S c h r ö d i n g e r


«Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano». 
— Isaac Newton


La paradoja del gato de Schrödinger; el experimento mental propuesto en 1935 por el científico austríaco Erwin Schrödinger ejemplifica tanto la imprevisibilidad como la llamada superposición, la posibilidad de que dos estados opuestos existan simultáneamente.

Imaginemos un gato dentro de una caja completamente opaca. En su interior se instala un mecanismo que une un detector de electrones a un martillo. Y, justo debajo del martillo, un frasco de cristal con una dosis de veneno letal para el gato. Si el detector capta un electrón activará el mecanismo, haciendo que el martillo caiga y rompa el frasco.

Se dispara un electrón. Por lógica, pueden suceder dos cosas. Puede que el detector capte el electrón y active el mecanismo. En ese caso, el martillo cae, rompe el frasco y el veneno se expande por el interior de la caja. El gato lo inhala y muere. Al abrir la caja, encontraremos al gato muerto. O puede que el electrón tome otro camino y el detector no lo capte, con lo que el mecanismo nunca se activará, el frasco no se romperá, y el gato seguirá vivo. En este caso, al abrir la caja el gato aparecerá sano y salvo.

El electrón es al mismo tiempo onda y partícula. Para entenderlo, sale disparado como una bala, pero también, y al mismo tiempo, como una ola o como las ondas que se forman en un charco cuando tiramos una piedra. Es decir, toma distintos caminos a la vez. Y además no se excluyen, sino que se superponen, como se superpondrían las ondas de agua en el charco. De modo que toma el camino del detector y, al mismo tiempo, el contrario.

¿Esto que quiere decir? En términos simples que mientras no se demuestre lo contrario, posiblemente dos realidades conviven superpuestas, conviviendo entre sí simultáneamente.   La superposición se mantiene mientras nadie la observa y es imposible predecir si la realidad con la que convivimos es la real o es un sesgo con el que interactuamos de forma simultanea, como un bucle constante entre realidades que chocan, se entrelazan y se rompen constantemente. 

Dos realidades conviviendo paralela y simultáneamente de forma tan natural y orgánica que ni uno ni otro es consiente completamente de la existencia del otro... Hasta que existe un contacto que lo rompe todo. 


Shiho... 


¡Hey, Shiho! 
Se escuchó a la lejanía, como si Shiho Asakura hubiese estado todo este tiempo en las profundidades del agua, ajena a todo lo que ocurría. La voz de Tsukasa le había regresado de sus pensamientos; dio un pequeño respingo y miró confundida al de cabello largo. —¿Qué ocurre? —Preguntó la pelirroja aturdida con los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—¿Qué te ocurre? —Preguntó Tsukasa confundido observando con preocupación a la adversa. 

Shiho llevó sus manos hacía sus ojos notando la humedad en éstos. ¿Por qué estaba llorando? —No lo sé, de pronto sentí que me encontraba en otro sitio... —Sonrió avergonzada, le pasaba constantemente que se perdía en sus pensamientos, como si de lagunas mentales se tratara y cuando regresaba tenía una extraña sensación de vacío que se apoderaba de su pecho hasta que dormía y soñaba nuevamente con algo que no lograba recordar, pero qué, al despertar y regresar sentía que era algo importante. 

—Mh, no me convences. —Tsukasa solía ser una persona muy hermética con el resto de personas, pero con Shiho siempre fue diferente. Siempre encontró un apoyo mutuo entre ambos y nunca se sintió desplazada a pesar de ser un par de años mayor que Shiho. —Pero luego me contarás por qué te sientes triste. —Dijo asumiendo que lloraba por tristeza, Tsukasa sabía todo lo que había ocurrido años atrás con aquellas chicas y lo que le hicieron. —Ten un buen día en la escuela, ¿Bien? ¡Nos vemos! —Se despidió de forma tranquila antes de seguir su camino en su bicicleta. Era natural que al vivir en el mismo barrio se fueran juntos a la escuela, era como una rutina diaria, pues Tsukasa temía que en el proceso Shiho fuese humillada por alguien, y no quería arriesgarse a lamentarse después. Shiho se despidió de igual forma ondeando su mano antes de entrar a sus clases. El tiempo había logrado que Shiho no tuviera amigos, pero ya no le molestaba, se había acostumbrado a los murmullos acerca de por qué no hablaba o por qué siempre se mantenía sola, a veces anotaba en una pequeña libreta los rumores que escuchaba de ella, los leía y pensaba en lo poco ingeniosos que eran las demás personas para crear rumores. El más absurdo era que un grupo de Yakuzas le había cortado la lengua. Ridículo. 

Caminó de forma tranquila por los pasillos disfrutando la tranquilidad antes de la tormenta, llegar temprano era una exquisitez, libre de bullicio, libre de rumores, era todo tan tranquilo que parecía surrealista. Subió las escaleras lentamente, tomando su tiempo para llegar al club de ciencias; su club favorito pero que, por desgracia no había podido asignar por la bola de rumores que nacieron ahí. Y no es que en el extranjero todos fueran buenos con Shiho, pero en Japón las cosas no eran como las imaginan, no es un país tan amable como lo asumirían todos, hay clasismo, xenofobia y mucha discriminación en las personas, y está tan normalizado que muchos creen que es algo completamente natural. Pero lo que más destacaba era que por ser mujer no puedes destacar en aspectos científicos, tienes que quedarte atrás y observar como el resto hace todo mientras que tú te limitas a aportar ideas y que ellos se lleven el crédito. Shiho lo sabía y era por eso que simplemente se limitaba a ser apoyo en otros clubs, como el de mecatrónica. 

Aún recordaba la primera vez que llegó al club de ciencias, emocionada por aprender y conocer gente que también gustara de esa pasión por la ciencia; pero no encontró más que rechazo por un grupo de ineptos que se creyeron completamente inferior por una chica y que, acumulando toda esa envidia, decidieron llenar de rumores el club para que nadie la aceptara y terminara por alejarse. Pensar en explicarle al presidente del club lo que había ocurrido no era opcional, pues hubiese quedado solo como una niña inmadura que se quejaba con un superior. Así era el día con día en una escuela en Japón, y aunque había muchas cosas que Asakura disfrutaba, era una realidad que no se sentía nunca del todo cómoda. 

Cruzó el umbral del club sin preguntar, simplemente deslizó la puerta como de costumbre, pues gustaba mucho de ir a observar los apuntes del presidente quién anotaba todos sus progresos y dejaba una bitácora en el club para no estar perdiéndola en sus viajes de experimentos a lotes baldíos en donde experimentaba sus postulados y propuestas. Shiho los leía completos antes de ir a sus clases emocionándose por todo lo que el presidente había hecho, en ocasiones le gustaba la idea de hablarle, nunca lo había visto en la escuela, quizá porque ninguno había coincidido pero al menos ella cuidaba minuciosamente esa bitácora. Sin embargo al abrir la puerta no se encontró con aquella aula vacía, un par de ojos carmín se alzaron para mirarla, mirada que podía sentir que se había clavado hasta lo más profundo de su ser. 

—¿Se te ofrece algo? Es muy temprano para que estés aquí. —Dijo Ishigami ladeando un poco su cabeza con una media sonrisa en sus labios. —No es común que otros estudiantes lleguen con tanta emoción al club. —Expresó de forma tranquila mientras seguía con su labor de buscar algo, sin prestarle mucha atención a la chica, quién se había quedado callada por la sorpresa de encontrar a alguien ahí. A pesar de que el chico tenía un cabello notoriamente llamativo al igual que ella nunca lo había visto, nunca habían coincidido. 

Pero no mencionó más, Shiho se mantuvo en silencio solo observando al contrario buscar algo con cierta insistencia, hasta que su deducción le hizo actuar por impulso. Entró al club sin permiso, caminó hasta un armario abriéndolo, rebuscando entre las cajas una en particular que se encontraba oculta en la parte inferior del armario, de ahí sacó la bitácora y la dejó en la mesa. Senku se mantuvo en silencio y luego ascendió su vista a la chica. —Gracias, justamente la estaba buscando. ¿La guardas ahí para que nadie piense que es un objeto perdido? —Cuestionó a la pelirroja, pero ésta solo se limitó a observarlo y posteriormente caminar hacía la salida e irse. Ni un intercambio de miradas, ni una sonrisa, ni absolutamente nada. 

Lo que Senku no sabía era que, Shiho no estaba acostumbrada a que interactuaran de forma tranquila con ella, era usual que la ignoraran y pasaran de largo y el que ese chico con cabello extraño le hablara de forma tan amable le hizo descolocarse completamente. Pero Senku no fue tras ella como en cualquier historia de amor, él no era así. Solo se limitó a verla irse en silencio asumiendo que era una persona callada y restándole completa importancia a su existencia, como usualmente lo hacía con todos y cada una de las personas con las que se encontraba en su camino. Desde ese día ambos comenzaron a convivir paralelamente, siempre cerca pero nunca lo suficiente para volver a tener un contacto genuino. Solían caminar por el pasillo sin mirarse el uno al otro, siempre ensimismados en sus propios problemas e incertidumbres. 

Sin embargo, en algún momento todo colisiona, todo colapsa sea buena o de mala forma, existe un punto de quiebre en la vida de cada persona y cuando ese punto coincide con otro se crea una colisión sin precedente. Uniendo todos los puntos una y otra vez. 

Ese día

 —¿Terminaste?  —La voz de Ren, el presidente del club de mecatrónica hizo que Shiho alzara la mirada con una sonrisa triunfante, había estado haciendo planos para el nuevo prototipo que iban a construir esa semana y necesitaba apurarse para llevar los planos al club de ciencias para que les prestaran las herramientas necesarias para empezar la construcción, así que sin darle tiempo a Ren para una replica asintió emocionada mientras enrollaba los papeles e iba hacía su casa. Mañana por la mañana tendría que ir al club de ciencias para pedir todo lo solicitado, pero mientras tanto iría a descansar a su casa con la intención de recuperar energía, se había esforzado tanto que sus horas de sueño y descanso en general eran terribles. Tomó su mochila y salió del recinto observando los árboles de cerezo, comenzaban a florecer lentamente creando una atmosfera preciosa. Muchos de los alumnos solían regresar a casa juntos y admirarlas, pero no era el caso de la pelirroja. Siempre esperaba hasta el final para poder presenciar el escenario en silencio, la soledad ya no le pesaba tanto como antes. 

Caminó por la calle hasta que a la lejanía pudo detectar una melena que ya había visto antes, era el mismo chico que había visto en el laboratorio de ciencias esa mañana, por alguna razón se encontraba viendo los árboles a solas, no se encontraban sus dos amigos que siempre estaban con él. Shiho continuó su camino de forma tranquila mientras también admiraba el paisaje, sintiéndose cada vez más nerviosa al acercarse, y no por nada en particular, el socializar con las personas -teniendo en cuenta que el chico intentó ser amable y ella huyó por completo- le generaba cierta ansiedad que no podía controlar del todo. 

 —¿Cuántos centímetros recorre el descenso de un pétalo de cerezo?  —Se preguntó en voz alta desviando la mirada por un momento, encontrándose con la chica pelirroja nuevamente. Alzó la ceja nuevamente con esa sonrisa despreocupada. Shiho en automático contestó, sin preguntar ni dar tiempo de razonar a su ansiedad, su amor por la ciencia pudo más que eso. 

 —Cinco centímetros por segundo.  —Dijo con una voz baja pero lo suficientemente nítida para que el adverso le entendiera, éste al escucharla no evitó hacer una expresión de sorpresa, no estaba acostumbrado que las personas tuviesen esa clase de datos a la mano, sonrió y miró a la chica, tenía la sensación de haberla visto antes, pero no sabía de donde. Senku no era la clase de persona que recordara los eventos triviales con una exactitud perfecta, el haber visto a la chica ese día había pasado desapercibido porque no había generado un impacto demasiado grande, pero esto era diferente.  

 —Buena respuesta.  —Contestó de forma sincera mientras se metía las manos a los bolsillos de su pantalón. No traía puesta su típica bata de laboratorio, así que en ese momento, en la soledad de aquel camino era un chico normal con un profundo amor a la ciencia. 

  —¿Tú eres... el presidente del club de ciencias, verdad?  —Preguntó la pelirroja con calma mientras comenzaba a andar de forma inconsciente, y para su sorpresa, Senku comenzó a caminar a la par. Quizá ambos irían por el mismo rumbo, pero por primera vez no se sentía incomoda compartiendo su soledad con alguien. 

 —Efectivamente, Ishigami Senku. Un placer.  —Dijo éste de forma tranquila mientras desviaba su mirada rojiza hacía la ámbar de la chica quien de inmediato desvió la mirada. No porque hubiese sentimientos románticos de por medio, se avergonzaba fácilmente porque no sabía exactamente como interactuar con las personas.   —Tengo la sensación de que... te he visto antes, ¿nos conocemos?  — Explicó el científico, ella por el contrario descendió su mirada pensando que lo mejor sería que no dijera nada. Quizá si lo veían con ella lo metería en ese bucle de rumores horribles y no deseaba eso para el chico. 

 —No, no nos conocemos. Pero ambos somos científicos así que creo que somos rivales o algo parecido.  —Se encogió de hombros restándole importancia, Senku volvió a sonreír. 

 —La ciencia está para que más personas se enamoren de ella, no somos rivales, somos colegas. Iguales.  —Dijo éste igualmente encogiendo sus hombros imitando a la chica, generando que ambos rieran por lo gracioso que podía ser que se imitaran mutuamente. No era usual que pasara eso, normalmente Senku siempre se alejaba de las personas, pero ahora que nadie lo conocía, que no tenía el peso del más inteligente del grupo era un respiro de aire fresco, y no estaba de más esperar un momento, compartir esa inteligencia con alguien que podía entender un poco de lo que hablaba. 

Ambos caminaron juntos hasta una intersección, en donde inevitablemente debían separarse. La conversación había sido tan amena que ni siquiera Senku se preocupó por pedirle su nombre, ambos se despidieron con la mano y siguieron su camino, sin saber que en ese acto inconsciente de haberse encontrado había generado algo mucho más grande. 

No me olvides... 
No me olvides... 

Senku

Recuerda...




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