35

Me costó no quedarme dormida durante el trayecto en tren. Era una hora y media de camino, pero al menos tenía unas buenas vistas del mar desde la ventana.

Estaba algo nerviosa por ver a Gabriel, porque no sabía cómo iba a actuar conmigo, ni cómo actuaría yo con él. No quería que hubiera tensiones negativas entre nosotros, pero estaba claro que no iba a ser todo como siempre. Ni siquiera terminaba de entender por qué habíamos dejado de hablar, por qué él había dejado de mandarme mensajes y había vuelto con Anya sin decirme nada. No iba a quitarme toda la culpa porque yo también la tenía en parte, ni siquiera había intentado hablarlo con él, pero es que el orgullo me podía.

La estación de tren de Salou se compartía con la del parque de atracciones más grande de la zona, así que Natalia tenía que pasar a buscarme en coche para llevarme hasta el camping. Tuve que esperar un rato desde que bajé del tren, porque la susodicha se había dormido y había salido tarde, pero a los quince minutos ya la tenía ahí junto con Marian, que parecía que llevara diez años sin verme de lo emocionada que estaba.

—¡Tía, te he echado mucho de menos! —exclamó, haciendo una maniobra muy extraña para poder abrazarme desde el asiento del copiloto, estando yo sentada detrás.

—No hagas eso cuando esté conduciendo, que aún tendremos un accidente —la regañó Natalia, y ella rodó los ojos.

—Pero si ahora eres una reina de la conducción —bromeé—. ¿Recuerdas el día en Francesc Macià? No te había visto tan estresada en la vida.

Nunca iba a olvidar ese día, que parecía muy lejano pero que había sido ese mismo año, en el que me había subido en el coche de Natalia poco después de que se hubiera sacado el carné de conducir y nos habíamos metido por la peor rotonda de Barcelona.

—Ni me lo recuerdes —murmuró, haciendo una mueca de horror.

Natalia arrancó, e hicimos un trayecto que apenas duró diez minutos mientras Marian me contaba con entusiasmo todos los planes que tenía para esos dos días que iba a estar con ellos, que básicamente se resumían en ir a la playa y salir de fiesta.

—Hemos descubierto una cala en la que apenas hay gente —dijo cuando ya estábamos entrando en el camping—. O sea, hay gente, pero nada comparado con el resto de playas de por aquí. Hay que caminar un poco, pero está genial.

Nuestra amiga pelirroja aparcó en el primer sitio que encontró, y bajamos del coche mientras Marian seguía hablando. Cogí mi mochila del maletero antes de empezar a caminar, siguiendo a mis dos amigas, hacia donde estaban las tiendas.

Al llegar, vi que la demacración estaba bastante presente en el ambiente, pero era mejor de lo que me había esperado. Marc y Silvia estaban sentados en dos de las varias sillas de pesca que había colocadas en círculo en una zona que quedaba entre las tiendas, Anna leía un libro, metida en su tienda pero con la cremallera delantera abierta... y Gabriel no estaba por ningún lado.

—Qué temprano os habéis levantado —observé, acercándome a ellos con una sonrisa.

—¡Ari! —exclamó Silvia, contenta, y se levantó para abrazarme.

—Hemos querido aprovechar el día, ya que venías tú —contestó Marc, que levantó los brazos, todavía sentado, como señal para que fuera a abrazarlo.

Anna también se incorporó para venir con el resto. Seguía teniendo la duda sobre dónde estaba Gabriel, pero no quería preguntarlo, así que me dediqué a hablar con ellos sobre lo que había estado haciendo en los últimos días, además de escuchar sus historias de fiesta durante esa semana.

—Voy a despertar al oso —dijo Marian cuando decidimos que iríamos a la playa, y se fue hacia una de las tiendas.

Abrió la cremallera y metió la cabeza dentro antes de ponerse a hablar, pero no conseguí escuchar lo que decían. Ella soltó un gruñido antes de apartarse y cerrar la cremallera de nuevo. Caminó hacia nosotros negando con la cabeza, como si estuviera indignada, aunque tampoco parecía tomárselo muy en serio.

—Dice que está cansado, que ya vendrá cuando se despierte.

No creo que hiciera un buen trabajo ocultando la expresión de desconcierto que adoptó mi rostro, porque Marian se encogió de hombros sutilmente, mirándome, como queriendo decir "yo tampoco lo entiendo, chica". Aun así, le di una sonrisa, que era más para mí que para ella, porque quería que fuera un buen fin de semana, y no tenía ninguna intención de dejar que nada lo estropeara.

Dejé mi mochila en el maletero del coche de Marc, donde los demás tenían el equipaje. Solían dejarlo ahí cuando iban a salir para evitar que nadie les robara, ya que solían usar el coche de Natalia para moverse por la zona. Ese día no nos hacía falta el coche, porque la cala a la que queríamos ir quedaba relativamente cerca. Caminamos unos diez minutos hasta la zona de la costa, y luego nos metimos entre rocas y peñascos durante unos quince minutos más para llegar a la cala. Había gente, sí, pero tal y como Marian había prometido, era mucha menos que en las playas más accesibles.

Nos instalamos al lado de unas rocas, plantamos las dos sombrillas que llevábamos y Marc abrió la neverita portátil que llevaba para sacar algunas cervezas. Rechacé la que me ofreció, porque empezar a beber a las diez de la mañana me parecía una pésima idea —aunque, al parecer, para él y Natalia no lo era—.

—Solo de veros, me entran ganas de vomitar —dijo Marian, haciendo una mueca de asco.

—No aguantas nada —bromeó Natalia antes de dar el primer trago a su cerveza.

—Pero si todavía tengo resaca —se quejó ella.

—Esto es como las agujetas, que se curan haciendo deporte: la resaca se cura bebiendo más —explicó Marc, como si le estuviera dando una lección de vida.

—No sé yo si esa teoría es muy sana, eh —rebatí, divertida.

—Es verano, Ari, y el verano está para hacer estas cosas —contestó él.

Me reí mientras extendía mi toalla, y Marc se puso a discutir con Marian sobre los beneficios del alcohol. Los miré, entretenida, cuando me ponía la crema solar. Marian apenas me había vuelto a hablar del asunto extraño entre ella y Marc, seguramente porque sabía que era un caso perdido y no quería hacerse más daño, pero a mí me seguía intrigando. Estaba claro que no quería que pasara nada entre ellos, y sabía que no pasaría porque Marian nunca le haría eso a Silvia —aunque a veces la gente te puede sorprender—, pero me preocupaba cómo se estaría sintiendo ella.

Decidí no darle más vueltas al tema, y fui la primera que se metió en el agua. Estuve nadando un buen rato, disfrutando del agua fresca envolviendo mi cuerpo. Cuando volvía hacia la orilla, decidí irme a una roca que había al lado de la playa, pero algo aislada y rodeada por agua. Me senté ahí y cerré los ojos, sintiendo el sol sobre mi piel mojada, con el relajante sonido del mar de fondo.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando escuché a alguien intentar subir por la roca, y abrí los ojos para encontrarme a Marian haciendo ademán de subir, pero fallando estrepitosamente, lo que hizo que se cayera al agua. Sonreí, y ella me miró con odio fingido antes de volver a intentarlo y, esta vez, conseguirlo.

—No he nacido para ser escaladora —dijo mientras se sentaba a mi lado.

—Está claro que no.

—Oye, yo puedo admitirlo, pero que lo digas tú es feo.

—Pero si casi te matas intentando subir. —Sonreí.

Ella negó con la cabeza, haciéndose la indignada, antes de que se le escapara una carcajada. Apoyó la espalda en la roca que teníamos detrás, adoptando una pose muy parecida a la mía, y suspiró.

—Pues sí que se está bien aquí —comentó.

—Me podría quedar en esta roca todo el día.

—Mhm —murmuró, cerrando los ojos, pero parece ser que poco le duró lo de intentar relajarse, porque apenas dos segundos más tarde ya estaba volviendo a hablar—. Qué rara la actitud de Gabriel, ¿no?

Esta vez la que suspiró fui yo. Ya me olía que Marian no iba a tardar en sacar ese tema, así que tampoco me sorprendió demasiado.

—Pues sí —me limité a contestar.

—Pero, ¿ha pasado algo más entre vosotros? —insistió—. ¿Os habéis peleado, o algo así?

—No —respondí, negando suavemente con la cabeza, con la mirada perdida en el mar—. Llevamos semanas sin hablar. De hecho, no hemos quedado desde la última vez que follamos, y hará casi dos meses de eso. En los últimos días de clase tampoco hablamos demasiado, y desde que empezaron las vacaciones no sé nada de él.

—¿Por qué? No lo entiendo.

—Yo tampoco. Solo sé que las últimas veces él tenía una actitud muy esquiva conmigo, y yo no quería hacerme más daño, porque estaba viendo que me iba a llevar una bofetada de realidad brutal, así que decidí apartarme.

—¿No lo echas de menos? —preguntó.

Me quedé callada unos segundos, porque no estaba segura de qué contestar, pero era Marian, y siempre nos lo contábamos todo, así que no tenía sentido hacerme la dura delante de ella.

—Sí —respondí—, pero es mejor así.

—¿No te has planteado que igual él te empezó a esquivar por el mismo motivo que tú? —inquirió—. Es decir, igual se estaba empezando a pillar y quiso alejarse para no pasarlo mal.

Solté una carcajada.

—Lo dudo mucho.

Pero, en cuanto le di un par de vueltas a su pregunta, empecé a pensar que, quizás, Marian sabía más de lo que me estaba diciendo. Quise preguntárselo, pero dudaba que fuera a decirme nada, porque Gabriel y ella eran muy amigos, y no traicionaría su confianza.

—Y, ¿qué tal con Marc? —le pregunté, más por interés que por querer cambiar de tema, aunque también era el caso.

Ella se encogió de hombros.

—Pues tan amigos, como siempre —contestó, quitándole importancia al asunto.

—¿No has encontrado algún tío decente por aquí?

Ella se giró hacia mí y me miró con una ceja levantada.

—Lo único que hay en este lugar son ingleses borrachos y señores que deben de tener la edad de mi padre.

—Yo apenas llevo unas horas aquí y ya he visto varios chicos guapos —apunté—. Creo que te quejas por vicio.

—Bueno, ayer de fiesta conocí a un chico de Girona que no estaba nada mal —murmuró, como si le molestara admitir que le había interesado alguien.

—¿Tienes su número?

—Tengo su Instagram.

—Pues invítalo a salir con nosotros esta noche —sugerí, y ella respiró hondo.

—No lo sé...

—Marian, haz lo que quieras, pero no dejes que el hecho de que Marc esté aquí te impida pasártelo bien. Si no quieres liarte con nadie no pasa nada, pero si te apetece, no dejes de hacerlo por otra persona, que además tiene pareja.

Ella volvió a suspirar, y me miró.

—¿Por qué siempre sabes qué decir?

Reí antes de abrazarla.

—Porque soy la mejor consejera del universo.

—Tampoco te flipes, eh —dijo, y reí con más fuerza—. Vaya, mira quién ha despertado de su letargo.

Me giré hacia la playa y vi una figura que conocía muy bien. Gabriel estaba ahí, sacándose la camiseta, y me quedé mirándolo como una idiota durante un buen rato.

—Se te está cayendo la baba —murmuró Marian, divertida, y le di un empujón suave antes de apartar la mirada.

—Calla, pesada.

—A ver, que no te culpo, no voy a negarte que está buenísimo —comentó, y levanté una ceja—. ¿Qué? Tengo ojos en la cara. No voy a intentar hacer nada con él, mujer, que yo no me lío con los que le gustan a mis amigas, y además somos demasiado amigos, sería muy raro.

—Gabriel no me gusta.

Marian rodó los ojos.

—Pero si me lo has admitido hace como dos minutos, ahora no me vayas de tipa dura.

—Puede que me guste un poco.

—Estás pilladísima. —Rió, divertida, y rodé los ojos, pero tuve que darle la razón en mi cabeza.

No me había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos a Gabriel hasta que lo había visto en la playa —y, encima, sin camiseta—. Volví mi vista hacia él y nuestras miradas se encontraron, pero él la apartó rápidamente. Suspiré.

—Parecemos dos desgraciadas, suspirando todo el rato —dijo Marian, y solté una carcajada.

—Pues de eso nada —respondí, negando con la cabeza—, aquí hemos venido a pasarlo bien.

Estuvimos un buen rato más en esa roca, haciendo planes para esa noche, hasta que Natalia empezó a llamarnos a gritos, diciendo que éramos unas "antisociales" y que volviéramos con ellos. Gabriel estaba en el agua cuando volvimos a la orilla, y no nos llegamos a cruzar.

—El término correcto, para tu información, es "asocial", porque "antisocial" es una persona que odia a los demás —le dije a mi amiga pelirroja cuando ya estábamos otra vez en la playa—. Lo que vendría a ser un sociópata, vamos.

—Ya se me está poniendo listilla —gruñó ella por lo bajo, pero la pude escuchar perfectamente.

—Me he visto Criminal Minds entera, soy prácticamente una experta en criminología —bromeé.

—Claro, ¿por qué estudiar una carrera, cuando puedes ver una serie? —contestó Marian, divertida.

—Oye, que tiene dieciséis temporadas, yo creo que se tarda más en ver todo eso que en terminar una carrera —rebatí, y se echaron a reír.

—Tú, rubio de bote, todavía no le has dicho nada a nuestra invitada especial —dijo Natalia, mirando hacia el mar, sin darse cuenta de que estaba a punto de crear una situación muy tensa.

Me giré para encontrarme a Gabriel saliendo del mar. Se estaba pasando una mano por el pelo, y decenas de gotas de agua bajaban por su cuerpo, acariciando su abdomen, sus brazos, sus piernas. Ni siquiera intenté disimular que lo estaba mirando, así como tampoco me esforcé en ocultar las ganas que tenía de tirarme encima suyo cuando lo miré. Nuestras miradas se encontraron, y supe que él tenía las mismas ganas de tocarme que yo a él, pero por desgracia ya no era tan fácil, y me quedó claro cuando Gabriel apartó la mirada de golpe.

—Hola, Ari —me saludó, volviendo a mirarme brevemente pero con una sonrisa forzada.

—Hola —contesté, intentando sonar lo más alegre posible.

Pensaba que alguien diría algo, que notarían la tensión que acababa de crearse entre el rubio y yo, pero por suerte Marian salió a nuestro rescate cambiando de tema.

—Le decía antes a Ari que estaría guay ir a la fiesta a la que nos invitaron ayer —comentó—. Creo que era en el club que hay al lado de la playa principal.

—Ah, podría estar bien —asintió Silvia, repentinamente entusiasmada—. El sitio tiene buena pinta.

—Pues ya tenemos plan. —Marian sonrió.

No pude evitar que mi atención se desviara hacia Gabriel, que miraba a nuestra amiga asintiendo con la cabeza, señal de que estaba de acuerdo con el plan. Las pocas veces que había salido de fiesta con el rubio, habíamos terminado teniendo conversaciones mucho más honestas que cuando estábamos sobrios y, esa vez, me daba un poco de miedo pensar en qué podría terminar pasando esa noche.


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¡Holiiiii a todas! Vengo a informaros de dos cositas:

-El día de actualización fijo de esta novela vuelve a ser los miércoles :)

-¡A CDR le quedan menos de diez capítulos para terminar (yo calculo que entre 5 y 7, pero todavía no lo tengo muy claro)! ¿Qué creéis que pasará?

Por cierto, ¡ahora estoy en TikTok! Voy subiendo fragmentos de mis novelas (principalmente de esta y de Los días en Auckland), seguidme si queréis hehe :)

Nos vemos el miércoles que viene ;)

Un abrazo,

Claire

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