22. Alex
—Muéstrame lo que tienes, nena.
Levanto una ceja, mirando fijamente a la pantalla de mi portátil y, con un solo movimiento de mi mano, la toalla que llevaba como única prenda cae detrás de mí.
Veo cómo Jude empieza a aplaudir efusivamente a través de la pantalla del ordenador, y me echo a reír. Me pongo unas bragas y una camiseta, y cojo el ordenador para echarme en la cama y ponerlo encima de mi abdomen.
—Estoy aburrida —me quejo.
—Ya, no me digas —contesta—. Te diría de quedar, pero esta noche tenemos una fiesta en casa de los Albarn y mi madre está toda histérica para ver qué me pongo y para que la ayude a decidir qué se pone ella.
—Oh, una fiesta en casa de Axel, tiene pinta de interesante.
—Casi del nivel de una rave —bromea— Vente.
—Claro, ahora mismo voy —digo, soltando una carcajada.
—Sería genial, ya me estoy imaginando la cara de Eleanor cuando os pillara a ti y a Axel haciendo cosas en el baño.
—Para ya con la peli porno mental. —Río— ¿Quién es Eleanor?
—La madre de Axel, la Reina de las Estiradas —me explica—. Un amor de mujer.
—No puedo esperar a conocerla —bromeo.
—Quiero ver su cara cuando sepa que su hijo tiene vida sexual —dice con una sonrisa que solo puedo catalogar como maléfica—. Que, por cierto, tienes mucho que contarme.
—Eso son cosas de Axel y mías —contesto, y él hace un puchero—. No vas a convencerme.
—Pues manipularé mentalmente a Axel hasta que me lo cuente. —Se encoge de hombros como si fuera un trabajo fácil.
Entonces escucho a una mujer, seguramente su madre, llamarlo, y Jude suspira.
—Tengo que ir a ayudar a mi madre con una cosa —dice—. Nos vemos... ¿Mañana?
—Mañana he quedado —contesto—, pero podemos vernos el jueves.
—A ver, déjame comprobar mi apretadísima agenda... —Coge un libro cualquiera de su habitación y lo hojea rápidamente— El jueves me va genial.
Me despido de él y apago el portátil para dejarlo encima de mi cama. Pronto empezará a anochecer, y no tengo ningún plan. La verdad es que me iría a dormir ya si no fuera porque no tengo sueño en absoluto.
Suspiro, echada en la cama, y decido levantarme. Salgo al salón y justo me encuentro a Matt y a George entrando en casa.
—Hola —me saluda George mientras Matt se va a buscar algo a la cocina—. Nos vamos a dar una vuelta con los coches, ¿vienes?
Me quedo pensando unos segundos pero realmente no tengo nada mejor que hacer y me apetece ir en coche. Siempre me apetece eso.
Asiento con la cabeza y vuelvo a la habitación para buscar algo que ponerme. Unos pantalones de chándal me son suficientes así que me los pongo, me calzo mis Converse y salimos los tres juntos, llevando una botella de zumo y una bolsa de patatas fritas que Matt ha cogido de la cocina.
Los chicos tienen los coches aparcados de cualquier manera delante de nuestro edificio. El Ford Mustang nuevo y flamante de George contrasta bastante con el Toyota Celica de segunda o tercera mano que Matt encontró tirado de precio y que arregló él mismo hasta convertirlo en un coche bastante potente. Termino subiéndome con George en el mustang porque, aunque aprecio los coches japoneses, no hay nada como un buen Mustang.
Conducen durante lo que parecen minutos, pero sé que ha pasado más de una hora. La idea principal era dar una vuelta, salir de Londres brevemente y luego volver, pero nos estamos dirigiendo a la zona de la costa, al norte de la gran ciudad.
La verdad es que echo de menos esto. Echo de menos conducir, estar al volante y viajar durante horas sin importarme el destino. Lo echo mucho de menos, pero al llegar aquí estaba tan tocada que ni siquiera quise pedir la licencia para conducir en el Reino Unido. Todo me recordaba a San Diego, especialmente los coches.
Llegamos a la isla de Mersea justo cuando está anocheciendo, brindándonos una vista increíble del sol cayendo en el mar.
—Bueno, pues ya estamos aquí —dice George al bajarse del coche, algo en lo que le sigo.
—Tengo hambre —se queja Matt en cuanto cierra la puerta del suyo, y se lleva una mano al estómago.
—Tenemos patatas —le recuerda George.
—Con un tercio de bolsa de patatas no se me llena ni una milésima parte del estómago —gruñe.
—Deja de lloriquear, ya encontraremos algún sitio en el que te puedas comprar una hamburguesa —gruño.
—Uy, no, hamburguesas no, que engordan —bromea—. Voy a perder este cuerpo caliente.
—Calentísimo. —Suelto una carcajada y empiezo a caminar por la pequeña llanura verde que hay hasta llegar al borde, donde hay la caída bajo la que empieza el mar.
Me siento allí, con mis pies acariciando el vacío, y Matt se sienta a mi lado. Pasa un brazo por mis hombros y, con la mano libre y sus dientes, intenta abrir la bolsa de patatas.
—Déjame eso, anda, que la romperás y los peces se comerán tus patatas —le digo, cogiendo la bolsa.
—¿Tú crees que se las comerían? —pregunta, intrigado, y sonrío.
—Seguro. Terminarían con problemas de obesidad —le digo, y se echa a reír.
Abro la bolsa y cojo un puñado de patatas antes de pasársela a Matt, porque sé que va a liquidarlas rápidamente. Me giro y veo que George está mirando no sé qué en su coche.
—Entonces, ¿qué tal con ese chico? —me pregunta Matt.
—¿Qué chico? —pregunto—. ¿Axel?
—Mhm —asiente, masticando varias patatas.
—Bien, normal. —Me encojo de hombros.
—¿No te intimida lo diferentes que sois? —pregunta cuando ya ha terminado de masticar.
—Mmm... No, intimidarme no —contesto—. Hace las cosas algo complicadas, pero yo creo que toda la gracia y la diversión están en ese hecho.
Él asiente con la cabeza, pensativo, y entonces George se sienta a mi otro lado, dejándome en medio de ambos.
—¿De qué habláis? —nos pregunta.
—De nada, cotilla —gruñe Matt, pero se puede entrever su tono de broma.
—¿Hablabais de sexo? —pregunta, subiendo y bajando las cejas repetidamente y haciéndonos reír.
—Matt quiere tema contigo y no sabe cómo decírtelo —improviso, y él mira al chico moreno con una ceja levantada.
—Siempre lo he sabido, Matty —dice George con voz seductora y, al oír cómo le llama, Matt hace una mueca que no sé identificar—. Ven aquí, guapo.
Entonces el rubio se tira encima de Matt y este suelta un gruñido, intentando liberarse de su agarre. Se pelean en el suelo y ríen, pero yo me he quedado intrigada por la cara que ha puesto antes. Matt es la persona más transparente que conozco, puedes saber cómo se siente solo con mirarlo a la cara, y sé que esa mueca que ha hecho significaba algo, pero no sé qué.
A lo mejor sí que quería tema con George.
Pasamos una hora más allí hasta que, tiempo después de que ya haya caído la noche completamente y Matt se haya cansado de mirar las luces de los barcos, su estómago hace acto de presencia con un rugido, y decidimos ir a por unas hamburguesas.
Encontrar un local de comida rápida cerca de la carretera es tarea fácil. Cenamos unas hamburguesas con patatas y salimos de allí no mucho más tarde. Es entonces cuando George me mira y sonríe para sí mismo.
—Nunca te he visto conducir —dice—. Matt dice que eras la mejor en ello, y no tenemos nada mejor que hacer ahora...
—¿Vas a dejarme el Mustang? —pregunto, intentando parecer casual, pero por dentro estoy gritando de la emoción.
—¿Estás loca? Conduce el Celica de Matt, que si lo estrellas no pasa nada —dice, y el nombrado le golpea en el pecho, haciendo que George gima de dolor—. No sabía que te iba el sado, Matthew.
—No te metas con mi coche —contesta, enfurruñado como un niño pequeño.
—Perdóneme usted —responde George, y me mira—. Estaba bromeando, sí que te dejo el Mustang. Me fío de ti, pero antes de eso deberíamos ir a un sitio menos transitado.
—Pero si no hay ni Dios aquí —digo, señalando a la carretera desierta.
—Ya, pero por si acaso.
Conducimos hasta una calle minúscula, sin apenas edificios, apartada del pueblo y del mundo.
George se baja y me siento en el lugar del piloto, emocionada. Hacía años que no tenía esta sensación, y cuando giro la llave y el motor hace su característico sonido, siento que estoy en el cielo. El ruido suena más celestial cuando soy yo la que enciende el coche.
Matt se sube en el asiento trasero, dejando su coche aparcado de cualquier manera a un lado de la calle, y arranco.
Hacía tiempo que no me sentía tan bien. George y Matt están conmigo, pero siento como si estuviera sola, como si fuera libre y pudiera conseguir cualquier cosa. George me permite subir muchísimo la velocidad, ya que es una calle larga y no hay nadie, y hago incluso un poco de drift.
No sé cuánto rato estoy conduciendo, solo sé que parece que ha pasado rapidísimo cuando me bajo del coche.
—Matt no mentía, realmente conduces bien —me halaga George—. ¿Por qué no tienes la licencia británica?
—Nunca la pedí. —Me encojo de hombros.
—Tiene que ver con lo de San Diego, ¿no? —pregunta, y asiento.
Él asiente de vuelta, en silencio, y se monta en el asiento del piloto para ir hacia Londres otra vez, seguidos de Matt en su coche.
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"Más vale tarde que nunca"
—Claire, filósofa nocturna y procastinadora.
Son las 3am en Spain y estoy que me muero del sueño jajaj pero aquí tenéis el capítulo! By the way, ya tenéis el prólogo de Desarmando a Nate publicado, y pronto subiré el primer capítulo :)
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