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Mi mano se movió, temblorosa, intentando dibujar una línea lo más recta posible en el grueso papel. Noté un escalofrío que hizo que mi mano cobrara vida propia, y la línea se fue hacia la derecha sin que yo pudiera hacer nada para detenerla.

—Tiene que ser recta. —La grave voz de Gabriel erizó el vello de mi nuca.

—Odio el dibujo técnico —me quejé, porque no entendía ni por qué teníamos que hacerlo en una carrera artística, aunque fuera para una asignatura que requería diseñar objetos—, y así no se puede.

—¿Cómo no se puede? —preguntó él, posando los labios en mi cuello, y pude notar que estaba sonriendo.

—Así —dije, poniendo una mano entre mis piernas, donde su miembro estaba enterrado profundamente.

—¿Así? —Dio un golpe de caderas hacia arriba y gemí, apretando el lápiz con fuerza.

Doblé los dedos de mi mano, que seguía entre mis piernas, hasta que solo quedaron dos de ellos extendidos, y los llevé a mi clítoris para empezar a tocarme, pero Gabriel me agarró de la muñeca y quitó mi mano de ahí.

—Quiero correrme —sollocé, con tono suplicante, porque ya llevaba mucho rato con ganas, pero él no estaba dispuesto a ceder.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —me recordó, y eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro, para moverla en un gesto de asentimiento.

—Te odio.

—¿Ah, sí?

Volvió a mover las caderas y estuve a punto de echarme a llorar, porque el placer era demasiado y no podía estallar, no me dejaba. Estaba sentada encima de él, intentando hacer el maldito dibujo de una botella, y llevábamos más de media hora así.

—Por favor —supliqué, sin preocuparme por lo desesperada que pudiera sonar.

—La línea —me recordó, e intenté centrarme en el dibujo.

Tuve que cambiar el papel, porque el anterior ya no tenía arreglo, y empecé de nuevo. Cogí la regla para hacer la línea, porque quería acabar lo antes posible, y esta vez Gabriel me lo permitió. Hice las dos líneas de los laterales, las curvaturas en las partes inferior y superior, y finalmente dibujé, intentando controlar el temblor en mi mano, el tapón de la botella.

—Ya está —dije, aliviada—. Ya he terminado.

—Mmm, a ver... —murmuró él, apoyando la barbilla en mi hombro para poder ver el dibujo, y sabía que estaba tardando expresamente para hacerme enloquecer, pero saberlo no me ayudaba a llevarlo mejor.

Estaba a punto de gritar de frustración cuando empezó a moverse, entrando y saliendo de mí, y mis gemidos se mezclaron con sollozos.

—Oh, joder, sí —jadeé.

Se levantó, cogiéndome por la cintura, y apoyé mis manos en el escritorio de mi habitación mientras él apartaba la silla de una patada. Agradecí que no hubiera nadie en el piso a esas horas, porque nos habrían escuchado seguro, ya no solo por mis gritos y los gemidos de Gabriel, sino también porque me lo estaba haciendo tan fuerte que nuestra piel hacía ruido al chocar.

Llegué al orgasmo llorando de placer. Mis brazos flaquearon, y Gabriel tuvo que poner una mano en la zona superior de mi pecho para evitar que me diera de morros contra la mesa. Sus embestidas empezaron a descoordinarse, y llevé una de mis manos a su culo para que me diera más porque, aunque acababa de correrme, todavía lo quería más fuerte, y el rubio pronto soltó un gruñido y noté cómo su polla se contraía dentro de mí mientras se vaciaba dentro del preservativo.

Salió de mi interior, con la respiración agitada, y me giré, aún apoyada en la mesa, para mirarlo.

—Te odio —murmuré, agotada—, pero ha sido el mejor orgasmo de mi vida.

Él rió, con las mejillas sonrojadas y el pecho sudado, antes de sentarse en mi cama.

—Cuanto más te lo aguantas, más lo disfrutas luego.

—Pues aún tendrás razón, y todo.

—Yo siempre tengo razón —dijo, con una sonrisa traviesa, y me senté a su lado.

Nos quedamos callados un buen rato, hasta que no aguanté más y lo miré. Él me miró, y por su mirada hambrienta supe que tenía la misma intención que yo, así que me senté encima de él y lo besé.


***


Eran pasadas las once cuando Gabriel se quedó dormido. Yo estaba echada a su lado, físicamente agotada pero sin conseguir pegar ojo. Me levanté, tras llevar un buen rato en vela, y fui al comedor. Ese fin de semana Amanda, mi compañera con gato, se había quedado, aunque por suerte estaba fuera cenando con sus amigos, porque como hubiera escuchado el ruido que habíamos estado haciendo Gabriel y yo, me habría muerto de la vergüenza. Kiwi estaba en el salón, durmiendo en una pose extraña y digna de un contorsionista, pero en cuanto pasé por su lado para ir al balcón, se giró y saltó del sofá para venir conmigo.

Teníamos una red puesta por encima de la barandilla del balcón, que no quedaba demasiado bien a nivel estético, pero cumplía con su función de evitar que Kiwi se lanzara al vacío, así que tampoco me quejaba de su presencia. También había conseguido quitarle al gato la tentación de colarse en casa de la vecina por el balcón, como Amanda me había contado que había hecho una vez, poco después de que ella llegara al piso.

Me senté en una de las sillas del balcón y Kiwi se puso encima de la otra, que estaba justo a mi lado y le ofrecía una ubicación inmejorable para pedirme mimos. Acaricié al gato mientras miraba distraídamente a la ciudad. Era un sábado por la noche, por lo que pese a ser tan tarde había mucha gente. Había un grupo de amigas riendo, y me entraron ganas de llamar a las mías para poder salir por ahí, pero la verdad era que estaba cansada y no habría aguantado nada. Al ser finales de mayo, empezaba a hacer calor, por lo que me apetecía mucho más salir a la calle, pero a la vez me cansaba más rápido.

La noche anterior habíamos tenido una pequeña fiesta en el piso. Éramos mis compañeros —Amanda, Lina y Dídac—, algunos amigos suyos, e incluso Marian se había apuntado un rato. Lo curioso de esa noche había sido que uno de los amigos de Dídac, un tal Edgar, había estado tirándome la caña de una forma nada sutil, y yo no había sentido nada. Era un chaval guapo, fuerte, simpático, y en cualquier otro momento de mi vida seguramente me habría liado con él, pero por algún motivo el rubio no paraba de aparecer en mi cabeza. Y sabía que no debía pillarme por él, que el tema acabaría mal, pero no podía evitar ir cayendo cada vez más.

Suspiré, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla. Kiwi debió de tomárselo como una invitación para saltar a mi regazo, porque es lo que hizo. Volví a acariciarlo y empecé a notar mis párpados muy pesados, así que cogí al gato en brazos para entrar de nuevo en el piso. Lo dejé en el sofá y fui hasta mi habitación. Miré a Gabriel, que dormía tranquilamente, ajeno a todos mis pensamientos, y respiré hondo antes de echarme a su lado para dormir.





A la mañana siguiente, Gabriel se despertó antes que yo. Cuando abrí los ojos, estaba terminando de vestirse, y la mochila con sus cosas ya estaba preparada encima de la silla de mi escritorio.

—¿No te quedas ni a desayunar? —le pregunté, todavía medio dormida.

—No puedo —respondió, negando con la cabeza.

Pensaba que iba a añadir algo más, pero no fue así. Se abrochó los pantalones y apartó su mochila de la silla para sentarse y empezar a ponerse los calcetines.

—Oh, vale —murmuré, fingiendo desinterés.

En cuanto estuvo listo, se despidió rápidamente para irse, dejándome sola con el gato, que era el único ser despierto en ese piso un domingo a las nueve de la mañana, y con el montón de dudas que tenía, que no parecían tener intención de evaporarse de forma natural, como habría deseado que hicieran.


***


Nina estaba comiéndose un plato de espaguetis cuando aceptó mi videollamada. Parecía estar distraída con algo que estaban dando en la televisión, y me planteé colgar, porque de todos modos sentía que estaba siendo una exagerada. Estaba a punto de hacerlo cuando Kiwi saltó a mi lado y puso la cara delante de la cámara. Nina se giró y levantó una ceja.

Vaya, pero si es Kiwi, el gato más guapo de la zona —comentó, hablando por primera vez desde que había contestado, y luego me miró—. Hola, Ari. Perdona, es que estaban a punto de decir quién es el asesino.

—¿Todavía quedan series policíacas en el catálogo de Netflix que no hayas visto? —pregunté, sorprendida.

Cada vez menos —murmuró antes de coger el mando de la televisión y pausar la serie—. ¿Qué te cuentas?

—Pues no mucho —mentí, pero porque antes de empezar a soltarle el rollo con todos mis problemas, quería saber cómo estaba ella—. Y tú, ¿qué tal?

No me puedo quejar. —Se encogió de hombros—. Aunque me pasa algo raro: es como que no quiero volver a Barcelona por las vacaciones, pero a la vez sí. O sea, no quiero volver a entrar en la dinámica de vivir con nuestros padres, y menos después de todo lo que ha pasado, pero quiero verte a ti, a la familia y a mis amigos.

—Pues ven menos tiempo, y así también puedes pasar una parte de las vacaciones en París.

Ya, pero te veré muy poco. ¿No querrías venir a París conmigo unas semanas?

—Trabajo —suspiré, porque realmente me habría hecho mucha ilusión ir con ella.

Es verdad, menuda mierda —murmuró, y luego me lanzó una mirada inquisitiva—. Pero vayamos al grano: ¿qué te pasa? Te noto preocupada.

—No, si aún será verdad que podemos percibir cómo se siente la otra —dije, aunque no debería de estar tan sorprendida, teniendo en cuenta que nos conocíamos muy bien.

Nina sonrió, divertida.

—¿Me lo vas a contar, o no?

Respiré hondo antes de contestar.

—Es por Gabriel.

¿El rubio guapo? Me lo temía.

—¿Tan predecible soy? —Levanté una ceja.

No, pero te conozco, y normalmente no le dedicas tanto espacio en tus pensamientos a los tíos con los que te enrollas, pero a este sí, lo que me dice que es algo más.

—No sé qué me pasa con él. —Suspiré—. Ni siquiera me sentía así con Leo.

Creo que había quedado claro que lo de Leo había sido una relación sin pies ni cabeza desde el principio, y que solo habías estado con él porque sentías que te tocaba tener novio.

Fruncí el ceño.

—Tienes que dejar de pasar tanto tiempo con Adil, se te está pegando lo de psicoanalizar a la gente.

No me cambies de tema —dijo, levantando el dedo índice—. Háblame de Gabriel.

—Creo que me gusta —murmuré—. Bueno, que me gusta. El tema es que no sé hasta qué punto, y que él no parece interesado en mí.

¿Lo has hablado con él?

—¿Estás loca? —Solté una carcajada—. Claro que no.

Ella se me quedó mirando unos segundos, perpleja.

¿Por qué te parece tan mala idea? La comunicación es importante.

—Mi ego no podría soportar que me dijera que no quiere nada conmigo... Además, con sus acciones ya ha quedado claro. No creo que haga falta tener una conversación, solo tengo que aprender a eliminar estos sentimientos raros que tengo hacia él.

¿Sin dejar de follártelo? —inquirió, con una ceja levantada—. No lo veo posible.

—¿Por qué no?

Madre mía, Ari, qué espesa estás hoy. —Negó con la cabeza, exasperada—. ¿Tú crees que podrás dejar de sentir cosas con él mientras os seguís acostando de vez en cuando?

Pues era una idea de mierda, efectivamente. Me la había planteado no por su viabilidad, sino porque habría sido genial que funcionara, pero era poco realista.

—No —contesté a regañadientes.

Si quieres dejar de sentir cosas por él, lo mejor es dejar de verlo —dijo, aunque yo lo sabía perfectamente, pero que no lo quería aceptar—. Distánciate, y así podrás ver las cosas de una forma más objetiva. Ahora vienen las vacaciones, ya no tendrás que verlo en clase. Yo sigo pensando que deberías hablarlo con él, pero si no quieres, y pretendes olvidarlo, lo mejor es que te alejes.

Seguimos hablando un buen rato más, de cosas sin importancia que no hacían trabajar tanto a mi cabeza. Nina iba a venir en dos semanas, así que al menos podría pasar tiempo con ella y despejarme un poco.

Cuando colgué, me quedé un buen rato echada en el sofá, pensando que, aunque no me apetecía alejarme del rubio, lo más probable era que fuera una buena idea. En las últimas semanas él había tenido una actitud algo distante, y no podía evitar sentir que era porque se estaba dando cuenta de que yo no veía lo nuestro como simple sexo.


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Hello hello y feliz domingo :)

He estado bastante tiempo sin publicar, I know. Estaba pensando en subir una nota de autora avisando de que no iba a publicar en un tiempo, pero me ha vuelto la inspiración de golpe.

Estos últimos meses han sido muy difíciles para mí por varios motivos y, aunque al principio escribir era lo que me aislaba de todo, en las últimas semanas la situación ha empeorado y me estaba costando mucho concentrarme. Por suerte, desde hace unos días estoy mucho mejor, y espero poder seguir publicando con regularidad :)

Un abrazo,

Claire

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