40

—"Ya he superado a Gabriel" —dijo Marian, haciendo una pésima imitación de mi voz.

—"Ya no nos llevamos tanto como antes, cosas que pasan" —prosiguió Silvia, poniendo voz de pito, y rodé los ojos.

—Basta ya —gruñí, pero no me hicieron ni caso.

—Yo creo que os lleváis bastante bien, teniendo en cuenta la comida de morros que he presenciado esta mañana —añadió Anna.

Está bien, puede que nos hubieran pillado besándonos en la azotea pocas horas antes, pero en mi defensa diré que no esperaba que fueran a aparecer justo en ese momento.

—"Oh sí, Gabriel, dame más" —gimió Marian, haciendo movimientos sexuales sobre la silla del bar.

—Oye, que yo no he dicho eso en ningún momento —me quejé.

—No, pero seguro que lo estabas pensando. —Natalia sonrió.

—¿Soy el único que no sabía nada sobre estos dos? —preguntó Marc.

—Sí —contestaron todas las chicas a la vez, y ahí sí que no pude evitar echarme a reír.

La mesa entera se sumió en un silencio nada sutil en cuanto vieron a Gabriel de lejos. Él se acercó con una ceja levantada —seguramente porque todos lo estaban mirando—, y se sentó sin cambiar la expresión.

—¿Estabais hablando mal de mí, y por eso me miráis así? —inquirió.

—Te miramos porque eres muy guapo —bromeó Marian, y luego se tapó la boca—. Oh, no, ahora ya no puedo decirte estas cosas, que tienes novia.

—Admitir lo evidente no es un crimen —respondió él, divertido.

—¿No le vas a dar un beso? —le preguntó Natalia, con una sonrisa morbosa.

—Lleváis media hora molestándome porque nos habéis visto besarnos una vez, así que habéis perdido ese privilegio —contesté, y Marian se cruzó de brazos, haciéndose la enfadada.

No fue fácil conseguir que dejaran el tema, pero terminaron por cansarse de meterse con nosotros y la conversación empezó a girar en torno al profesor guapo. Marian estaba perdidamente enamorada de él, y poco le importaba que fuera un tío bastante borde.

La gente se empezó a ir poco a poco, hasta que solo quedamos Marian, Anna, Gabriel y yo, que decidimos comer en el bar. Anna entraba a trabajar en poco rato, así que le iba mejor eso que pasar por casa, y yo estaba disfrutando del día libre que me habían dado por haber cubierto el turno del sábado. Mi plan era ir al taller de pintura, y Gabriel quería ir al de foto, así que nos volveríamos a encontrar al salir.

Marian estuvo conmigo un rato en el taller de pintura, mirando lo que dibujaba y haciendo un par de bocetos antes de declarar que se había aburrido e irse. En el aula había un par de alumnos pintando, y la profesora miraba algo en su portátil, sentada en el escritorio que le pertenecía como encargada del taller.

Pasé algo más de una hora haciendo esbozos que no terminaban de convencerme. Cuando saqué la última hoja que había pegado en el caballete, solté un suspiro. Estaba bloqueada pero, por suerte, conocía un buen remedio para eso.

Me levanté, recogí mis cosas —planeaba volver más tarde, pero no quería que nadie me robara nada— y me despedí de la profesora antes de salir del aula. Subí dos pisos por las escaleras, hasta llegar al taller de fotografía.

La puerta estaba entreabierta, así que no me molesté en llamar y entré. Vi a Candela organizando uno de los cajones donde guardaban los negativos, y me acerqué a ella.

—Hola, Ari —me saludó, levantando la mirada hacia mí con una sonrisa—. ¿Vas a quedarte?

—Un rato, sí. ¿Por?

—Gabriel ha ido a imprimir no sé qué y, teniendo en cuenta cómo es, vete a saber cuándo vuelve —me explicó—. Tengo que llevar una cámara a limpiar a una tienda de fotografía, y no quiero dejar el taller solo.

—Ah, pues me quedo yo a esperar que Gabriel vuelva, no te preocupes —respondí, con una sonrisa amable, aunque por dentro estaba teniendo ideas nada puras.

—Genial, ¡gracias!

Se levantó, dejando el cajón a medio ordenar, cogió una bolsa en la que asumí que estaba la cámara que me había comentado, y rebuscó por las mesas hasta encontrar su bolso. Se despidió rápidamente y se fue, dejándome sola en el taller.

Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón, planteándome mandarle un mensaje a Gabriel, pero decidí que ya aparecería, y me dediqué a dar vueltas por el taller. Había muchas fotos colgadas, secándose, y sonreí al reconocer a mis amigos en ellas. Eran fotos de cuando estuvieron de acampada, la mayoría de ellas en la playa, excepto por algunas en las que salía Marc en la parcela con sus fideos precocinados, enseñándolos con orgullo, como si fuera un chef de renombre.

Entonces me fijé en una de las fotos, que no había visto al principio porque estaba en la segunda fila. Nos reconocí a Marian y a mí, sentadas en una roca en la playa, el día en que yo había llegado al sitio donde estaban acampando. Me sorprendió, porque en esa época yo pensaba que Gabriel había estado enfadado conmigo, pero esa foto era tan amable y tan bonita, que me parecía imposible que la hubiera tomado alguien con sentimientos negativos hacia mí. La luz era espectacular, parecía acariciar nuestras pieles mientras hablábamos, ajenas a que teníamos un espectador.

—Es mi favorita —escuché la voz de Gabriel muy cerca de mí y me giré de golpe, sobresaltada, para verlo mirándome con una sonrisa divertida—. Debo admitir que me sentí un poco acosador al hacerla, pero es que la luz era impresionante.

—La luz y yo —apunté.

—Y luego soy yo el que tiene un ego desmesurado.

Me reí, y rodeé sus hombros con mis brazos.

—Ahora te puedo saludar como se debe sin tener a todos esos cotillas mirando —dije antes de besarlo.

Noté su sonrisa en mi boca justo antes de que me devolviera el beso. Lamió mis labios, pidiéndome permiso para profundizarlo, y abrí la boca para dejar paso a su lengua. Llevó sus manos a mi cintura, y las mías fueron a su pelo para acariciarlo.

Entonces hizo un movimiento brusco para ponerme contra la pared, pero le dio un golpe a las cuerdas de donde colgaban las fotografías y algunas se cayeron. Se separó, con expresión de fastidio, y se arrodilló en el suelo para recogerlas. Sonrió al ver una de ellas, y me la tendió para que la viera.

—Parece que me vayas a pedir matrimonio.

Él me miró con seriedad, y carraspeó antes de hablar.

—Ariadna Dalmau, estos tres días que llevo saliendo contigo han sido los mejores de mi vida —dijo, y me eché a reír—. No tengo anillo porque soy fotógrafo, lo que significa que es muy poco probable que pueda llegar a permitirme un anillo a no ser que ahorre durante diez años, pero ¿quieres casarte conmigo?

—Podrías haber traído un fideo de pad thai como anillo.

—Mierda, no lo había pensado. —Chasqueó la lengua—. Qué desastre de pedida. No lo vuelvo a intentar nunca más.

—Con lo caras que son las bodas, podríamos irnos a dar la vuelta al mundo.

—Me lo apunto. —Sonrió antes de levantarse del suelo y volver a colgar las fotos en su sitio. Luego descolgó la que iba a enseñarme en un principio—. Mira, te quería enseñar esta.

No me había dado tiempo a verla cuando había estado mirando las fotos minutos antes, pero era una en la que salía el culo de Marc en la playa en primer plano, y el susodicho tenía la cara girada hacia la cámara, con una sonrisa de satisfacción.

—Está muy orgulloso de su culo —comenté, divertida.

—Le va pidiendo a todo el mundo que se lo toque —añadió Gabriel, y reí porque era cierto—. Siendo como es Silvia, uno se pensaría que se tomaría estas cosas mal, pero el otro día ella también me animó a que le tocara el culo a su novio.

—Igual quieren hacer un trío contigo, y te intentan convencer con el culo de Marc.

Él frunció el ceño, aunque no parecía disgustado, sino pensativo.

—No me follaría a Marc ni a Silvia, somos demasiado amigos.

—¿Te acostarías con un tío? —inquirí, con curiosidad.

—Claro, ¿por qué no? —Se encogió de hombros—. Siempre me ha dado curiosidad. O sea, ahora que estoy contigo no, porque creo que quedamos en estar solo nosotros dos... Porque quedamos así, ¿no?

—No lo concretamos, pero yo asumía que sí —respondí, divertida por su expresión confusa.

—Vale, vale. —Asintió con la cabeza.

—¿Quieres tener una relación abierta? —sugerí, aunque no era lo que yo deseaba, pero quería saber su opinión.

—Uf, no —contestó, pero luego me miró con precaución—. No es por nada, entiendo y respeto a la gente que tiene relaciones abiertas, pero no son para mí. Si tú quieres eso lo podemos hablar pero, por mí, no.

—No es lo que yo quiero, tampoco. Solo quería saber qué opinabas.

—Vale, aclarado —dijo antes de acercarse más a mí—. Ahora bésame, que nos hemos quedado a medias.

—Bésame tú —rebatí, solo por el placer de llevarle la contraria.

—Qué tozuda eres —gruñó antes de presionar sus labios contra los míos.

Sonreí antes de morderle el labio, haciendo que gimiera. Besé su mejilla, su mentón, hasta llegar al cuello, donde empecé a dejar besos húmedos y pequeños mordiscos. La respiración de Gabriel se aceleró, y apretó su agarre en mi cintura.

—¿A qué hora ha dicho Candela que volvía? —preguntó.

—No lo ha dicho —respondí, interrumpiendo mi atención en su cuello durante apenas un par de segundos antes de volver a lo que estaba haciendo, pero luego recordé algo—. ¿Helena no está?

Ya me había parecido extraño no ver a la profesora encargada del taller allí, pero había olvidado preguntar por ella.

—Está de baja porque la tenían que operar de la pierna. Candela es la que se encarga del taller hasta que vuelva.

—Mmm... Interesante —ronroneé, bajando las manos por su torso hasta llegar a su cinturón.

—Aquí no —murmuró, separándose para cogerme de la mano y llevarme hacia la primera cortina de entrada del laboratorio de revelado.

Cruzamos las dos cortinas, asegurándonos de dejarlas bien cerradas, porque si se colaba luz exterior y había papel fotosensible dentro —que era lo más probable— se arruinaría todo, y Candela nos cortaría la cabeza. La luz roja del laboratorio nos recibió en cuanto la segunda cortina estuvo bien cerrada, y Gabriel me dio una sonrisa antes de guiarme hacia una mesa que había al fondo de la sala, lejos de todos los líquidos químicos necesarios para revelar las fotos.

Me senté en la mesa, abriendo las piernas en una invitación silenciosa para que se pusiera entre ellas. Lo hizo justo antes de volver a besarme. Sus manos acariciaron mis piernas desnudas, y pararon justo donde empezaba mi falda.

—Cada vez que te veo llevando falda me entran ganas de levantártela y follarte en cualquier lugar —murmuró, a milímetros de mis labios.

Respondí mordiéndole el labio inferior, con algo más de fuerza de lo normal, y él gimió, clavando las uñas en mi pierna. Aflojó la presión de su mano, y la subió hasta llegar a la parte más alta de mis muslos, casi tocando mi ropa interior. Noté mi pulso acelerarse y fue como si todas las sensaciones de mi cuerpo se acumularan en mi punto más sensible, y eso que ni siquiera lo había tocado.

Mi lengua seguía jugando con la suya cuando, tras lo que parecieron horas, su pulgar acarició mi clítoris por encima de las bragas, haciendo que todo mi cuerpo diera una sacudida.

—No aguanto más —dije, separándome de él para empezar a desabrochar sus pantalones—. Lo quiero ya.

—Espera —musitó antes de dar media vuelta hacia la salida del laboratorio.

Me quedé ahí, abierta de piernas y con una ceja levantada, hasta que lo vi entrar de nuevo. Había poca luz en el taller —aunque no me quejaba, porque esa luz roja le daba un toque más erótico a todo—, pero aun así pude distinguir el paquete cuadrado en su mano. El preservativo. Ni me había acordado.

Seguramente él tenía tan pocas ganas de andarse con rodeos como yo, porque en cuanto estuvo delante de mí me dio un corto beso, se bajó los pantalones y se puso el preservativo. Por suerte, la mesa era alta —parecía estar hecha para follar, la verdad—, así que solo tuvo que apartarme las bragas para empezar a introducirse poco a poco dentro de mí.

Pasé las manos por debajo de su camiseta, acariciando su torso mientras notaba cómo entraba, centímetro a centímetro. Mi boca se abrió, queriendo gemir con fuerza, pero sabía que si me pasaba nos podrían escuchar desde el pasillo, además de que Candela podía llegar en cualquier momento.

—Oh, joder —susurró Gabriel—. Llevaba meses muriéndome de ganas de volver a estar dentro de ti.

—Más fuerte —le pedí, y me obedeció de inmediato. Mordí suavemente uno de sus brazos para tapar mis gemidos, y eso solo pareció calentarlo más, porque fue incluso más rápido—. Dios, sí, así. No pares.

Me bajó el top, dejando mis pechos al aire, y bajó la cabeza, parando sus embestidas durante un momento, para lamerlos. Clavé mis uñas en su culo, incitándolo a continuar, y volvió a besarme antes de retomar sus movimientos.

—Prométeme que no volveremos a ser tan imbéciles —le pedí.

—Nunca más —respondió—. Te he echado tanto de menos...

—Y yo a ti —murmuré entre jadeos—. Te mentí, Gabriel.

—¿Qué? —preguntó, bajando el ruido de sus embestidas, y lo miré a los ojos.

—No solo me gustas —admití—. Te quiero. Ni siquiera sé desde cuándo, pero te quiero. No te lo había dicho porque pensaba que era muy pronto y te asustarías...

Estampó sus labios contra los míos, sin dejarme continuar, y empezó a hacérmelo tan fuerte que mi espalda chocaba contra la pared. Su boca calló mis gritos, y cuando estaba a punto de llorar del placer, paró.

—Ponte encima —me pidió, separándose—. Quiero ver cómo te mueves.

Sonreí, aunque me esperaba una respuesta a lo que acababa de decirle. No planeaba confesárselo tan pronto, pese a que era algo que llevaba tiempo sintiendo, pero la intensidad del sexo había hecho que se me escapara, y ahora me sentía nerviosa porque no me había contestado.

Él se apartó para dejarme bajar de la mesa, y ocupó mi lugar. Tuvo que ayudarme a subirme, porque la mesa estaba alta, y me dejé caer sobre su miembro en cuanto lo tuve bien colocado. Ambos gemimos y empecé a moverme, lentamente al principio, pero fui subiendo de velocidad. Sus manos acariciaban todas las partes que estaban expuestas de mi cuerpo, besaba mis pechos, mi cuello, mis labios de vez en cuando...

—Eres preciosa —dijo, apoyándose en la pared para mirarme—. Eres preciosa, y me tienes enamorado como un idiota. Joder, Ari, te quiero...

Empecé a hacerlo más rápido porque me notaba cada vez más cerca, la presión se acumulaba en mi zona más sensible y cada vez me costaba más reprimir mis gemidos.

—Estoy a punto de llegar —jadeé.

—Córrete. Córrete para mí, cariño.

Y eso hice. Me tapé la boca con una mano para que no se escucharan mis gritos, pero Gabriel me la quitó y la sustituyó por la suya. Mis movimientos empezaron a descoordinarse pero él empezó a embestir hacia arriba, prolongando mi orgasmo, hasta que noté cómo se contraía y se corría él también, gimiendo en mi oído.

Me quedé abrazada a él al terminar. Acariciaba mi espalda mientras dejaba algún que otro beso en mi cara y mi cuello, intentando recuperar la respiración.

Pudimos estar así pocos minutos, porque escuchamos la puerta del taller abrirse y nos separamos a toda velocidad. Gabriel se deshizo del condón, tapándolo con un trozo del papel higiénico que por suerte había en el laboratorio, antes de subirse los pantalones. Yo solo tuve que ponerme las bragas y el top bien, y para cuando Candela entró en el laboratorio ya estábamos en posición de revelar fotos, yo delante de la ampliadora y él metiendo un trozo de papel de foto que se había encontrado por ahí en uno de los líquidos.

—Así me gusta, que trabajéis —comentó Candela, ajena a todo lo que acababa de pasar, antes de ponerse a cortar un negativo que tenía en una de las mesas.

Giré la cabeza sutilmente hacia el rubio, que también me estaba mirando, y sonreímos.


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Dato random: me he dado cuenta de que en esta historia hay CUATRO (4) PERSONAS que tienen estudios o trabajos relacionados con la psicología (Adil, la tía Elvira, la madre de Gabriel y la psicóloga de Ari). No lo he hecho expresamente JAJAJAJ debo de tener una obsesión con la psicología, Criminal Minds me está haciendo más daño del que pensaba.

NOS ACERCAMOS AL FINAL, AMIGAS!!!!!! *grita*. Este es el penúltimo capítulo, repito, EL PENÚLTIMO CAPÍTULO *vuelve a gritar* omaiga que se nos acaban los rubios :((((((

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