43. Axel

Paso las páginas de la revista lentamente, pero realmente no estoy leyendo nada. Mi cabeza tiene demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparse por los últimos descubrimientos en Medicina.

Los últimos días han sido algo raros. Han pasado lentamente, pero cuando me paro a pensar en ellos es como si no hubieran ocurrido. Han sido dos días —desde que estuve en el pub con Jude, Grace y compañía— en los que no he hecho nada útil, y aunque descansar un poco esté altamente recomendado, no puedo evitar sentirme encerrado en mi casa, aunque sea casi por voluntad propia. Ya es viernes, y siento que a parte de ir a prácticas he estado desaprovechando los días.

Llaman a la puerta y suelto un suspiro de alivio. Con un poco de suerte será Jude, con algún plan de los suyos. Ni siquiera me importa si es un plan loco como los que suele ofrecer, necesito hacer algo. Mis padres no están, mi padre tenía una reunión en París y mi madre se ha ido con él.

Me levanto, dejando la revista cerrada y bien puesta en su sitio, los cajones de debajo de la mesita de café, y tras ponerme las zapatillas de estar por casa otra vez voy a abrir la puerta. Ya me estoy preparando para ver qué tiene pensado Jude cuando abro y me encuentro ese pelo rubio que tanto me gusta recogido en dos trenzas y unos ojos marrones mirándome con interés.

—¿Alex? —pregunto, sorprendido, al ver que la chica con la que llevo una semana sin hablar está en la puerta de mi casa.

La verdad es que ya casi tenía asumido que Alex se había cansado de mí, así que esto es todo un giro de los acontecimientos. Un giro para mejor, claro está.

—Hola —me saluda, y levanta el monopatín que acabo de ver que lleva en la mano—. ¿Vienes a patinar?

Veo que hay otro monopatín en el suelo, sujeto por su pie, y levanto una ceja.

—No sé ir en monopatín —contesto.

—No esperaba que supieras. —Sonríe, provocándome, y no puedo evitar sonreír también.

—Me romperé algo —le digo.

—Es un reto —contesta, y mi sonrisa se ensancha al escuchar que vuelve el antiguo juego entre Alex y yo.

—Entonces acepto —respondo—. Voy a cambiarme, ¿quieres pasar?

Ella asiente con la cabeza y entra en casa, dejando los monopatines en el recibidor.

—¿Tienes hambre? —le pregunto.

—No, acabo de comer —contesta—, y estoy reservándome para la cena.

Pese a saber que probablemente lo que ha dicho no tiene nada que ver con algo sexual —aunque con Alex nunca se sabe—, me pongo algo nervioso repentinamente. Pero no son nervios negativos, sino una especie de anticipación que nubla todas las dudas que tengo sobre qué ha ocurrido para que Alex no haya dado señales de vida en la última semana. Pero esas dudas no tardan en volver, y me digo que solo tengo que montar en monopatín, cumplir el reto y conseguir mi pregunta para hacerlo.

A decir verdad, nuestra comunicación es pésima. Habría que trabajar en eso, pero no sé cómo decírselo. Con Alex me pasa algo raro, y es que me da coraje que se piense que me tomo lo nuestro más en serio que ella. Porque muchas veces no sé ni cómo tomármelo. No sé qué quiere de mí o hasta dónde llegan los límites de esta locura de relación en la que estamos. Por mucho que me haya contado cosas de su pasado siento que muchas veces la conozco más bien poco.

Alex se queda sentada en el sofá y yo subo a mi habitación rápidamente para ponerme ropa cómoda y unas zapatillas de deporte. No me gusta salir a la calle vestido así a no ser que sea para ir a correr, pero tampoco quiero romper ni estropear mi ropa buena, además de que, en teoría, ir en monopatín es un deporte. Un deporte extremo.

Suelto una carcajada mientras me cambio. ¿Quién me iba a decir que yo montaría en monopatín algún día? Siempre lo había asociado a gente algo vulgar y aquí estoy.

Bajo las escaleras y veo que Alex está hojeando las páginas de la revista que estaba leyendo yo antes, y casi me echo a reír cuando veo su cara de aburrimiento.

—¿Vamos? —le pregunto, y ella cierra la revista a la vez que asiente con la cabeza y la deja encima del sofá para luego levantarse.

Y eso me pone un poco nervioso.

Me acerco al sofá, cojo la revista y la pongo en su sitio: el cajón de la mesita de café. Alex me mira con una ceja levantada, como si estuviera preguntándome si voy en serio, y le sonrío antes de ir hacia la puerta.

Salimos de mi casa y no puedo evitar pensar en que, repentinamente, siento que mi orgullo está siendo algo herido porque estoy dejando que Alex vuelva como si nada tras haberme ignorado una semana entera, pero luego pienso que, si el orgullo es lo que me ha estado impidiendo vivir todas estas experiencias hasta ahora, es que no sirve para nada.

—¿Quieres ir a Hyde Park? —me pregunta.

—Hyde Park está bien —contesto—. Tampoco quiero hacer el ridículo aquí, en mi calle.

Alex se ríe.

—No será tan grave, exagerado.

Al final, resulta que sí es tan grave. Doy vergüenza ajena montando en monopatín —o, como le llama Alex y, al parecer, según ella, el resto de la humanidad, skate—, incluso un niño que no debía tener ni seis años se ha estado riendo un buen rato de mí, y he tenido que recordarme a mí mismo que soy una persona educada y con valores, no un animal, para no gritarle un par de cosas.

Si es que Alex saca lo peor de mí.

—Pero a ver, pon primero un pie y luego el otro —me instruye la rubia para que consiga ni que sea subirme bien y aguantar encima de esta tabla diabólica.

—Tampoco tenía pensado saltar encima —contesto con más agresividad de la que me gustaría admitir.

Puede que cuando estoy frustrado me ponga de mal humor. Puede.

—¿Se puede ser más gruñón? —le pregunta ella al aire, y luego vuelve a hablarme a mí—. Mira, ¿sabes cuál es el problema?

—Me muero por saberlo —contesto con sarcasmo.

—Que te lo tomas demasiado en serio —dice.

—Perdóname por tomarme mi propia seguridad demasiado en serio —contesto—. ¡Ni siquiera has traído protecciones ni casco!

—Como patines con protecciones y casco sí que se reirán de ti los niños —murmura entre dientes, a punto de perder la paciencia conmigo, y mira que parecía tener mucha.

Respiro hondo, intentando relajarme. Tengo que dominar esto, ya es un tema de dignidad. Ningún niño más se reirá de mí.

—Esto ha sido un fracaso, pero lo he hecho —le digo media hora más tarde, cuando hemos decidido rendirnos y sentarnos a tomar un helado.

—Yo creo que con práctica puedes volverte todo un profesional —contesta, claramente burlándose de mi inaptitud.

—Sí, claro, como los de esa película... ¿Cómo se llamaba? Algo de Dogtown —digo, esforzándome para recordar.

—¿Lords of Dogtown? —Su rostro se gira completamente hacia mí mientras adopta una expresión de asombro honesto y real. Creo que nunca antes me había puesto esta cara.

—Esa —respondo.

—¿La has visto? —me pregunta, sin cambiar su expresión.

—La vi con Jude, me engañó —aclaro—. Me dijo que era una muy buena película. Luego resultó que era todo gente semidesnuda subida encima de una tabla con cuatro ruedas.

—Una tabla con cuatro ruedas a la que apenas has conseguido subirte —me recuerda, cambiando la cara de sorpresa por una sonrisa malvada, algo mucho más típico de ella.

Ruedo los ojos y no contesto, cual niño ofendido, porque sé que tiene razón.

Me dedico a saborear mi helado de pistacho con chocolate blanco mientras Alex se come uno de esos helados que son mitad galleta mitad cobertura de chocolate —de los que vienen en bolsa y que, personalmente, no me gustan nada— y la cabeza de cada uno parece irse a un sitio diferente, aunque es probable que estemos pensando en lo mismo.

—Es tu turno —dice, con la mirada perdida en el lago del parque, lleno de patos, cisnes y barcas que transportan parejas y familias.

Asiento con la cabeza, sin necesidad de preguntar a qué se refiere porque ya lo sé. Empiezo a formular la pregunta en mi cabeza, pero necesito que no suene ni demasiado agresiva, ni directa, ni que pueda ofenderla. Decididamente necesitamos mejorar nuestra comunicación.

Pero luego pienso, ¿qué diablos? Es Alex, ella nunca se ofende. Excepto cuando insulté su profesión, el día en que la conocí, pero eso fue porque era un estúpido. Ahora mismo ni se me ocurriría decirle algo así a alguien a quien acabo de conocer, sea cual sea su profesión.

—¿Y bien? —es solo cuando Alex me pregunta esto que me doy cuenta de que llevo ya unos minutos pensando.

—¿Dónde has estado esta semana? —pregunto—. ¿Qué ha pasado?

—Eso técnicamente son dos preguntas —contesta, y suelto una carcajada—. Han sido unos días raros. Me he enterado de algunas cosas que me han descolocado un poco.

Me quedo callado unos segundos, y ella también. Espero pacientemente durante varios segundos, pero no puedo resistir mi curiosidad y termino por instarla a continuar.

—¿Qué cosas? —cuestiono.

—La identidad de mi padre —contesta, con una sonrisa que esconde algo de amargura—. Nunca he sabido quién era hasta ahora.

—Oh, vaya... ¿Vive cerca de aquí? —pregunto—. ¿Te ha contactado él?

Alex niega con la cabeza.

—Me han contactado sus hijos —me explica—. Él está muerto.

—Oh —musito, sin saber bien qué decir—. Y... ¿Qué harás?

—No lo sé. —Suspira— Supongo que seguir con mi vida como siempre. No debería cambiar nada en mi vida, aunque se supone que ahora tengo hermanos.

—Siempre está bien tener una familia —contesto, porque no sé qué más decir y porque me parece cierto.

—Supongo que sí —dice—. Aunque será un poco raro.

—Entonces, ¿cuál es tu nuevo apellido? —pregunto a modo de broma, intentando que se sienta algo mejor, y cuando ríe se me quita la presión en el pecho de verla pasarlo mal.

—Mi apellido siempre será Sullivan —contesta—. Me crió mi madre. Me crió mal y sin apenas prestarme atención pero bueno, al menos no me abandonó.

—Es una forma de verlo —digo, siguiendo con el tono de broma.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Me gustaría preguntarle sobre su recién descubierta familia, pero no quiero agobiarla. Ya me lo contará ella si tiene ganas en algún momento.

—Alex. —La voz de Matt llamándola, una voz que no esperábamos, hace que ambos nos giremos hacia el chico de tez morena y pelo largo, que me mira.— Y Axel, joder, qué bien que estés aquí.

—¿Qué pasa? —le pregunto, ya que su expresión denota angustia y cansancio, y al parecer el asunto que lo tiene así es algo que me incumbe.

—Respira, tío —le dice Alex.

—Es Beatrice —en cuanto pronuncia su nombre mi corazón da un vuelco. Algo malo ha ocurrido.

—¿Qué ha ocurrido? —insisto, nervioso, levantándome de la silla para quedarme de pie delante de él.

—De alguna manera, su padre ha descubierto que seguimos viéndonos. —Oh, diablos, eso no es bueno. Eso es horrible.— Le ha pegado una paliza, apenas puede moverse. No es la primera vez que la golpea, al parecer, pero nunca tanto ni tan fuerte.

—¿Qué? —preguntamos Alex y yo al unísono.

Marcus Griffin nunca ha sido santo de mi devoción, no voy a negarlo, porque tiene una forma de hacer las cosas que no me parece la correcta, pero que yo sepa nunca le había puesto la mano encima a Beatrice. Nunca, hasta ahora.

—¿Me lo dices en serio? —cuestiono, sin saber ni cómo reaccionar.

—Sí —contesta—. Ha conseguido llamarme, estaba llorando. Quiere irse, y yo quiero sacarla de ahí, pero dice que no quiere dejar a su madre sola.

—Una madre que hace la vista ciega cuando su marido golpea a su hija no se merece una mierda —contesta Alex con dureza—. Entiendo que la situación es complicada, pero joder, ¿cómo puedes no hacer nada cuando golpean a tu propia hija?

—Aquí el culpable de todo es Marcus —le recuerdo.

—Y nadie le quita la culpa, este tío es una escoria, pero Bea no puede quedarse por una madre que no da la cara por ella —contesta—. Lo más probable es que también golpee a la madre, pero si no hacen una denuncia o hablan nunca van a solucionarlo.

—Josephine nunca pondría una denuncia —digo—. Denunciar a tu familia, entre la gente de mi clase, es sinónimo de ser considerada una persona indeseable. Aunque ella tenga la razón. ¿Te crees que no debemos tener casos de violencia de género? ¿Problemas familiares? ¿Peleas entre familias? Pero a ojos del mundo, todos somos perfectos.

—Pero vivís en el siglo XV, ¿o qué? —pregunta Matt, mirándome con algo de asco, aunque entiendo que no es asco hacia mí sino hacia esta especie de sistema del que vengo.

—Probablemente. —Suspiro.— Lo que está claro es que tenemos que ayudar a Bea a irse.

Ni siquiera sé de dónde he sacado esta idea tan descabellada y arriesgada, por no mencionar que si Marcus Griffin se entera de que planeo o, peor, llego a hacer algo así, rompe relaciones empresariales con mi familia como mínimo. Pero lo hago, lo digo porque antes que mi dignidad, antes que el dinero, van Beatrice y su bienestar.

Alex y Matt se me quedan mirando con la misma expresión de la rubia cuando le he dicho que una vez vi Lords of Dogtown: asombro absoluto. Como si estuvieran viendo un alienígena.

—¿Acabas de proponer una conspiración? —me pregunta Alex, como si necesitara asegurarse de que lo he hecho.

Cojo aire con fuerza.

—Sí —afirmo.

—Oh, joder, tengo que contarle esto a Jude —dice.

—Pero, ¿cómo lo haremos? —pregunta Matt—. Y, lo más importante: ¿a dónde iremos? Si hacemos eso no podemos quedarnos en Londres.

—Puedo poner dinero para ayudaros a iros —contesto inmediatamente. Haré lo que haga falta para ayudar a Beatrice—. Aunque, ¿tú quieres irte?

—Si es con ella, me voy donde haga falta —responde, y mira a Alex por un momento. Alex pone una expresión algo triste pero pronto recupera esa sonrisa y asiente con la cabeza a su mejor amigo—. Pero primero hay que asegurarse de que Bea quiera y esté dispuesta. Evidentemente es su decisión. El problema es que no sé cómo contactar con ella.

—De eso me encargo yo —contesto. Seré una persona non grata para los Griffin ahora mismo, pero mi hermana no, y a ella le encantará participar en un plan de este tipo.

Matt asiente, nervioso, mientras su pierna se mueve sin parar, haciendo chocar su talón contra el suelo.

—Habla con ella cuanto antes, por favor —me pide Matt.

—Lo haré —contesto, dándole una palmada en el hombro que se supone que debe ser reconfortante.

—Gracias —me dice—. Y bueno, ahora os dejo solos. Nos vemos en casa, Alex. Adiós, Axel.

—Adiós —contesto.

—Haz algo bueno de cenar —le pide Alex, y Matt le muestra el dedo corazón antes de irse.

Tras terminarnos el helado mientras hablamos del tema de Beatrice y le cuento cosas sobre mi internado en el hospital, Alex y yo nos vamos a sentar al césped. Hoy llevo unos pantalones de chándal cualquiera, así que no me importa sentarme en el césped.

—¿Recuerdas la última vez que estuvimos aquí? —pregunta Alex, y noto mi rostro arder un poco al pensar en cuando estuvimos besándonos en este mismo parque y terminamos por ir a mi casa. Del día en que tuve relaciones por primera vez.

Antes para mí la virginidad era un tema muy importante, relacionado con el matrimonio, pero en cuanto dejé de preocuparme tanto por ello empecé a sentirme más libre. No me arrepiento de nada de lo que pasó, de ninguna de las cosas que he vivido con Alex.

—Estuvo bien —contesto, sonriendo.

—Sí. —Alex libera una sonora carcajada.

Decido tomar la iniciativa por una vez y me acerco lentamente a ella. Alex se gira y, leyendo mis intenciones, sonríe y se muerde el labio. Acaricio su cara con una mano y uno nuestros labios. Nos besamos durante un buen rato, sin preocuparnos por nada más, y cuando nos separamos me da por desviar la vista y veo algo que me hiela la sangre.

Roger Fitzroy acaba de verme besando a Alex, y por su expresión puedo saber que mis padres no tardarán en saberlo.

Intenté decírselo a mis padres pero lo tacharon de fase. Lo que no saben es que estoy con una chica completamente tatuada que va en monopatín, y que me dedico a besarme con ella en sitios públicos como un adolescente. Pero, ¿saben qué? Que ya no me importa que se lo diga. No quiero guardar más secretos ni esconderla, porque la quiero y por mí como si se entera todo el mundo de que tengo la suerte de estar con ella.

Le sonrío a Roger, y vuelvo a besar a Alex.

—Vamos a mi casa —susurro en su oreja antes de mordérselo suavemente, y escucho su suave risa.





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HOLAAAA

¿Qué os ha parecido el capítulo? :)

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