22
Sus manos agarraban mi cintura con fuerza cuando me empujó contra la pared. Las mías fueron a su espalda, apretándolo más contra mí, mientras presionaba sus labios contra los míos. Abrí la boca para gemir por el leve dolor que sentí por el impacto de mi espalda con la dura pared, y él aprovechó para sumar la lengua al arriesgado juego que estaba teniendo lugar en el laboratorio de fotografía, iluminados solo por la luz de seguridad roja.
Llevaba días esperando ese momento. Volver a sentir su boca, sus manos que no podían dejar de tocarme, y esa adrenalina que recorría todo mi cuerpo.
Apenas tres horas antes, no tenía ni idea de que iba a ocurrir algo así. Estaba en el bar jugando cartas con Natalia mientras nos comíamos un bocadillo. Le había enseñado los dibujos que había hecho para trabajar el bloque del cuerpo, ese que tenía que trabajar más, y contándole mis dudas con respecto a lo que había dibujado. Había pasado todo el fin de semana haciendo dibujos y dibujos, pero seguía sin convencerme. Ella me había dado el mismo consejo: necesitaba un modelo. Incluso bromeó diciendo que podría pedírselo a Gabriel, y tuve que morderme la lengua.
No es que no tuviera ganas de contarle lo que había pasado con Gabriel en su fiesta, porque las tenía, pero había algo en ese secretismo, en el que no lo supiera nadie, que lo hacía todo aún más divertido y excitante. Ese lunes todavía no había hablado con él más allá de un saludo, aunque habíamos tenido dos clases juntos, pero no sentía que hubiera habido ningún tipo de tensión negativa... solo la tensión de siempre, pero intensificada. Y no sabía si iba a aguantar toda la semana sin saltarle encima, la verdad.
—Por cierto, ¿sabes algo de Leo? —me preguntó justo después de haberme pegado una paliza en un juego que le había enseñado su abuela y que yo claramente no dominaba, por no decir que se me daba fatal.
—No —contesté distraídamente, mientras barajaba las cartas.
—La semana pasada apenas vino a clase, y hoy no ha venido.
—Se habrá hartado de la carrera. —Me encogí de hombros.
Ella se quedó en silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—¿No has vuelto a hablar con él desde que lo dejasteis?
Levanté la vista, encontrándome con la pelirroja mirándome con curiosidad.
—No —dije, dejando el mazo de cartas en la mesa—. No quiero saber nada más de él. Es un gilipollas, y su vida me da igual.
—Pues también es verdad. —Asintió con la cabeza, y sonreí.
La verdad es que ya apenas pensaba en Leo. Lo que me había hecho había sido horrible, sí, pero que hubiera dejado de estar en mi vida no me había afectado demasiado. De hecho, ahora que no tenía que darle explicaciones a nadie, que no tenía que estar yendo con cuidado constantemente para que no se enfadara, me sentía mucho más libre.
Una mochila salió volando hasta caer encima de la silla que había a mi lado, y me giré para ver a Marian —que seguramente era la lanzadora— y a Gabriel caminando hacia nosotras.
—Buenas tardes, señoras —nos saludó ella.
—¿Señoras? Pero si somos más jóvenes que tú —le recordé, porque tanto ella como Gabriel tenían un año más que nosotras, y desde que lo había descubierto se lo recordaba cada vez que podía, para molestar.
—Ni que fueran cuarenta años de diferencia —se quejó ella antes de volver a coger la mochila que había tirado y sentarse en la silla.
Gabriel se sentó en el lado opuesto de la mesa lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Ya habíamos acabado las clases por ese día y no teníamos trabajos ni exámenes, porque todavía nos quedaban más de dos meses para terminar el curso. Es por eso que nos podíamos permitir estar perdiendo el tiempo en el bar. Esa tarde yo no tenía Francés, y había dejado de ir al gimnasio al dejarlo con Leo, tanto por no encontrármelo como porque me estaba empezando a dar pereza ir, así que tenía tiempo.
—¿De dónde venís? —les preguntó Natalia.
—Este se ha ido a comprar una cámara, y lo he acompañado. —Marian señaló a Gabriel—. Se ha dejado un pastón en una cámara que igual tiene tres millones de años.
—No sabía yo que eras rico —bromeé, mirando al rubio.
—Hay tantas cosas que no sabéis de mí... —Levantó las cejas varias veces.
—¿De qué vas, de misterioso? —preguntó Marian.
—Es exactamente lo que soy. —Murmuró con diversión antes de sacar una cámara diferente a la que usaba habitualmente, por lo que asumí que era la que se acababa de comprar. Se la llevó a la cara, y me apuntó con el objetivo—. Sonríe, Ariadna.
Adopté la expresión más seria que fui capaz de poner, y Gabriel soltó una carcajada antes de apretar el disparador.
—Guapísima —comentó, en tono de broma.
—Como siempre. —Sonreí.
—Bueno, dejad de tiraros la caña y enséñame esos dibujos que te tienen tan rayada —me dijo Marian.
—Era más como que Ari se tiraba la caña a sí misma —comentó Natalia.
Reí y abrí la carpeta con mis dibujos, que seguía sobre la mesa desde que se los había enseñado a Natalia. Le estuve enseñando lo que había hecho mientras Gabriel nos iba haciendo fotos. En un momento se fue a dar una vuelta para hacer fotos, y apenas tardó quince minutos en volver.
—¿Quieres desgastar la cámara el primer día, o qué? —inquirió Marian cuando el rubio volvió a sentarse con nosotras.
—No, pero quiero terminar este carrete, porque en un rato iré al laboratorio de foto y así puedo ver cómo quedan las fotos con esta cámara —explicó él—. ¿Queréis venir?
—Yo creo que paso —dijo Natalia justo antes de bostezar y echarse hacia atrás en la silla—. Estoy hecha una basura.
—Yo me apunto —comenté, haciéndome la distraída, con la mirada fija en mis dibujos.
Marian se quedó callada unos segundos. La miré, me miró, y luego miró a Gabriel. Una sutil sonrisa divertida se dibujó en sus labios antes de que los abriera para hablar.
—A mí no me da tiempo —dijo—. Haced vosotros.
Así que media hora más tarde, cuando Gabriel ya había terminado el carrete, decidimos ir hacia el taller. Hicimos el camino en silencio. No podía parar de darle vueltas a lo que había pasado el viernes anterior. Lo miré cuando estábamos en el ascensor, y parecía pensativo. Sentía esa expectación más fuerte que nunca, tanto que daba la sensación de que nos íbamos a terminar ahogando en ese ascensor, de lo cargado que estaba el ambiente.
Las puertas se abrieron, y fue como volver a la realidad de golpe. Salí hacia el pasillo rápidamente, y Gabriel lo hizo con más calma, mirándome. Necesitaba decir algo, porque cada segundo que pasábamos en silencio se hacía más raro.
—¿Marian lo sabe? —pregunté casi sin pensar, y él levantó una ceja.
—¿Si sabe el qué?
—Lo que... —carraspeé—. Lo que pasó el viernes.
—No. —Acompañó su respuesta con un leve movimiento de cabeza.
—Oh, como antes nos ha mirado raro...
—Yo creo que sigue obsesionada con que hay algo entre nosotros... Y tiene toda la razón, pero no le he dicho nada.
—Oh, ¿tiene razón? —repuse, divertida.
—Lo del viernes decididamente fue algo —contestó él, con una media sonrisa.
—Qué interesante...
—Interesante también es una buena forma de describirlo, sí —murmuró, sin dejar de sonreír.
Solté una carcajada y seguimos caminando hacia el laboratorio en silencio. Cuando entramos, nos encontramos a Helena, la profesora encargada del taller de fotografía, rebuscando en unos cajones. Paró lo que estaba haciendo en cuanto cerramos la puerta detrás de nosotros, y nos miró.
—Ay, hola, Gabriel —lo saludó, como si acabara de volver a la realidad, y luego se dirigió a mí—. Tú eras... No me lo digas. Ana... ¿Adriana?
—Ariadna. —Sonreí—. Casi.
Helena era una persona curiosa. Siempre llevaba ropa ancha, que parecía de lo más cómoda, y el pelo recogido en un característico moño descuidado, del que sobresalían varios mechones. Sus ojos eran de un color marrón oscuro, pero solía dar la sensación de que eran más claros, igual por la profundidad de su mirada. Siempre parecía estar en otro sitio, mentalmente hablando, pero era muy simpática, y se notaba que le gustaba lo que hacía.
—Ariadna, sí —contestó, riendo—. Tengo una reunión con el departamento de fotografía, así que no sé cuándo volveré. Candela tampoco está, aunque prácticamente vive aquí, así que en cuanto consiga encontrar los papeles que estoy buscando, tenéis el taller para vosotros solos. Ya sabéis cómo funciona todo, así que no creo que me necesitéis.
En realidad yo solo había estado una vez en el taller y no me acordaba de prácticamente nada, pero Gabriel venía a menudo, así que yo tampoco creía que fuéramos a necesitar a Helena... Y estaba encantada de saber que se iba. No porque no me cayera bien, porque la mujer era genial, pero supongo que ya entendéis a qué me refiero.
Tardó poco en encontrar lo que buscaba, y se despidió con rapidez antes de desaparecer por la puerta. El taller quedó en silencio, y miré a Gabriel justo antes de que él hablara.
—¿No te has planteado nunca comprarte una cámara analógica? —me preguntó.
—No creo que tenga ojo para la fotografía —contesté, desviando mi atención hacia las fotos de otros alumnos que había colgadas por el taller, secándose—, pero me gusta revelarlas. Es divertido. Además, creo que se podría hacer cosas muy guays con la técnica de revelado. No sé, mezclarlo con ilustración, poner capas encima del papel fotosensible para que queden dibujos superpuestos a las fotos...
—Se puede hacer, sí —murmuró, seguramente dándole vueltas a la idea mientras se apoyaba en una de las mesas—. Creo que hay láminas de estas de plástico...
—Acetato.
—Eso. —Sonrió.
—Podemos probar con eso... ¿Sabes dónde están?
Y Gabriel no tenía ni idea, así que me puse a rebuscar en los cajones. En la gran mayoría solo había montones y montones de negativos, supongo que de gente que se los había dejado por ahí, y me pregunté cómo podían hacer eso.
Yo no solía hacer fotos, y menos con cámaras analógicas, pero recordaba cuando era pequeña y, de vacaciones, mi tía siempre nos hacía fotos con su cámara. En ese momento las cámaras digitales o no existían o eran algo nuevo y caro, así que usaba esa cámara de color gris y negro, que no sabía ni qué marca era pero siempre me venía a la cabeza cuando alguien mencionaba las analógicas. Esas fotos que hacía luego habían pasado a estar en álbumes en mi casa, que miraba de vez en cuando con Nina para reírnos, o cuando tenía un mal día y quería ver algo que me hiciera recordar buenos momentos. Por eso me costaba entender que alguien pudiera desprenderse de sus fotos tan fácilmente. Para mí, llevaban consigo miles de recuerdos, aunque probablemente esos negativos fueran de fotos que se habían hecho poco tiempo atrás.
—Aterriza. —La voz de Gabriel a pocos centímetros de mi oído me sobresaltó, y él se echó a reír—. Te has quedado como un minuto entero empanada mirando este cajón. ¿Has encontrado fotos sugerentes?
—No. —Negué con la cabeza, sonriendo—. Estaba pensando, eso es todo.
Cerré el cajón y, cuando fui a abrir el siguiente, la mano de Gabriel se encontró con la mía, algo que me estaba dando cuenta de que tenían tendencia a hacer, como si se atrajeran involuntariamente... pero, esta vez, ninguno de los dos se apartó. Giré la cara hacia él, y me lo encontré tan, tan cerca, que me fue imposible resistirme.
Lo besé, y él apenas tardó en reaccionar. Su mano libre, la que no seguía tocando la mía, viajó hasta mi nuca, y me presionó más contra él con suavidad. Abrí la boca, invitándolo a profundizar el beso, y Gabriel no perdió tiempo, colando su lengua para encontrarse con la mía. Aparté mi mano de la suya y lo rodeé con los brazos, acercándolo más a mí, hasta que su cuerpo estaba presionado contra el mío, y yo estaba apoyada contra la cajonera.
No sé cuánto pasó hasta que Gabriel se separó de golpe, haciéndome levantar una ceja, y sonrió antes de cogerme de la mano.
—Ven.
Me llevó al cuarto oscuro, donde se revelaban las fotos, que estaba iluminado solo por la luz de seguridad roja que no amenazaba con exponer el papel fotosensible. Sus manos agarraban mi cintura con fuerza cuando me empujó contra la pared. Las mías fueron a su espalda, apretándolo más contra mí, mientras presionaba sus labios contra los míos. Abrí la boca para gemir por el leve dolor que sentí por el impacto de mi espalda con la dura pared, y él aprovechó para sumar la lengua a ese arriesgado juego, porque en cualquier momento podía entrar alguien al taller, aunque era menos probable que nos pillaran si estábamos en esa habitación.
Llevaba días esperando ese momento. Volver a sentir su boca, sus manos que no podían dejar de tocarme, y esa adrenalina que recorría todo mi cuerpo. Fue él quien decidió atreverse a llevarlo un poco más allá, cuando sus manos fueron a mi culo y lo apretó, para luego darme un pequeño azote que me hizo gemir otra vez.
Mordí su labio inferior, y noté su sonrisa en mi boca. Me separé y bajé mis besos a su cuello mientras mis manos se aventuraban un poco más abajo. Las deslicé su torso, cubierto por la ropa y, sin ningún tipo de pudor, acaricié el bulto que empezaba a formarse entre sus piernas. Esta vez fue Gabriel el que gimió, presionándose más contra mí, e iba a ir más lejos cuando escuchamos la puerta del taller abrirse.
Nos separamos de golpe, interrumpidos de nuevo pero con una sonrisa en la cara, y Candela, la chica que solía estar en el laboratorio, entró en el cuarto oscuro. Nos saludó con entusiasmo, y estoy segura de que Gabriel agradeció la poca luz, porque no se podía ver que estaba excitado.
Helena tampoco tardó en volver, así que nos dedicamos a revelar fotos y hacer pruebas con el acetato y algunos dibujos durante el resto de la tarde.
Eran cerca de las ocho cuando mi móvil vibró en mi bolsillo. Salí del cuarto oscuro, para evitar que la luz del móvil dañara el papel fotosensible, y tragué saliva cuando leí el mensaje que acababa de recibir.
Mamá: Ven a casa ahora mismo.
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¡Hola! Después de varios días de bloqueo, vuelvo a estar aquí :) Las cosas se han puesto intensas entre los rubios... y en casa de Ari, quizás. ¿Quién sabe? (a parte de mí, claro JAJAJ) En principio tendréis el próximo capítulo la semana que viene (el miércoles), pero igual me motivo y lo subo antes. De mientras, os invito a seguirme a mi Instagram, que es sirendreams igual que aquí, para manteneros informadas hehe.
Os quiere,
Claire
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