38

—Ya empezamos —gruñí para mí misma, poniendo las cosas en la mochila a la máxima velocidad que mi cuerpo podía alcanzar—. Otra vez con lo mismo...

Era el primer día de clases, y tenía toda la pinta de que iba a llegar tarde, para variar. Mi época de llegar temprano a clase apenas había durado unas semanas antes del final del anterior curso, y de verdad que me pensaba que podría empezar el nuevo curso con buen pie, pero parecía que mi naturaleza impuntual se había vuelto a imponer.

Salí de casa casi corriendo, con la mochila colgada del hombro de cualquier manera. Hice un sprint hasta la parada del metro, y entré dentro cuando las puertas se estaban cerrando. Me apoyé contra la pared, porque no quedaba ni un solo asiento libre, y suspiré.

—Ya te vale, Ariadna —murmuré—. Siempre estás igual.

Un señor mayor me miró con una ceja levantada, y pude ver cómo sus labios se curvaban sutilmente en una sonrisa. Bueno, al menos mis estupideces le habían alegrado la mañana a alguien.

No sé si fue un milagro, obra de una deidad o una mera coincidencia, pero conseguí llegar a clase antes que el profesor. La mayoría de la gente ya estaba allí —excepto Natalia, pero tampoco me sorprendía demasiado—, y fui a sentarme con Marian y Anna. Silvia estaba con otra chica de clase, y su novio estaba con Gabriel. Intercambiamos una mirada rápida antes de que yo me sentara, pero no dijimos nada, ni siquiera hubo un intento de sonrisa o saludo.

No habíamos hablado en todo el verano. Marian, al final, se había cansado de insistir en que hablara con él. Aun así, había tenido un buen verano, dentro de lo que cabe teniendo en cuenta que lo había pasado trabajando. Había ido un fin de semana con Marian a casa de su tía abuela Ingrid, que resulta que sí hacía unas galletas deliciosas, y nos lo habíamos pasado genial. También había ido a bastante a la playa, alguna que otra mañana, y había estado trabajando como una loca durante unos días para poder entregar los proyectos para la beca. Todavía no había recibido respuesta, aunque decían que se anunciaría a los beneficiarios a finales de septiembre, lo que me tenía de los nervios.

—¿Has visto el grupo de WhatsApp? —me preguntó Anna en cuanto me senté.

—¿Cuál? —pregunté, distraída, mientras sacaba la libreta y el estuche de la mochila.

—El de clase.

—Ah, no.

—Hay una fiesta este viernes, en casa de Claudia.

Hice una mueca. La última fiesta en casa de Claudia había terminado conmigo llorando, con los impulsos homicidas al máximo, porque Leo se había enrollado con una chica en mi cara. No sabía si me apetecía demasiado.

—¿Quién va? —pregunté.

—Pues casi todo el mundo, menos esta mujer. —Señaló a Marian.

—¿No vienes? —Hice un puchero.

—Vas a tener que sobrevivir sin mí, querida. —Se llevó una mano al pecho, fingiendo aflicción—. Este viernes me voy a Girona a ver a Nil.

—O sea, ¿me estás abandonando por un polvo?

—Efectivamente.

Me eché a reír, y quería preguntar más, tanto sobre la fiesta como sobre cómo le iba a Marian con Nil —aunque ya lo sabía bastante bien, porque hablábamos prácticamente a diario y me tenía muy actualizada, pero lo de irse a Girona parecía una decisión de ese mismo día—, pero entró el profesor en el aula, y se hizo un silencio sepulcal. Al mirar en el horario ya había visto que teníamos un profesor nuevo, que no nos había dado clase el curso pasado, pero lo que no ponía en los documentos del curso era que ese profesor era guapísimo.

—Creo que me acabo de enamorar —susurró Marian, y tuve que reprimir una carcajada, porque se habría notado mucho al estar todo el mundo callado.

Parecía que estábamos ante un caso colectivo del síndrome de Stendhal, ese en el que te dan palpitaciones, te sube el ritmo cardíaco y te quedas pasmado al ver algo extremadamente bello.

El momento se rompió cuando Natalia entró en clase, intentando hacerlo en silencio, con cara de pánico. El profesor le dio una mirada de reproche —no entiendo por qué, si él también había llegado tarde— mientras ella iba a sentarse en el primer sitio libre que encontró. En cuanto nuestra amiga pelirroja estuvo sentada, el profesor dio una palmada.

—Bueno, creo que ya estamos todos —comentó, pero entonces se abrió la puerta y entró otro compañero de clase—... Pues parece que estaba equivocado.

El compañero parecía querer que la tierra lo tragara y lo escupiera en la otra punta del mundo, lejos de la severa mirada del profesor. En cuanto localizó un asiento libre, se desplazó hasta él a la velocidad de la luz.

El profesor empezó a hablar como si nada, introduciendo la asignatura, y yo dividí mi atención entre tomar apuntes y observar las caras que seguían teniendo algunas personas de la clase, como si estuvieran ante el mismísimo Adonis.

—Decidido, dejo a Nil y lo intento con el profe —sentenció Marian al final de la clase, cuando el profesor, que se había presentado como Oriol, ya se había ido.

—Pero si tampoco es tan guapo —respondió Anna.

—A ti no te gustan los hombres, no puedes opinar —rebatió, y Anna sonrió.

—Como usted diga.

—Además de que es ilegal liarse con un profe —añadí.

—¿Es ilegal? —preguntó Marian, frunciendo el ceño.

—Al menos en la normativa de la universidad, está prohibido —contesté—. No iríais a la cárcel ni a juicio, pero os expulsarían.

—¿Por qué la vida es tan injusta? —se quejó ella.

—A ver, tiene todo el sentido del mundo —dijo Anna—. Primero, porque si te lías con un profesor que te está dando clase, puede subirte la nota, y eso está prohibido. Y, además, te estás liando con alguien que, quieras o no, está en una posición de poder sobre ti. Puede haber abusos muy fácilmente.

—No me expliques los motivos lógicos, Anna; tengo ganas de quejarme —gruñó Marian.

—¿Vais a ir a la fiesta? —nos interrumpió una voz de repente, y nos giramos para ver a Silvia apoyándose en mi mesa.

—Yo sí —respondió Anna—. Marian no, porque se va a ver al churri, y Ari creo que no lo sabe.

—Seguramente sí —admití, porque tampoco quería quedarme en casa solo porque la última fiesta en ese lugar hubiera salido mal.

—Así me gusta. —Nos mostró las palmas, y Anna y yo le chocamos una mano cada una—. Tú muy mal, Marian. Parece que nos estés sustituyendo por un pene.

—Es que es exactamente lo que estoy haciendo, no me escondo —respondió ella, tan tranquila, y nos echamos a reír.

El día se me hizo bastante ameno, sobre todo porque, al ser el primer día, solo había presentaciones de asignaturas, y terminamos saliendo antes de casi todas las clases. Fui a desayunar con los de siempre, Gabriel incluido, aunque mantuvimos nuestra dinámica de no dirigirnos la palabra. Sabía que esa situación tenía que acabarse, y pronto, pero llegados a ese punto ya no sabía cómo solucionarlo.

Al terminar la última clase, decidí irme al taller de pintura. Marian me acompañó, porque me estaba contando sus planes para el fin de semana con Nil, hasta que le dio por cambiar de tema.

—A ver si este viernes el alcohol os hace un favor a Gabriel y a ti, y habláis de una vez —comentó como quien no quiere la cosa.

—Pues mira, por una vez te doy la razón.

Ella se giró hacia mí de golpe, llevándose una mano al pecho con sorpresa.

—¡¿Ariadna Dalmau me está dando la razón en algo?! —exclamó—. Me va a dar algo. Creo que me está aumentando el ritmo cardíaco. Noto sudores, creo que me voy a desmayar...

—Cállate ya —le pedí, riendo.

Ella también se echó a reír y me abrazó.

—Dejad de ser unos imbéciles —me dijo, aunque sonaba como una súplica—. Hablando se entiende la gente.

—Que sí, mujer.

Se fue al poco rato, dejándome sola en el taller de pintura. La profesora no tardó en aparecer con un vaso de café en la mano, y parecía contenta de verme. Estuvimos hablando de la beca y de los proyectos que quería llevar a cabo durante el curso, hasta que decidí ponerme a dibujar.

Me senté durante un buen rato delante de la hoja en blanco, sin saber muy bien qué hacer, ni por dónde empezar. Entonces desvié la mirada hacia el escenario que había en el aula, aquel en el que Gabriel había posado para mí meses atrás, y fue como si mi mano empezara a dibujar sola. Las líneas que iba trazando adquirían con rapidez la forma de un abdomen, unos hombros, un cuello... no llegué a dibujar la cara; primero, porque habría sido un poco raro y, segundo, porque no lo creía necesario.

Fue como el disparo de salida. Después de dibujar ese torso, cambié de papel y empecé a dibujar un cuerpo femenino, sacado de mi imaginación, y fueron viniendo más cuerpos, más caras de gente que no conocía, o que igual había visto por la calle y me había quedado con su rostro en la cabeza.

Cerré los ojos, sintiendo por fin cómo todo volvía a fluir dentro de mí, y cómo por fin era capaz de transmitirlo al papel, algo que me había estado costando en las últimas semanas.

***

El viernes salí a las diez de trabajar, como todos los días, y Natalia ya me estaba esperando con el coche delante del gimnasio. En teoría habíamos quedado a las diez en casa de Claudia, pero íbamos a llegar a y media, porque yo no podía salir antes.

En el coche también estaban Anna y Silvia. Marc y Gabriel, al parecer, habían decidido ir en metro, así que los veríamos en la fiesta.

—Oye, Ari —dijo Sílvia mientras Natalia conducía por las abarrotadas calles de Barcelona—. Me he fijado en que Gabriel y tú ya apenas habláis. Lo noté cuando fuimos al camping y pensé que igual estaba paranoica, pero he visto que esta semana habéis estado igual. ¿Os habéis peleado?

Me sentí tentada a contárselo todo, porque Marian era la única que estaba al corriente de lo que habíamos tenido Gabriel y yo, además de que odiaba mentirle a mis amigas, pero lo último que necesitaba en ese momento era más conversaciones sobre ese tema.

—No sé, supongo que ya no nos llevamos tanto como antes. —Me encogí de hombros, como si no fuera nada—. Cosas que pasan.

Ella frunció el ceño, lo que me hizo ver que no estaba muy convencida con mi respuesta, pero afortunadamente no preguntó nada más.

Mi móvil vibró en mi bolsillo y lo saqué para ver un mensaje de mi jefe que me hizo suspirar, porque me preguntaba si podía cubrir el turno de una compañera enferma al día siguiente, sábado, que era uno de mis dos días libres, por la tarde. No tenía nada de ganas de hacerlo, porque empezaría a las dos de la tarde y lo más probable era que fuera a tener resaca, pero el dinero no me iría mal, así que acepté.

—Oh, no —dijo Natalia de repente—. Estamos acercándonos a la rotonda de la muerte.

Levanté la vista del móvil y vi que, efectivamente, estábamos a punto de entrar en la rotonda de Francesc Macià.

—Tú puedes, Nati —le dijo Anna, que ocupaba el asiento del copiloto, y le dio un apretón reconfortante en la pierna—. Una rotonda demoníaca no podrá contigo.

—¿Es ilegal hacer un cambio de sentido en medio de una de las calles más transitadas de la ciudad para esquivar una rotonda? —preguntó la pelirroja, y no supe hasta qué punto estaba bromeando, pero me reí de todos modos.

—Me gustaría pasar la noche bailando en el pedazo de casa de Claudia, no en comisaría ni en el hospital, así que no, Natalia, no puedes hacerlo —respondí, y ella hizo un puchero.

—Tú siempre cortándome las alas, Ariadna —se quejó, y volví a reír.

Por suerte, esta vez nuestro paso por la rotonda terminó sin incidentes, y Natalia suspiró con alivio cuando volvimos a incorporarnos en la calle principal. Seguimos recto, y en la siguiente rotonda empezamos a subir hasta el barrio más caro de la ciudad, donde Claudia vivía. Justo antes de desviarnos, vi un cartel que indicaba que estábamos al lado del Palacio de Pedralbes, donde había ido con Gabriel la noche de la fatídica fiesta. Empecé a ponerme nerviosa, porque ya asociaba esa casa con el drama y, teniendo en cuenta la situación en la que estaba con Gabriel, esa noche podía pasar cualquier cosa.

Apenas diez minutos más tarde ya estábamos aparcando, y salí del coche poniéndome el jersey, porque estábamos a mediados de septiembre y empezaba a refrescar por las noches.

Fue Marc quien nos abrió la puerta de la casa, con un vaso de cerveza en la mano. Saludó a Silvia con un beso entusiasta, lo que nos hizo ver que no era el primer vaso que se tomaba, y cuando Natalia carraspeó se apartó para dejarnos entrar.

—Adelante, señoritas —dijo, haciendo una reverencia.

De forma inconsciente, en cuanto estuve dentro escaneé la multitud de gente en busca de Gabriel, pero no lo vi hasta segundos más tarde, cuando salió del cuarto de baño. Su mirada se encontró con la mía y la apartó, lo que me hizo querer gruñir de frustración. Aun así, hice como si nada y fui a dejar lo que habíamos traído en la cocina.

Dos horas más tarde, estaba bailando con Anna y Marc en el jardín. Silvia, Natalia y Gabriel se estaban bañando en la piscina con más gente de la clase. Yo había pasado de unirme a la idea porque, siendo lo poco previsora que soy, había olvidado que había una piscina y la posibilidad de bañarse, y había elegido ese día para llevar unas bragas de encaje que transparentaban mucho, así que no tenía demasiadas ganas de quitarme la ropa.

Di un sorbo a mi mojito antes de acercarme a Natalia, que se había sentado en el bordillo de la piscina. Me descalcé antes de sentarme a su lado, metiendo los pies en el agua. Dejé el vaso a mi lado, y pasé un brazo por los hombros de la pelirroja.

—¿Ya te has cansado de nadar? —le pregunté.

—¿Y tú de bailar?

Sonreí.

—Llevo como una hora sin parar, ya no podía más.

Nos quedamos calladas, observando a la gente hablar y reír, tanto dentro como fuera de la piscina. Corría un viento algo fresco, pero no se podía decir que hiciera frío, era una sensación agradable. El jardín era grande y seríamos unas treinta personas en la fiesta, la mayoría de las cuales estábamos ocupando el jardín. La piscina era larga, Natalia y yo estábamos sentadas en el bordillo de la parte honda mientras que el resto de gente estaba en la parte poco profunda, así que no tenía que preocuparme por que me mojaran. Estaba contenta de estar allí y, por una vez, la presencia de Gabriel no me hacía sentir tensa. No había bebido tanto como para que se me hubiera olvidado toda nuestra historia, no era eso, simplemente creo que estaba empezando a normalizar esa situación, algo que tampoco me parecía bueno.

—¿Qué hay entre Gabriel y tú? —me preguntó Natalia de repente—. O, mejor dicho: ¿qué hubo?

Me giré hacia ella con las cejas levantadas, porque me había tomado por sorpresa.

—¿Entre Gabriel y yo? —decidí intentar hacerme la tonta, pero por la mirada que me dio, no salió demasiado bien.

—No he dicho nada antes, cuando Silvia ha sacado el tema, porque sabía que te cerrarías en banda, pero se os nota —respondió—. Hace meses que se os nota. Antes eran las miradas cómplices, como si supierais algo que el resto no, pero ahora solo os miráis cuando el otro no se da cuenta, y os evitáis a toda costa. Anna y Silvia también lo notan, o sea que no es que yo esté loca... Y algo me dice que Marian lo sabe. Intenté hablar del tema con ella, para ver si sabía algo, y se puso nerviosísima, me dijo que no sabía de qué le hablaba. Más o menos como te has puesto tú cuando te lo he preguntado. No sabéis mentir.

Me habría indignado, pero es que tenía toda la razón del mundo, así que solo pude echarme a reír.

—Es complicado —dije, adoptando una actitud algo más seria—. Pasaron cosas entre nosotros, sí, pero no salió bien.

—¿Por qué no salió bien?

—Pues... —empecé a pensar en los motivos, pero no tardé en recordar que no había ninguno—. No sabría decirte muy bien por qué, la verdad.

Ella me miró con el ceño fruncido, esperando a que continuara.

—¿Eso es todo? —preguntó antes de rodar los ojos—. Ari, que nos conocemos de hace tiempo, puedes hablarme de tus sentimientos y no me meteré contigo.

Solté un suspiro.

—Está bien —cedí—. Puede que me pillara por él, y Gabriel no quería nada serio.

—¿Eso te lo dijo él?

—Es la sensación que me daba. —Me encogí de hombros.

—Y... ¿os peleasteis?

—No.

—¿Tuvisteis una conversación fea?

—No.

—¿Decidisteis dejarlo así de la nada?

—Eh... no.

—¿Habéis hablado, al menos? —Abrí la boca para contestar, pero sabía que venía una reprimenda, así que la volví a cerrar, y Natalia continuó—. Oh, por favor, no me digas que ni siquiera habéis hablado.

—¡No es tan fácil! —me quejé—. ¿Qué quieres que haga, que me acerque a él y le diga "mira, Gabriel, siento haberme portado como una cría, pero es que me pillé de ti como una idiota y me cuesta reconocer estas cosas"?

—Pues no estaría mal, no.

—Además, Gabriel tiene novia —añadí.

—¿Gabriel tiene novia? —Natalia levantó una ceja—. ¿Desde cuándo?

—Desde verano, supongo.

—Pues a mí no me ha dicho nada, y mira que he hablado con él.

—Ya sabes que es muy reservado con su vida privada.

—Sí, pero no sé si hasta este punto... —empezó, pero entonces me vibró el móvil y lo saqué para ver un mensaje de Marian que me hizo querer gritar de frustración.

Marian: Habla con Gabriel. Ni siquiera estoy ahí, pero sé que no te habrás atrevido, y él tampoco.

Así que le di un largo trago a mi mojito y me levanté, ante la mirada perpleja de Natalia. Ya estaba harta de esa situación de mierda, y era hora de hablar. Me daba igual si a Gabriel le parecía, como me había dicho en verano, que no había nada que hablar: yo sí tenía cosas que decir, y me iba a escuchar.

Caminé por la piscina hasta la zona donde estaba Gabriel, hablando con un compañero de clase y, en cuanto su mirada encontró la mía, le hice un movimiento de cabeza señalando una zona apartada del jardín. Él frunció el ceño y volví a hacer el gesto. Pensaba que pasaría de mí, pero se excusó con el chico con el que estaba hablando y salió de la piscina.

Caminamos a una distancia prudencial el uno del otro hacia la zona que le había indicado, que tenía menos luz que el resto del jardín y no había nadie, lo que era ideal para hablar.

Él se paró delante de un banco, pero se quedó de pie. Me miró, expectante, y tuve que hacer un buen esfuerzo para dejar de mirar su torso mojado y ponerme seria.

—Tenemos que hablar —comenté, porque era la única manera que se me ocurría de empezar la conversación. Gabriel se limitó a asentir con la cabeza, mientras me seguía mirando, y esperé unos segundos para ver si decía algo, pero como no tenía pinta decidí seguir yo, aunque estaba tan nerviosa que no sabía ni cómo expresar lo que sentía—. Se me dan muy mal estas cosas... No sé por dónde empezar.

Pensé que me daría una contestación seca, como a las que nos teníamos acostumbrados el uno al otro en las últimas semanas, pero suspiró.

—Yo tampoco sé por dónde empezar —admitió—, pero creo que estamos siendo unos imbéciles.

—Tú fuiste el que empezó con los comentarios hirientes —me defendí de forma instintiva, y quise darme una bofetada a mí misma en cuanto me di cuenta de que acababa de empezar una discusión.

—¿Qué comentarios hirientes? —preguntó él—. Yo nunca te he dicho nada fuera de lugar.

—Pero tratabas lo nuestro como si no fuera nada —dije, y sacudí la cabeza, dándome cuenta de que estaba siendo patética—... Porque igual no era nada para ti. Mira, da igual, lo entiendo. Nunca nos prometimos nada, pero me tomé mal que yo sintiera más por ti que tú por mí, y eso no es culpa tuya. Siento haberme puesto así, pero solo quiero que nos olvidemos de lo que pasó y volvamos a llevarnos bien.

Él se pasó las manos por la cara, exasperado, y lo miré con las cejas levantadas.

—Esto es alucinante —gruñó.

—¡Ya te he dicho que lo siento! —exclamé—. Me cuesta la vida pedir perdón, Gabriel, así que hazme un favor y acepta mis disculpas, porque estoy a punto de ponerme nerviosa de verdad. Además, ¡tú también tendrías que disculparte! Dejaste de hablarme de la nada, empezaste a salir con Anya...

—Y tú empezaste a estar con chicos de Tinder y también dejaste de hablarme —puntualizó.

—¡Pero no era algo tan serio como una relación de pareja! —aclaré—. Además, estaba asustada. Estaba empezando a sentir demasiadas cosas por ti, me asusté...

—Ari, no estoy con Anya.

—... y cuando me asusto, hago estupideces, porque soy así. Lo estoy tratando de arreglar con la psicóloga... —seguí hablando, hasta que procesé lo que me acababa de decir—. Espera, ¿qué?

—Que no estoy con ella.

—¿Lo habéis dejado?

—Nunca he estado con ella. —Se calló unos instantes, y suspiró—. Yo también hago estupideces cuando estoy asustado. Vi que habías asumido que estaba con Anya... que, por cierto, no sé de dónde lo has sacado, y cuando me preguntaste cómo me iba con ella me dije "¿sabes qué? Si eso es lo que quiere creer, que lo crea".

—Pero subió un story, y salías sin camiseta... —murmuré, todavía pasmada ante su confesión.

—¿Desde cuándo es eso prueba de que estás saliendo con alguien? —Levantó una ceja—. Quedé con ella, estábamos en su casa en plena ola de calor, y me quité la camiseta porque estaba sudando mucho. Había más gente en su casa ese día, no estábamos solos.

—Pero ella solo subió una foto contigo... —proseguí, aunque me estaba empezando a entrar una vergüenza horrible porque me sentía una auténtica stalker.

—Supongo que porque le gusto —contestó tan tranquilamente—. No quiero sonar cruel, pero no es mi culpa cómo otra persona me vea. A ella le gusto, ella a mí no. Me cae genial, la quiero mucho, pero no me gusta de esa manera. Además, hay que reconocer que estoy muy guapo sin camiseta.

Se me escapó una carcajada, y me crucé de brazos.

—¡No me hagas reír! —me quejé—. Estamos discutiendo.

—No estamos discutiendo, estamos hablando las cosas.

—Pero si eres tú el que está enfadado, que antes me has dicho "esto es alucinante" con cara de mala leche —Intenté imitar su voz sin mucho éxito, consiguiendo únicamente que Gabriel sonriera, divertido.

—Lo que me parece alucinante es que en tantos meses no te hayas dado cuenta de lo mucho que me gustas —respondió, y parpadeé varias veces.

—¿Te gusto? —inquirí, porque no estaba segura de si lo había escuchado bien.

Él abrió la boca para contestar, pero entonces apareció Marc, no sé muy bien de dónde, con otro chico de clase.

—¡Llevo siglos buscándoos! —exclamó, llevándose las manos a las caderas, y luego sonrió con maldad—. No os estaríais liando, ¿no? Porque sería muy raro.

Ese sí que no se enteraba de absolutamente nada.

—¡Hay partido de fútbol! —dijo el otro chico, Oliver, dando una palmada con entusiasmo—. Solo faltáis vosotros dos, así que venga, tirando.

—¿Partido de fútbol? —Levanté una ceja.

—Se ve que en la caseta había dos porterías guardadas, y como este jardín es enorme, tenemos zona de sobra para hacer un partido —explicó Marc—. Venga, vamos.

Al parecer no tenían ni la más mínima idea de que acababan de interrumpir una conversación importante, porque Marc cogió a Gabriel —que gruñó, pero se dejó hacer— del brazo para arrastrarlo hacia la zona donde iban a hacer el partido, y Oliver me miró con una sonrisa.

—Está bien —murmuré, en contra de mi voluntad, porque nos habían cortado la conversación en un momento crucial, y necesitaba saber qué más tenía que decir el rubio.


_________________

Baia baia bAIAAAAAAAAA

Dos palabras: son tontos (pero los amamos)

Subo el capítulo un día tarde porque una servidora quería drama ardiente y escandaloso y quería que Gabriel GRITARA Y SE ENFADARA Y SE PUSIERA MUY >:( pero no me salía y me frustré. Hoy me he dado cuenta de que simplemente nuestro beibi no es así, y no le pega nada a su personaje gritar ni enfadarse mucho.

QUEDAN 3 CAPÍTULOS MAS EL EPÍLOGO PARA EL FINAL, AAAAAAHHHHHHHHH

En fin, ya me calmo jajajsh nos vemos el miércoles que viene <3

Os quiere,

Claire

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top