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Capítulo dedicado a la fantabulosa teguisedcg, ¡porque es su cumpleaños! Espero que hayas pasado un día genial, un super abrazo virtual pa usted, bb <3
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Desperté con la cabeza enterrada en una almohada que era demasiado cómoda como para ser la mía, y en una habitación llena de una luz que me obligó a cerrar los ojos tan pronto como los había abierto.
Si quitamos el hecho de que no estaba en mi habitación, parecía una mañana como cualquier otra... hasta que todo lo que había pasado la noche anterior volvió a mi cabeza. Una sensación nada agradable se instaló en mi pecho y me incorporé, abriendo los ojos y comprobando que estaba en la habitación de Gabriel. No había bebido mucho la noche anterior, así que el único rastro que quedaba del alcohol era un sutil dolor de cabeza, pero tenía demasiado en lo que pensar como para que me molestara.
En la mesilla había un reloj —sonará típico, pero yo solo lo había visto en las películas— que marcaba las once y media de la mañana. Teniendo en cuenta que habíamos llegado casi a las cinco, tampoco había dormido demasiado.
Escuché ruidos en algún lugar de la casa, pero decidí quedarme en la cama un poco más. Cerré los ojos e intenté volver a dormirme, pero tras un buen rato intentándolo me resigné al hecho de que no iba a conseguirlo.
Salí de la habitación poco después, llevando la misma ropa que la noche anterior, que era con lo que había dormido. Me metí en el baño rápidamente y conseguí encontrar un desodorante. Me lo eché, y me lavé la cara con el jabón de manos. Luego recordé que, como mi plan para esa noche había sido dormir en casa de Leo, me había llevado un cepillo de dientes, así que volví a la habitación, lo cogí, y de vuelta en el baño me lavé los dientes.
Cuando hube terminado, respiré hondo, notando un poco de alivio al sentirme limpia. Salí del cuarto de baño hacia el salón, y vi que Gabriel seguía durmiendo en el sofá. Estaba tapado de cualquier manera, con una pierna fuera y llevando solo unos pantalones de chándal. Debía habérselos puesto cuando yo ya estaba dormida, porque no lo recordaba. No llevaba camiseta, así que su torso estaba al descubierto, y debo admitir que me quedé más rato del normal mirándolo. Su piel parecía suave, y mis dedos se estiraron de una forma casi involuntaria, como si necesitaran tocarla.
Un ruido en la cocina robó mi atención y aparté la mirada, quedándome quieta, de pie, en medio del salón. Supuse que sería su madre, y me daba un poco de vergüenza ir a hablar con ella, pero a la vez pensé que era raro que estuviera en su casa y ni siquiera la saludara, así que fui hacia la cocina.
Abrí la puerta, y vi a la madre de Gabriel sentada en una de las sillas de la pequeña mesa que tenían en la cocina. Había un libro en su mano y una taza de café en la mesa, delante de ella. Levantó la mirada, y me sonrió.
—Buenos días —me saludó con entusiasmo—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien, gracias. —Sonreí.
—¿Quieres un café?
—No diré que no —contesté.
Así que me enseñó a usar la máquina de café, que era diferente a la que había en mi casa. Por lo que me contó, al despertarse había hablado con Gabriel, que ya le había comentado que yo estaba durmiendo en su habitación, y luego él había vuelto a dormirse.
—Duerme como un oso, este hijo mío —comentó, divertida, mientras se volvía a sentar.
Estuve hablando con ella durante un buen rato. Me contó que era psicóloga, y yo le hablé un poco de mi vida, de mi hermana, y de que al día siguiente me iba a París a verla. Cerca de la una, me dijo que había quedado para comer, y no tardó en irse.
Empecé a plantearme el irme yo también, porque ya era tarde y Gabriel no parecía ir a despertar pronto, pero cuando estaba recogiendo mis cosas en su habitación escuché que se levantaba del sofá.
Había dejado la puerta abierta, así que solo me hizo falta inclinarme hacia atrás para ver cómo se desperezaba, estirando su cuerpo mientras estaba de pie y liberando un pequeño gruñido. Me quedé mirando cómo su abdomen, sutil pero claramente marcado, se contraía, y cuando bajó los brazos mi vista se centró en sus bíceps. Aparté la mirada, temiendo que me pillara mirándolo, y hablé.
—Buenos días —le dije, y él sonrió al verme.
—¿Cómo estás? —preguntó, empezando a caminar hacia mí.
—Bien —respondí—. He estado tomando café con tu madre, pero hace un rato se ha ido a comer fuera.
—Ah, sí, ha quedado con Juliana —comentó, aunque más para sí mismo.
—¿Juliana? —inquirí.
—Es su novia —contestó él—. Estuvieron saliendo durante cinco años cuando yo era pequeño, lo dejaron, y ahora hará unos meses que se reencontraron y parece que están volviendo a intentarlo.
—Jo, qué bonito —murmuré.
—Pues sí —asintió—. Me alegra que esté tan contenta. Oye, ¿te vas ya? Te iba a proponer de ir a comer algo fuera.
Me lo quedé mirando durante unos segundos, y él levantó las cejas, esperando a que dijera algo.
—Gabriel, no hace falta que me hagas de niñera —le aseguré.
—¿Eso significa que ya puedo dejar de hacer como que me caes bien? —Fingió un suspiro de alivio—. Qué bien.
—Eres tontísimo —le dije, empujándolo suavemente, y él se echó a reír.
—Tú sí que eres tonta —contestó, sin dejar de sonreír—. Si te estoy proponiendo ir a comer es porque me lo paso bien contigo, no porque haya alguna especie de fuerza superior que me esté obligando.
—Vale, vale —respondí, contenta.
Si había algo que no me gustaba, era que la gente sintiera lástima por mí. Después de lo que había ocurrido la noche anterior, me sentía vulnerable, y no quería que Gabriel estuviera haciendo eso porque le daba pena, aunque ya me había dejado claro que no era así.
Gabriel entró a cambiarse en su habitación, y yo fui a sentarme al sofá. Cogí mi móvil, que seguía dentro de mi bolsa, y respiré hondo antes de presionar el botón de encender. Llevaba horas apagado, desde que había ido al parque con Gabriel, porque no quería leer ningún mensaje ni recibir llamadas. Aun así, tenía que avisar a mis padres de que no comería en casa, así que esperé a que el móvil se encendiera, introduje el código, y empezaron a llegar mensajes y avisos de llamadas perdidas por todos lados.
Tenía diez llamadas perdidas de Leo, varios mensajes suyos, y mensajes de mis amigos preguntándome cómo estaba, por lo que deducía que Natalia se lo había contado. Respondí a mis amigos, asegurándoles que estaba bien —aunque no estaba seguro de cómo de cierto era eso—, y me tomé unos segundos para prepararme antes de abrir el chat con Leo.
Leo (01:52): Ya te has ido con Gabriel?? Pues sí que has tardado
Leo (01:52): Ni diez minutos
Leo (01:58): Habértelo follado a él antes que a mí, y así nos habríamos ahorrado toda esta mierda
Leo (02:03): Pero bien que has dejado a tu ejército para insultarme
Leo (02:03): Haznos un favor a todos y pídele a Natalia que se relaje, porque es una pesada de mierda
Noté cómo empezaba a hervirme la sangre a medida que iba leyendo, y tuve que armarme de paciencia para llegar hasta el final, hasta los mensajes que me había mandado hacía apenas unas horas.
Leo (12:23): Joder
Leo (12:23): Lo siento muchísimo
Leo (12:24): Soy un gilipollas
Leo (12:25): Te juro que no quería que pasara. Te lo prometo. No sé en qué cojones estaba pensando. Lo siento muchísimo, Ari. Había bebido un montón y no me sentó bien que te besaras con Gabriel, pero eso no justifica lo que hice. Ya sabes que el tema de Gabriel y tú es sensible para mí, y me sentó mal. Lo siento.
Leo (12:26): Sé que no me lo merezco, pero perdóname, por favor.
Leo (12:32): ¿Podemos vernos?
Tuve que reprimir una carcajada al leer toda esa mierda, aunque no puedo negar que me dolió. Desde que me había hecho eso, no había parado de darle vueltas, y me había dado cuenta de lo manipulador que era, y de todas las cosas que le había perdonado. No iba a dar marcha atrás, así que bloqueé su contacto y, tras mandarle un mensaje a mi madre para avisarla de que no iría a comer, dejé el móvil de nuevo en la bolsa.
—Ya estoy —dijo Gabriel, saliendo de su habitación—. ¿Vamos?
Me llevó a un japonés que no quedaba lejos de su casa, y pedimos un poco de sushi junto con algunos entrantes. La tensión entre nosotros, que el día anterior parecía haber desaparecido, volvía a estar ahí, como si anticipara que, tarde o temprano, pasaría algo, pero eso no me impidió pasar un muy buen rato con él. Hablamos, comimos, y nos reímos mucho en ese restaurante.
Llegué a casa pasadas las cinco, sintiéndome mucho más animada. Mi móvil volvía a estar apagado, porque había estado recibiendo más llamadas de Leo, que obviamente no había contestado, y no quería pensar en ese tema, al menos no en ese momento. Estaba ilusionada por empezar a preparar mis maletas para París. El avión salía el lunes por la mañana, así que no tenía mucho tiempo.
—A buenas horas —gruñó mi padre en cuanto crucé la puerta de mi casa, y tuve que contenerme para no respirar hondo.
Que me recibieran de mal humor no era inusual, pero solía significar que habían discutido y estaban de mal humor, así que sabía de sobra que lo mejor era no darles más motivos para enfadarse contestándoles mal.
—Hola —los saludé con tranquilidad, y mi intención era escabullirme rápidamente hacia mi habitación, pero parece ser que mi madre tenía otros planes.
—¿Qué tal la fiesta? —preguntó, con aparente desinterés.
—Bien —me limité a contestar, aunque era una mentira enorme, y di un paso más hacia mi lugar seguro, pero el interrogatorio siguió.
—¿Cómo va con Leo? —Si se tratara de otra persona podría haber pensado que me había leído la mente y sabía que había pasado algo, pero no era una pregunta poco habitual en mi madre... Y me daba la sensación de que no era precisamente porque se preocupara por mi relación, sino porque creía que no podía aguantar demasiado tiempo saliendo con una persona, y por una vez llevaba razón.
—Ya no estamos juntos —contesté entre dientes, porque sentía que era una victoria para ella.
Mi padre levantó las cejas.
—¿Cómo es eso? —inquirió, y tampoco me creí su falso tono de preocupación.
—Es complicado —murmuré, y seguí caminando hacia mi habitación esperando que no hubiera más preguntas, pero parece ser que no era mi día de suerte.
—Entonces, ¿dónde has dormido? —preguntó mi madre.
Cogí aire antes de contestar, porque sabía que venía un sermón, pero no me daba la gana mentirles solo para mejorar la imagen que tenían de mí, porque sabía que eso no ocurriría nunca.
—En casa de un amigo.
Mi madre resopló, y cerré los ojos.
—Pues no me extraña que Leo te haya dejado, Ariadna, si vas por ahí actuando como una cualquiera —espetó, y esta vez sí que me fui a mi habitación sin querer escuchar ni una palabra más, aunque no pude evitar oír lo último que dijo—. Por Dios, si es que pasas de uno a otro con una rapidez que no es normal.
Mis padres eran personas crueles. Sobre todo mi madre. Tenían sus momentos buenos, sí, pero los malos los superaban con creces. No entendía por qué habían decidido tener hijos si no estaban hechos para comprender a otros seres humanos, pero el tema era que lo habían hecho y yo estaba ahí, teniendo que aguantar toda esa mierda. No, nunca me había faltado de nada, si hablamos de cosas materiales y educación, pero eso no es todo lo que una persona necesita para poder crecer bien.
Nina lo tenía más fácil, no se llevaba ni la mitad de comentarios mordaces, pero era únicamente porque tenía una obsesión casi enfermiza con contentarlos. Ellos lo sabían, y les parecía bien. No me extrañaba que hubiera huido de esa casa para irse a estudiar a París, aunque se lo hubiera vendido a mis padres como una oportunidad para perfeccionar su francés. Ella era la hija perfecta, y yo la que era un desastre.
Me negué a llorar, una vez estuve sentada en mi cama, pero mi parte más emocional no estuvo de acuerdo con esa negativa, y las lágrimas empezaron a salir de mis ojos. Enterré la cara entre mis manos y lo dejé salir todo, toda la mierda que se había estado acumulando en mi interior desde la noche pasada.
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