Flatmates V

Llego a casa muy tarde, de madrugada tras haber pasado mucho frío en la calle. Esos tacones tan altos que me había puesto porque a Ryan le gustaban han estado en mi mano todo el camino, y me duelen los pies. Cierro la puerta detrás de mí y me dirijo al cuarto de baño para darme una ducha y quitarme el sudor y el maquillaje de la cara.

Aún en el salón, salgo del estrecho vestido negro como puedo y, cuando lo consigo, lo tiro al suelo, repentinamente odiando esta prenda porque me la regaló Ryan.

Miro la ropa en el suelo, sintiéndome mucho mejor al quedarme en ropa interior, hasta que escucho a alguien respirar hondo y me giro, asustada, para encontrarme a John mirándome, sentado en el sofá, en calzoncillos, con lo que parece una cerveza en la mano.

—Hola —le saludo, cortada, cogiendo el vestido del suelo para huir cuanto antes de esta situación tan incómoda—. ¿Q-qué haces a oscuras?

—Uh... Me gusta estar solo a oscuras, supongo —contesta, igual de avergonzado que yo.

—Genial, entonces te dejo solo otra vez —digo antes de entrar en el baño lo más rápido que puedo.

Cierro la puerta con pestillo y me siento en el bordillo de la bañera, con el pulso acelerado. No me gusta que John me haya visto en ropa interior... ¿Qué habrá pensado de mi cuerpo?

Suspiro y me desnudo completamente para meterme en la ducha. Cuando el agua ya está caliente, trabajo en quitarme todo el maquillaje de la cara, y luego limpio mi cuerpo como si eso fuera a quitar lo humillada que me siento por lo de Ryan.

Cuando termino, después de un buen rato, me seco rápidamente. Envuelvo mi cuerpo en una toalla, y cuando salgo me encuentro a John saliendo de su habitación, que queda justo en frente del cuarto de baño. Genial, antes en ropa interior y ahora en toalla.

Él entra en su habitación rápidamente y yo voy a ponerme una camiseta de tirantes que uso como pijama y unos pantalones de chándal cortos. Realmente no tengo nada de ganas de dormir, así que decido ir al salón a ver la tele un rato para distraerme. Me abrazo a mis piernas e intento concentrarme en la película que están dando —una de esas aburridísimas que echan de madrugada—, pero el dolor presiona mi pecho de nuevo y entierro la cabeza entre mis rodillas.

Escucho unos pasos, los de John, acercarse a mí, y el sofá se hunde a mi lado.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta.

No contesto, y pasan unos minutos en un tenso silencio que termina cuando noto a John levantarse del sofá.

—Tenías razón —murmuro.

John suspira, cosa que me hace entender que me ha escuchado, y se sienta a mi lado otra vez.

—Léa —me llama—. ¿Te ha hecho daño?

—¿Qué? —pregunto, separo la cara de mis rodillas y le miro, encontrándomelo sin camiseta, con su mirada fija en mí.

Y es curioso porque lo he visto sin camiseta muchas veces, pero ahora me intimida un poco, y de repente me siento muy desnuda por mi escasa ropa.

—Si te ha golpeado —dice, y niego con la cabeza.

—Ryan nunca me ha golpeado.

—¿Qué ha pasado?

—No quiero hablar de ello —murmuro, negándome a explicarle cómo he sido humillada, y John asiente.

—¿Quieres una cerveza? —me pregunta.

—No —declino su oferta—. Pero un vaso de agua no estaría mal.

—Vale —dice antes de levantarse.

Observo su espalda mientras él camina hacia la cocina. John no es un chico especialmente musculado, no como Ryan, pero es atractivo, y mucho.

John vuelve con un vaso de agua fría para cada uno, y tomo el mío dándole las gracias. Se sienta de nuevo en el sofá y nos quedamos en silencio. Su atención se enfoca en la pantalla de la televisión, mientras que la mía se pierde en la ventana. Ni siquiera se ven las estrellas a causa de toda la luz de la ciudad, pero hay algo en observar el cielo nocturno que me tranquiliza, desde siempre.

—¿Cómo coño se le ocurrió a alguien mezclar tiburones y pulpos para hacer una película? —pregunta John, intrigado, mirando fijamente la televisión.

—Ya no saben ni qué hacer —me encojo de hombros antes de tomar un sorbo de agua.

John se termina el vaso y lo deja encima de la mesilla que hay delante del sofá, dando un pequeño golpe.

—Creo que me voy a dormir —dice—. ¿Estarás bien?

—Claro —asiento—. Buenas noches, John.

—Buenas noches, Léa —contesta antes de irse a su habitación.

Cojo el vaso para terminármelo y, tras echar un vistazo a la película, decido apagar la televisión.

Salgo al balcón y siento el aire contra mi expuesta piel, a la vez que mis pies se enfrían al estar descalzos. Apoyo mis codos en la barandilla y observo la ciudad, con sus luces y este inusual silencio que sólo ocurre en la madrugada. Cierro los ojos, respiro hondo, sintiendo el frío aire llenar mis pulmones, y en ese momento se abre la puerta del balcón y, poco después, los codos de John se apoyan en la barandilla del balcón, justo a mi lado.

—¿No te ibas a dormir? —pregunto, mirándolo.

—No tengo sueño —contesta, con la mirada perdida en la ciudad.

—¿Y por qué has dicho que te ibas a dormir?

—Quería dejarte a solas.

—No quiero estar sola —murmuro, y John me mira.

—¿Quieres salir a cenar? —me pregunta repentinamente.

—¿Ahora? —frunzo el ceño—. John, deben ser las dos de la madrugada.

—Demos gracias por la existencia de los locales que abren las veinticuatro horas, entonces —sonríe.

—No, ya he tenido suficiente por hoy, creo que me iré a dormir.

—Las cosas no se solucionan yéndose a dormir, Léa.

—¿Y cómo se solucionan, entonces?

—Saliendo a cenar a las dos de la madrugada —contesta, y sonrío.

— o —

—Esto engorda tanto —comento, mirando la hamburguesa.

—Lo sé, ¿no es genial? —contesta John con una sonrisa—. Por cierto, ayer... de hecho, hace unas horas, estuve aquí con Thomas, y conocimos a una chica que era amiga tuya.

—¿Amiga mía? —pregunto. No, no tengo muchas amigas... a no ser que las amigas de Ryan se puedan considerar las mías, cosa que dudo.

—Una tal Maggie —dice, y mis ojos se abren de par en par.

—¿Maggie? ¿Has visto a Maggie?

—Sí, Maggie, cabello oscuro y largo, ojos verdes.

—Oh, dios, ¿cómo está? —pregunto, emocionada.

—Parecía estar bien —me encojo de hombros—. Y te echa de menos. Por cierto, voy a ir a por otra hamburguesa, ¿me acompañas y acabo de contarte lo de tu amiga?

—Claro —asiento, y nos levantamos de la mesa.

Vamos a la barra donde se pide la comida, y mientras él pide otra enorme hamburguesa con muchísimos ingredientes yo miro mi móvil para ver si tengo algún mensaje, cosa que dudo, pero me sorprendo al encontrarme un mensaje de mi jefe diciéndome que mañana tengo que entrar a trabajar una hora antes. Genial.

Estoy empezando a teclear una respuesta cuando soy empujada por detrás y caigo al suelo, golpeándome el hombro al caer. Suelto un gemido de dolor y miro a mi agresor, encontrándome con Catherine, la novia de John.

—¡Lo sabía! —grita, dirigiéndose a un petrificado John—. ¡Sabía que tenías algo con esta puta!

—¿Qué? —pregunta él, desconcertado, y Catherine se abalanza encima de mí para encajar un puñetazo en mi mandíbula.

—¡Joder! —grito de dolor, llevándome una mano a la zona donde me ha golpeado mientras que con la otra intento apartarla de mí.

Oigo gritos femeninos que la animan a que me golpee más, diciendo cosas como "cárgate a esa puta".

—¡Esto es lo que pasa cuando te follas a los novios de otras, zorra! —grita, y unas manos la cogen de los hombros y la tiran hacia atrás hasta dejarla en el suelo.

—¡¿Te has vuelto loca?! —grita John, acercándose a mí y ayudándome a levantarme.

Ella se levanta y viene corriendo de nuevo hacia mí, pero John la empuja antes de que me toque y cae al suelo, soltando un grito de dolor.

—¡Encima la defiendes! —exclama, y sus amigas se acercan a ella para levantarla.

—¡Ahora aprenderás a no tocar nunca a una mujer, hijo de puta infiel! —dice una de las amigas de Catherine, acercándose a John, pero entonces uno de los empleados de seguridad irrumpe en la escena y coge a la amiga, que grita como una loca, para alejarla de nosotros.

—Estás jodidamente loca —dice John, temblando de rabia—. Te has pasado, Catherine, esta vez te has pasado.

—¿Te follas a otra y encima la mala soy yo? —pregunta, ofendida.

—No he tocado nunca a Léa, solo he salido a comer algo con ella porque ha tenido un mal día —dice, y noto que está intentando controlar sus nervios para no gritar, porque es que es para gritarle—. Y, de todos modos, si me hubiera acostado con ella, ¿por qué la golpeas a ella y no a mí? Ella no tiene ningún compromiso contigo, no te debe absolutamente nada, estás jodidamente loca, Catherine, y yo ya no puedo más.

—¿Me estás dejando? —los ojos de la chica se abren con sorpresa.

—Claro que te estoy dejando, ¿de verdad piensas que seguiré contigo después de esto? Era lo último que me faltaba.

— o —

John presiona la bolsa llena de ese líquido azul frío contra mi mandíbula y gimo de dolor, a lo que él aparta la bolsa.

—Lo siento, ¿te he hecho daño? —pregunta, preocupado.

—No es nada, ponlo otra vez —le pido.

Él asiente y vuelve a presionar la bolsa contra el lugar donde Catherine me ha golpeado, que se ha puesto morado hace ya rato.

—Lo siento —suspira—. Nunca pensé que Catherine sería capaz de hacer algo así.

—No pasa nada, no ha sido culpa tuya —le doy una débil sonrisa para tranquilizarle, y él me la devuelve, pero la preocupación no abandona sus ojos.

—Voy a traerte un vaso de agua —me dice, y sale de mi habitación para ir a la cocina.

Sujeto la bolsa contra mi mandíbula y me siento en mi cama, suspirando. La verdad es que no me esperaba para nada que la noche fuera así. Ahora son las cuatro de la madrugada y dudo que vaya a dormir mucho en lo que queda de noche, aunque tengo ganas de dormir y que el tiempo pase hasta que todo esté mejor.

John llega con el vaso y se sienta a mi lado, en la cama. Cojo lo que me ha traído y le doy un largo sorbo para luego dejarlo en la mesilla que hay al lado de mi cama.

—Léa —me llama John, y le miro.

—¿Qué? —pregunto, mirándole.

—Lo siento —dice, y antes de que pueda reaccionar su mano encuentra el lado de mi cara que no ha sido golpeado y junta sus labios con los míos.

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