34. Alex

Hace frío. Las nubes están ahí, en el cielo, amenazando como siempre. Hace ya rato que ha anochecido, pero sé que están ahí porque no veo las estrellas.

—Entonces, ¿él te gusta de verdad? —me pregunta Alice tras expulsar el humo del cigarro por su boca.

—Sí —asiento, porque no tiene ningún sentido negarlo.

—Y, ¿qué vas a hacer?

—¿Qué voy a hacer de qué? —Levanto una ceja.

—¿Vas a salir con él? ¿Vas a meterte en su mundo de "nos casamos en un año y tenemos cuatro hijos"? —pregunta—. ¿Vas a darle la vuelta a su forma de pensar y adaptarla a lo que tú quieres?

Esto está siendo algo difícil porque es la primera vez que hablo de Axel con alguien y tener que responder a todas esas preguntas es algo que no me planteaba.

—Supongo que encontraremos un término medio —digo.

—¿Y si no lo hay?

—Joder, Alice, tú y tu pesimismo —me quejo.

—Yo solo pregunto. —Se encoge de hombros.

—Por cierto, ¿no habías dejado de fumar? —cuestiono, viendo el cigarro en su mano.

—Lo intenté —contesta—. Y puede que vuelva a intentarlo cuando me sienta con ganas.

Hago un pequeño asentimiento con la cabeza. Después de todo lo que pasó con Frank no es de extrañar que volviera al tabaco —y demos gracias que no volvió a nada más que eso—, así que no voy a regañarla, por eso y porque no soy nadie para hacerlo. Cada uno elige cómo vivir.

Escuchamos el sonido de la puerta principal abriéndose, Alice se acaba su cigarro y entramos de nuevo en la casa, cerrando la puerta del balcón detrás de nosotras.

Me echo en el sofá y veo cómo Noah, Liam y George entran en el piso. Liam y George llevan pizzas en la mano y Noah una bolsa con las bebidas, aunque por la cara larga que lleva tiene toda la pinta de que quería llevar él las pizzas y no le han dejado.

—¡Liam se ha comido un trozo de pizza! —se queja el pequeño.

El acusado se encoge de hombros.

—Tenía hambre.

—Estás castigado sin pizza —Noah contraataca.

—¿Cuándo se han invertido los papeles? —pregunta Liam.

En ese momento Noah me ve por primera vez, y deja la bolsa en el suelo para correr hacia mí.

—¡Alex! —exclama.

Que un niño te reciba con tanto entusiasmo ayuda mucho a la autoestima, la verdad.

Noah salta sobre mí y se cuelga de mi torso, haciéndome soltar un gemido de dolor. Acaricio su cabeza, riendo, y él me mira con una gran sonrisa, mostrándome sus dientes y dejándome notar que hay algo diferente en ellos.

Se suelta y baja al suelo para enseñarme bien uno de sus incisivos superiores, al que le falta un trozo.

—¡Mira! —me dice, señalándose el diente con orgullo.

—¿Te has roto el diente? —pregunto, levantando una ceja.

—Sí.

—Se cayó de cara intentando patinar —me explica Alice—. Pero parece que le gusta y no le da problemas, así que tampoco fue tan malo. Además, es un diente de leche.

—¿Cuándo se le caen los dientes a los niños? —pregunto.

—Ni idea —contesta ella—. A partir de los seis años o así, creo.

—¡Yo tengo casi cinco! —me dice el pequeño, emocionado—. Mi cumpeaños es en una semana, te invito a mi fiesta.

—Vaya, qué honor. —Río.— Gracias, allí estaré.

—Y dice Deena que dentro de poco nacerá su bebé. —Sonríe, entusiasmado.— Voy a ser tío.

—Eso es mucha responsabilidad, eh —le digo, acariciándole la cabeza—. Pero seguro que lo harás genial.

—Sí. —Sonríe.

Ayudo a los chicos a servir las pizzas y traer vasos al salón. Noah sale corriendo hacia su habitación y pocos minutos más tarde llama a Alice para que lo ayude con algo. Cuando sale las pizzas ya están en la mesa, abiertas, cortadas y listas para comer. El pequeño se acerca a mí con un rectángulo de papel y me lo da. Lo leo, y veo que es una invitación a su fiesta de cumpleaños en la que ha escrito mi nombre —probablemente para eso necesitaba la ayuda de Alice—. Luego va a George y también le da una, y nos miramos.

—Parece que tenemos planes para la semana que viene —le digo, y él sonríe.

Salgo del piso de Alice y Liam con George un par de horas más tarde. George ha traído el coche y se ofrece a llevarme a casa, así que no voy a decirle que no.

—Mira que tenía pocas esperanzas puestas en Liam y Alice cuidando de alguien, y aunque este Noah es todo un personaje, hay que reconocer que lo están educando muy bien —comenta mientras enciende el coche.

—Pues sí —asiento—. Aunque esto de ser prácticamente padres jóvenes no debe ser nada fácil.

—Ya —contesta—. ¿Qué edad tiene Alice?

—Creo que cumplirá veintidós —contesto.

George conduce hasta mi calle, y una vez allí me deja delante de mi casa.

—Gracias —le digo—. Nos vemos en la fiesta.

Él me da una sonrisa antes de volver a arrancar y desaparecer por las calles de Brixton. Doy una última mirada al cielo y camino hacia el portal de mi edificio, encontrándome con una sorpresa que no sabría catalogar.

—Dalia —digo al verla allí, esperando al lado de la puerta.

—Matt me ha dicho que no estabas —dice—. Me ha pedido que me fuera y no volviera más.

—Es un buen amigo —contesto—. ¿Qué quieres?

—No lo sé. —Suspira.— Solo sé que quería verte.

Me quedo callada porque no sé qué contestar. No quiero mirarla. No quiero hablar con ella. No quiero estar cerca de ella, pero eso es evitar el problema. Tengo que superar a esta mujer de una vez por todas.

—Estoy viendo a otra persona —le explico—. Y me gusta. Me gusta mucho.

Dalia me sostiene la mirada y se acerca peligrosamente a mí.

—¿Estás segura de eso? —pregunta, y empieza a acercarse a mi cara.

Trago saliva y aparto la mirada. No sé si dejar que lo haga, podría mandarlo todo a la mierda, pero sé lo que debo hacer. Mis ojos vuelven a fijarse en ella.

—Ya no te quiero —digo justo antes de que sus labios toquen los míos. Y es verdad, ya no siento eso por ella, solo una especie de atracción magnética que no me permite olvidarla—. Ni tú me quieres a mí.

Ella se aparta y me mira, con los ojos vidriosos.

—No es verdad —murmura con la voz rota.

—Sí lo es —contesto—. Lo sé yo, lo sabes tú. Lo que había entre nosotras terminó, y si seguimos haciendo esto solo nos haremos más daño. No puedes dejar que tus emociones dependan de mí, Dalia, debes encontarte a ti misma. Y yo también debo hacerlo. No puedo seguir permitiendo que todo esto me afecte tanto así que voy a pedirte que no vengas más.

Ella asiente, comprendiendo lo que digo —y seguramente sabiendo que, en el fondo, es lo mejor—, y empieza a caminar hacia la calle.

—Lo siento —es lo último que dice antes de girar y desaparecer de mi vista.


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Maratón (1/3)

¿Qué pensáis de Dalia?

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