Sarah y Jean IV

Sarah se quedó parada unos segundos al escuchar esa voz que nunca había conseguido olvidar.

Se miraron. Lo primero que Sarah pensó fue que Jean no había cambiado en absoluto, de hecho lo único que veía diferente en él es que había cortado su pelo oscuro, que antes llevaba algo largo y despeinado.

Lo primero que Jean hizo fue fruncir el ceño. El pelo de Sarah seguía siendo ese bonito manto de cabellos rubios, pero estaban recogidos en un moño. Aún así, aunque lo que más recordaba de Sarah era su pelo y el sedoso tacto de este bajo sus dedos, lo que le llamó la atención fue su rostro. Era el mismo, sí, pero no irradiaba esa felicidad de antaño. Tenía dos grandes surcos bajo los ojos que denotaban cansancio, y su expresión en sí denotaba fatiga e infelicidad.

Y se preguntó si ella finalmente se estaba dando cuenta de que hacer lo que se supone que debes hacer no significa ser feliz.

—Hola —contestó ella, empezando a caminar de nuevo—. Tengo que irme, adiós.

Se fue así, sin más. Sin ni siquiera un "¿cómo estás?" de cortesía. Jean se quedó perplejo, sin saber si debería seguirla e intentar hablar con ella o quedarse donde estaba, y al final optó por lo segundo.

—Esto ha sido entre raro e incómodo —comentó Jimmy, y Jean solo pudo asentir.

Estaba decepcionado, pero se esforzó por no parecerlo.

Cuando entraron en el bar, vieron a Laura sentada en una de las altas mesas, con la cabeza apoyada en sus dos manos. Sin verlos, levantó la cabeza, intentando borrar su preocupación, y dio un largo trago a su cerveza.

—Hey, Laura —dijo Jean cuando se hubieron acercado lo suficiente, y ella se giró y levantó las cejas.

—Jean —pronunció, sorprendida—. Qué casualidad, ¿has visto a Sarah?

—Sí —asintió él—, pero solo ha dicho que tenía que irse.

—Qué raro —contestó Laura, con sarcasmo.

—Sigue... ¿Sigue molesta conmigo por todo lo que pasó? —preguntó Jean.

Laura se rascó la nariz y pensó unos segundos.

—¿Molesta? —repitió la pregunta de Jean—. No, yo no diría molesta. Está... supongo que eres como esa espina que nunca ha conseguido quitarse. Pero no una espina en su corazón, no... Se definiría mejor como una brecha en lo que ella considera que es su futuro perfecto. Desde pequeña tiene metido en la cabeza que para ser feliz necesita un marido, una familia, hijos... Y llegaste tú, que querías algo completamente diferente, y supongo que rompiste sus esquemas. No lo sé, pero creo que eres el único que puede salvarla de cometer un error tan grande como el que va a cometer.

—¿Un error?

—Ella ni siquiera ama a Steve. Solo va a casarse con él porque la hace sentirse querida y porque es lo que se supone que tiene que hacer. —Calló unos segundos, y suspiró— Mira, da igual, no me hagáis caso. Debe ser la cerveza.

***

Sarah estaba planchando la ropa en casa, intentando relajarse. Era una pésima forma de relajarse, pero tenía que hacerlo de todos modos así que lo hizo con la esperanza de que la ayudara a desconectar.

No funcionó. Todos los recuerdos que tanto había trabajado para olvidar habían vuelto a su cabeza como una secuencia interminable. Jean bailando con ella en su casa. Jean riendo por algo que ella dijo. Jean comiendo pizza y bebiendo cerveza con ella una noche que sus padres no estaban en casa. Jean acariciando su cabello. Jean metido bien dentro de ella, entre sus piernas, moviéndose.

Por un segundo olvidó lo que estaba haciendo, lo que terminó con su mano quemándose con la plancha. Gritó de dolor y sacudió la mano, intentando calmarse. Fue a la cocina a por hielo y se lo puso. Mientras lo hacía, se paró delante del espejo que había en el pasillo y, por primera vez en mucho tiempo, se vio.

El dolor de su mano pasó a un segundo plano cuando Sarah se dio cuenta de su propia imagen. Ojeras marcadas, el cabello rubio que una vez fue precioso, sin vida y reprimido en una coleta. El maquillaje podría tapar muchas cosas, pero la infelicidad que desprendía su rostro no se podía disimular.

Se preguntó cómo había dejado que eso sucediera. ¿Qué había sido de la Sarah espontánea y divertida? No le entraba en la cabeza, ¿por qué no era feliz, si estaba a punto de tenir todo lo que siempre había deseado?

Las lágrimas amenazaban con salir pero se negó a permitir que lo hicieran, porque eso habría hecho todos esos sentimientos aún más reales.

Fue entonces cuando sonó el timbre.

Sarah giró la cabeza lentamente hacia la puerta principal. No sabía quién era, pero era muy inoportuno. En ese momento no tenía ganas de ver a nadie, y mucho menos de entablar una conversación. Suspiró y fue hacia la puerta, esperando encontrarse a Steve, que volvía antes y se había dejado las llaves, o a Laura, que volvía para disculparse, pero no esperaba en absoluto lo que se iba a encontrar al otro lado de la puerta.

—Jean —su nombre salió en forma de suspiro, y el hombre moreno la miró.

—Hola —saludó con simpleza.

—¿Qué quieres? —la pregunta no pretendía ser brusca, pero sonó un poco como si lo fuera.

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? —preguntó.

No quería hablar con él. Bueno, en realidad sí quería, se moría de ganas, pero no debía.

—De nosotros —contestó él—. Cuando nos hemos encontrado antes ha sido incómodo, y me duele que sea así.

La transparencia de Jean la cogió por sorpresa. La sinceridad y la confianza con la que le habló la abrumaron, y no supo cómo contestar.

—Y...yo... tenía prisa —fue lo primero que le vino a la cabeza, y se arrepintió al momento. Jean siempre había podido leerla como un libro abierto, y dudaba que eso hubiera cambiado con los años.

—¿De verdad? —preguntó él, con una ceja levantada que le quería decir que no se creía sus palabras en absoluto.

—No. —Sarah suspiró, decidiendo pasar a la honestidad— No sabía qué decirte, han pasado muchos años.

—Cuatro años —especificó Jean—. Joder, las cosas han cambiado muchísimo.

—Eso parece. —La rubia sonrió mirando a ese hombre del que tan enamorada había llegado a estar, y por el que tanto había sufrido— ¿Cómo van las cosas?

—Eso ya me gusta más. —Jean le devolvió la sonrisa, y Sarah se apartó de la puerta.

—Pasa, voy a preparar té —dijo.

—No voy a decir que no a un té al estilo Sarah Lacklin —comentó con diversión.

—Ya no los preparo con vodka, lo siento —contestó.

—Es una pena —dijo Jean—. Era la mejor bebida del mundo.

—Una vez acabaste vomitando —le recordó ella.

—Cosas que pasan. —Se encogió de hombros, y entonces reparó en la quemadura en la mano de Sarah— ¿Estás bien? Eso no tiene buena pinta.

Sarah miró su mano, y el dolor volvió a ella. Ni siquiera se acordaba de la quemadura hasta que Jean se lo recordó.

—Mierda, es verdad —gruñó—. Voy a ponerme hielo.

Jean quiso ofrecerse a preparar el té, pero tuvo que reprimirse. Las cosas habían cambiado, ya no había la confianza de antes y, además, no estaba en su casa, no quería tocar nada y hacer sentir incómoda a Sarah. Así que se quedó de pie y esperó a que la rubia cogiera el hielo del congelador.

Mientras lo hacía, pensó en lo que quería decirle. Y se dio cuenta de que no sabía por dónde empezar. No es que le faltaran cosas que decir, es que tenía demasiadas. Quería preguntarle si era feliz, si Steve la trataba bien, si había cumplido su sueño de ser psicóloga, si le había echado de menos... Pero no sabía cómo preguntarle todo eso sin incomodarla.

—Listo —dijo Sarah apareciendo en el salón, con un paño en el que había envuelto el hielo sobre su mano malherida.

—¿Mejor? —preguntó Jean.

—Sí —aseguró ella—. Siéntate si quieres, voy a preparar el té.

—No importa. —Jean negó con la cabeza— Siéntate y concéntrate en curar esa mano.

—¿De verdad está bien?

—Claro, el té sin vodka no merece tanto la pena —bromeó, y Sarah se echó a reír.

Jean pensó que seguía teniendo la sonrisa más hermosa del mundo, y tuvo que contener un suspiro. Sarah era una mujer prometida, no podía joder las cosas ahora, aunque Laura asegurara que no era feliz. Eso era decisión de Sarah.

—Entonces, ¿cómo va todo? —preguntó Sarah—. Lo último que supe de ti fue que te mudaste a una hora de aquí.

—Sí —asintió—. Es mucho más tranquilo.

—Envidio eso —Sarah sonrió al imaginar cómo sería la casa de Jean—. Aquí a veces hay tanta gente que siento que me ahogo.

—Por eso me fui —contestó él—. Y, bueno... ¿cómo van las cosas con Steve?

Sarah no esperaba esa pregunta, o al menos no tan pronto, pero contestó de todos modos.

—Muy bien —forzó una sonrisa, y se sintió horrible al ser consciente de que había tenido que forzarla—. ¿Recibiste la invitación a la boda?

—Sí.

—¿Vendrás? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta más probable.

—No —contestó Jean, con honestidad.

—Está bien. —Sarah asintió con la cabeza.

—No es por ti, simplemente... No me sentiría cómodo estando ahí —intentó arreglarlo, pero probablemente solo lo empeoró.

—Lo entiendo, no te preocupes.

Entonces se formó un silencio tenso. Había muchísimas cosas por decir, incluso cosas por gritar, pero ninguno de los dos quería estropear las cosas aún más.

—¿Eres feliz? —preguntó Jean tras unos minutos.

Sarah se quedó muda unos instantes. Se sentía tentada a decir que no, pero ¿qué motivos tenía para no ser feliz?

—Sí —contestó.

—Me alegro —dijo Jean, aunque no se lo creía, y se levantó del sofá—. Estoy contento de haber podido hablar contigo, pero tengo que irme. Debo preparar la clase de mañana.

—¿Eres profesor?

—De Arte.

—Te pega. —Sarah sonrió— Me ha gustado verte, Jean.

—A mí también. —Jean forzó una sonrisa y, sin decir nada más, salió de la casa de la única chica a la que realmente había amado, y por la que más había llorado.

Quedaron muchas cosas por decir, pero Jean se prometió que no volvería a buscarla, porque no era justo para ninguno de los dos.


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¡Nuevo título del libro y nueva portada! ¿Qué os parecen? :D

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