Sarah y Jean V
Era una tarde soleada y tranquila. Habría sido un momento estupendo para salir a pasear, pero también lo era para quedarse en casa y disfrutar de un cigarro y buena compañía.
—¡Póquer! —exclamó Suzy, golpeando sus cartas contra la mesa—. He vuelto a ganar.
—Esto no tiene sentido —murmuró Jean—. Hace dos días eras malísima en el póquer, y ahora estás ganándome.
—Conocí a un tío en un bar que era jugador profesional, y sabes que aprendo rápido —contestó la chica de cabello gris, con una sonrisa triunfal.
—¡Esto me huele a trampas! —exclamó Jean, exagerando sus expresiones.
—Ni trampas ni mierdas, dame el dinero —reclamó Suzy.
—Toma, anda —dijo él, pasándole una moneda que tenía muy poco valor, pero siempre jugaban con lo mismo.
—Bueno, perdedor, tengo que irme. —Suzy miró el reloj en su muñeca y se levantó de la silla—. Mañana he quedado con Marie y Luke en mi casa, por la noche, ¿vienes?
—Claro —contestó Jean, sacando un cigarro del casi vacío paquete.
—Genial, nos vemos entonces —dijo, y fue a buscar su chaqueta, que había quedado tirada encima del sofá.
Jean centró su atención en llevar el cigarro a sus labios y encenderlo, antes de darle una calada. Sintió el humo atravesar su garganta, y poco después lo expulsó junto con un suspiro.
—Jean —Suzy lo llamó, y él giró la cabeza levemente hacia ella.
—¿Mhm? —contestó, al tener la boca ocupada.
—Hay una chica justo delante de tu jardín, y tiene toda la pinta de no saber si quiere entrar o no —explicó, mirando a través de la ventana del salón, que daba al jardín delantero.
Él se levantó y fue hacia la ventana para abrir sus ojos con sorpresa al ver quién era.
—Es Sarah —dijo, extrañado.
—¿Sarah? —repitió Suzy—. ¿Esa Sarah?
—Sí —asintió.
—Ay, madre, tengo que conocerla sí o sí —dijo ella con emoción al saber que al fin podría conocer al gran amor de Jean, del que tantas veces le había hablado.
—Ni se te ocurra —la advirtió—. Vas a asustarla con tu actitud de demente.
—Aquí el único demente eres tú, que tienes a la chica que amas delante de tu casa y aún no has salido corriendo a ver qué quiere —le reprochó ella.
Y tenía razón, así que Jean ni perdió tiempo en contestar y salió de la casa.
Sarah dio un respingo, sorprendida. No pensaba que la hubieran visto, pero le quedó claro que sí justo en ese momento, cuando vio a Jean salir de la casa seguido por una chica con el cabello teñido de gris.
¿Sería la novia de Jean?
Decididamente no debería haber venido.
Dio media vuelta para dirigirse de nuevo a su coche, consciente de que ya la habían visto y tendría que quedarse de todos modos, y entonces Jean la llamó.
—¿Sarah? —preguntó, inseguro.
Sarah se giró y forzó una sonrisa, haciéndose la tonta.
—Hola Jean, pasaba por aquí y... ya me iba, no te preocupes —se excusó, con los nervios a flor de piel.
—No te vayas —le pidió Jean, y sonó como un ruego.
—Tengo que irme, de verdad —murmuró cuando Jean ya estaba justo delante suyo, mientras que la chica desconocida se mantenía a una distancia prudencial.
—Sarah —la llamó, y ella ya no pudo más.
Las lágrimas salieron de sus ojos y bañaron sus mejillas rápidamente mientras que un gran sollozo se apoderó de ella, haciendo que se encogiera sobre sí misma. Empezó a llorar como hacía años que no hacía, y Jean no supo qué hacer. No se esperaba eso en absoluto. Quería abrazarla, decirle que todo iría bien, pero se quedó paralizado.
—Tienes la sensibilidad de una piedra, chico —escuchó decir a Suzy, antes de que esta se arrodillara delante de Sarah y la envolviera entre sus brazos.
Sarah se sorprendió a sí misma devolviéndole el abrazo a Suzy, y la miró. Era una chica realmente guapa, y tenía una expresión de comprensión la hacía sentir aliviada.
—Lo siento —se disculpó la rubia, avergonzada por su inesperado derrumbamiento.
—No te disculpes, tienes todo el derecho a llorar. —Suzy acarició su cabello de una forma casi maternal— ¿Quieres ir adentro?
Sarah solo asintió, y Suzy caminó con ella hacia el interior de la pequeña casa, seguidas de un Jean que seguía mudo e incapaz de reaccionar.
—Siéntate allí —le dijo, señalando el sofá—. Yo ahora tengo que irme, pero Jean te va a preparar una infusión, ¿verdad?
—Claro —contestó él, saliendo de su aturdimiento.
—No hace falta —le dijo Sarah, mucho más calmada, a Jean, y luego se dirigió a Suzy otra vez—. Gracias.
—De nada, reina. —Suzy sonrió— Nos vemos.
La chica del cabello gris salió por la puerta, dejando a Sarah y Jean solos.
—¿Seguro que no quieres esa infusión? —le preguntó Jean—. Tengo unas de rooibos con piña y no sé qué más que toma Suzy para desayunar y están bastante buenas.
—Es... ¿es tu novia? —cuestionó Sarah.
—No —contestó Jean—. Nos vemos a menudo, pero no somos pareja.
—¿Es una relación abierta?
—Tampoco. —Jean rió—Si quieres ponerle algún título podría ser follamigos, o algo así de cutre.
Sarah asintió con la cabeza, aliviada. Lo último que quería era molestar a una pareja.
—Creo que sí tomaré un poco de esa infusión que dices —le pidió.
—Voy —dijo él—. Si quieres tengo vodka para meterle.
Sarah rió y negó con la cabeza. Jean sintió alivio al ver que había conseguido hacerla reír, para compensar el haberse quedado como una estatua cuando ella estaba llorando.
El hombre empezó a preparar la infusión y Sarah se levantó del sofá para merodear por el salón. Sonrió al ver las fotografías de Jean con sus padres y su hermano, Connor. Recordó el día en el que conoció a Connor, cuando él solo tenía once años, y Sarah catorce. Ahora Connor debería tener diecinueve años, y eso hizo que Sarah se diera cuenta del tiempo que hacía que ella y Jean se conocían. Ocho años, y cuatro de ellos sin hablarse, todo por esa noche que lo cambió todo.
—Um... ya tienes la infusión —la voz de Jean la devolvió a la realidad y se giró.
—Lo siento, no pretendía... solo estaba dando una vuelta —se excusó.
—Ya sé que no eres una espía rusa, Sarah, puedes mirar lo que quieras —bromeó él, quitándole tensión al momento.
Ella sonrió y se sentó en el sofá, delante del cual Jean había dejado la infusión.
—Gracias —le dijo, y él solo asintió.
Se quedó sentada, esperando a que el líquido, que olía maravillosamente, se enfriara. Jean se sentó en el sillón que había delante, y ni siquiera permitió que se formara otro silencio incómodo.
—¿Por qué has venido? —le preguntó, y Sarah bajó la mirada.
—No debería haberlo hecho, siento molestarte —se disculpó.
—Tú nunca me molestas —dijo Jean—. ¿Y Steve?
—Él ni siquiera se debe haber dado cuenta de que no estoy. —La rubia rió sin humor.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. —Sarah negó con la cabeza y sintió las lágrimas picar en sus ojos otra vez.Odiaba llorar. Lo odiaba de verdad, pero ese día no podía parar— Es solo que... Esto es tan difícil.
—¿La boda? —cuestionó él, intentando adivinar a qué se refería.
Según sus cálculos, y teniendo en cuenta que había pasado un mes desde la última vez que había visto a Sarah, quedaban dos semanas para la boda.
—Sí, y no solo la boda —dijo, pero su voz murió en un sollozo.
—Sarah. —Jean suspiró, preocupado, y se levantó del sillón para sentarse al lado de la rubia, pasando un brazo por sus hombros.
Y se dio cuenta de que era la primera vez que la tocaba en cuatro años.
Sarah no pudo reprimirse y se abrazó a Jean, inhalando su aroma, que le traía tantos recuerdos que apenas era capaz de soportarlo.
—No soy feliz —admitió—, y creo que nunca lo seré. Esto ha llegado demasiado lejos y ya no puedo pararlo, todos me odiarán si lo paro.
—Si van a odiarte solo porque has hecho lo mejor para tu felicidad, entonces no merecen la pena —contestó Jean con firmeza, odiando a las personas que hacían que Sarah se sintiera así, aunque ni siquiera las conocía.
—¿Y cómo le digo a Steve que no quiero casarme? —lloró en el hombro de Jean—. No lo amo, y él no me hace sentir querida. Me siento como un maldito adorno, como una marioneta. Hace años que no hago algo que realmente haya decidido por mí misma, y eso da asco. Quería ser psicóloga, quería viajar, te quería a ti... ¿Cómo ha pasado todo esto?
—Nunca es tarde para rectificar —le recordó él, aunque apenas podía aguantar más. Verla así lo estaba destrozando por dentro, y ese "te quería a ti" acababa de volverlo loco.
Sarah paró de llorar de golpe y se apartó de él, secándose las lágrimas con el pulgar.
—¿Sabes? Esto ha sido una mala idea —dijo, volviendo a poner excusas para irse.
—No lo ha sido. —Jean negó con la cabeza— Te he echado de menos.
Sus miradas se encontraron y Sarah no pudo más. Puso una mano en su mejilla, acariciando su barba de tres días, y juntó sus labios con los de él. Jean al principio no reaccionó, pero le tomó pocos segundos besarla de vuelta. Sus grandes manos acariciaron los hombros de ella, pero pronto se separó.
—Esto no está bien —dijo Jean, con voz ronca, sin poder dejar de mirar los labios de Sarah.
—Al contrario —respondió ella—. Esto es lo único que ha estado bien en los últimos cuatro años.
Sarah volvió a besarlo, y él se dejó llevar. Steve, la boda, y el futuro dejaron de existir para ambos mientras se consumían en el beso que llevaban cuatro años esperando. La lengua de Sarah delineó el labio inferior de Jean y él abrió ligeramente la boca, invitándola a entrar. Ella lo hizo, y se saborearon el uno al otro mientras que las manos de Sarah se colaban bajo la camiseta de Jean. Acarició su espalda, desnuda bajo sus dedos, y Jean gruñó. Sarah se apartó unos segundos para sentarse en el regazo de Jean, notándolo duro contra su sexo cubierto, y lo besó otra vez.
Jean estaba fuera de sí. Se había resignado a no tener a Sarah, a no estar con ella nunca más, pero sin embargo allí estaba ella, sentada en su regazo, besándolo y moviendo sus caderas para provocarlo, haciendo que su polla endureciera aún más. Le dolía de lo mucho que le apretaban los pantalones de repente. Hacía tiempo que no estaba tan excitado. De hecho, estaba seguro de que nunca antes lo había estado tanto.
Sarah sentía que iba a estallar solo con rozarse contra él, y ni siquiera se había quitado la ropa. Se estaba reprimiendo, y notaba que Jean también. Hacía tiempo que no se sentía tan segura de sí misma, así que decidió ir a por todas. Mordió el cuello de Jean y él gimió sonoramente. Sarah sonrió para sus adentros, y se separó de él de repente, levantándose.
Jean la miró con miedo. Si ella decidía parar ahora lo mataría, necesitaba estar con ella, sentirla, besarla, follarla y demostrarle todo lo que sentía, no quería perder esa oportunidad. Temió que ella fuera a arrepentirse, pero entonces Sarah bajó la falda que llevaba y empezó a desnudarse hasta quedar en ropa interior. Jean podría haberse corrido solo con verla desvestirse, pero consiguió controlarse.
La rubia volvió a sentarse en su regazo y le quitó la camiseta a Jean con ansias, hasta que quedó desnudo de cintura para arriba. Pasó las uñas por su torso y él gruñó.
—Me estás volviendo loco —dijo con tono de súplica.
—Pues acabo de empezar —contestó ella, y llevó las manos a su espalda para desabrocharse el sujetador.
Lo dejó caer al suelo, y a Jean ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de reprimirse. Colocó sus manos en la cintura de Sarah y se lanzó a por sus pechos, lamiendo, mordiendo, chupando y succionando sin piedad. Sarah se deshacía en gemidos mientras movía sus caderas, buscando desesperadamente más fricción en su clítoris. Encontró el punto perfecto, justo rozándose contra el bulto en los tejanos de Jean, y empezó a moverse más rápido.
—No pares —le pidió a Jean, quién intensificó sus ataques a los pechos de la rubia, dejando marcas sin que ni siquiera le importara si el imbécil de Steve iba a verlas algún día—. Estoy a punto.
Y tan pronto lo dijo, se dejó ir, llegando al orgasmo sin ni siquiera haberse quitado la ropa interior. Gritó con fuerza, agarrando el pelo de Jean hasta el punto de hacerle gruñir de una mezcla entre dolor y placer.
Cuando paró de moverse, respiró hondo y miró hacia abajo. Había manchado los pantalones de Jean con sus fluidos, y sus bragas eran un completo desastre. Miró a Jean y vio la necesidad en sus ojos. Se dispuso a desabrocharle los pantalones, pero antes de que pudiera hacerlo Jean se levantó, cogiéndola en brazos. Sarah sonrió y se mordió el labio, impaciente por lo que estaba bastante segura de que iba a ocurrir, y se dejó llevar por Jean hasta su habitación. Él la tumbó sobre su cama, sacó un preservativo de uno de los cajones de la cómoda, se descalzó, se bajó los pantalones y los calzoncillos a la vez, dejando que Sarah viera esa polla que tanto le había hecho sentir, y se puso el preservativo. Sarah se sacó las bragas con una sonrisa pícara.
Cogiendo los tobillos de Sarah, Jean abrió aún más sus piernas y se subió a la cama, de rodillas. Colocó la punta de su miembro en el calor de la entrada de la vagina de Sarah, y empujó hacia adentro con fuerza, cortándole la respiración a la rubia.
—Oh, Dios —murmuró ella, pero Jean se quedó quieto y gimió solo de sentir las paredes de Sarah alrededor de su polla. La rubia se impacientó—. Jean, por favor...
En vez de hacer caso a sus súplicas, Jean solo apoyó los codos en el colchón y se acercó a ella hasta quedar con su cara a pocos centímetros de la suya.
—Sarah —pronunció su nombre—. Quiero que sepas algo.
—Te amo, Jean —ella se anticipó a sus palabras, y Jean sonrió ampliamente sin poder evitarlo.
Empezó a moverse rápidamente dentro de ella, de golpe, y Sarah solo pudo reaccionar gritando y gimiendo. Suerte que Jean no tenía vecinos pared con pared, porque sino cualquiera habría pensado que la estaba maltratando, cuando era todo lo contrario. Las uñas de Sarah se clavaron en la espalda de él y dejaron largos y fuertes arañazos que solo motivaron más a Jean para moverse aún más rápido.
—Te amo, joder —gruñó el hombre—. Y voy a correrme, mierda, no puedo más.
Ella lo besó, y a los pocos segundos Jean se dejó ir, llegando al orgasmo más intenso que había sentido en años. Siguió moviéndose de forma un poco descoordinada al ver que Sarah se tocaba el clítoris, pero en cuanto pasó su éxtasis no pudo seguir moviéndose y se derrumbó encima de ella.
Sarah sintió la respiración agitada de su amante en la oreja y sonrió. Fue a abrazarlo, pero Jean se apartó de golpe y salió de ella casi con brusquedad. Eso hizo sentir insegura a Sarah hasta que vio a donde se dirigía Jean.
—Oh, sí —dijo, mordiéndose el labio, justo cuando la boca de Jean se hundió en el coño de la rubia.
Lamió y succionó su clítoris como si hubiera nacido para ello. Sarah nunca había estado con alguien a quien se le diera tan bien el sexo oral como a Jean, era como un dios en ello, y su talento se debía a lo mucho que le gustaba hacerlo. No pasó ni un minuto hasta que Sarah estaba llegando a su segundo orgasmo.
Cuando Sarah por fin se calmó, Jean se echó a su lado, sudado y con la respiración agitada, justo igual que ella.
Se miraron, y pensaron exactamente lo mismo: «¿Y ahora, qué?».
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¿Pensabais que iba a tardar otros tres siglos, eh? ¡PUES NO! *se choca la mano a sí misma con orgullo*
Por cierto, este no es el final aún, no huyáis.
Por cierto x2, habéis preguntado por qué el libro ahora se llama Diciembre, así que os lo explico:
*se aclara la garganta y coge el micrófono*
Primero de todo, quería que tuviera un título unitario, porque Historias cortas era muy soso y sad. Pero le he puesto Diciembre porque me ha salido del corasong y porque para mí, diciembre es un mes triste y melancólico, pero a su vez es bonito (por la Navidad, la familia, fin de año, y todo eso), y creo que muchas de las historias que hay aquí son así.
Bueno, ya dejo que mi yo poético se vaya a dormir, y me voy a dormir yo también.
¡Un beso!
Claire
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