LI
Las toallas son suaves y mullidas. Compruebo su textura algodonosa con las manos y vuelvo a dejarlas donde estaban. Me meto en la ducha evitando mi reflejo en el espejo; desde que ocurrió lo de Mario me cuesta reconocerme y me asusta. Abro el grifo, regulo la temperatura, trato de pensar en otra cosa. El agua sale de la ducha con decisión golpeando mi espalda pero está caliente y me sume lentamente en un letargo mental. La dejo recorrer mi piel, empapar mis cabellos, caer por mis párpados cerrados. Una rara sensación me revuelve el estómago y abro los ojos. El agua en mis brazos se ha teñido de rojo y gotea de mis dedos hasta reunirse con la demás y escurrirse por el desagüe. Sangre. El corazón se me acelera, el pánico me domina, siento las manos de Mario alrededor de mi garganta, sus ojos iracundos, su voz resonando en algún lugar de mi cabeza, y la sangre sigue corriendo, cubriendo cada centímetro de mi cuerpo, haciéndome temblar, quiero gritar, grito. El agua es clara otra vez. Mi cuerpo está limpio. Me escucho respirar tan fuerte que por un momento me mareo. Cierro el grifo y me siento lentamente en el suelo de la bañera, repitiéndome a mí misma que todo está en mi cabeza. Ahí, encogida y temblorosa, abrazo mis piernas y afloran lágrimas a mis ojos. Decido dejarlas ir, aunque lo hubiera hecho también sin querer, y lloro hasta que siento que no me quedan más lágrimas. ¿Dónde estás, Blanca? Ayúdame, lávame el pelo, sácame de esta bañera. Abrázame y dime que me perdonas, por favor, no me llames asesina.
Decido que no puedo estar por más tiempo ahí tirada lamentándome, que tengo que estar lista antes de que llegue Blanca, así que reúno las fuerzas y me levanto para ducharme lo más deprisa que puedo.
Después, sin saber qué hacer, dejo que mis pies me lleven hasta su galería de lienzos y me dedico a admirarlos de nuevo uno por uno. Me atrapan al instante y por completo, todos y cada uno de ellos, incluso los que están inconclusos, o los que han sido emborronados con una brocha en algún posible arrebato de frustración. Por alguna razón me siento bien allí. Es como si las paredes, llenas de chinchetas y fotos de cuadros, me protegieran. Como si las pinturas y dibujos de Blanca me abrazaran. Me pregunto si ella sentirá lo mismo.
Hay demasiadas cosas pero el tiempo se me pasa volando. Otra vez esa sensación extraña. Pienso en que Mario está muerto, pero imagino que sigue vivo. Lo imagino recorriendo esa misma calle que se ve desde la ventana de la habitación. Un impulso absurdo me empuja a cerrar la puerta y, tratando sin éxito de frenar mi mente, me siento en el suelo con la espalda apoyada en la pared de enfrente. Lo imagino colándose en el edificio aprovechando que alguien sale. Lo imagino llamando al ascensor, subiendo, un viaje interminable.
La puerta se abre y mi subconsciente me traiciona haciéndome sobresaltar del susto.
– Estás aquí –dice Blanca con una sonrisa que sustituye por una expresión de extrañeza–. ¿Qué haces ahí?
Me levanto recuperando la tranquilidad. Su presencia me transmite la paz que necesito.
– Estaba cotilleando –respondo acercándome a ella.
– Mira lo que traigo –dice abriendo una bolsa de plástico para enseñarme el contenido.
– ¿Eso es sushi? –pregunto ilusionada.
– El mejor que probarás en este barrio –dice alegremente mientras vamos a la cocina–. ¿Tienes hambre?
Estoy pensando que no demasiada cuando el rugido de mi estómago responde por mí. Recuerdo que apenas he desayunado y que son las tres. ¿Cuándo ha pasado tanto tiempo?
– Tomaré eso como un sí –dice Blanca mientras deja la comida en la encimera y se quita los zapatos antes de que me dé cuenta–. Yo estoy hambrienta.
Se dedica a sacar enérgicamente las bandejas de sushi de la bolsa y dejarlas en la mesa y me acerco a ayudarla con todo.
– Aquí hay sushi para un regimiento –observo mientras la torre crece.
– Realmente estoy hambrienta –se justifica ella–. Ya te dije que leer sinsentidos me da hambre, pero, por Dios, imagínate oírlos. ¿Recuerdas el alumno que me puso que Cervantes era el autor del Cantar de Mio Cid en el examen? Que, por cierto, terminé de corregir los exámenes que no me dejaste acabar.
– ¿Yo? –intento protestar–. Pero si...
– Pues ese mismo alumno –prosigue sin dejarme hablar– estaba molesto con su nota. No. ¿Cómo ha dicho? Disconforme, esa es la palabra, "profe, estoy muy disconforme con esta nota". Resulta que dice que, si se desconoce el autor de la obra, bien pudo haber sido Cervantes. Es una lástima que el homicidio esté penado por la ley, ¿verdad? Aunque yo podría alegar que fue en defensa propia. Desde luego es un ataque a la literatura y por tanto a mí. ¿Cómo has estado tú? ¿Lo has encontrado todo? Soy un poco desordenada a veces. Aún tienes el pelo húmedo –dice comprobándolo con los dedos–, así que deduzco que no has madrugado.
Le dedico una sonrisa respondiendo a la suya. Ya la echaba de menos, aunque apenas haya estado unas horas sin ella, y me hace gracia su monólogo atropellado.
Nos sentamos a comer y pienso en que ninguna de las dos sabía que a ambas nos encantaba el sushi hasta el día anterior, cuando descubrimos que también coincidíamos en eso. Devoramos la comida hasta que sólo quedan dos bandejas.
– Por cierto –dice Blanca terminando de tragar, usando un tono delicado–. ¿Cómo has dormido esta noche?
– De maravilla –respondo recordando los acontecimientos previos a irnos a dormir.
– ¿Seguro?
Su pregunta me confunde y frunzo el ceño.
– ¿Por qué lo dices?
– Nada, sólo que creo que tuviste pesadillas –explica dubitativa–. Estabas un poco alterada.
– ¿Te he despertado?
– No, no, tranquila. O sea, sí, pero no pasa nada. Creí que te acordarías.
– No me acuerdo. ¿Qué hice?
Blanca se encoge de hombros, parece preocupada.
– Temblabas y dijiste cosas, al principio no te entendía. Estabas bastante angustiada. Creo que dijiste algo como "no te atrevas a tocarla". Por cómo te movías pensé que te dolía algo. Luego dijiste que lo sentías y me di cuenta de que estabas llorando. "Te iba a matar, te iba a matar"... Debió de ser una pesadilla horrorosa. Intenté tranquilizarte y me pediste perdón muchas veces, pensé que en ese momento estabas despierta, pero si no lo recuerdas, debías de seguir soñando.
Me quedo de piedra. Realmente no recuerdo nada. Pero eso explicaría por qué me desperté con la sensación de no haber descansado. Advierto que Blanca está mirándome, tal vez esperando una respuesta por mi parte, pero no sé qué decir.
– Julia, sé que hay algo que te atormenta, y me da impotencia no saber qué es. ¿Quieres contármelo...? Seguro que entre las dos podemos encontrarle una solución.
– No tiene solución –consigo decir.
Un nudo se me ha ido formando en la garganta hasta cerrarme por completo el apetito.
– ¿Estás segura de eso?
Blanca me mira con ojos tiernos salpicados de preocupación, parece querer abrazarme con la mirada, esperar que yo acepte ese abrazo, pero el miedo me lo impide. Asiento con la cabeza despacio.
Ella deja la servilleta arrugada en la mesa y se levanta para acercarse a mí, poniéndose a mi altura y tomando mi rostro entre sus manos.
– Puedes confiar en mí. Aunque no tenga solución, puede que hablarlo te haga sentir mejor. Siempre me dices que me deje ayudar, pero tal vez se te olvida que tú también puedes dejarte ayudar.
Sostengo su mirada hasta que acabo apartándola, porque sus ojos son demasiado intensos, y también porque puede que una parte de mí quiera contárselo. Se desata en mi interior un profundo debate que resulta con un ganador externo, como siempre ella, gana su mirada, su voz dulce. Me veo asintiendo con la cabeza, aceptando lo que tengo que hacer, y ella también asiente, como para alentarme, dejando las manos en mis brazos. Me armo de valor y respiro a pesar de la roca que siento en el pecho.
Con voz trémula, le cuento de principio a fin el suceso de la pelea, notando mi estómago estrujarse, viendo cómo sus labios se juntan en una línea, arrepintiéndome cuando su mirada se enfría, sintiendo las lágrimas acudir, reteniéndolas tras los párpados, pero sigo hablando, omitiendo algunos detalles de la historia como por ejemplo la identidad de las otras personas, porque aún no he decidido qué hacer con ellas. Cuando me doy cuenta de que una bola de llanto anudada en la garganta me está haciendo muy difícil hablar, dejo de hacerlo.
– ¿Qué? –es lo único que consigue decir.
Podría responder infinidad de cosas a esa pregunta, pero no me sale la voz. Blanca ha retirado las manos de mis brazos y sus ojos son distantes. Había desarollado en mi mente dos escenas paralelas en las que podía acabar esa conversación. En la primera, Blanca me echaba de su casa a gritos y me decía que no quería volver a verme. En la segunda, la más optimista y la menos probable, me abrazaba. Pero ahora, ninguna de las dos está ocurriendo. No sé cuál de ellas esperaba, tal vez la segunda por desearla consciente e inconscientemente. Pero nada ocurre. Sus ojos son distantes y mis músculos amenazan con salir corriendo.
– ¿Puedes decirme algo? –pregunto con la voz llorosa.
– Pensé que... Pero no me imaginaba... –intenta explicar, pero ni siquiera parece que esté hablándome a mí.
Su voz tiene una vibración extraña que no reconozco, de pronto la siento terriblemente lejana, como si no fuera ella, o como si yo no fuera yo. Me duelen los ojos por dentro. No puedo soportar esa situación, casi prefiero que me grite, que me empuje, que me llame asesina. O que me abrace, antes de que termine de derrumbarme. Pero sólo se oye la aguja del reloj, y Blanca me mira con dureza.
– ¿Quieres que me vaya? –pregunto con los labios temblorosos, fingiendo una entereza que no siento por dentro.
– Creo que será lo mejor.
Entonces dejo de ver su rostro con nitidez porque las lágrimas se agolpan en mis ojos, clamando por salir, y no sé de dónde saco las fuerzas para levantarme, pero lo hago, supongo que porque ahora su mirada me quema, su presencia me duele porque siento que yo le duelo a ella, y con más control del que esperaba, recojo mis cosas y me dirijo a la puerta. La miro antes de irme, sigue en el mismo sitio, las piernas juntas, los brazos pegados al cuerpo, evitando mirarme. Parece confundida, sobre todo dolida. No puedo ver más a través de las lágrimas.
Una vez cierro la puerta tras de mí, dejándola sola en medio del salón, libero las lágrimas que ya no puedo mantener más tiempo encerradas, y dejo resbalar la espalda por la pared hasta quedar sentada en el suelo, encogida sobre mí misma y enterrando la cabeza entre mis brazos, dando rienda suelta al llanto.
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