Epílogo
- Venga, despierta, dormilón. -La voz de Blas me saca de mis sueños.- Álvaro acaba de llamarme, dice que ya están en el hospital. Ya por fin podremos achuchar a nuestra pequeñina.
Sonrío. Aunque estoy muy ilusionado por ser padre, Blas lo está como veinte veces más que yo. Aún me acuerdo del día que le dije que quería que formáramos una familia. Fue la noche de nuestro quinto aniversario, estábamos cenando juntos en la terraza del ático que compartimos desde hacía ya tres años.
Yo sabía que él tenía muchas ganas de ser padre, pero yo era más reacio a la idea. Sobre todo se le notaba cuando estaba con Ruth, la pequeña de dos añitos de David y Mía. Él era con diferencia su "tito" preferido.
Preparé la cena mientras él estaba grabando su parte del nuevo disco, yo ese día había dicho que me encontraba mal y no podía ir.
De que llegó se encontró un camino de velas hasta nuestra terraza, que estaba llena de pequeñas lucecitas y velas.
Nos comimos a besos en cuanto me vio. Estamos prácticamente todo el día juntos y nos echábamos de menos.
Había cocinado un plato simple pero que sé que a él le encanta. Nos sentamos en la mesa y mis nervios aumentaban cuando más se acercaba el momento del postre.
Había preparado un bizcocho de chocolate con forma de corazón, le clavé una vela con un cinco encima y salí al patio apagando antes todas las luces.
Podía ver los ojos de Blas centellear por la pequeña llama. Soplamos la vela juntos pidiendo el mismo deseo: que nuestro amor durara tanto o más que nuestras vidas.
Tras disfrutar del postre nos tumbamos abrazados en la hamaca
- Blas. -Rompí en silencio del ambiente.- ¿A ti te gustaría formar una familia? -Le pregunté mientras le seguía acariciando el pelo.
- Pero contigo.
Respiré hondo antes de seguir hablando.
- Para tener un bebé hace falta un hombre y una mujer y, bueno, he estado hablando con Andrea y ella me ha dicho que, bueno, le gustaría ser la madre de nuestro hijo.
Blas no me respondió, incluso dejó de acariciar mi espalda. Con la escasa luz de la luna nueva apenas podía verle.
- Solo si tú quieres. -Dije nervioso. Un suave ruido rompió el silencio de la noche. Era un sollozo. De Blas.
- Pues claro que quiero, mi vida. -A pesar de la oscuridad, le vi sonreír.
Se acercó despacio a mí y me besó en los labios.
Recordando aquella preciosa noche, me visto con unos vaqueros y un jersey. Miro la hora en la mesilla. Las tres y diecisiete minutos de la madrugada del día veintiséis de octubre. Me acerco a Blas y le beso lento.
- Feliz treinta cumpleaños, mi pequeño. -Susurro contra sus labios.
Salimos de casa y en cuarto de hora después estamos en la habitación del hospital de Andrea. Ella está tumbada en una camilla apretando con fuerza la mano de Álvaro con cada contracción.
- Esto... Cariño, puesto que la "culpa" de que estemos ahora estés aquí la tienen Blas y Carlos, ¿no deberías apretarle la mano a ellos? -Dice Álvaro con tono nervioso.
Andrea lleva todo el embarazo con muy mal humor, he perdido la cuenta de las veces en que nos ha insultado a Blas y a mí cuando el bebé da patadas fuertes.
- Cállate, Gango, si quieres que algún día me quedé embarazada de ti. -Le dice con una voz que me ha asustado hasta a mí.
Tras casi una hora Andrea ya está lista para que nuestra hija llegue al mundo. Se la llevan un par de médico al paritorio y entre Álvaro, Blas y yo discutimos quien debería entrar.
- Yo opino que deberías entrar tú, es tu hija. -Me dice Álvaro.
- Y Andrea es tu novia. -Protesta Blas.
- Yo creo que deberías entrar tú, Blas. Eres al que más ilusión le hace y además yo me mareo con la sangre.
Tras unos minutos al final entramos los tres. Sí, los tres, todavía necesitamos una camilla para mí. Andrea sigue todas las indicaciones del médico y enseguida tengo a mi hija en brazos. Es incluso más pequeña de lo que imaginaba. Miro a Blas y está llorando como una madalena, Andrea también está emocionada, hasta a mí se me saltan las lágrimas.
- Has sido una campeona. -Le digo a Andrea besando su frente.
- Estoy muerta, no le queráis dar un hermano, conmigo no contéis, ¿eh?
Le tiendo a nuestra hija a Blas. Está como un flan. La pequeña abre los ojitos, tiene el pelo oscuro de su madre y mis ojos claro.
- Bienvenida al mundo, Carla Cantó Pérez.
Pues si, este ya es el final de Carlos... ¿o Carla? Espero que os haya gustado leerla tanto (o al menos la mitad) de lo que yo he disfrutado y me ha gustado escribirla. Ya solo me queda deciros. Gracias a los que seguís hay, a los que me leeís, a los que me comentáis, a Andrea por ayudarme cuando no sabía ni por donde empezar o como seguir, a Los más guapos por aguantarme siempre (idas de ollas incluidas), a todos mil gracias.
Hasta otra.
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