lucha entre la razón y el corazón. Cada día Blanca llegaba a clase la última y se iba la primera. Apenas me daba tiempo a retener en la memoria su imagen, su ropa o cómo le había quedado el pelo ese día. Su aire de indiferencia, su ceño levemente fruncido y su total desconocimiento acerca de mi existencia frustraban todos mis intentos de pensar fríamente.

Ese mismo viernes, Sara me había invitado a salir con los chicos y, aunque en un principio decliné su oferta (sentía que necesitaba estar lejos de ellos por un tiempo), cuando mencionó que iría el Argentino algo me llevó a retractarme en el último momento y unirme al plan. Fuimos al bar de siempre. Como siempre, el tiempo se nos pasó volando entre copas y enseguida nos dio la media noche. El Argentino no llegó hasta la una de la madrugada, cuando Sara ya estaba borracha. Éramos pocos ese día, así que ella usó (estoy segura de que sin darse cuenta) sus envidiables habilidades sociales para acercarse a un pequeño grupo que parecía simpático.

Para entonces yo también había bebido, pero conservaba mi lucidez como para ver al Argentino abrirse paso entre la gente. Le hice un gesto con la mano en parte para saludarle y en parte para que nos localizara, y él se acercó. Le ordenó algo al camarero y se sentó a mi lado en la barra con una sonrisa. Cualquier cicatriz de la pelea había desaparecido ya de su rostro.

– ¿Dónde están los demás? –preguntó sin molestarse en buscarlos por sí mismo siquiera con la mirada.

– Nico está con Sergio –intenté localizarlos entre la gente pero desistí rápido–. Creo que han salido. Y Sara ha hecho amigos –dije señalándola con la cabeza y bebiendo de mi copa.

El Argentino siguió la dirección de mi gesto y la vio hablando intensamente con tres o cuatro personas que parecían estar divirtiéndose.

– No voy a preguntar cuánto ha bebido –dijo sacudiendo la cabeza entre risas y cogiendo la bebida que acababa de ser colocada en la barra.

Estuvimos un rato sin decir nada. Una pregunta llevaba toda la noche rondándome la cabeza.

– Así que vos sos la chica sana.

– ¿Cómo? -dije aterrizando.

– Bueno, parecés bastante sobria.

– Ah, sí. No quería beber mucho hoy. Me parecía que Sara no estaba muy bien, creo que le pasa algo.

Él dejó escapar algo parecido a una risa.

– Le pasan muchas cosas.

Sus palabras despertaron mi interés pero no pregunté, porque él volvió a dedicarse a su copa y no me pareció asunto mío. Fui a beber y me di cuenta de que mi vaso estaba vacío. Lo dejé sobre la barra y jugué con mis manos mientras pensaba.

– Oye –me decidí–. ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?

Sonrió dejando el vaso en la mesa sonoramente.

– Son las únicas que permito –contestó enseñándome su esmalte amarillento–. Adelante.

– ¿Alguna vez has matado a alguien? –pregunté a bocajarro.

Su sonrisa vaciló y dirigió una críptica mirada hacia el lugar donde Sara había empezado a bailar con un chico del otro grupo.

– Te lo contó, ¿verdad? –dijo señalándola con un alzamiento de cejas.

– Ella no me ha contado nada. Pregunto por curiosidad propia.

Él asintió levemente, se terminó la copa de un trago y sacó unas monedas. Yo hice lo mismo.

– Dejá, te invito –me dijo cuando me puse a buscarlas–. ¡Jefe! –dijo llamando la atención del camarero, y cuando la tuvo dejó el dinero sobre la mesa y se levantó–. Vamos afuera.

Le seguí. No me dio tiempo a darle las gracias por invitarme. Fuera estaban Sergio y Nico fumándose un cigarro y charlando y, al vernos salir, sonrieron.

– Argento, ¿cuándo has llegado? –dijo Nico, pero el Argentino no contestó.

– Chicos –intervine yo–, ¿podéis entrar a echarle un ojo a Sara? Va como una cuba.

– Claro –dijo Nico.

Sergio tiró la colilla al suelo, la aplastó con la suela del zapato y entraron. El Argentino les relevó encendiéndose él un cigarro y me ofreció, pero no quise. Tenía el estómago revuelto.

– Así que querés saber si soy un asesino. ¿Esa clase de preguntas te funciona con los chicos?

Su comentario me hizo sonreír.

– ¿Vas a contestarme?

– Sí.

Le dio una calada a su cigarro y tardé en comprender que acababa de responderme.

– ¿Sí? –repetí dubitativa.

– Sí.

No supe qué decir. Me había lanzado con toda la artillería a hacer una pregunta como aquella y no había pensado en lo que haría después. Por suerte, él habló.

– Pero ese tipo merecía morir.

– ¿Quién decide eso?

– ¿El qué?

– Quiero decir, ¿cómo sabes que merecía morir?

Se encogió de hombros como si hubiera hecho una pregunta demasiado estúpida.

– Porque era un hijo de puta.

Caminamos mirando al suelo, sin rumbo a ningún lado. Creo que simplemente estábamos dando la vuelta a la manzana.

– Y ¿cómo lo superaste?

– Supongo que aprendes a vivir con ello.

Guardé silencio unos instantes.

– Y un hombre... Que maltrata a su mujer, de todas las formas posibles, ¿merece morir?

Vi sus ojos moteados mirándome bajo la luz de una farola.

– No. Merece sufrir, y luego morir.

Por un momento me planteé que hablar de ese tema con el Argentino no hubiera sido la mejor idea.

– Mirá, sé que tal vez no lo creas, pero para mí no hay nada más repugnante que los hombres que maltratan a las mujeres.

Y lo cierto es que, por su voz, por la forma en que lo dijo, le creí.

– Porque ¿sabés cuál es el problema? -siguió él–. Que si no mueren ellos, mueren ellas.

***

Sergio llevaba en brazos a Sara por las calles oscuras. Un ápice de temor me acarició el estómago pero el alcohol que circulaba por mis venas lo disipó rápido. "Tócame el pelo", le pedía Sara a Sergio una y otra vez. "No puedo", le contestaba él con desgana, cuando contestaba. Nico había dicho que no podíamos llevarla a su casa en ese estado y el Argentino había ofrecido su casa para que pasara el resto de la noche. Además, me había pedido a mí que me quedara con ella, y yo, que no tenía nada que hacer (ni quería), había aceptado sin más.

Llegamos hasta el coche del Argentino y ayudé a Sergio a meter a Sara en el asiento de atrás, lo cual nos resultó un poco difícil al principio ya que ella se empeñaba en mantenerse enganchada del cuello de Sergio. Sin embargo, en cuanto me senté en uno de los asientos, ella se dejó caer hasta que mi cuerpo le sirvió de almohada.

– Sergio no me quería tocar el pelo –se quejó Sara una vez ellos se hubieron ido y el Argentino nos llevaba a su casa.

– Qué desconsiderado –le seguí la corriente.

– ¿Verdad que sí? –reaccionó ella con voz somnolienta–. Tú no eres tan desconsiderada. ¿Verdad que no?

Fui a tocarle el pelo, pero el coche aparcó y tuvimos que bajar. El Argentino se encargó de transportarla con la facilidad con la que se hubiera echado al hombro un saco de patatas, y Sara se dejó llevar como si no estuviera enterándose de nada.

La casa del Argentino era como cualquiera podría habérsela imaginado. Nos explicó dónde estaba el cuarto de baño, la nevera, y nada más; eso debió de parecerle lo más (o lo único) importante. Después, descompuso el sofá transformándolo en una cama con facilidad. Eso no me lo esperaba. Al menos no en aquella casa.

Sara, que había logrado mantenerse de pie, se apoyó en él hasta que estuvo tendida en la cama, pero cuando el Argentino se retiró ella se incorporó y quedó recostada. Yo me senté a su lado y el Argentino desapareció en la que deduje sería su habitación.

– Tócame el pelo –la oí murmurar.

Me fijé en ella y me di cuenta de que sus ojos brillaban, tal vez de cansancio, tal vez de tristeza. Lo hice y ella se acomodó en mi cuello como un gato.

– ¿Estás bien? –le pregunté mientras enterraba los dedos entre sus cabellos negros.

Ella no me contestó, pero pensé que una pregunta así no era la más acertada para una persona que se encontraba demasiado ebria para pensar siquiera en cómo estaba. Seguí acariciándole el pelo hasta que ella volvió el rostro hacia mí y las lágrimas en sus ojos la delataron.

– Sara –empecé, pero ella me tapó los labios con un dedo sin dejarme terminar.

Después sustituyó el dedo por sus propios labios. La besé con cariño en un intento de consolarla, pero más tarde, cuando ella lloró y yo empecé a llorar con ella, supe que en cierto modo también lo hacía para consolarme a mí. Recogí una lágrima que se deslizó por su mejilla. No pregunté por qué lloraba, ni tampoco ella a mí. Simplemente lloramos en compañía, besándonos en silencio, dejando que nuestra angustia se filtrara por las paredes y nos dejara una noche de descanso.

Nos fuimos recostando hasta tumbarnos, Sara se abrazó el torso y yo tiré del edredón, arropándola y arropándonos.

– ¿Puedo abrazarte? –me preguntó sin ni siquiera abrir los ojos.

– Claro –contesté acomodándome a su lado.

Le di la espalda esperando su brazo y ella enseguida me rodeó con él desde atrás. Yo lo atrapé con el mío y cerré los ojos. Las palabras del Argentino me resonaron en la cabeza y, no sé si fue porque era lo que en mi inconsciente quería escuchar, o porque me parecieron condenadamente ciertas, pero repetírmelas a mí misma me tranquilizó. Además, sentirme abrazada por Sara me ayudó a afianzar la idea en mi cabeza, a quitarme una pequeña parte de la culpa que me pesaba como un lastre. Pensé en Blanca, en qué estaría haciendo. Pensé que no estaría temiendo a Mario. Pensé que con suerte ya estaba plácidamente dormida. Me abracé más fuerte a Sara y decidí que ya no esperaría más.







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Para Elena (este capítulo y todos los demás). Por si aquí sí que sigues entrando. :)

PD. Siento la espera, chicas.

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