26
—Mierda —mascullé cuando uno de los rollos de papel que llevaba se cayó al suelo.
Tuve que agacharme poco a poco para recogerlo, porque estaba segura de que, como se me cayera algo más, iba a gritar de frustración.
Eso de hacer muchas cosas a la vez nunca había sido lo mío, así que no comprendía cómo había podido pensar que llevar cuatro rollos de papel para pintar debajo de los brazos, varias brochas en el bolsillo trasero del pantalón y los tubos de pintura en las manos iba a salir bien.
—Eres un desastre —escuché que decía Natalia antes de que se agachara rápidamente para coger lo que se me había caído—. ¿A quién se le ocurre ir así de cargada? Haber hecho más viajes, mujer.
—Es que voy con el tiempo justo —me defendí—. Tengo que dejar todo esto en el taller, y luego ir a mirar una habitación.
—¿Ya estás mirando pisos? Pero si todavía no has encontrado trabajo.
—Ya, pero esta habitación estará disponible a partir de mediados de mayo y me gusta mucho, así que tendré tiempo para buscar un trabajo. Además, mañana tengo una entrevista.
—¿De qué? —inquirió.
—De recepcionista de un gimnasio.
Ella hizo un gesto de aprobación con la cabeza mientras me quitaba algunas de las muchas cosas que llevaba encima para ayudarme. Las subimos hasta el taller de pintura y, aunque iba casi a diario, siempre que entraba y veía el escenario, no podía evitar recordar lo que había pasado allí hacía ya casi dos semanas.
Había estado muy ocupada desde entonces, tanto buscando trabajo como creando un montón de material para las evaluaciones de dibujo, aunque todavía quedaba más de un mes para eso. Aun así, el profesor estaba contento conmigo, y decía que había progresado mucho, algo que yo también había notado. Con Gabriel no había pasado demasiado tiempo, a parte de algún beso furtivo cuando nos encontrábamos a solas, y tenía ganas de estar con él, pero estaba tan liada que el tiempo me había pasado volando.
Dejé las cosas en la zona que solía ocupar, asegurándome de guardarme el sitio porque, aunque solía venir poca gente al taller, esos últimos días se había empezado a llenar. Cómo se notaba que quedaba poco para la época de entregas.
Me despedí de Natalia, que había decidido quedarse en el taller para avanzar un poco en sus dibujos, y fui hacia la dirección que el propietario del piso que iba a ver me había mandado. La ubicación era ideal, porque quedaba a apenas diez minutos a pie de la facultad, lo que significaba que ya no tendría que ir apretada como una sardina en el metro cada mañana.
El piso no era demasiado grande, pero la habitación en la que estaba interesada tenía una cama doble y entraba mucha luz por la ventana, así que ya me iba bien. Si me lo quedaba, lo tendría que compartir con dos chicas, un chico y un gato. Debo decir que lo del gato le sumaba muchos puntos al piso. Al parecer era de una de las chicas, pero campaba a sus anchas por las zonas comunes.
Era el segundo piso que visitaba —había ido a ver uno un par de días antes, pero no me había convencido—, pero me gustó mucho. No era barato —no existían habitaciones a precios razonables en Barcelona—, pero entraba dentro de lo que tenía planeado gastar, y mira que todavía no tenía trabajo, pero había calculado lo que podría cobrar con un trabajo a media jornada, y salía a cuenta.
Así que, pese a no tener ni idea de si iba a encontrar trabajo, le dije que sí al propietario. Tenía ahorros, aunque no quería gastarlos, así que a una mala podría tirar de allí durante un tiempo. Todavía quedaba más de un mes para que la habitación estuviera disponible, así que tenía tiempo.
Volví a la facultad con las energías renovadas. Cuando estaba entrando por la puerta, saqué el móvil para ver la hora, pero un mensaje llamó mi atención. Era de mi madre. Solo ponía "Puedes volver a casa, si quieres". Solté una carcajada, negué con la cabeza para mí misma, sin poder creerme lo que acababa de leer, y guardé el móvil de nuevo en mi bolsillo.
No tenía ninguna intención de volver. Desde que ya no estaba en esa casa, hacía ya casi tres semanas, pese a haber estado muy ocupada, estaba en un estado de relajación que no había sido capaz de experimentar antes. Ya no tenía miedo de qué iba a encontrarme al llegar a casa, no me iba a dormir enfadada por la discusión de turno que hubiera habido esa noche, y no tenía que vigilar todo lo que hacía y decía, porque ya nadie me reprochaba nada. Había sido como una limpieza de malas energías, así que supongo que debía darle las gracias a mi madre por haberme echado de malas maneras, porque me hacía falta.
Subí de nuevo hacia el taller de pintura, donde pude contar seis personas, lo que era todo un récord. La profesora, Rosa —sí, se llamaba como mi madre, pero no se parecían en nada— se acercó a mí en cuanto me senté delante del caballete.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—Pues todavía no lo sé —murmuré, rascándome un hombro—. Creo que seguiré trabajando sobre el cuerpo.
Ella se quedó callada, pensativa, mientras miraba los dibujos que sobresalían de mi carpeta en la mesa de mi lado. Empecé a poner el papel en el caballete, y ella tardó varios minutos en volver a hablar.
—¿Has pensado en presentarte a alguna beca?
Levanté las cejas.
—¿Una beca?
Ella asintió con la cabeza.
—Natalia me ha comentado que estás buscando trabajo, así que quizás no tengas mucho tiempo, pero podrías probar a presentarte a alguna beca. De hecho, hay una muy interesante que abre convocatoria la semana que viene.
—Y, ¿qué ganas con las becas?
—Depende de la beca —respondió—. La que abre la semana que viene, por ejemplo, ofrece tres mil euros y la posibilidad de exponer en una galería bastante buena. Sería una buena oportunidad para que puedas desarrollar más tu trabajo, y para que te asesoren profesionales.
—¿Cuál es la pega?
—¿La pega? —inquirió ella.
—Algo malo tiene que tener —expliqué—. ¿Les tendré que vender el alma?
Rosa rio.
—No, no tienes que venderles el alma. —Negó con la cabeza, divertida—. Tienes que mostrarles tu proceso cada cierto tiempo, y si tus obras se venden, se llevan una comisión bastante alta.
—Pues no suena mal —murmuré, dándole vueltas al tema—. Pero, ¿tú crees que les van a interesar mis dibujos?
—En apenas un mes tienes un dominio del acrílico que mucha gente tarda meses en tener —comentó—. Además, se nota que has trabajado obsesivamente el tema del cuerpo, porque también has progresado muchísimo, y estás empezando a crear un estilo propio. Yo que tú trabajaría en ello durante un mes más, porque la convocatoria cierra a finales de junio, y luego haría una selección para mandársela. Entiendo que si vas a empezar a trabajar puede ser un poco complicado, pero yo no desperdiciaría la oportunidad. Inténtalo. Creo que tienes muchas posibilidades de que te den la beca.
No pude evitar sonreír con timidez, aunque ese no era un rasgo habitual en mí, pero es que no estaba acostumbrada a los piropos hacia mis habilidades artísticas.
—Gracias.
Ella solo me devolvió la sonrisa antes de irse hacia su mesa.
Paradójicamente, el saber que tenía un objetivo nuevo para mis dibujos hizo que me bloqueara. Tiré varias hojas de papel que contenían dibujos descartados durante la primera hora, incapaz de sacar algo satisfactorio, y a las siete estaba sentada en el taburete, mirando a la hoja de papel en blanco con odio, cuando me vino una idea a la cabeza.
Me levanté y fui hacia la mesa de la profesora con decisión. Ella levantó la vista en cuanto me escuchó acercarme, mirándome por encima de sus gafas, y me paré delante de ella.
—En los dibujos que mande para la beca, ¿puede haber colaboraciones? —le pregunté.
—Supongo que sí —contestó—. Te he mandado las bases por mail.
—Gracias. —Sonreí, antes de salir por la puerta del aula ante su expresión confusa.
No tenía ni idea de si Gabriel estaría en el taller de foto, pero estaba demasiado energizada por lo que se me acababa de ocurrir como para pararme a mandarle un mensaje y esperar su respuesta, así que me dirigí hacia el piso de arriba.
El pasillo estaba desierto, algo normal teniendo en cuenta que la mayoría de la gente estaba o bien en clase —los que hacían el turno de tardes—, en la biblioteca, en su casa o en los talleres.
Caminé hacia la puerta del taller de fotografía y, en cuanto la divisé, alguien me tocó el brazo y di un salto, sorprendida.
Gabriel se echó a reír y me giré hacia él antes de pasarme una mano por la cara, intentando recuperarme del susto.
—Tienes una costumbre horrible de darme semi infartos —lo regañé, pero eso solo lo hizo sonreír más.
—¿Me vas a castigar?
—Podría, sí —respondí, recuperando la compostura y llevándome las manos a las caderas, como si estuviera pensando en una buena forma de castigarlo.
—Ya sabes que yo no me quejaré.
—Pues entonces no tiene gracia.
Lejos de contestarme, tiró de mí hasta que estuve pegada a su cuerpo, y me besó. Nos podía ver cualquier persona, aunque estábamos en el último piso y no se oía ni un alma, pero eso solo le añadía diversión a nuestro juego.
Lo que no me esperaba era que Leo apareciera por la puerta que daba a las escaleras y se quedara de pie, congelado, mirándonos.
Me separé de Gabriel de forma instintiva y el rubio carraspeó, notablemente incómodo con la situación que acababa de crearse. Leo cambió la expresión con rapidez, pasando de la sorpresa a una sonrisa que no me gustó nada.
Soltó una carcajada y se fue, como si no hubiera pasado nada... Pero me dejó una mala sensación en el cuerpo. Me esperaba gritos, un drama, una discusión, cualquier cosa, pero no esa reacción.
—Eso ha sido... ¿raro? —preguntó Gabriel.
—Rarísimo —coincidí.
Conseguí bloquear esa mala sensación para contarle a Gabriel por qué había subido a verlo —e hizo un puchero cuando le aclaré que no había ido a enrollarme con él en los baños—. Le comenté que quería seguir con lo que habíamos estado probando unas semanas atrás de combinar la fotografía con ilustración y pintura, y a él le pareció bien. Estuvimos mirando las fotografías que había revelado por si podía empezar a hacer pruebas con alguna, y seleccioné varias pero tuve que dejar la experimentación para otro día porque ya era muy tarde.
Me robó otro beso antes de irme, lo que me dejó sonriendo como una tonta en todo el camino de vuelta a casa, y cuando llegué preparé la cena, cené con Elvira, saqué a Panceta y terminé cayendo rendida en la cama.
No eran ni las once cuando empecé a quedarme dormida, y escuché cómo mi móvil vibraba varias veces sobre la mesita de noche, indicando que estaba recibiendo mensajes, pero no le hice demasiado caso porque no me sentía capaz de alargar la mano para cogerlo. Fue cuando las vibraciones se volvieron más constantes, lo que significaba que alguien me estaba llamando, que decidí hacer el gesto para coger el aparato. Vi que era Silvia, lo que me extrañó porque no solía llamarme, y presioné el botón verde antes de llevarme el móvil a la oreja.
—¿Sí? —dije, esforzándome por no hablar arrastrando las palabras.
—¿Has visto lo de Instagram? —preguntó, notablemente nerviosa.
—¿El qué?
—Tía, abre el Instagram —insistió.
—Voy, voy —balbuceé.
Aparté el móvil de mi oreja y lo puse en altavoz para poder hablar con Silvia mientras entraba en Instagram. Me salió una notificación de que alguien me había etiquetado en una foto, y cuando vi la imagen en cuestión, se me pasó el sueño de golpe.
Era yo, desnuda, echada en la cama de mi habitación en casa de mis padres. Me incorporé, sin comprender qué diablos estaba pasando. Era un usuario que no reconocía, con números y letras aleatorias de nombre. No tenía imagen de perfil, y la única foto que tenía colgada era la mía. Estaba claro que era un perfil falso, y fue entonces cuando lo supe.
Había sido Leo.
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