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El sol caía lento sobre la costa, tiñendo de naranja los tejados recién remodelados de Figure Eight. La casa de los Sinclair —ahora más grande, más brillante, como queriendo gritar que pertenecían allí— estaba en silencio, pero por dentro, Madison no podía dejar de pensar en la cena que su padre había planeado para esa noche.
—Quiero que estés guapa, Mads. Rafe vendrá —le dijo Marcus Sinclair esa mañana mientras le ofrecía una sonrisa orgullosa, sin sospechar nada.
No sabía que era lo que le había picado a su padre, pero desde unas semanas para acá, había estado muy interesado en Madison y Rafe juntos, algo que ya había sucedido pero ningún integrante de sus familias lo sabían.
Madison solo asintió. Sintió el estómago retorcerse. Su padre no sabía que Rafe ya no era "ese chico especial". No sabía lo de los gritos, las desapariciones, los ojos rojos y la forma en que Rafe la hacía sentir: como si estuviera en una montaña rusa sin cinturón. Sin embargo, su corazón aún latía con fuerza al pensar en él.
Pero esa tarde, Erick pasó por ella en su moto.
—¿Lista para escapar un rato? —le preguntó con una sonrisa torcida.
Madison se subió sin pensarlo. Con Erick todo era más fácil: las risas no se forzaban, las miradas no pesaban. Fueron a la vieja marina, donde tiraron piedras al agua y hablaron de todo... menos de Rafe.
—A veces creo que no sé quién soy aquí —confesó Madison, sentada al borde del muelle, los pies colgando.
—Yo sí sé quién eres —respondió Erick, mirándola con una intensidad que la hizo desviar los ojos—. Eres la chica que me salvó cuando me caí de la lancha aquel día. La que bailó conmigo bajo la lluvia en The Cut, ¿recuerdas?
Ella sonrió, con un nudo en el pecho. Quiso decirle algo, pero su celular vibró.
"Cena a las 8. No llegues tarde. —Papá"
Y entonces, todo se volvió más pesado.
.....
La casa brillaba con luz cálida cuando Rafe y su gran familia llegó. Llevaba una camisa blanca perfectamente abotonada y una sonrisa falsa clavada en el rostro. Su mandíbula marcada y su cabello dorado lo hacían ver como el chico perfecto... si no fuera por la forma en que sus ojos se movían demasiado rápido.
—¡Ward!, ¡Rafe, hijo! Qué honor tenerlos aquí de nuevo.
Madison tragó saliva, sintiendo cómo se le encogía el alma.
—Gracias, señor Sinclair —respondió Rafe, mirando a Madison como si no se hubieran dejado hace apenas unas semanas, como si no la hubiera dejado sola después de su última pelea, con la nariz sangrando y el corazón hecho polvo.
Durante la cena, todo era tensión. Rafe no podía quitarle los ojos de encima a la rubia, la cual sentía que en algún movimiento torpe soltaría los cubiertos y estaría más tensa de lo que ya estaba.
—¿Y tú, Rafe? —preguntó Marcus, levantando su copa— ¿Tienes planes serios? Algo más allá de la vida de yate y fiestas.
—Claro —respondió Rafe, sin vacilar—. Estoy buscando estabilidad. Trabajar con mi papá es la mejor opción, sé mucho sobre el negocio, no se puede negar el futuro que me espera.
La cena siguió. Entre risas forzadas y miradas furtivas, Madison sintió que estaba atrapada con aquel chico de ojos azules, porque no
importaba cuántas veces quisiera no volver a verlo. El universo se empeñaba en volver a reunirlos y eso le quemaba como gasolina.
Al final de la noche, Rafe la alcanzó en el pasillo.
—¿Sigues negando lo que somos? —susurró, con ese tono peligroso que la hacía temblar.
—No somos nada, Rafe. Ya lo habíamos hablado.
Él la miró con una mezcla de furia y dolor. Luego se giró y se fue, dejando en el aire el olor de su loción cara... y algo más oscuro.
Madison cerró los ojos.
Pero la calma no duró.
Una hora después, mientras los Sinclair despedían a los invitados, Madison se quedó sola en la cocina recogiendo los últimos vasos. El sonido de un cristal rompiéndose la hizo girarse bruscamente.
—¿Madison?
La voz era de su madre, pero venía desde la sala. Cuando Madison fue hacia allá, la encontró con el rostro pálido y un papel temblando entre sus dedos.
—¿Qué pasa, mamá?
Su madre le entregó la hoja, sin hablar. Madison leyó:
"Marcus Sinclair sabe más de lo que dice. El trato con Ward Cameron tiene un precio. Cuida a tu hija."
El mensaje estaba escrito a máquina, sin firma.
—¿Quién lo trajo? —preguntó Madison, helada.
—Lo dejaron en la entrada... no vi a nadie.
Madison sintió una corriente fría recorrerle la espalda. ¿Qué trato? ¿Qué sabía su padre? ¿Y por qué alguien creía que ella estaba en peligro?
La noche no había terminado.
Al salir a buscar aire, lo vio: Rafe, a unos metros de la casa, recostado contra su moto, fumando algo. La luz del farol caía sobre su rostro tenso.
—¿Qué haces aquí? —le reclamó Madison, acercándose.
—No podía irme sin despedirme —dijo él, tirando la colilla—. Y tampoco sin advertirte.
Madison lo miró, desconfiada.
—¿Advertirme?
—Mi padre y el tuyo... están metidos en algo grande. No sé qué es, pero no te conviene estar en medio. No con lo que viene.
—¿Estás drogado, Rafe?
Él se rió, pero sus ojos estaban serios.
—No esta vez.
Madison retrocedió un paso. Sentía el corazón en la garganta.
—Erick se preocupa por ti —continuó Rafe—. Pero no está listo para lo que tú arrastras. Yo sí.
—Tú solo arrastras problemas, Rafe —dijo ella, furiosa—. Y si de verdad me quisieras, me dejarías en paz.
Y se fue sin mirar atrás.
Esa noche, Madison no pudo dormir.
Las palabras de Rafe, la nota anónima, la forma en que Erick la había mirado el día de su cumpleaños... Todo se enredaba como olas rompiendo una tras otra. Quiso enviarle un mensaje a Erick, pero se detuvo. Aún no.
En cambio, tomó la hoja misteriosa y la guardó bajo llave.
Al día siguiente, recibió un mensaje desconocido:
"No confíes en nadie. Ni siquiera en los que dicen amarte."
Madison miró el texto, con la piel erizada.
....
Toda la mañana había estando en casa, con una preocupación que no la dejaba respirar ni en su propio techo, había algo que su padre y Ward Cameron estaban ocultando, lo descubriría.
El sol estaba en el momento más resplandeciente de la tarde, Madison salió de casa no sin antes avisar, había estado intranquila y necesitaba ir al único lugar con la única persona que ahora mismo estaría para ella.
Pedaleo tan rápido como pudo, en su cabeza aún estaban las palabras que estaban escritas en esa carta anónima "cuida a tu hija", que significaba, que estaba en peligro y luego el mensaje que había recibido en su teléfono, claramente algo grande estaba ocurriendo y no estaría en paz hasta saber que era eso que la mantenía en peligro.
O como dicen, no le busques tres pies al gato, tal vez lo mejor era no indagar. Cuando el mar está revuelto es mejor quedarse en tierra firme.
Dejo su bicicleta y corrió tan rápido como pudo con la arena moviéndose debajo de sus pies, casi chocando con algunas personas y recibiendo comentarios de alguno que otro niño que disfrutaba su tarde construyendo castillos de arena.
Cuando llegó al puesto de helado donde trabajaba su amigo se detuvo respirando de nuevo con más tranquilidad, habían unas chicas las cuales parecían más interesadas en coquetear con Erick que en disfrutar su helado.
─ Erick─ habló llamando la atención de los tres presentes, las dos chicas no pudieron evitar hacer unas muecas de fastidio, como si les hubieran arruinado su conquista del día, mientras que el pelinegro era todo lo contrario puso una sonrisa de oreja a oreja en el momento que posó sus ojos en ella, pero esa sonrisa se desvaneció más rápido que una brisa de verano al mirar la expresión en el rostro de la rubia.
Rápidamente entendió, abrió la puerta del pequeño puesto de color blanco con tonos azules y rosas, para sentir como los delgados brazos de la chica se envolvían al rededor de él, rápidamente la abrazó acariciando su cabello y espalda, tratando de reconfortarla, hacerla sentir cálida de la manera más profunda, Madison hundió su rostro en el pecho del chico sintiéndose un poco más segura, pero había algo que ahora mismo rondaba su mente, no importaba cuántas veces abrazara a Erick. Él jamás sería Rafe.
Con el pasar de las horas, la chica de ojos azules se sentía mucho mejor, más distraída, había olvidado la razón por la que había estado mal, aparte el pelinegro le había regalado un vaso de su helado favorito, así que su día estaba mejorando.
─ ¿Mejor?
─ Síi, gracias Erick de verdad, me salvaste la vida─ lo miro con una gran sonrisa, mirándolo a los ojos, ella pudo notar como se quedó hipnotizado por un momento mientras miraba todo su rostro a lo que hablo─ ni me fijé en qué momento tus novias se fueron, perdón por correrte el ganado.
─ Stella y Emma me agradan, pero no me gustan para nada. No son mi tipo, ya sabes─ aquello no sabía si había sido su imaginación o si estaba alucinando por no dormir bien anoche o realmente había pasado, cuando Erick mencionó que no eran su tipo enfatizó la palabra mientras la había mirado con una pequeña intensidad, como si se tratara de una indirecta.
Madison tragó saliva, sintiendo cómo el calor le subía al rostro. Apartó la mirada primero, fingiendo interés en el refrigerador de helados.
—Erick... —murmuró— no empieces.
Él soltó una risa suave, pero no se movió de su lugar.
—No estoy empezando nada. Solo digo la verdad.
Antes de que Madison pudiera responder, el sonido inconfundible de una moto acercándose rompió la burbuja en la que se encontraban. El corazón de la rubia dio un salto incómodo. No necesitaba girarse para saber quién era.
Rafe Cameron se detuvo a unos metros del puesto. Casco en mano, lentes oscuros y esa presencia que siempre parecía arrastrar problemas consigo. Erick se tensó de inmediato.
—¿Estás bromeando...? —murmuró Erick entre dientes.
Madison se giró lentamente. Sus miradas chocaron como olas contra rocas.
Rafe la recorrió con los ojos, deteniéndose un segundo más de lo necesario. Algo pasó por su expresión: sorpresa, celos... enojo.
—No sabía que este era tu nuevo escondite —dijo Rafe, acercándose—. Hola, Mads.
—¿Qué quieres, Rafe? —respondió ella, cruzándose de brazos—. Ya advertiste anoche, ¿no? Misión cumplida.
—No exactamente.
Erick salió del puesto y se colocó a su lado, marcando territorio sin tocarla.
—Ella está ocupada —dijo, firme—. Si no vas a comprar nada, sigue tu camino.
Rafe soltó una risa seca.
—Tranquilo, héroe. Esto no es contigo.
—Todo lo que tenga que ver con ella es conmigo —replicó Erick.
El aire se volvió pesado. Madison sentía que el pecho le iba a estallar.
—¡Basta! —interrumpió—. Rafe, ¿qué quieres?
Él la miró con seriedad por primera vez.
—Ayer no te dije todo. —Bajó la voz—. Mi papá y el tuyo no solo están haciendo negocios. Hay dinero sucio... y gente peligrosa involucrada. Tú apareces en medio, Madison. No como daño colateral. Como presión.
El rostro de ella palideció.
—¿De qué hablas?
—De amenazas. De favores que se cobran. De personas que desaparecen —dijo Rafe—. Y de que, si algo sale mal, tú eres la carta más valiosa.
Erick dio un paso al frente.
—Eso es mentira. Solo estás tratando de asustarla para volver a meterte en su vida.
Rafe lo miró con desprecio.
—Ojalá fuera eso.
Sacó su celular y se lo tendió a Madison. En la pantalla había una foto borrosa: ella, saliendo de su casa la noche anterior.
Madison sintió que el mundo se inclinaba.
—Esto llegó a mi teléfono esta mañana —continuó Rafe—. Desde un número que ni siquiera puedo rastrear.
El silencio cayó como una bomba.
—¿Quién te la mandó? —preguntó ella, apenas audible.
—La misma gente que dejó la nota en tu casa.
Erick la miró, alarmado.
—¿Qué nota?
Madison cerró los ojos. Había querido protegerlo... y ahora ya era demasiado tarde.
—Tenemos que hablar —dijo ella—. Los tres no. —Miró a Erick—. Luego te explico, lo prometo.
A Erick no le gustó nada, pero asintió.
—Te espero aquí.
Madison siguió a Rafe unos metros, hasta donde el ruido del mar ahogaba cualquier conversación ajena.
—¿Por qué sigues ayudándome? —le preguntó, con la voz quebrada—. Dijiste que me dejara en paz.
Rafe la miró, vulnerable por primera vez en mucho tiempo.
—Porque aunque me odies... sigo siendo el único que sabe lo feo que se puede poner esto. Y no voy a dejar que te rompan por algo que yo ayudé a crear.
Madison sintió un nudo en la garganta.
—Esto no cambia nada entre nosotros.
—Lo sé —respondió él—. Pero sí cambia lo que viene.
A lo lejos, Erick los observaba, con una sensación amarga creciendo en el pecho.
El mar rugía.
Y Madison supo que, desde ese momento, ya no había marcha atrás.
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