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El lunes llegué a clase de mal humor. Leo no había contestado a ninguno de mis mensajes, y había vuelto a subir historias en Instagram con Paula el domingo, porque al parecer habían quedado. Podría haberme puesto celosa, pero es que todo parecía demasiado rápido como para que fuera creíble.

Así que en cuanto entré en el aula y lo vi sentado mirando algo en su móvil, me acerqué a él con decisión.

—¿Qué está pasando? —le pregunté sin ni siquiera saludarlo, y él me miró con una ceja levantada.

—¿Qué está pasando, de qué? —Decidió que hacerse el tonto era una buena idea en esa situación, y tuve que reunir la poca paciencia que tenía para no enfadarme.

—No lo sé. —Me encogí de hombros y lo miré como si nada—. Igual tiene algo que ver con el hecho de que no has contestado a ninguno de mis mensajes, el viernes apenas me dirigiste la palabra, y te has dedicado a subir fotos con Paula, con la que ni siquiera sabía que te llevabas bien, todo el fin de semana.

—No me has mandado tantos mensajes —apuntó, y cerré los ojos brevemente para recordarme a mí misma que estaba en clase y no quería que nadie me viera cabreada.

—Porque tengo una dignidad, y no voy a seguir mandándote mensajes si no me contestas —respondí—. ¿Qué estás intentando, Leo?

—¿Estás celosa? —me preguntó, levantando las cejas, y lo miré como si fuera idiota.

—No estoy celosa —contesté con honestidad—. Lo que pasa es que no entiendo por qué te estás comportando así.

—No entiendo a qué te refieres.

Ahí sí que solté una carcajada amarga y decidí que ya me había cansado de esa conversación. Me alejé de él y fui hacia la salida de la clase, pero me cogió por el brazo antes de que pudiera irme.

—Estaba intentando ponerte celosa —confesó, y fruncí el ceño—, pero veo que no ha funcionado. Es como si ni siquiera te importara lo nuestro.

Dicho esto, fue él el que se fue del aula, dejándome perpleja porque no entendía en qué momento se había girado la tortilla de esta forma. Miré a una de las filas de mesas y vi a Gabriel mirándome con una expresión que no pude descifrar. Suspiré, y me fui al baño para intentar recomponerme antes de empezar la clase.

Leo no apareció en todo el día, y no contestó cuando le mandé un mensaje preguntándole qué le pasaba. Necesitaba que me explicara a qué había venido eso de querer ponerme celosa, pero no parecía dispuesto a colaborar.

—Es que no lo entiendo —sentencié en el bar, horas más tarde, después de haberle explicado mi problema a Natalia, Silvia y Marian.

—Honestamente, yo creo que Leo va subiendo su nivel de toxicidad cada día que pasa —respondió Natalia.

—Tampoco es eso —me defendí, porque debo admitir que me lo tomé un poco como un ataque—. Hace un tiempo estuvo celoso de Gabriel, pero ya lo tiene superado.

—Pues me da a mí que no —dijo Marian antes de tomar un trago de su refresco—. No sé, no me parece una actitud normal.

—A ver, Leo es un buen chico —apuntó Silvia, que parecía estar del lado de mi novio—. Todos tenemos nuestras cosas, y no me parece tan grave. Eso sí, creo que deberías hablarlo con él.

—Su última novia le puso los cuernos —expliqué—, y yo creo que eso es lo que le hace ser tan inseguro en este tema.

Natalia me miró con precaución antes de hablar.

—Eso no justifica nada, Ari.

Suspiré, porque por un lado sentía que tenía razón, pero por el otro sabía que ella no conocía a Leo tan bien como yo. Una traición de ese tipo podía joder tu confianza con mucha facilidad, y lo entendía aunque nunca me hubiera ocurrido.

—Lo siento, pero yo estoy de acuerdo con Natalia —dijo Marian—. Todos tenemos nuestras inseguridades, pero eso no justifica que le hagamos daño a los demás.

—No me hace daño —contesté—. No es tan grave. Lo hablaré con él, y lo superaremos. Por cierto, ¿alguien se ha enterado de qué va el trabajo de Dibujo? Porque creo que no he terminado de pillarlo.

Silvia empezó a explicarme lo que ella había entendido, pero pude ver que Natalia seguía guardándose cosas que quería decir con respecto a Leo, y no le pregunté porque no quería seguir con ese tema de conversación. Pensé que habría estado mejor sin haber sacado ese tema en primer lugar, porque no me sentía cómoda sabiendo que a dos de mis amigas no les gustaba mi relación.

Nos quedaban solo quince minutos hasta que empezara la última clase del día cuando Gabriel se sentó a mi lado. Natalia se había ido con Anna hacía un rato, así que solo quedábamos Marian, Silvia y yo cuando él se unió. Pidió un café antes de empezar a rebuscar en su mochila, y sacó una tableta de chocolate con naranja antes de tendérmela.

—La he visto en el super cuando he ido a comprarme el desayuno y he pensado en ti —dijo, y sonreí al recordar que, días atrás, le había comentado que me gustaba.

—Gracias —contesté antes de guardármela en el bolso, porque desde que había pasado lo de Leo tenía el estómago cerrado por los nervios.

Él me dio una sonrisa reconfortante y supe que lo había hecho para animarme, aunque no hubiera comentado nada sobre lo que había visto esa mañana, cuando Leo y yo nos habíamos peleado prácticamente delante de él.

Empezaron a hablar de lo que había pasado el viernes anterior, cuando habían salido de fiesta. Aunque Leo también hubiera estado ahí, no hablaron de él en ningún momento, solo me contaron las anécdotas divertidas de la noche, como cuando Natalia casi se había caído por las escaleras, o cuando habían vuelto a parar a Gabriel para preguntarle si era rubio teñido —no entendía que se lo preguntaran tanto, porque no parecía teñido en absoluto—.

Me hicieron reír un buen rato, hasta que nos dimos cuenta de que llegábamos tarde a clase. Recogimos nuestras cosas rápidamente y caminamos hacia la facultad mientras Gabriel y Marian seguían rememorando momentos "icónicos" —según ellos— de la noche del viernes.

Llegué a clase sintiéndome mucho más tranquila, y me senté al lado de Gabriel. Él tomaba apuntes como si nada, distrayéndose de vez en cuando para hacer dibujos en una esquina de la libreta, y a veces lo pillaba mirándome con sutileza, lo que me hacía tener que reprimir una sonrisa. 

—Así que cuando su mujer, Camille, murió, Monet decidió que se había cansado de pintar personas y se obsesionó con captar la luz de diferentes horas del día —sentenció el profesor dos horas más tarde, dejando la tiza sobre la mesa con un golpe contundente, tanto que me extrañó que no se partiera en dos—. Sabremos más sobre su dramática vida en la próxima clase. Ahora corred libres, chavales.

—A sus órdenes —murmuró Gabriel, recogiendo sus cosas de la mesa, antes de levantarse. Luego me miró—. ¿Quieres ir a tomar algo?

—No te diré que no. —Le di una sonrisa de lado, y se giró hacia Marian y Natalia, que estaban sentadas detrás de nosotros—. ¿Birra?

Al final se unieron ellas dos, Silvia, Anna y Marc, así que terminamos siendo bastante gente en la mesa del bar. Íbamos por la segunda ronda cuando la pantalla de mi móvil, que estaba encima de la mesa, se iluminó con un mensaje de Leo.

Leo: ¿Podemos hablar?

Respiré hondo, pensándolo durante unos segundos y, aunque me lo estaba pasando muy bien en el bar, creía que tocaba hablar las cosas.

Quedé con él en una cafetería cercana, porque tanto su casa como la mía estaban ocupadas, y me dirigí hacia allí tras terminarme la cerveza y despedirme del grupo. Cuando llegué, Leo ya estaba sentado, y me dio una pequeña sonrisa al verme, lo que me hizo saber que no venía con la intención de seguir peleando.

—Hola —lo saludé, sin dejar ver ningún tipo de emoción, cuando me senté delante de él.

Leo carraspeó y se rascó el cuello antes de hablar.

—Lo siento mucho, Ari —empezó—. No quería decir ninguna de las cosas que he dicho. Estaba enfadado. Y también siento lo de este fin de semana, me he portado como un crío y me arrepiento. A veces me cabreo y no pienso en lo que hago. Ya sé que no es excusa, pero no puedo evitarlo. Llevo todo el día dándole vueltas a esto. Me da miedo que no te tomes lo nuestro tan en serio como yo, y por eso actúo así.

Me lo quedé mirando durante varios segundos. No porque esperara que dijera algo más, sino porque las palabras de Natalia no paraban de repetirse en mi cabeza. «Eso no justifica nada, Ari». Quería ponerme firme y decirle que no iba a tolerar que ocurriera otra vez, pero en el fondo sabía que no era cierto y, por encima de todo, no tenía ganas de pelearme más.

Así que lo perdoné. Acepté sus disculpas, y también le confirmé que iría a la cena con sus padres y su hermana ese viernes, ya que me lo había propuesto hacía unos días. Me daba algo de miedo conocerlos, pero quería demostrarle que sí me tomaba nuestra relación en serio. Además, el jueves por la tarde Nina volvía de París para pasar las Navidades en casa, así que podría ayudarme a prepararme. Ella había tenido un novio en el instituto y había conocido a sus padres, así que sabría qué hacer.

Comí con él en la cafetería, porque era tarde y estaba muerta de hambre. Cuando llegué a casa y por fin pude echarme en la cama, me di cuenta de que tenía un mensaje de Gabriel que no había visto.

Gabriel: ¿Todo bien?

Sonreí al leerlo, alejándome por un momento del malestar y el nerviosismo que sentía, y contesté.

Ari: Todo bien. Gracias por preocuparte :)

Dejé el móvil en la mesilla de noche, después de comprobar que eran las cuatro de la tarde. Todavía me quedaban dos horas hasta tener que ir a Francés, y decidí que ir un rato al gimnasio me iría bien para aliviar los nervios. Había algo que me inquietaba, y muy en el fondo sabía perfectamente lo que era, pero no quería admitirlo.


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¡Hooooola y bienvenidas al primer Miércoles de Rubios! Como ya comenté (creo), a partir de ahora el día de actualización de esta novela serán los miércoles.

¿Qué os está pareciendo por ahora?

¿Qué creéis que pasará?

Nos vemos el próximo miércoles (o puede que antes, who knows).

Un abrazo,

Claire

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