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¡Hola y bienvenidas de nuevo a Cosas de rubios! Esta novela es la que he elegido para entrar en el NaNoWriMo de este año (para quien no lo sepa, es un proyecto que consiste en escribir 50.000 palabras en un mes), así que actualizaré constantemente. Así pues, inauguro los #MiércolesDeRubios, ya que este es el día fijo en el que actualizaré, pero seguramente suba más de un día cada semana.

¡No olvidéis votar y comentar! ;)

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Nina se subió al avión con destino a París enfadada conmigo.

Ni siquiera me había abrazado en el aeropuerto, al despedirnos, y solo me había dedicado una sonrisa forzada. Sabía que su intención era hacerme sentir culpable pero, por una vez, no lo había conseguido.

Mi relación con mi hermana melliza era, por lo general, muy buena, excepto por algo que podía parecer de poca importancia, pero abría un abismo entre nosotras. Confiábamos la una en la otra para la gran mayoría de las cosas, nos apoyábamos mutuamente y sabía que podía contar con ella, pero había algo en lo que nunca coincidiríamos: sus amigos.

El sábado por la noche, dos horas antes de que empezara su fiesta de despedida —que no era en mi casa, por suerte, sino en una conocida discoteca de la ciudad—, le había comunicado que no tenía intención de ir. Le había estado dando vueltas, y me había dado cuenta de que no merecía la pena exponerme a vivir una experiencia desagradable solo para complacer a mi hermana, y mucho menos teniendo en cuenta que ella nunca lo habría hecho por mí. Está claro que eso último no se lo había dicho, porque me consideraba una persona emocionalmente inteligente, pero lo pensaba de verdad.

Nina se había puesto hecha una furia, como si fuera lo peor que le había hecho en la vida —al parecer, incluso peor que cuando le había estampado la cabeza contra un armario a los ocho años—. Yo me había ahorrado las explicaciones porque ya hacía tiempo que debería conocer mis motivos, y si había decidido no verlos, ya no era mi problema.

¿El resumen de la historia? Sus amigos eran los mayores imbéciles del universo. No todos, claro está, pero un grupito de cuatro de ellos se había aliado para intentar joderme la vida en secundaria, y casi lo habían conseguido. A los dieciséis años, me había enrollado con uno de ellos, y cuando no había querido hacer nada más, se empezaron a inventar rumores sobre mí. Que si le había practicado sexo oral a uno de ellos —porque sabían perfectamente que a quien iban a juzgar por tener relaciones era a mí, y no al otro implicado en esta situación que nunca había ocurrido—, que si había participado en una orgía... La cosa se había extendido hasta el punto en que media clase estaba implicada, e incluso un compañero —que no era amigo de Nina, por suerte, porque como lo viera otra vez le iba a partir la cara— se había puesto a gritar en medio del recreo, delante de todo el instituto, diciendo que, por cinco euros, quien quisiera podía acostarse conmigo. "Ari es una zorra y seguro que lo disfruta", había dicho. Ningún profesor me había ofrecido ayuda en ningún momento, y solo había contado con el apoyo de mis dos únicos amigos, Patri y Alex.

Nina había intercedido por mí en varias ocasiones, pero nunca cuando sus amigos estaban implicados. En casa, la situación no había sido mejor, porque mis padres habían llegado a la conclusión de que, si me estaba pasando eso, era porque me lo había buscado.

Y no me había tirado un año yendo a terapia, intentando aprender a llevar la situación, para luego tener que aguantar a esa panda de imbéciles una vez más. Así que me negué a ir, me comí el enfado de Nina y la bronca de mi madre por "dejar tirada a mi hermana", y me pasé toda la noche mirando Sex Education, que tenía exactamente el tipo de energía que necesitaba porque, si la gente de mi clase hubiera tenido algún tipo de educación sexual, mi paso por el instituto habría sido de lo más tranquilo. Algunos de ellos solo eran imbéciles, por eso, y contra eso poco se podía hacer.

Pese a no sentirme culpable, no pude evitar levantarme algo desanimada ese lunes por la mañana. El domingo, después de dejar a Nina en el aeropuerto, había visto a Leo y habíamos hablado del tema, así que sabía que podría hablar con él al llegar a la universidad. Lo complicado iba a ser sobrevivir al desayuno.

—Qué triste que tu hermana haya tenido que irse enfadada, hija, de verdad —me reprochó mi madre, entrando en la cocina.

Cerré los ojos, obligándome a centrarme en beber del café en silencio, porque como abriera la boca íbamos a tener un drama de buena mañana, y ese día no me apetecía.

—Parece que ahora le preocupan más otras cosas, como el novio ese que se ha echado —comentó mi padre, que tenía la vista centrada en el periódico de ese día, pero yo sabía perfectamente que no estaba leyendo, sino esperando la reacción.

Si bien mi madre era más predecible —todo le parecía mal, básicamente, así que siempre sabía qué esperar de ella—, mi padre solo daba su opinión de vez en cuando. Y había elegido esa mañana para unirse a la fiesta de joderme el día desde primera hora.

—¿No decíais que tenía que centrarme y encontrar a un chico decente? —gruñí, sin poder callarme más—. Pues ahí lo tenéis. Y si Nina está enfadada, es problema suyo.

Me dije a mí misma "no contestes a nada más". Me obligué a prometérmelo. ¿Sabéis eso que le dicen a la gente cuando la detienen? "Todo lo que diga podrá ser usado en su contra". Pues así era en mi casa. Un comentario aparentemente insignificante podía desatar la tercera guerra mundial... y, esa mañana, yo no tenía ganas.

—Ya veremos si es decente o no, está claro que eso no eres capaz de verlo tú... —empezó mi madre justo cuando di un último sorbo al café.

Me levanté de la mesa sin decir nada, metí la taza en el lavaplatos y salí de la cocina lo más rápido que pude. Escuché a mis padres discutir algo cuando entré en mi habitación, pero no le presté demasiada atención porque, a esas alturas, ya sabía que estaría mejor sin saber lo que decían.

Salí con el tiempo justo y caminé los pocos minutos que separaban mi casa de la parada de metro a paso ligero. Me subí en el vagón que sabía que iba menos lleno —aunque iba lleno de todos modos—, y emprendí el viaje de todos los días hacia la universidad.

De camino a la universidad, reconocí una cabellera rubia que me hizo sonreír. Gabriel caminaba a paso tranquilo, con los auriculares puestos, como si no quedaran tres minutos para empezar la primera clase. Aceleré el paso y, cuando estaba a su lado, le toqué el brazo con un dedo. Lejos de sobresaltarse, Gabriel giró la cabeza y me miró con una media sonrisa que automáticamente animó mi lunes de mierda.

—Buenos días —me saludó con serenidad.

—Vamos tarde —le dije, y él miró la hora en su móvil como si no se hubiera parado a comprobarla hasta entonces.

—Pues tienes razón.

Solté una carcajada y empecé a caminar con él hacia el edificio de la facultad, que ya se podía distinguir a lo lejos.

—Oye, he conseguido convencer a la profesora encargada del taller de fotografía para que me haga un tour y me enseñe a revelar los carretes —me contó—. He quedado con ella después de comer, a las tres. ¿Te apuntas?

Mi plan para esa tarde era ir al gimnasio con Leo, pero no habíamos quedado hasta las siete, así que me daba tiempo de sobra. Siempre me había llamado la atención la fotografía analógica, así que la idea sonaba genial. El hecho de que Gabriel me pareciera atractivo no tenía nada que ver, no.

Conseguimos entrar en clase a las ocho y siete minutos, y dado que el profesor de dibujo todavía estaba intentando entenderse con el proyector, no nos llevamos ninguna mirada de reproche —aunque, por lo poco que lo conocía, el señor tampoco tenía pinta de preocuparse demasiado por si la gente llegaba a la hora o no—.

Me encontré con la mirada de Leo, que tenía una ceja levantada, y le di una sonrisa antes de ponerme a examinar la clase en busca de un sitio libre. Encontré uno al lado de Marian, así que fui a sentarme allí.

—Qué bien montado lo tienes —me susurró ella en cuanto me senté—. ¿Te vas turnando entre Leo y Gabriel?

Me reí, intentando no llamar demasiado la atención al hacerlo, y negué con la cabeza, divertida.

Durante el transcurso de la clase, me di cuenta de que iba a tenerlo complicado para concentrarme, porque los sentimientos negativos por todo el tema de Nina volvieron a aparecer. Me planteé mandarle un mensaje, ni que fuera preguntándole cómo estaba, porque no habíamos hablado después de la fría despedida en el aeropuerto. Aun así, mi orgullo fue más fuerte y decidí no hacerlo. No era yo la que tenía que disculparse, ni iba a ser la primera en hablarle. Ya se daría cuenta de lo tonta que estaba siendo cuando se le pasara el berrinche.

—¿Cómo es que has venido con Gabriel? —fue lo primero que me preguntó Leo cuando se me acercó, al terminar la clase.

—Buenos días a ti también —respondí—. Me lo he encontrado por el camino.

Él solo hizo una mueca, como si le pareciera extraño que la gente se encontrara por la calle. Yo no tenía ganas de aguantar las neuras de nadie más porque ya había llenado mi cupo semanal —y mira que solo estábamos a lunes—, así que decidí ignorarlo. Por suerte, él eligió ese momento para cambiar de tema.

—¿Qué tal con tu hermana? —me preguntó mientras yo terminaba de recoger las cosas de mi mesa.

Así que procedí a explicarle la pequeña bronca que había tenido con mis padres esa mañana, y que seguía sin hablar con Nina porque no me daba la gana ser la que intentaba arreglar las cosas cuando no me había equivocado yo.

—¿No podéis arreglarlo por telepatía? —bromeó, y rodé los ojos pero no pude evitar soltar una carcajada.

—Ojalá —respondí, divertida, y nos fuimos escaleras abajo para encontrarnos con el resto en la cafetería de siempre.

Tomamos un café y desayunamos con Marian, Marc, Natalia y Silvia. Gabriel estaba en paradero desconocido, porque a menudo le daba por evaporarse e ir a la suya. Al cabo de un rato se nos unió Anna, la chica italiana, y vi cómo Natalia se puso tensa de repente. Uy, ahí estaba pasando algo. Ya le preguntaría luego.

Nos quedaba la clase de Historia del Arte antes de ir a comer, pero Marc ya dejó claro que no tenía intención de ir. Vivía cerca, y nos invitó a jugar a la play en su casa, pero solo Marian aceptó. Leo se lo estuvo pensando un buen rato, pero al final decidió pasar.

—¿Quieres venir a comer a mi casa? —me ofreció—. Luego podemos echarnos una siesta antes de ir al gimnasio.

—A las tres voy al taller de foto —le dije antes de dar un pequeño sorbo a mi café para ver si ya no quemaba.

—¿Al taller de foto? —inquirió.

—Gabriel ha convencido a la profe del taller para que nos enseñe a usar el laboratorio —expliqué.

—Oh, Gabriel —murmuró.

—Sí —respondí distraídamente, centrada en soplar en mi café para que dejara de quemar como si fuera lava en una taza.

—Vale —dijo antes de levantarse e irse de nuevo hacia la facultad.

Lo miré mientras se iba, con una ceja levantada y sin comprender qué mosca le había picado. Me encogí de hombros, y empecé a tomarme el café.

—Se ha dejado el café —apuntó Silvia—. ¿Va a volver?

—No tengo ni idea —respondí con honestidad.

Si tenía algún problema, ya me lo haría saber. Yo no iba a estar rompiéndome la cabeza para adivinar qué le pasaba. Esperaba que no tuviera nada que ver con el hecho de que fuera al taller con Gabriel, aunque tenía toda la pinta. No entendía la hostilidad que sentía Leo hacia el rubio, pero tenía claro que no iba a dejar de hacer lo que quería porque él tuviera celos —o lo que fuera que le pasaba—.

—Oye —sugirió Natalia en un momento de la conversación, que había seguido de forma amena, dejando el berrinche de Leo en el olvido—, ¿queréis salir este viernes? Hace muchísimo que no salgo.

—Pero si saliste hace nada —rebatió Silvia, divertida.

—Hace dos semanas —puntualizó ella—. Eso es un montón de tiempo.

Solté una carcajada y Silvia se echó a reír. Anna miraba a Natalia con una sonrisa, con la tensión entre ellas ya evaporada, y Marian dio una palmada.

—¡Decidido! —proclamó—. Este viernes hay fiesta. Os quiero ver a todos ahí.

—Yo me apunto —dije, levantando la mano.

Al final se apuntaron todos, y me pusieron de deberes decírselo a Leo y Gabriel. Entre tanta charla, tuvimos que apurar el café para salir casi corriendo hacia clase. Marc y Marian se despidieron para irse a jugar, y en el último momento Silvia decidió unirse a ellos.

—Uy, ya les ha fastidiado el polvo —murmuró Natalia cuando se fueron.

—¿Marc y Marian están liados? —pregunté.

—No creo —contestó—, pero me da que a Marian le mola.

—Yo creo que a Silvia le gusta Marc —apuntó Anna.

—Eso suena a problemas. —Hice una mueca, y ellas rieron.

—Ya veremos cómo evoluciona la cosa —dijo Natalia antes de que entráramos al edificio.

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