8

El viernes había llegado, y salí de la ducha corriendo porque, cómo no, iba con el tiempo justo.

—¡Ariadna, la ropa! —me reprendió mi madre, pasando por mi lado con una pila de camisetas perfectamente dobladas, preparadas para meter en la maleta, ya que a la mañana siguiente se iban a la casa que tenía mi tía en la montaña, a dos horas de Barcelona.

Ya se podrían haber ido esa tarde, para que así la casa estuviera libre y yo pudiera traer a Leo a dormir después de la fiesta, pero no.

—¡Me has visto desnuda mil veces! —respondí, sin bajar mi ritmo frenético, y ni siquiera esperé a que contestara antes de cerrar la puerta de mi habitación.

Me quité la toalla que me había enroscado en la cabeza, y me miré en el espejo de cuerpo completo que tenía en la habitación.

—Bueno... y ahora, ¿qué? —me pregunté a mí misma.

Mi primer paso fue entrar en la habitación de Nina para ver si podía robar algo. Seguíamos sin hablarnos, pero tampoco se iba a enterar si le cogía ropa —ya me encargaría de bloquearla de mis historias de Instagram durante la noche—, así que no pasaba nada. Solté un gruñido cuando, tras estar unos minutos examinando su armario, me di cuenta de que se había llevado toda la ropa de verano.

Iba a tener que desenterrar de mi armario prendas que sabía que tenía pero que llevaba mucho tiempo sin encontrar —porque tampoco es que las hubiera buscado, era ver la montaña de ropa en el armario y perder todas las ganas de buscar nada—. 

Volví a mi habitación, abrí el armario y empecé a sacar prenda tras prenda. Al cabo de un buen rato, cuando una gran parte del montón de ropa del armario se había trasladado a mi cama, encontré el top que buscaba y sonreí.

Terminé de vestirme a las nueve. Teniendo en cuenta que todavía me faltaba maquillarme y peinarme, y que había quedado a las nueve y media en casa de Natalia para cenar con ella, Marian y Silvia, tenía pinta de que no iba a llegar. Cenar en su casa era algo contraproducente porque mi casa quedaba mucho más cerca del sitio al que íbamos a ir, pero como mis padres estaban en casa, no podíamos cenar ahí. Habíamos decidido probar un club que habían inaugurado apenas tres meses atrás, y por suerte quedaba a cinco minutos de mi casa, así que no iba a tener problemas para volver.

Al final pasé de maquillarme y salí de casa para coger el autobús, que me iba mejor que el metro para ir a casa de Natalia. Tenía veinte minutos de viaje, así que saqué el móvil para viciarme un rato a un juego nuevo que me había descargado, pero me encontré con un mensaje de Nina.

Nina: Hola, ex-compañera de útero

Sonreí al leerlo, pero decidí hacerme la difícil y tardar un poco en contestar, porque así de paso igual se le ocurría no sé, disculparse.

Nina: Mira, he estado pensando y me he dado cuenta de que nos peleamos por una tontería (como siempre). Llevo días queriendo hablarte, y te echo de menos. 

Me molestó que se refiriera al motivo de nuestra pelea como "una tontería", porque para mí no lo era, pero se lo concedí porque me alegraba de que por fin me hubiera hablado, y porque sabía que a Nina le costaba pedir perdón. De todos modos, me apetecía hablar con ella y que me contara cosas de París, así que presioné el botón de videollamada y estuve hablando con ella durante el resto del trayecto en autobús.

Colgué justo antes de bajarme del bus, y pasé rápidamente por el supermercado para comprar vino. Llegué a casa de Natalia a las nueve y cuarenta, que era una hora aceptable, y más teniendo en cuenta que Silvia todavía no había llegado. Solo estábamos Marian, Natalia y yo en la casa, porque Anna al final no había podido venir, y los chicos iban a venir más tarde.

Silvia llegó casi a las diez, cuando la cena ya estaba lista. Nos metimos un poco con ella por tardona —y mira que yo no era nadie para hablar—, y cenamos entre risas, cotilleos y bastante vino.

A las once llamaron al timbre, y cuando Natalia fue a abrir entraron Marc, Leo y, para mi sorpresa, Gabriel. Saludé a Leo con un beso, le di un abrazo a Marc y, por último, me dirigí al rubio.

—Pero mira quién ha decidido venir —comenté con una sonrisa.

—A veces me da por sorprender —contestó, divertido.

—¿Has cancelado tus planes por nosotros? Qué considerado —dije, llevándome una mano al pecho como si estuviera emocionada.

Gabriel rió.

—He terminado antes de lo que esperaba —respondió.

—Vamos, que has echado un polvo rápido y te has ido —bromeó Marc, y por la cara que puso Gabriel pude ver que tenía toda la razón—. Ostia, que he acertado. ¡Soy adivino! No sabía que tenías novia.

—Es que no tengo —contestó él.

—¡Míralo, menudo ligón! —gritó Marc mientras yo los escuchaba con interés, porque toda esa información me parecía de lo más interesante.

—No va por ahí, el tema —respondió Gabriel, en el mismo tono divertido que había mantenido durante toda la conversación.

—Va, no te hagas el misterioso, ahora nos lo tienes que contar todo —dijo Marian, dándole un codazo sugerente a Gabriel.

—No seáis cotillas —se quejó el rubio—. Creo que esta noche elijo ser misterioso, como dices tú.

—Qué chico tan aburrido —dije, negando con la cabeza como si estuviera muy indignada, y Gabriel solo me dio una sonrisa.

Hubo más intentos por parte de Marc y Marian de sacarle más información, pero fueron inútiles, así que nos concentramos en lo que veníamos a hacer: prepararnos para la fiesta. Los chicos habían traído ron y ginebra junto con otras bebidas para mezclarlo, pero a mí no me apetecía demasiado, así que me ceñí al vino que habíamos estado tomando durante la cena.

Salimos de casa cerca de las doce, y tuvimos que coger el bus nocturno para poder ir hasta allí. Marc quería coger un taxi, pero Natalia lo riñó porque decía que el autobús era una opción mil veces más ecológica, y consiguió que cediera a usar el transporte público.

Llegamos a la discoteca a las doce y media pasadas, dándonos prisa porque a partir de la una se pagaba para entrar. Lo bueno de que fuera un local nuevo era eso, que como acababan de abrir necesitaban clientes y hacían ofertas como la entrada gratis hasta la una.

—¿A qué hora te irás? —me preguntó Leo mientras hacíamos cola para entrar.

—Pues no lo sé, acabamos de llegar —contesté—. ¿Por?

—Yo no me iré muy tarde, que mañana vienen mi hermana y su novio a comer —me explicó—. Podrías quedarte a dormir en casa, y mañana comemos con ellos.

Agradecí que estuviéramos en una zona oscura, porque eso reducía considerablemente las posibilidades de que Leo viera la expresión de pánico que estaba segura de que llevaba pintada por toda la cara.

—¿Con tus padres y tu hermana? —pregunté, sin estar segura de si lo había entendido bien.

—Y Enzo, el novio de mi hermana —añadió.

—No es... ¿No es un poco pronto? —pregunté con cuidado, porque apenas llevábamos una semana oficialmente juntos y me parecía precipitado, pero tampoco quería que se lo tomara mal.

—¿Por qué iba a ser pronto? —Se encogió de hombros.

—Bueno, solo llevamos una... —empecé, pero por suerte fui interrumpida por Marian, que me rodeó el hombro con el brazo y me atrajo hacia ella.

—A ver, tortolitos, no os pongáis en plan pareja marginada —nos riñó, aunque se notaba que lo decía en broma.

—Uy, ¿qué es ese olor? —Hice como que olía el aire—. Creo que es la envidia.

Marian estalló en carcajadas y me empujó.

—Capulla —me insultó con cariño—. Para que lo sepas, yo soy una firme defensora de la soltería, y más a nuestra edad.

—Sí, sí, claro —le dijo Leo, fingiendo un tono de condescendencia mientras le palmeaba el hombro.

—Ahora entiendo por qué estáis juntos: los dos sois malísimos. —Marian negó con la cabeza, como si nuestra actitud le pareciera fatal.

Le lancé un beso y ella hizo como si lo cogiera con las manos y se lo llevó a la boca. Me reí, y no fue hasta que Gabriel nos avisó que vimos que ya podíamos entrar en el club.

Leo se fue con los chicos, mientras Silvia y Natalia hablaban entre ellas, completamente en su mundo, así que yo me quedé con Marian, detrás del resto del grupo, mientras entrábamos en el local.

—Entonces, ¿tienes algún objetivo? —le pregunté a Marian, con una curiosidad morbosa.

Ella hizo una mueca.

—Pues a Gabriel no le diría que no porque está para comérselo, aunque pasa de mí y me da que te hace más caso a ti —comentó, y solté una carcajada porque pensaba que estaba bromeando—. Marc tampoco está mal.

—¿"Marc tampoco está mal"? —repetí sus palabras en tono interrogativo, mirándola con las cejas levantadas.

—Vale, Marc está muy bien —admitió—, pero creo que a Silvia también le gusta, y no quiero malos rollos con ella.

—O sea que Marc te gusta —dije, porque es lo que conseguí extraer de sus palabras.

Marian se sonrojó un poco.

—Sí —contestó, y luego levantó un dedo—. Pero ni se te ocurra decírselo, ni a Marc ni a nadie.

—Su secreto está a salvo conmigo, señorita —le aseguré, y ella sonrió.

—Gracias —me dijo, dándome un apretón en la mano antes de abrir las puertas de la sala principal, en la que los demás ya habían entrado, y el fuerte sonido de la música se sobrepuso a cualquier intento de seguir la conversación.

Nos fuimos directas a la barra, donde estaba el resto del grupo empezando a pedir sus bebidas. Yo me pedí un ron cola, que era una apuesta segura porque sabía que no me iba a sentar mal.

Entre bebidas, risas y bailes, las horas pasaron volando. Estaba bailando con Leo, después de darnos el lote de una forma muy poco sutil —aunque habíamos tenido la consideración de alejarnos del grupo—, cuando sacó el móvil de su bolsillo y chasqueó la lengua.

—Son casi las cuatro —me dijo—. Creo que iré tirando ya. ¿Vas a venir?

—Me quiero quedar un rato más —contesté, mirando a mis amigas, que seguían dándolo todo en la pista de baile... Las que estaban ahí, al menos, porque solo veía a Marian y Natalia.

—Como quieras. —Se encogió de hombros, y sé que no terminó de hacerle gracia porque se separó de golpe, pero no iba a cambiar mis planes de esa noche porque él quisiera que conociera a su familia—. Nos vemos el lunes, entonces. Dile a los demás que me he ido.

Ni siquiera me dio un beso de despedida, simplemente se giró y se fue. Solté un gemido de frustración porque, aunque me encantaba todo de él, esa tendencia suya a coger rabietas a veces me sacaba de quicio.

No quise darle más vueltas, así que me fui con Marian y Natalia, que me recibieron con un abrazo muy efusivo.

—¡Te hemos echado de menos! —gritó Natalia, como si llevara diez años en el extranjero.

—Pero ha sido interesante ver cómo Leo y tú os comíais la boca —añadió Marian, haciéndonos reír—. Muy ilustrativo, sí. Creo que solo me falta veros follar... Podríamos hacer un trío, ahora que lo pienso.

—Ya te gustaría —le dije, pellizcándole la mejilla, y ella soltó un grito.

—¡Que me arrancas la cara, bruta! —se quejó, haciendo un puchero.

—¿Dónde están los demás? —pregunté.

—A Gabriel lo he visto por última vez hablando con una chica —contestó Natalia—. Marc y Silvia... Pues ni idea de dónde se han metido, la verdad.

—Pues menudo panorama —dije—. Pero tampoco los necesitamos. Creo que me pediré otro cubata, ¿alguien se apunta?

—Yo —respondió Marian, y Natalia simplemente levantó la mano para indicar que también venía.

Fuimos hasta la barra y las tres nos pedimos otro ron cola, porque íbamos a lo mismo. Era el segundo que me pedía, y la verdad es que iba muy bien. Solo había tenido una mala experiencia con el alcohol, y eso que llevaba saliendo desde los dieciséis, pero en general sabía controlarme con la bebida. El camarero nos los preparó y los dejó en la barra. En un arrebato de generosidad, Marian decidió invitarnos a esa ronda, y brindamos por ella antes de dar el primer trago. Sonreí al notar el sabor dulce de la cola contrastándose con el fuerte pero sutil toque del ron en mi boca.

Dejé el cubata en la barra y me giré, apoyando mis manos en la superficie de madera para mirar a mis amigas, que se habían puesto delante de mí.

Iba a decir algo cuando Gabriel entró en mi campo de visión, solo y mirando a todos lados de una forma distraída, como si estuviera examinando la sala pero sin prestar demasiada atención. Entonces nuestras miradas se encontraron y me regaló una de esas sonrisas irresistibles antes de acercarse a nosotras.

—Por fin os encuentro —dijo en cuanto estuvo a nuestro lado.

—Te hemos dejado tranquilo, que se te veía ocupado con la chica pelirroja de antes —comentó Marian, divertida.

—¿La chica...? Oh, la pelirroja —respondió—. Hemos hablado un rato y me he ido. Luego me ha parado una chica para preguntarme si era rubio natural o teñido.

—¿Eres rubio teñido? —le preguntó Natalia, y él se rió.

—No, no lo soy.

—Entonces, ¿no has tenido suerte esta noche? —inquirió Marian.

—No he venido para liarme con nadie —contestó él tranquilamente—. No es mi estilo.

—¿No follas en la primera cita? —cuestioné, divertida.

—No follo con gente a la que acabo de conocer —contestó, usando mi mismo tono jocoso, pero se notaba que lo decía en serio—. Que no me parece mal que los demás lo hagan, para nada, pero no es lo mío.

—Respetable. —Asentí con la cabeza, aunque no pensaba igual que él.

Yo sabía separar entre los polvos sin significado y el sexo con sentimientos, y ambas cosas me gustaban. La segunda más, claro está, pero de vez en cuando echar un polvo rápido con alguien a quien no iba a ver más no le sentaba mal a mi cuerpo.

De todos modos, eso era algo muy subjetivo; cada persona era un mundo, y entendía perfectamente que lo que a mí me gustaba no tenía por qué gustarle a los demás. Marian y Natalia se pusieron a hablar sobre algo, y Gabriel me miró. Su vista se desvió hacia detrás de mí, concretamente a mi cubata, y alargó la mano para cogerlo.

—Uy, ¿a qué sabe? —preguntó antes de darle un largo trago.

—¡Oye! —me quejé, aunque mi sonrisa me delataba—. Pídete uno, si tanto te gusta.

—Es que cuando es de los demás sabe mejor —contestó, y solté una carcajada.

—No tienes remedio —murmuré.

Justo en ese momento, alguien pasó por el lado de Gabriel a toda prisa, le dio un golpe en el brazo y pude ver casi a cámara lenta cómo mi cubata caía al suelo antes de romperse en pedazos.

—¡Joder! —exclamó él, sorprendido.

—Ale, ya me he quedado sin —dije, aunque tampoco le di demasiada importancia.

—Te pido otro —contestó Gabriel, y antes de que pudiera decirle que no hacía falta, él ya estaba en la barra.

Sonreí para mí misma mientras escuchaba a Gabriel avisar de que había cristales en el suelo y pedirme otro ron cola —aunque no se pidió nada para él, así que me daba a mí que iba a robarme más bebida—. Estaba mirando a la pista de baile distraídamente cuando vi a Marc y a Silvia liándose como si no hubiera un mañana.

—Vaya —murmuré.

No pude evitar desviar la mirada, de la forma más sutil que pude, hacia Marian, y me di cuenta de que ella también lo había visto. Los estaba mirando, y la expresión alegre que había llevado toda la noche había caído, pero se recompuso rápidamente y me miró con una sonrisa.

—¿Gabriel ya te está compensando las pérdidas? —me preguntó como si nada, y asentí con la cabeza.

—¿Todo bien? —inquirí, y su sonrisa se ensanchó, cosa que me permitió ver que la estaba forzando.

—Todo genial —contestó.

Decidí no preguntarle nada más, porque se veía que no quería hablar del tema, y noté cómo Gabriel se giraba a mi lado antes de encontrarme un cubata en la cara.

—Para usted —me dijo, y sonreí antes de cogerlo.

—Muchas gracias, caballero. —Hice una reverencia que casi consigue que el vaso que llevaba en la mano se uniera al otro hecho pedazos en el suelo, y Gabriel rió.

—Ve con cuidado, que si lo rompes tú no te pido otro más —bromeó, y cuando levantó la mirada debió de ver a Silvia y Marc, porque se le levantaron las cejas.

—Vaya, estos no pierden el tiempo —comentó.

—Pues no, parece que no —respondí.

Escuché a Gabriel suspirar, y noté cómo se apoyaba contra la barra. Me giré hacia él y lo vi con los ojos cerrados.

—No te duermas —lo pinché, dándole un codazo.

Él abrió los ojos y soltó una pequeña carcajada.

—Estoy un poco mareado —murmuró, tan sutilmente que apenas pude oírlo, y me fijé en que estaba algo pálido—. Y es muy raro porque tampoco he bebido tanto... Aunque igual es el ron cola lo que me ha sentado mal.

—¿Has cenado antes de venir? —le pregunté, y negó con la cabeza—. Pues igual es por eso. Beber con el estómago vacío es una idea malísima, y más si mezclas bebidas. ¿Te quieres sentar?

—Estoy bien así —respondió, y una de sus manos se posó en mi antebrazo—. No te preocupes, no es tan grave. Además, antes me he fumado un porro con Marc, así que tiene todo el sentido del mundo.

—Hay un super veinticuatro horas aquí cerca, ¿quieres que vayamos a comprar algo para comer? —le propuse.

—Pues no es mala idea, pero tú quédate aquí, ya voy yo —respondió.

Me acerqué más a él para que las demás no me oyeran.

—Estaba empezando a aburrirme de todos modos, así que una salida no me vendrá mal —le comenté—. ¿Vamos?

Él sonrió.

—Venga, va.

Le expliqué rápidamente a las chicas lo que estaba ocurriendo y, con Gabriel, emprendí el camino hacia la salida.

—¿Tienes ganas de vomitar? —le pregunté mientras esquivábamos a la multitud bailante para intentar llegar a la salida.

—No —respondió—. Solo estoy un poco tonto.

—Define "un poco tonto". —Reí—. No estarás caliente, ¿verdad? Igual te replanteas lo de no follar con gente a la que acabas de conocer.

Gabriel solo sonrió en silencio, pensativo, y cuando conseguimos salir del tumulto, se apoyó contra una pared y me miró.

—Honestamente, la única persona que me pone en esta sala eres tú, y tengo claro que no ocurrirá —dijo, y noté mi pulso acelerarse vertiginosamente. No podía decirme eso, no cuando yo estaba con Leo, y mucho menos cuando él estaba tan atractivo, con las mejillas sonrojadas y revolviéndose el pelo con la mano. Gabriel suspiró y miró hacia el techo—. Mira, no me hagas caso, que no sé ni lo que digo.

Pero ya lo había dicho, y sabía que no se me iba a olvidar fácilmente. El cacao mental que tenía con respecto a Gabriel solo hizo que intensificarse, y suspiré.

—No puedes decirme estas cosas —me quejé, intentando que saliera en un tono de broma para que no supiera que me lo había tomado en serio, pero creo que no lo conseguí porque él no sonrió.

—Lo siento —se disculpó—. Ya te lo he dicho, no me hagas caso.

No dejé de darle vueltas mientras salíamos del club, en completo silencio, y caminábamos hacia el supermercado. Gabriel se compró unas galletas y yo aproveché para comprar una chocolatina, porque me apetecía algo dulce.

Salimos de nuevo a la calle, e iba a proponer que nos sentáramos en un banco que vi a lo lejos, pero Gabriel se me adelantó sentándose en el bordillo de la entrada de un local cerrado que había justo al lado del supermercado. Empezó a comer galletas y soltó un gemido de placer al probar la primera, antes de que una sonrisa de satisfacción se instalara en su cara.

—Es lo mejor que he probado en mi vida —dijo, y se me escapó una carcajada.

—Lo dudo mucho —contesté, viendo que eran unas galletas de chocolate normales y corrientes.

—Bueno, no le diría que no a unos pad thai como los del otro día, pero esto no está nada mal —murmuró, aún sonriente.

Me senté a su lado y me comí la chocolatina que había comprado, cosa que solo me dio más hambre, y terminé robándole varias galletas a Gabriel, que se quejaba con indignación fingida cada vez que le cogía una. Sus palabras dentro del club parecían haberse evaporado, porque todo volvía a fluir con normalidad entre nosotros, pero no paraban de repetirse en mi cabeza.

En una situación normal probablemente lo habría dejado pasar, pero el alcohol me hacía querer tomar riesgos y, a pesar de que sabía que la verdad me iba a hacer mal, se lo pregunté de todos modos.

—¿Iba en serio lo que has dicho antes?

Él dejó de masticar y me miró, girando la cabeza lentamente hacia mí.

—¿Mm?

—Lo de que te pongo —murmuré.

Él se rascó el cuello, haciendo una mueca como si no supiera si contestar con honestidad o no, pero parece que se decidió por lo primero.

—Desde que me pediste el lápiz —contestó—. Pero se me pasará. No quiero que te sientas incómoda conmigo, ni nada de eso. Puedo separar la amistad de la atracción muy fácilmente.

—No me siento incómoda —dije—, para nada. A mí también...

Él respiró hondo antes de interrumpirme.

—Creo que lo mejor sería que no volvamos a hablar de esto —comentó—. Por el bien de los dos. Mañana podemos hacer como que habíamos bebido mucho y dijimos cosas que no queríamos decir, y ya está.

Y me parecía un plan de mierda, pero asentí con la cabeza porque Gabriel tenía razón. Eso no era bueno para ninguno de los dos, y empezaba a sentirme muy mal por Leo, porque me gustaba de verdad, pero Gabriel cada vez estaba más metido en mi cabeza.

Lo mejor sería hacer como si nada, y limitar lo mío con Gabriel a una amistad sin segundas intenciones.

—Me voy a ir —dijo Gabriel tras unos minutos de silencio—. Estoy cansado, pero me encuentro mucho mejor. Gracias por acompañarme.

—De nada. —Le di una sonrisa más fingida de lo que me gustaría admitir, y él apenas se paró a volverme a mirar antes de girarse e irse.

Volví al interior y pasé apenas media hora más con Marian y Natalia, puesto que, al parecer, Marc y Silvia se habían ido juntos. Eran las seis de la mañana cuando salí de la discoteca, y me fui directa a casa para caer fulminada en la cama, cansada después de tantas horas despierta.

Esa noche, soñé con Gabriel. No recuerdo qué fue exactamente, pero me desperté con la respiración agitada.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top