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Maratón 2/3

Ni siquiera llevaba una semana entera lejos de mis padres, y ya estaba notando mejoras en prácticamente todos los aspectos de mi vida. Mi única interacción con ellos había sido un escueto "sí" de respuesta cuando mi padre me había mandado un mensaje preguntándome si estaba bien. Por lo demás, silencio absoluto... y lo agradecía.

Había empezado a frecuentar el taller de pintura de la facultad por las tardes, porque no solía haber mucha gente y tenía mucho espacio para poder dibujar y pintar con tranquilidad. Además, la profesora que se encargaba del taller solía estar por ahí, así que me hacía comentarios y sugerencias sobre lo que iba haciendo.

Ese viernes, estaba añadiendo color a uno de los esbozos que había hecho, para ver si me ayudaba a desbloquearme. Había notado una mejora en mis dibujos desde que iba al taller prácticamente cada día, pero el tema del cuerpo se me seguía resistiendo, y la profesora estaba de acuerdo conmigo en que a mis dibujos les faltaba vida.

Llevaba los auriculares puestos, pero eso no evitó que escuchara la puerta abrirse de golpe, y me giré para ver a Marian entrando con Gabriel.

—¡Ahora Ari es del barrio! —exclamó ella, entusiasmada—. Podemos enseñarte todos los lugares icónicos: el contenedor de basura que lleva tres años quemado y nadie se ha llevado, el bar donde se pasa la droga, el árbol que intentaron cortar antes de que yo naciera pero no salió bien y lleva desde entonces aguantándose con cinta adhesiva... Es un sitio maravilloso. Arte en estado puro.

Me eché a reír, porque ya había tenido el placer de ver el árbol del que hablaba, y la verdad es que era de las cosas más cutres que había visto en mi vida. Marian se sentó en un taburete que había al lado del caballete donde estaba trabajando, y Gabriel se apoyó en una de las mesas.

—Podéis apuntaros a mis paseos con Panceta —comenté.

—Voy a asumir que Panceta es un perro, pero por el nombre podría ser cualquier cosa —dijo Gabriel.

—Es un perro —confirmé.

—Y, ¿cómo se le ocurrió llamarlo Panceta? —preguntó Marian, intrigada.

—Pues no tengo ni idea, y no sé si lo quiero saber.

—Ahora quiero conocer a tu tía, parece la persona más guay del universo —dijo ella.

—Lo es. —Sonreí.

—Y, ¿cómo va esto? —me preguntó Gabriel, mirando el dibujo que tenía puesto en el caballete.

—Pues regular, la verdad —respondí—. Sigo con el mismo problema con los dibujos de cuerpos, necesitaré a alguien que pose para mí.

—¿Estás buscando modelo? Si necesitas a una mujer, yo me desnudo para ti cuando quieras —dijo, levantando los brazos y dando una vuelta sobre sí misma, como si me estuviera enseñando su cuerpo—. Y si lo que te hace falta es un maromo, seguro que Gabriel se ofrece.

—De hecho, ya me he ofrecido —comentó él—, pero me da que Ari no quiere verme desnudo.

—Oh, ya lo creo que sí —contesté, y ambos rieron. Gabriel se mordió el labio, y tuve que contenerme para no decir nada más así de poco sutil—. Aunque insisto en que no tendrías que estar desnudo del todo, así que igual no te interesa.

—Yo acato tus órdenes.

Sonreí.

—Perfecto, entonces.

—Madre mía, con la tensión sexual. —Marian hizo como que se abanicaba con la mano—. Follad de una vez.

—Ahora mismo —bromeé.

—¿Puedo mirar?

—Me da a mí que no —contestó Gabriel, divertido.

Ella hizo un puchero, pero pronto se le olvidó el tema —por suerte— y empezó a cotillear mis dibujos. Gabriel aprovechó para acercarse a mí, haciendo como que miraba el dibujo en el que estaba trabajando, pero pronto me di cuenta de que su intención era otra.

—Puedo venir a posar cuando quieras —murmuró, vigilando que Marian no lo escuchara—. No suele haber mucha gente por aquí, ¿no?

—No —respondí, sin poder evitar pensar en todas las posibilidades que ese taller nos podía ofrecer—. Y, cuanto más tarde sea, menos gente hay. Hacia las siete acostumbro a estar sola.

—Podemos quedar a las siete, entonces —dijo, y vi cómo una sutil sonrisa se dibujaba en sus labios.

—Podemos quedar a las siete —afirmé—. ¿Te va bien mañana?

—Mañana me va perfecto —contestó en un murmuro, pero no impidió que notara que su voz era algo más grave de lo normal, algo que sabía que le pasaba cuando una cosa le interesaba mucho.

—¿De qué habláis? —preguntó Marian, de cuya existencia casi me había olvidado durante unos segundos.

—De nada —contestó Gabriel, apartándose lentamente de mí y mirando a nuestra amiga—. Son cosas de rubios.

—¿Ahora me vais a discriminar por mi color de pelo? —dijo, fingiendo indignación mientras se tocaba el pelo castaño oscuro—. Al final me voy a tener que teñir.

—En nuestro club solo entran rubios naturales, lo siento —respondí.

Marian rodó los ojos, y nosotros sonreímos.

No tardaron en marcharse, porque ya eran pasadas las seis y querían irse a casa, así que me quedé sola. Estuve pintando un poco más, pero no tardé en cansarme, así que me senté en la mesa, saqué el portátil, y me puse con lo que llevaba días haciendo: buscar trabajo.

Como había asumido que mis padres ya no me pagarían las clases de francés, tenía las tardes libres, así que podía buscarme algo de media jornada para ganar algo de dinero y poder buscar un piso compartido. Mi tía había insistido en que podía quedarme todo el tiempo que quisiera, pero tampoco quería estar meses en su casa, además de que un trabajo no me iría mal para espabilarme.

La mayoría de ofertas eran una porquería, aunque ya me lo esperaba: empleos para los que pedían saber prácticamente de todo pero pagaban una miseria, otros con horarios imposibles... Era consciente de que no encontraría un trabajo maravilloso que me llenara, porque todavía tenía mucho que aprender, pero quería encontrar algo que al menos fuera decente. Apliqué para un par de trabajos, uno de recepcionista y otro de cajera, pero tampoco tenía demasiadas esperanzas de que me fueran a llamar.

Aunque lo enfocara con pesimismo, era gratificante sentir que estaba algo más cerca de ser independiente, de hacer mi vida sin depender de mis padres y sin tener que aguantar sus chantajes emocionales. Nina todavía pensaba que iba a terminar volviendo a casa, pero yo cada vez tenía más claro que no iba a ser así. Y, si ella sabía lo que era mejor para sí misma, tampoco volvería a casa de mis padres... Pero eso ya estaba en sus manos. Mi hermana seguía muy afectada por la discusión que había tenido con ellos. Al parecer, los había llamado para contárselo —le costaba mucho guardar secretos y le sobraba optimismo—, pensando que igual no reaccionaban tan mal, pero la respuesta había sido incluso peor de lo que se esperaba. Ella siempre había estado obsesionada con complacerlos y, de hecho, ese había sido su primer acto de rebeldía. No estaba acostumbrada a llevarles la contraria, pero ya se le pasaría el miedo. Lo que estaba claro era que ella tampoco podía seguir viviendo así.


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Holi

Solo me paso por aquí para comentar que existe un perro llamado Panceta en mi barrio y por eso le he puesto ese nombre al perro JAJAJAJ aunque el de mi barrio es un carlino y el de la novela una mezcla de labrador con algo más.

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