01:Fuera de control

20:33 p.m

La habitación de Tory era un oasis de lujos y excentricidades: paredes en tonos beige y dorado, muebles de diseñador y un vestidor que podría competir con cualquier boutique de Rodeo Drive. A pesar de todo, para Tory, ese espacio representaba más una prisión que un refugio. Ahí estaba, tumbada sobre su gigantesca cama de sábanas de seda, con Samantha LaRusso a un lado, o "Sam", como la llamaba desde siempre, mientras Yasmine revisaba las opciones en el enorme televisor incrustado en la pared.

—¿Comedia romántica o algo de terror? —preguntó Yasmine, sosteniendo el control remoto con manicura perfecta, mientras su tono delataba que realmente no le importaba la respuesta.

—Lo que sea que no tenga hombres lloriqueando por amor no correspondido —respondió Tory, dejando caer su cabeza en la almohada con dramatismo.

—Por Dios, Tory, ¿alguna vez te ha gustado algo que no sea autos o meterte en problemas? —se burló Sam, cruzando las piernas y dándole un sorbo a la botella de agua mineral que había llevado consigo.

—Touché, LaRusso. —Tory rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír.

La criada de Tory apareció con un tarro enorme de palomitas recién hechas y tres latas de gaseosa. La mujer, como de costumbre, iba vestida impecablemente con su uniforme blanco y negro, siempre reservada, siempre discreta. Tory, para sorpresa de sus amigas y de la propia criada, le dedicó una sonrisa genuina.

—Gracias, Patricia. Hoy has salvado nuestras vidas.—dijo, tomando una de las gaseosas mientras la criada se quedaba de pie por un momento, claramente impactada por el gesto.

—Ehh... De nada, señorita Victoria. —Patricia se retiró con rapidez, pero no sin antes lanzarle una mirada de curiosidad, como si tratara de descifrar qué había causado ese repentino cambio en la actitud de la joven.

—¿Qué fue eso? —preguntó Yasmine con una ceja levantada—. ¿Estás enferma o algo así?

—¿Qué cosa? —Tory abrió la lata de gaseosa con despreocupación.

—Acabas de darle las gracias a Patricia. Tú nunca haces eso.

—¿Y qué tiene de malo? —Tory se encogió de hombros, aunque podía sentir la mirada de sus amigas clavada en ella.

Sam soltó una carcajada breve.

—Me fascina que hayas encontrado tu lado humano, pero no intentes vendernos que te volviste una santa de la noche a la mañana. ¿Qué está pasando?

Tory negó con la cabeza, divertida. Era cierto que su relación con el personal de la casa no era precisamente cálida, pero hoy estaba de buen humor. Después de todo, no todos los días tenía la casa para ella sola.

—Dejen de analizarlo tanto. Es solo un buen día. Y hablando de eso... —Tory se incorporó un poco, con una sonrisa que empezaba a volverse más traviesa—. ¿Qué hacemos esta noche? Mis padres se fueron hace horas, y básicamente tengo el lugar entero para nosotras.

La lata de gaseosa de Sam quedó olvidada en la mesita de noche. Sus ojos se iluminaron, y una sonrisa maquiavélica apareció en sus labios.

—¿Dices que tenemos la casa para nosotras? ¿Sin reglas? ¿Sin interrupciones?

—Exactamente, LaRusso. El reino es nuestro.

—Oh, esto tiene potencial. —Yasmine se sentó en la orilla del sillón, dejando el control remoto a un lado—. Entonces, ¿qué estás pensando, Tory? ¿Una reunión exclusiva? ¿O una de esas fiestas legendarias donde literalmente se rompe todo?

Tory apoyó la barbilla en su mano, fingiendo meditarlo.

—Podríamos organizar algo simple. Unas pocas personas, música, alcohol, ya saben, algo tranquilo.

Sam chasqueó la lengua, claramente en desacuerdo.

—¿"Algo tranquilo"? Tory, ni siquiera sabes el significado de esas palabras. Además, no tienes a tus padres para arruinar la diversión. ¿Por qué no lo llevamos al siguiente nivel?

Tory arqueó una ceja, desafiándola.

—¿Y qué propones?

Sam se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de soltar el plan maestro.

—Invitamos a todo el mundo. Literalmente, todo West Valley. Que sea la fiesta de las fiestas. Que tus padres vuelvan y encuentren este lugar irreconocible. Algo que deje huella.

—Me gusta cómo piensas, LaRusso —murmuró Yasmine, mientras Tory la miraba con una mezcla de diversión y escepticismo.

—¿Y quién va a limpiar todo eso? Porque no pienso gastar pagando otra alfombra importada.

—¿Tú? —Sam se encogió de hombros, riendo—. ¿Desde cuándo te importa algo así?

Tory dejó escapar una carcajada, dándose cuenta de que tenía razón.

—Bueno, hagámoslo. Pero si vamos a hacerlo, será a mi manera.

—Por supuesto —dijo Yasmine, levantando la lata de gaseosa en un gesto de brindis—. A tu manera, como siempre.

Las tres chicas se miraron, cómplices. Había algo emocionante en planear el caos juntas, algo que hacía que incluso los días más aburridos se sintieran llenos de promesas.

Y así, mientras el sol comenzaba a ponerse tras las colinas, una nueva idea tomaba forma. Una fiesta que, como siempre, comenzaría con risas y terminaría con consecuencias impredecibles.

Tory estaba acomodada en el imponente sillón de su habitación, una mezcla de cuero negro y detalles cromados que gritaban lujo. Tenía un teléfono en la mano derecha y una sonrisa traviesa en los labios. Desde hacía días planeaba esta fiesta, una que prometía ser el evento del año, y ahora todo estaba casi listo. Solo le faltaba el toque final: asegurarse de que hubiera suficiente "atracción visual" para sus amigas y los demás invitados.

Sin pensarlo mucho, buscó el nombre de su mejor amigo en la lista de contactos. Miguel Díaz siempre era su mejor opción para solucionar cualquier asunto que implicara reclutar gente. Marcó su número, segura de que él contestaría sin dudar.

—¿Qué pasa, Nichols? —La voz de Miguel llegó rápida y despreocupada al otro lado de la línea. Era casi un reflejo de la dinámica entre ellos: ligera, confiada y siempre llena de bromas.

—Hola, Díaz. Necesito que salves la noche. —Tory se reclinó en el sillón, dejando caer la cabeza hacia atrás con dramatismo mientras hablaba.

—¿Otra vez? ¿Qué clase de desastre tienes planeado esta vez? Por favor, dime que no incluye lanzar cosas a la piscina o incendiar algo.

—No planeo incendios... al menos no literalmente. —Tory rió—. Necesito que vengas esta noche, pero no solo tú. Quiero que invites a todos los chicos atractivos que conozcas. Ya sabes, algo para animar el ambiente.

Miguel soltó una carcajada.

—Ah, entiendo. Esto no es solo una fiesta; es tu manera de hacer castings para "El galán de Los Ángeles". ¿Debería traer un jurado también?

—Cállate, idiota. Hablo en serio. Necesito que traigas deportistas, músicos, chicos misteriosos... lo que sea. Pero asegúrate de que sean dignos de mis amigas.

—Ajá, claro. ¿Y qué hay de mí? ¿También cumplo con los requisitos?

Tory rió con fuerza.

—Migue, por favor. Tú ya sabes que eres de la familia. Esto no tiene que ver contigo.

—Claro, claro. Me encargaré de tu casting. ¿A qué hora quieres que lleguemos?

—A eso de las diez. Sé puntual.

—Siempre soy puntual. Bueno, menos cuando estoy ayudándote a cubrir tus líos.

Tory sonrió satisfecha.

—Perfecto. Nos vemos en la noche, Díaz.

Colgó y dejó el teléfono en la mesa cercana. Justo en ese momento, Yasmine levantó la vista del espejo donde estaba retocando su maquillaje.

—¿Y bien? ¿Qué dijo el golden retriever?

—Aceptó. Traerá refuerzos.

Yasmine arqueó una ceja con aprobación, mientras Sam, que había estado hojeando una revista, levantaba la vista con curiosidad.

—¿Y qué hay de Erick? —preguntó Sam, intentando sonar casual, aunque el leve temblor en su voz la delató.

Tory la miró con una mezcla de burla y diversión.

—¿Por qué preguntas?

—No sé... solo que sería raro que no estuviera aquí. Es su casa también, ¿no? —La castaña intentó encogerse de hombros como si no le importara, pero el rubor en sus mejillas la traicionó.

—¡Por favor! —intervino Yasmine, sin perder la oportunidad de molestarla—. Sabemos que solo preguntas porque tienes un crush de libro de secundaria con él.

—No es un crush...—respondió Sam rápidamente, aunque su tono no convencía a nadie.

Tory sonrió con malicia mientras tomaba su teléfono otra vez.

—Claro que no. Solo te brillan los ojos cada vez que lo menciono.

Sam abrió la boca para protestar, pero Yasmine, que había decidido no perderse ni un segundo de esta interacción, se apresuró a añadir:

—Es adorable, en realidad. Pero, Sam, cariño, necesitas ser más directa. Erick no va a darse cuenta solo porque le sonrías como una colegiala enamorada.

Sam le lanzó una almohada a Yasmine, que esquivó el ataque riendo a carcajadas.

Tory, ignorando las risas, marcó el número de Erick. Su hermano era una figura casi mítica en su círculo de amigos. A sus 24 años, había decidido que las exigencias de la familia no eran para él. No tenía interés en el negocio familiar ni en las reuniones de la alta sociedad. Prefería viajar, gastar el dinero de sus padres en aventuras extravagantes y vivir a su manera. Pero a pesar de todo, Tory y Erick compartían un vínculo especial. Él siempre la protegía de los excesos de sus padres, y ella lo cubría cuando su independencia lo metía en problemas.

La llamada sonó un par de veces antes de que la voz despreocupada de Erick contestara.

—¿Qué pasa, peque? ¿Te metiste en problemas otra vez?

—No todavía. Estoy organizando una fiesta esta noche y pensé que sería divertido si aparecías.

Hubo una pausa, y Tory casi podía imaginar la sonrisa burlona de su hermano al otro lado de la línea.

—¿Qué tienes entre manos esta vez? ¿O esto es un favor para alguna de tus amigas? —Su tono era deliberadamente provocativo.

—Sos un idiota. Pero ya que preguntas, Sam mencionó que sería "extraño" que no estuvieras.

Erick rió, un sonido bajo y confiado.

—Ah, claro. Nuestra querida Samantha. ¿Todavía tiene ese pequeño enamoramiento por mí?

—No es pequeño, y lo sabes. —Tory sonrió, disfrutando de la situación—. Entonces, ¿vienes o no?

—Veré si puedo. Pero, oye, dile a Sam que me guarde un baile.

—Eres imposible.

—Y tú me adoras. Nos vemos luego, hermana.

Victoria colgó y miró a Sam con una sonrisa enigmática.

—Dijo que tal vez venga.

Sam intentó no reaccionar, pero su ligera sonrisa y el brillo en sus ojos hablaban por sí solos.

—Tal vez no significa nada. Ya sabes cómo es Erick.

—Sí, claro. —Tory alzó una ceja mientras Yasmine estallaba en carcajadas nuevamente.

—¡Por favor, Sam! Si Erick aparece, será para burlarse de ti, como siempre. Pero, ¿sabes qué? Lo hace tan bien que casi es romántico.

—Cállate, Yasmine.

—Oh, cariño, nunca.

Tory se dejó caer de nuevo en el sillón, mirando a sus amigas. Esta noche sería interesante, eso seguro.

21:33 p.m

La tarde comenzaba a caer sobre Los Angeles, y las luces cálidas del enorme candelabro en el vestíbulo de la casa se encendían lentamente, marcando el inicio de los preparativos. Tory, siempre práctica y con ese aire autoritario que la caracterizaba, reunió a las criadas en la sala principal. Eran tres mujeres que trabajaban día y noche para mantener impecable la mansión, pero esta noche, Tory tenía otros planes para ellas.

—Chicas, pueden irse temprano hoy —dijo, cruzándose de brazos y sonriendo con ese toque de arrogancia que la hacía tan intimidante como encantadora—. Les dejo la noche libre. No quiero que estén aquí para lo que va a pasar.

Una de las criadas, María, levantó una ceja, sospechando que lo que Tory planeaba no sería precisamente una cena tranquila con sus amigas.

—¿Está segura, señorita Victoria? Sus padres dijeron que...

—Mis padres no están aquí, y yo estoy a cargo. —Tory interrumpió con tono firme, pero su sonrisa nunca desapareció—. Tómense la noche, vayan a ver una película, salgan a cenar. Elijan lo que quieran.

Las mujeres intercambiaron miradas, acostumbradas a las extravagancias de los Nichols, pero finalmente aceptaron. Tory las despidió con un gesto, y cuando las puertas se cerraron tras ellas, se giró hacia sus amigas con una sonrisa traviesa.

—Y así es como se maneja el personal.

Yasmine rió mientras revisaba su bolso, sacando su celular y su tarjeta de crédito.

—Ahora déjame mostrarte cómo se maneja una verdadera fiesta. —Marcó rápidamente un número y esperó con el auricular en la oreja mientras caminaba por la sala como si estuviera en una pasarela.

Sam y Tory la observaban con curiosidad.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sam, ladeando la cabeza.

—Pidiendo provisiones. —Yasmine levantó un dedo, indicando que guardaran silencio mientras la llamada conectaba—. Hola, sí, quiero hacer un pedido para esta noche. Necesito... todo.

—¿Todo? —repitió Sam, incrédula.

—Exacto. —Yasmine le guiñó un ojo mientras hablaba con el encargado del local—. Quiero vodka, tequila, whisky, gin... ¿Tienen algo importado? Perfecto, mándenme tres cajas. Ah, y unas cuantas botellas de champagne del bueno, nada de esas cosas baratas que queman la garganta.

Tory sonrió, claramente aprobando el despliegue de lujo.

—Eso es exactamente lo que necesitamos.

Yasmine continuó con el pedido, añadiendo todo tipo de bebidas mientras Sam negaba con la cabeza, aunque no podía evitar sonreír.

—¿De dónde sacas tantas ideas, Yas?

—Querida, he asistido a más fiestas de lo que tú has visto películas románticas. —Yasmine colgó y guardó su tarjeta de crédito—. Además, una fiesta de nosotras no puede ser mediocre.

Tory se levantó, emocionada.

—Bien, chicas, es hora de arreglarnos. Tenemos que lucir perfectas.

Subieron al enorme vestidor de Tory, donde pasaron la siguiente hora eligiendo vestidos, maquillándose y haciéndose peinados que parecían sacados de una portada de revista. Yasmine optó por un vestido negro ajustado con un escote pronunciado; Sam eligió algo más sencillo pero igualmente elegante, un vestido rojo que realzaba su figura. Tory, como siempre, se robó el espectáculo con un conjunto plateado que brillaba con cada movimiento.

Cuando terminaron, el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose abajo las alertó.

—Eso tiene que ser Miguel —dijo Tory, sonriendo al escuchar los pasos familiares en el vestíbulo.

Miguel entró a la sala con la misma energía despreocupada de siempre, esa que lo hacía parecer el chico perfecto para cualquier situación. Llevaba una bolsa de aperitivos en una mano y una sonrisa amplia en el rostro, como si fuera el salvador oficial de todas las fiestas de Los Ángeles. Dejó la bolsa sobre la mesa y miró a Tory, que ya lo esperaba con los brazos cruzados.

—¡Chicas! —saludó, levantando una mano mientras miraba a cada una de ellas—. Wow, parece que esta fiesta va a ser épica.

—¡Díaz! —exclamó Tory, acercándose a él—. Sabía que no me decepcionarías.

—Claro que no. Tengo un historial impecable salvando tus desastres —dijo Miguel, sonriendo de lado, orgulloso de su comentario.

Tory, sin perder su actitud confiada, le devolvió la sonrisa con un toque de sarcasmo.

—Eso es discutible ,Migue.

Miguel ignoró el comentario mientras se acomodaba en un sillón.

—Por cierto, invité a Kwon —soltó con naturalidad, como si estuviera anunciando que había traído gaseosas extras.

El aire en la sala pareció cambiar de inmediato. Tory frunció el ceño, claramente irritada, mientras Yasmine y Sam se miraban, anticipando el drama que estaba por venir.

—¿Kwon? ¿En serio? —Tory arqueó una ceja, su tono mezclando incredulidad y fastidio.

Miguel, ajeno o quizá deliberadamente provocador, alzó las cejas en un gesto inocente.

—¿Qué tiene de malo Kwon? Es divertido, le gusta la fiesta y... bueno, tú pareces llevarte bastante bien con él.

Tory bufó, cruzándose de brazos con más fuerza.

—Es algo pasajero, Díaz. Lo ves para pasar la noche, no para invitarlo a mi casa.

Las palabras de Tory dejaron entrever más de lo que probablemente quería admitir. Kwon no era cualquier tipo. Era atractivo, con una sonrisa pícara y una confianza que lo hacía irresistible para muchas chicas. No faltaban quienes suspiraban por él en los pasillos de West Valley, y él lo sabía. Pero con Tory tenía algo diferente, un trato que parecía exclusivo. No eran novios, ni siquiera amigos cercanos. Eran algo más... efímero. Un acuerdo implícito.

Cuando estaban juntos, las cosas eran simples: besos van, caricias vienen. No había promesas ni expectativas, solo una conexión física que los mantenía atrapados en el momento. Kwon siempre se mostraba atento con ella, más que con cualquier otra chica. Había algo en la forma en que le hablaba, en cómo se inclinaba para susurrarle al oído o en cómo la miraba con esos ojos oscuros que parecían decir: "Te entiendo más de lo que crees."

Pero eso no significaba que Tory lo quisiera en su espacio personal, y mucho menos en una fiesta organizada por ella.

—Vamos, Tory. Sabes que no sería una fiesta sin él —insistió Miguel, levantando las manos como si estuviera tratando de apaciguarla.

—Lo que sea. Si termina siendo un idiota, es tu responsabilidad. —Tory rodó los ojos y se giró hacia Yasmine y Sam, buscando su apoyo implícito.

Yasmine, que había estado observando la interacción con una sonrisa burlona, no pudo evitar meter su cuchara.

—¿Kwon? ¿No es ese chico que siempre aparece con una sonrisa de "me creo irresistible"?

—Ese mismo —respondió Tory, cruzando los brazos con más fuerza—. Un buen rostro, pero nada más.

Miguel rió por lo bajo, claramente disfrutando del malhumor de Tory.

—No lo niegues.Sabemos que tiene un lugar especial en tu vida.

—No confundas "especial" con "ocasional", Díaz. —Tory lo fulminó con la mirada, aunque no pudo evitar que un leve rubor apareciera en sus mejillas al recordar las últimas noches que había pasado con Kwon.

—Ajá, claro —replicó Miguel, divertido, mientras se acomodaba en el sillón con aire satisfecho—. Seguro que es solo "ocasional".

Sam, que había estado en silencio hasta ese momento, no pudo evitar reírse.

—Bueno, Kwon o no Kwon, esta fiesta ya promete ser un espectáculo.

—Lo será, siempre y cuando él no intente pasarse de listo —sentenció Tory, aunque en el fondo sabía que Kwon tenía un efecto en ella que nadie más conseguía. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que realmente la irritaba.

Miguel negó con la cabeza, divertido.

—Bueno, de cualquier manera, la gente empezará a llegar pronto.

—Perfecto. —Tory sonrió, caminando hacia la ventana para asegurarse de que todo estuviera en orden—. Esta noche será inolvidable.

Yasmine tomó una copa vacía, la levantó como si estuviera brindando y dijo en tono dramático:

—Por los excesos, los errores y las memorias que intentaremos olvidar mañana.

Sam y Tory rieron mientras Miguel tomaba asiento, observando a sus amigas con esa mirada de chico leal que siempre tenía.

—Esto va a ser interesante, lo siento en los huesos. —Miguel suspiró, acomodándose como si estuviera preparándose para lo que venía.

Tory, siempre confiada, se giró hacia él.

—Confía en mí, Díaz. Esta será la mejor fiesta del año.

Las primeras luces de los autos empezaron a aparecer en la entrada, anunciando la llegada de los invitados y el comienzo de una noche que ninguno de ellos olvidaría.

22:43 p.m

La noche avanzaba con rapidez. Los autos comenzaron a estacionarse frente a la imponente mansión, y pronto, la música empezó a inundar los alrededores. La fiesta cobraba vida, y con ella llegaban estudiantes, chicos de otras escuelas y hasta algunos invitados cuyo único mérito era saber cómo encontrar el lugar indicado para pasarla bien.

Tory estaba de pie junto a la puerta principal, con los brazos cruzados, observando a la multitud que entraba. Saludaba con un movimiento de cabeza a algunos conocidos, pero su expresión era más de evaluadora que de anfitriona entusiasta. Ella no estaba allí para entretener a nadie; la fiesta era su escenario, y ella decidía cómo se desarrollaba el espectáculo.

A lo lejos, Sam y Miguel estaban afuera, cargando cajas de bebidas del camión que Yasmine había contratado. Sam protestaba entre risas mientras Miguel trataba de equilibrar varias botellas en una mano.

—¿Por qué siempre acabamos haciendo el trabajo pesado? —preguntó Sam, fingiendo estar exhausta mientras miraba las cajas de alcohol con un suspiro.

Miguel, siempre con su toque optimista, respondió:

—Porque somos los héroes de esta historia, LaRusso. Sin nosotros, esta fiesta sería un desastre.

Sam soltó una carcajada, dejando que Miguel cargara la mayoría de las cajas mientras ella se llevaba solo una botella en cada mano.

Dentro de la casa, Tory levantó la vista hacia la entrada en el momento justo para ver a Kwon hacer su entrada triunfal. Él caminó con esa seguridad despreocupada que lo caracterizaba, la que hacía que las miradas se dirigieran automáticamente hacia él. Vestía una chaqueta de cuero negro y jeans desgastados, con un cabello perfectamente despeinado que parecía gritar "me desperté así".

Tory no tuvo tiempo de reaccionar antes de que él llegara hasta ella. Sin decir una palabra, se inclinó y dejó un beso en sus labios, un gesto rápido pero lo suficientemente cargado de intención como para que algunas personas cercanas voltearan a mirar.

—Hola, muñeca.—dijo Kwon con esa sonrisa pícara que siempre usaba con ella, como si supiera exactamente qué efecto tenía.

Tory lo miró con una mezcla de sorpresa y exasperación. El apodo, aunque familiar, nunca dejaba de irritarla. ¿Lo usaba con otras chicas también? ¿Con esas zorras de Los Ángeles que siempre andaban detrás de él?

—¿Muñeca, eh? —respondió Tory con sarcasmo, inclinando la cabeza y cruzando los brazos—. ¿Eso me hace especial, o simplemente es tu apodo genérico para todas?

Kwon se echó a reír, divertido por el comentario, y sacó una botella de vodka con sabor a limón de una bolsa que llevaba.

—Relájate, hermosa. Sabes que eres la única que importa. —Le ofreció la botella, agitándola ligeramente frente a ella—. Tu favorita, ¿no?

Tory alzó una ceja, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en sus labios.

—Así que recuerdas lo que me gusta. Impresionante. Pensé que no prestabas atención.

Kwon se acercó un paso más, bajando la voz lo suficiente como para que solo ella pudiera escucharlo.

—Presto atención a todo lo que haces, muñeca. Pero no se lo digas a nadie, no quiero arruinar mi reputación.

Ella bufó, pero tomó la botella de vodka, girándola entre sus manos antes de abrirla. Dio un pequeño sorbo, manteniendo la mirada fija en Kwon.

—Supongo que puedes quedarte, pero no arruines la fiesta.

—¿Yo? Arruinar una fiesta organizada por ti sería un pecado. —Kwon sonrió de lado, deslizando una mano en el bolsillo de su chaqueta mientras echaba un vistazo alrededor—. Además, con esta multitud, no sé si alguien se dará cuenta si hago algo malo.

—Solo asegúrate de no ser tú quien termine en problemas esta vez. —Tory le devolvió la sonrisa con un toque de desafío, disfrutando de la tensión que siempre existía entre ellos.

Kwon no respondió de inmediato. En cambio, inclinó ligeramente la cabeza y se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal de esa manera que siempre lograba desestabilizarla.

—Sabes que me encanta cuando te pones mandona —dijo en un tono lo suficientemente bajo como para que pareciera un secreto compartido.

Antes de que Tory pudiera responder, Yasmine apareció detrás de ellos, cargando un par de copas en las manos y con una sonrisa que lo decía todo.

—¡Kwon! —exclamó Yasmine, interrumpiendo el momento con su típica actitud juguetona—. Ya pensé que no vendrías. ¿Tory te tuvo esperando en la puerta o simplemente estás ocupado con tus admiradoras?

Kwon se volvió hacia ella con su sonrisa característica.

—Un placer verte, Yasmine. Pero ya sabes que siempre tengo tiempo para mi chica.

Tory rodó los ojos, aunque el leve rubor en sus mejillas la traicionó. Yasmine, por supuesto, lo notó al instante.

—Oh, por favor, Tory. ¿Desde cuándo dejas que alguien te saque los colores? Esto merece una foto.

—Cállate, Yas —respondió Tory, dándole un leve empujón en el hombro mientras tomaba otro sorbo de vodka, tratando de recuperar su compostura.

Kwon solo se rió, claramente disfrutando de la atención.

—No se preocupen, chicas. Estoy aquí toda la noche.

—Lamentablemente para nosotras —replicó Tory, aunque la chispa en sus ojos decía otra cosa.

Y así, la fiesta seguía cobrando fuerza, con Kwon perfectamente cómodo en el centro de la atención, y Tory tratando, sin mucho éxito, de ignorar el efecto que él tenía sobre ella.

El ambiente en la mansión alcanzó un punto álgido cuando una figura imponente y carismática hizo su entrada. Erick Nichols, con su porte relajado pero seguro, se abrió paso entre los invitados como si estuviera caminando por una pasarela. Su cabello rizado perfectamente despeinado caía con naturalidad sobre su frente, dándole ese aire de atractivo despreocupado que parecía inherente a los Nichols. Vestía una camisa negra ligeramente desabotonada, lo suficiente como para insinuar una cadena discreta en su cuello, y unos jeans oscuros que le sentaban como un guante.

Sam, que estaba charlando con Yasmine junto a la mesa de bocadillos, lo vio primero y automáticamente entró en pánico.

—¡Es él! ¡Es él! —exclamó en un susurro frenético mientras empezaba a sacudir el brazo de su amiga con una energía desbordante.

Yasmine, que estaba disfrutando de una copa de vino tinto, frunció el ceño al ser interrumpida de esa manera.

—¿Quién demonios es "él"? —preguntó, claramente molesta mientras apartaba su brazo del agarre de Sam.

—Erick ,estúpida.—Sam prácticamente chilló, aunque intentó mantener el volumen bajo. Sus ojos estaban fijos en él, como si acabara de ver a un dios griego entrar en la fiesta—.

Yasmine arqueó una ceja y siguió la dirección de la mirada de Sam. Cuando sus ojos se posaron en Erick, un destello de reconocimiento cruzó su rostro.

—Ah, ya veo. Así que los genes de los Nichols realmente se repartieron bien.

—¡Yas! —Sam le lanzó una mirada acusadora, aunque su expresión era demasiado nerviosa para parecer intimidante.

—¿Qué? Solo digo la verdad —respondió Yasmine con un encogimiento de hombros, claramente divertida por el nerviosismo de su amiga—. Pero relájate, Sam. Si te acercas a él con esa cara de "acabo de ver a mi crush en persona", lo único que vas a conseguir es que piense que eres una fanática loca.

Sam respiró hondo, pero no pudo evitar seguir mirando a Erick, quien avanzaba por la sala con una sonrisa ligera mientras saludaba a algunas personas. Tory, que estaba al otro lado del salón lidiando con los comentarios de Kwon, levantó la mirada y lo vio también. Su expresión pasó de aburrida a radiante en cuestión de segundos.

—¡Erick! —exclamó, dejando a Kwon con la palabra en la boca mientras corría hacia su hermano.

Erick la vio venir y extendió los brazos con una sonrisa cálida.

—¡Tory! —respondió, envolviéndola en un abrazo fuerte mientras ella se lanzaba hacia él sin contener la emoción.

—¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en Nueva York hasta después de Año Nuevo —dijo Tory, separándose ligeramente de él pero manteniendo las manos en sus hombros.

—Eso era el plan, pero... ¿cómo me iba a perder una de tus legendarias fiestas? —respondió Erick con una sonrisa cómplice—. Además, me invitaste personalmente. No podía decir que no.

—Claro que no podías. —Tory le dio un ligero golpe en el pecho, aunque su sonrisa mostraba lo feliz que estaba de verlo—. Me alegra que hayas venido. Esta fiesta necesitaba un toque de clase, y claramente no iba a conseguirlo con esta multitud.

Erick rió suavemente, echando un vistazo a su alrededor.

—¿Incluyendo a tu amigo de por allá? —preguntó, señalando discretamente a Kwon, que estaba de pie con la botella de vodka de limón en la mano y una expresión que oscilaba entre el desconcierto y la irritación.

—No empieces —respondió Tory con un suspiro, aunque no pudo evitar sonreír.

Kwon, que no era de los que se quedaban al margen, decidió unirse a la conversación. Se acercó con su típico aire despreocupado, llevando consigo la botella de vodka que sabía que Tory apreciaba.

—¿Y este quién es? —preguntó Kwon, mirando a Erick de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y desafío.

Tory rodó los ojos, claramente molesta.

—Es mi hermano, Kwon. Trata de no ser idiota por una vez, ¿quieres?

Erick, siempre diplomático, extendió una mano hacia Kwon con una sonrisa que no revelaba nada más que cortesía.

—Erick Nichols. Y tú debes ser Kwon. He oído un par de cosas interesantes sobre ti.

Kwon estrechó su mano, inclinando ligeramente la cabeza mientras sonreía de lado.

—Espero que sean cosas buenas. Aunque, si vienen de Tory, probablemente no.

Erick dejó escapar una pequeña risa.

—Digamos que son... entretenidas.

Sam, que había estado observando todo desde una distancia prudente, sintió que su corazón comenzaba a latir con fuerza. Erick se veía aún más impresionante de cerca, y aunque ella sabía que él ya la conocía —gracias a las veces que había pasado por la casa de Tory—, cada vez que lo veía era como si todo a su alrededor desapareciera.

—Voy a saludarlo. —Sam se giró hacia Yasmine, claramente nerviosa pero decidida.

—¿Estás segura? —preguntó Yasmine, levantando una ceja con una expresión que oscilaba entre el sarcasmo y el interés genuino—. No quieres que sepa lo loca que estás por él tan rápido, ¿o sí?

—Amiga, no lo empeores —murmuró Sam, acomodándose el cabello con dedos temblorosos—. ¿Cómo me veo?

—Te ves bien, Sam. Pero no hagas nada raro, por favor.

Con un último respiro profundo, Sam se acercó a Erick, sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior. Erick, que había terminado su conversación con Kwon, la vio venir y no pudo evitar sonreír ligeramente.

—Sam LaRusso —dijo en tono burlón cuando ella llegó frente a él—. ¿Cuánto tiempo llevas reuniendo valor para venir a saludarme esta vez?

Sam sintió que se ruborizaba, pero intentó mantener la compostura.

—Hola, Erick. No he tenido que reunir valor, solo estaba... ocupada.

—Claro, claro —respondió él, su sonrisa ampliándose mientras la miraba con un destello de diversión en los ojos—. Siempre tan ocupada.

—No me hagas quedar mal —replicó Sam, cruzando los brazos con un intento de mostrarse firme, aunque su sonrisa nerviosa la delataba.

—No lo hago. De hecho, siempre me resulta... entretenido.

Sam sintió que su corazón daba un vuelco, mientras Yasmine, que observaba desde la distancia, apenas podía contener su risa. La noche, definitivamente, prometía ser inolvidable.

02:33 a.m

La fiesta había alcanzado su clímax. La mansión de los Nichols era un torbellino de música, risas, gritos y caos, exactamente como Tory lo había planeado... o tal vez un poco más descontrolado de lo que imaginaba. Los invitados parecían haber perdido cualquier rastro de inhibición, y el alcohol fluía como agua.

Miguel, sentado junto a Yasmine cerca de una de las mesas del salón principal, agitaba un fajo de billetes en la mano mientras reía.

—Te lo dije, rubia. Tengo suerte en estas cosas —presumió, aunque su mirada ligeramente borrosa y los movimientos torpes traicionaban su estado etílico.

Yasmine, que apenas podía mantenerse seria, le quitó el billete de la mano con un movimiento rápido.

—¿Suerte? Por favor, Miguel, estás jugando con las cartas más obvias del mazo. ¿Cómo no iba a ganarte? —se burló, aunque también tenía las mejillas ligeramente rojas por el vino que había estado tomando toda la noche.

—¡Exijo una revancha! —dijo Miguel, tambaleándose al levantarse de la silla—. Esta vez voy a ganarte.

—Claro que sí, campeón —respondió Yasmine, rodando los ojos mientras recogía las cartas para repartir otra mano—. Pero primero trae más bebida. No puedo jugar si no tengo un trago en la mano.

Mientras tanto, en el centro de la pista de baile improvisada, Sam y Erick se movían al ritmo de una canción de reguetón que hacía vibrar las paredes. Erick, que normalmente era más reservado, había abandonado cualquier semblanza de control gracias a los vasos de tequila que Tory le había insistido en tomar más temprano.

—Sos muy mala bailando. —dijo Erick con una sonrisa burlona, inclinándose ligeramente hacia ella mientras sus manos descansaban con confianza en su cintura.

Sam, que apenas podía controlar su respiración, intentó poner cara de ofendida, aunque su nerviosismo la traicionaba.

—¡Eso no es cierto! Estoy siguiendo el ritmo perfectamente —respondió, aunque su intento de girar con gracia casi terminó en desastre cuando tropezó con el pie de Erick.

—Claro, seguir el ritmo. ¿Así llamas a esto? —dijo él, riéndose mientras la sujetaba antes de que pudiera caerse por completo.

—Deja de burlarte. No todos nacemos con tus habilidades sobrehumanas para todo —replicó Sam, aunque no pudo evitar reírse también.

—No me culpes por ser perfecto —bromeó él, acercándola un poco más mientras seguían bailando.

A pocos metros de distancia, Tory y Kwon estaban en su propio mundo. Sentados en uno de los sofás de cuero negro, se besaban sin preocuparse en lo más mínimo por las decenas de personas que los rodeaban.

—Sabes que todos nos están mirando, ¿verdad? —murmuró Kwon contra los labios de Tory, aunque su tono era claramente divertido.

—¿Y qué? —respondió Tory, apartándose solo lo suficiente para mirarlo con una sonrisa traviesa—. Que miren. No van a encontrar nada más interesante en esta fiesta.

—Tenes razón. Nadie supera esto. —Kwon le guiñó un ojo antes de volver a besarla con intensidad.

Sin embargo, no todos los invitados estaban tan enfocados en el romance o el baile. Un grupo de chicos, claramente más borrachos que responsables, había decidido que era el momento perfecto para hacer algo "legendario". Con risas y gritos, salieron al patio trasero, donde estaba estacionado el Lamborghini azul de Joel.

—¡Es el auto del padre de Tory! —gritó uno de ellos, tropezando mientras señalaba el vehículo con una botella de cerveza en la mano—. ¿Qué tal si hacemos algo épico?

—¡Vamos a llevarlo a la piscina! —propuso otro, y la idea fue recibida con una ronda de vítores y carcajadas.

Entre tambaleos y empujones, lograron encender el auto y, con más ruido del necesario, lo llevaron directamente hacia la piscina. El impacto fue seguido de un chapoteo ensordecedor y gritos de sorpresa de los que estaban cerca.

Dentro de la mansión, Tory apenas reaccionó al ruido. Sentada en el sofá junto a Kwon, con una botella de vodka casi vacía en la mano, miró vagamente hacia el patio trasero.

—¿Qué fue eso? —preguntó, aunque su tono era más curioso que alarmado.

Kwon, que también estaba bastante ebrio, simplemente se encogió de hombros.

—Seguramente alguien haciendo estupideces. No te preocupes.

Pero no todos estaban tan indiferentes. Erick, que seguía bailando con Sam, notó el alboroto y levantó una ceja.

—¿Qué diablos están haciendo allá afuera? —preguntó, aunque no parecía particularmente interesado en dejar de bailar.

Sam, aún más borracha que él, se giró para mirar hacia el patio trasero.

—Creo que tiraron algo al agua... ¿Un auto? —dijo, parpadeando lentamente mientras trataba de enfocar la vista.

Erick soltó una carcajada.

—Si es el Lamborghini de mi papá, esto se va a poner interesante.

Sam lo miró con los ojos bien abiertos.

—¡Erick! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Es el auto de tu padre!

—Porque no soy yo el que lo tiró a la piscina. Y además... —se inclinó hacia ella con una sonrisa juguetona—. Estoy más interesado en seguir bailando contigo que en rescatar un auto mojado.

Sam sintió que sus mejillas se calentaban, pero antes de que pudiera responder, Yasmine apareció a su lado con una copa en la mano.

—¿Me perdí de algo? —preguntó, mirando hacia la piscina con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Oh, nada importante. Solo el Lamborghini de Joel hundiéndose en la piscina —respondió Erick con indiferencia, mientras Yasmine estallaba en carcajadas.

—¡Esta fiesta es una locura! Tu hermana sabe hacer fiestas.

—Sí... —murmuró Sam, aunque su atención estaba completamente en Erick, quien le sonrió antes de girarla en un movimiento inesperado que casi la hizo caer.

La fiesta, a pesar del desastre automovilístico, estaba lejos de terminar.

09:12 a.m

La luz del sol se filtraba a través de las enormes ventanas del living, golpeando con fuerza el rostro de Tory. Un intenso dolor de cabeza la despertó, y lo primero que hizo fue fruncir el ceño mientras se llevaba una mano a la frente. Sentía que un ejército de tambores estaba marchando dentro de su cabeza, cada golpe más ensordecedor que el anterior.

Se incorporó lentamente en el sofá donde había terminado la noche anterior. Sus piernas aún estaban torpemente enredadas en la manta que alguien le había echado encima. Miró a su alrededor y soltó un quejido.

El living era un completo desastre. Vasos de plástico, botellas vacías, restos de comida, confeti, e incluso una prenda de ropa que no estaba segura de quién podía pertenecer. El aroma a alcohol derramado mezclado con algo que podría ser pizza vieja la hizo arrugar la nariz.

—¿Qué mierda pasó aquí? —murmuró, aunque su propia voz resonó en su cabeza como si estuviera gritando.

Se frotó los ojos e intentó recordar. Fragmentos de la noche anterior comenzaron a llegar como piezas de un rompecabezas incompleto: risas, música, Kwon besándola en el sofá, Erick bailando con Sam, y...

—Oh, no... el auto... —susurró, sintiendo un repentino nudo en el estómago.

Se levantó de golpe, aunque su cuerpo protestó por el movimiento brusco. Descalza y con su vestido arrugado, caminó tambaleándose hacia el patio trasero. El frío del suelo de mármol no hizo nada por despejarla, pero la escena que encontró al abrir la puerta fue suficiente para quitarle cualquier rastro de somnolencia.

Allí estaba, el Lamborghini azul de su padre, sumergido en la piscina como un trágico monumento a la fiesta.

Tory se quedó en silencio, con la mandíbula abierta, incapaz de procesar lo que veía. El agua reflejaba el sol matutino, y las burbujas que aún salían del auto le daban un aspecto surrealista.

—Estoy muerta... —murmuró finalmente, llevándose las manos al cabello.

En ese momento, un ruido detrás de ella la hizo girarse. Erick estaba en la cocina, sirviéndose una taza de café. Tenía el aspecto relajado de alguien que había dormido bien y no tenía ninguna preocupación en la vida. Llevaba una camiseta blanca arrugada y un pantalón de pijama, y al verla, levantó una ceja.

—¿Qué haces parada ahí como si hubieras visto un fantasma?

Tory lo señaló con un dedo tembloroso, incapaz de hablar, y luego señaló el auto en la piscina. Erick dejó su taza de café en la barra y caminó hacia el patio, cruzando los brazos mientras observaba la escena.

—Ah... sí. Eso pasó. —Se encogió de hombros con una expresión que rozaba la indiferencia.

—¿Eso pasó? ¿¡ESO PASÓ!? —gritó Tory, sintiendo que el pánico comenzaba a apoderarse de ella—. ¡El Lamborghini de papá está en la piscina, Erick! ¿Sabes lo que significa? ¡Voy a morir!

Erick tomó un sorbo de café, completamente imperturbable.

—Relájate, Tor. Papá ni siquiera está en la ciudad. Tenemos tiempo para resolver esto antes de que lo note.

—¿Resolverlo? —repitió Tory, echándole una mirada de incredulidad—. ¡No hay forma de resolver esto! ¡No sé ni cómo lo metieron ahí!

—Bueno, técnicamente lo empujaron. Fue un grupo de idiotas anoche. ¿No viste? Yo pensé que lo ibas a detener. —Erick sonrió, claramente divertido por la situación.

—¡Claro que no lo vi! Estaba demasiado ocupada... ¡No importa! —Tory respiró hondo, tratando de calmarse.

En ese momento, otro ruido llegó desde el sofá. Kwon, con el cabello desordenado y un solo zapato, se incorporó lentamente, luciendo tan devastado como Tory.

—¿Qué hora es...? —preguntó con la voz ronca, mirando a su alrededor antes de notar la mirada furiosa de Tory—. ¿Qué pasó?

—¿Qué pasó? —Tory le apuntó al patio—. ¡Eso pasó!

Kwon se levantó tambaleándose y caminó hasta donde estaban Erick y Tory. Cuando vio el auto en la piscina, soltó un silbido bajo.

—Wow... sí que fue una buena fiesta.

—¿Buena fiesta? ¿Eso es todo lo que tienes para decir?Sos un imbecil. —explotó Tory, apretando los puños.

—Vamos, muñeca, no es el fin del mundo —dijo Kwon con una sonrisa adormilada, aunque al ver la mirada de Tory, levantó las manos en señal de rendición—. Está bien, está bien. Vamos a sacarlo.

—¿Cómo mierda piensan sacar un Lamborghini de una piscina? —preguntó Tory, su voz elevándose otra vez.

Erick le dio una palmada en el hombro, con una expresión tranquilizadora.

—Llamamos a una grúa. Y antes de que preguntes, sí, conozco a alguien que puede hacerlo discretamente.

Tory lo miró fijamente, evaluando si podía confiar en él, antes de suspirar.

—Más te vale que funcione. Porque si no, juro que te mato antes de que papá lo haga.

Erick rió suavemente y volvió a su café.

—Relájate, hermana. Todo estará bajo control. Bueno, tan bajo control como puede estar después de esto.

Tory no podía relajarse. Con una resaca infernal, un auto en la piscina y la mansión hecha un desastre, sentía que el universo estaba conspirando en su contra. Pero al menos, pensó, tenía a Erick. Si alguien podía manejar este desastre, probablemente era él.

Tory estaba de pie en el patio trasero, con los brazos cruzados y un ceño fruncido que podía cortar vidrio. Kwon, con su habitual sonrisa despreocupada, estaba junto a ella, intentando despedirse con algo de gracia. Sin embargo, Tory apenas lo miraba, su atención completamente puesta en el desastre flotante que era el Lamborghini azul en la piscina.

—Bueno, muñeca, me voy. Llámame si necesitas ayuda con... —Kwon señaló hacia el auto con un gesto vago, pero Tory lo interrumpió.

—No. No voy a llamarte, Kwon. No necesito tus "brillantes ideas" para empeorar las cosas —dijo Tory con un tono tan afilado como un cuchillo.

Kwon levantó las manos en señal de rendición, aunque aún mantenía esa sonrisa despreocupada.

—Está bien, tranquila. Nos vemos, hermosa. —Le lanzó un guiño antes de girarse y caminar hacia la salida.

—Hermosa la puta de tu abuela.—murmuró Tory entre dientes, sin molestarse en despedirse adecuadamente.

Desde la cocina, Erick apareció con su celular en la mano. Llevaba un café recién servido y un aire de calma que parecía completamente fuera de lugar considerando las circunstancias.

—Acabo de llamar a la grúa. Van a estar aquí en unos minutos. —Se detuvo junto a Tory y la miró de reojo—. ¿Ya despachaste a tu novio?

—No es mi novio, Erick. Y sí, lo despaché. No tengo paciencia para sus idioteces a las nueve de la mañana.

Erick soltó una risa breve.

—No tienes paciencia para nadie a ninguna hora del día. Lo heredaste de papá.

Tory giró la cabeza para fulminarlo con la mirada, pero Erick ya estaba mirando hacia la piscina con una sonrisa divertida.

Pasaron unos veinte minutos antes de que el sonido de un motor pesado anunciara la llegada de la grúa. El conductor, un hombre de mediana edad con una gorra de béisbol y una barriga prominente, bajó del vehículo con un andar despreocupado que hizo que Tory apretara los dientes.

—¿Ustedes son los del Lamborghini en la piscina? —preguntó el hombre, mirando la escena con un toque de incredulidad en su expresión.

—No, somos los del triciclo en el techo —respondió Tory con sarcasmo, haciendo que Erick le diera un leve codazo para que se calmara.

—Sí, somos nosotros —intervino Erick rápidamente, tomando el control de la situación.

El hombre se rascó la barbilla mientras inspeccionaba el auto desde el borde de la piscina.

—Bueno, esto es... diferente. Pero creo que puedo sacarlo.

Tory rodó los ojos.

—"Creo". Eso me llena de confianza.

El hombre ignoró su comentario y comenzó a preparar el equipo. Pasaron los primeros diez minutos con él ajustando cables y asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Tory, que estaba cruzada de brazos, caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.

—¿Todavía no? —preguntó finalmente, su tono ya cargado de impaciencia.

—Es un trabajo delicado, señorita. No quiero causar más daños de los necesarios —respondió el hombre sin mirarla.

—Ya está hundido en la piscina. ¿Qué más daño podría haber? —replicó Tory, levantando las manos al aire.

Erick se acercó a ella, colocando una mano en su hombro.

—Tor, déjalo trabajar. O al menos intenta no asustarlo hasta que termine.

—No estoy asustándolo. Estoy... supervisando.

—Claro, porque eso es mucho mejor —dijo Erick con una sonrisa sarcástica.

Finalmente, el hombre intentó usar la grúa para levantar el auto. Pero tras varios intentos, la máquina comenzó a emitir un ruido extraño, y el Lamborghini apenas se movió unos centímetros antes de que el cable se soltara y cayera de nuevo al agua con un chapoteo enorme.

—¡¿En serio?! —gritó Tory, llevándose las manos a la cabeza.

—Ups. Bueno, esto es más complicado de lo que parece —dijo el hombre, retrocediendo con las manos en la cintura.

Tory avanzó hacia él con pasos rápidos y amenazantes.

—¿Ups? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿"Ups"?

—Tor... —intervino Erick, colocándose entre su hermana y el conductor, claramente anticipando un desastre.

—¡Es un Lamborghini, no un submarino! ¿Cómo puedes ser tan inútil?

El hombre levantó las manos, retrocediendo un paso.

—Mire, señorita, estoy haciendo lo que puedo. Si no está satisfecha, puede llamar a alguien más.

—¿Alguien más? ¡Eres la única puta grúa en el maldito vecindario que hace "trabajos delicados"! —Tory levantó las manos en señal de frustración.

Erick, manteniendo la calma, tomó a Tory por los hombros y la apartó suavemente.

—Tranquila, Tor. No vamos a solucionar nada si lo echas a patadas.

—¿Por qué no? Suena como un buen plan —replicó ella, pero dejó que Erick la guiara hacia el interior de la casa.

Una vez dentro, Erick la soltó y se cruzó de brazos, mirándola con una mezcla de paciencia y autoridad.

—Sabes, este carácter horrible también lo heredaste de papá.

—¿Y qué? Al menos hago algo con mi enojo, no como tú, que te sientas a beber café mientras el mundo se cae a pedazos.

Erick soltó una carcajada.

—Está bien, señorita "hago algo". ¿Qué planeas hacer ahora?

Tory se quedó en silencio, mirando hacia el patio donde el hombre aún estaba revisando su equipo.

—Lo voy a intentar de nuevo, pero esta vez con alguien competente.

Erick asintió.

—Mejor así. Yo haré unas llamadas. Tú... no mates a nadie mientras tanto.

Tory suspiró profundamente y asintió. Sabía que Erick tenía razón, aunque odiaba admitirlo. Con el Lamborghini aún en la piscina y el desastre de la fiesta por limpiar, el día apenas estaba comenzando.

11:22 a.m

Tory estaba parada en el borde de la piscina, mirando el Lamborghini hundido con una mezcla de furia y resignación. Había pasado las últimas dos horas haciendo llamadas desesperadas, pero nadie parecía estar disponible o dispuesto a sacar un auto del agua un domingo por la mañana. Finalmente, tiró el teléfono sobre el sofá con un bufido, admitiendo su derrota.

—Perfecto. Supongo que se queda ahí.—murmuró, dejando caer los brazos a los costados.

El enojo hervía en su interior mientras comenzaba a recoger los restos del desastre que quedaban en su casa. El living era un campo de batalla: vasos de plástico, botellas vacías, restos de comida y una inexplicable cantidad de confeti cubrían el suelo. Tory agarró una escoba con más fuerza de la necesaria y empezó a barrer con movimientos rápidos y agresivos, como si cada barrida pudiera aliviar su enojo.

Erick, que estaba en la puerta poniéndose la chaqueta para irse, observó la escena desde la distancia. Había planeado regresar a su departamento, pero ver a su hermana a punto de explotar mientras barría frenéticamente le resultó, en partes iguales, gracioso y preocupante.

—¿Qué haces? —preguntó finalmente, apoyándose contra el marco de la puerta con una sonrisa.

Tory levantó la vista y le lanzó una mirada que podría haber fulminado a cualquiera.

—¿Qué parece que hago? Estoy limpiando esta pesadilla antes de que mamá y papá lleguen y me maten.

—¿Pesadilla? Yo diría que es más un "desafío logístico". —Erick señaló el desorden con un gesto relajado, pero cuando vio que Tory estaba a punto de soltar una respuesta mordaz, levantó las manos en señal de paz—. Está bien, está bien. Relájate.

Él dejó su chaqueta sobre el respaldo de una silla, agarró otra escoba que estaba apoyada en la pared y comenzó a barrer junto a ella.

—¿Qué haces? —preguntó Tory, sorprendida.

—Ayudarte. Si limpiamos rápido, al menos cuando lleguen podrán concentrarse en el Lamborghini y no en todo esto.

Tory frunció el ceño, aunque por dentro sentía un poco de alivio.

—¿Y desde cuándo eres tan considerado?

—Desde siempre. Solo que lo disimulo bien.

Ambos comenzaron a trabajar en silencio durante unos minutos, recogiendo vasos y botellas y limpiando el suelo pegajoso. Erick rompió el silencio con su característico tono relajado.

—¿Sabes? Podrías haber sido un poco más amable con el tipo de la grúa.

Tory soltó una carcajada seca.

—Por favor, Erick. Ese hombre no tenía idea de lo que hacía. Estoy casi segura de que nunca ha sacado un auto de una piscina en su vida.

—Bueno, para ser justos, eso no es algo que pase todos los días.

Tory suspiró, dejando la escoba apoyada contra la pared.

—No importa. Mamá y papá se van a enojar de todas formas. No hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Erick se detuvo un momento y la miró.

—Eh, no te preocupes tanto. Ellos se calman rápido. Además, ¿quién puede culparte? Esto fue culpa de los idiotas de tus amigos.

—Sí, pero fui yo quien organizó la fiesta. Así que todo recae sobre mí. —Tory volvió a tomar la escoba y siguió barriendo, esta vez con un poco menos de rabia.

—Bueno, al menos tu hermano favorito está aquí para ayudarte.

Tory le lanzó una mirada de reojo, aunque esta vez su expresión era más cercana a una sonrisa.

—¿"Favorito"? Por favor, Erick. Eres mi único hermano.

—Exacto, lo que significa que soy automáticamente el favorito. —Erick le guiñó un ojo y siguió barriendo, silbando una melodía alegre que contrastaba con el ambiente caótico de la casa.

Después de casi una hora de trabajo, lograron que la casa quedara lo suficientemente limpia como para no parecer una zona de guerra. El living brillaba, el patio estaba libre de basura, y solo quedaba el Lamborghini en la piscina como recordatorio del desastre.

Erick se sacudió las manos, satisfecho.

—Bueno, eso debería hacerlo. Ahora, cuando mamá y papá lleguen, todo lo que tienen que hacer es gritarte por el auto.

Tory se dejó caer en el sofá, agotada pero agradecida.

—Gracias, Erick. En serio. No sé qué habría hecho sin tu ayuda.

—Probablemente habrías explotado y echado a todos de tu vida, como haces siempre.

Tory le lanzó un almohadón, pero su sonrisa delató que no estaba realmente enojada.

Erick agarró su chaqueta y se dirigió a la puerta.

—Está bien, me voy. Llámame si necesitas algo. Aunque no prometo contestar si me dices que el Lamborghini sigue en la piscina.

—Muy gracioso —respondió Tory, rodando los ojos—. Nos vemos.

Erick salió, dejando a Tory sola en el living. Ella miró alrededor, dejando escapar un suspiro de alivio. A pesar de todo el caos, las cosas no habían salido tan mal... todavía.

21:13 p.m

Capítulo: Fuera de Control

Tory estaba recostada en su cama, absorta en su teléfono, mientras la ansiedad bullía en su interior. Había pasado horas limpiando el desastre de la fiesta, pero el problema principal seguía ahí: el Lamborghini sumergido en la piscina. Esa imagen parecía haberse grabado en su mente como un recordatorio constante de que, tarde o temprano, sus padres regresarían y se desataría el caos. El zumbido del motor del auto familiar al entrar a la mansión fue como un disparo de advertencia.

Sabía que no había escapatoria.

La puerta principal se abrió con un golpe seco, seguido por las inconfundibles voces de sus padres. Joel, su padre, hablaba por teléfono con ese tono frío y calculado que siempre usaba en el trabajo. Barbara, su madre, entró detrás de él, sus tacones resonando como un metrónomo sobre el piso de mármol.

Tory contuvo la respiración, inmóvil en la cama, deseando que no la llamaran. Pero no tuvo tanta suerte.

—Victoria, baja ahora mismo. —La voz de Barbara atravesó el silencio como un cuchillo.

Tory bufó. ¿Por qué siempre tenía que usar su nombre completo? Con un suspiro resignado, apagó el teléfono y comenzó a bajar las escaleras, arrastrando los pies. Sabía que, cuanto más tardara, más irritados estarían. Al llegar al salón, los encontró allí: Barbara, sosteniendo una copa de vino con la elegancia que la caracterizaba, y Joel, con una laptop abierta y su celular en la mano. Ninguno alzó la voz, ni siquiera mostraron enfado evidente. Pero esa tranquilidad era mucho más inquietante que cualquier grito.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Tory, cruzándose de brazos.

Barbara levantó la mirada, evaluándola como si fuera un objeto defectuoso en una vitrina.

—Esto no puede seguir así, Victoria.

El corazón de Tory dio un vuelco. Las cosas nunca iban bien cuando usaban ese tono.

—¿Qué no puede seguir así? —respondió con sarcasmo, intentando mantener la compostura—. ¿La casa limpia? ¿El Lamborghini en la piscina? Vamos, papá puede comprarse otro.

Joel alzó una ceja, dejando el celular sobre la mesa con un gesto pausado.

—Ah, claro, porque es tan simple como eso. ¿Sabes cuánto cuesta sacar un auto de una piscina?

Tory se encogió de hombros con desdén.

—No lo sé, pero apuesto a que es menos de lo que gastaste en ese reloj nuevo.

Joel dejó escapar una risa seca.

—No cambies de tema, Victoria.

Barbara intervino, dejando su copa sobre la mesa con un gesto medido.

—Tu actitud es inaceptable.

Tory rodó los ojos, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en el ambiente.

—Claro, porque yo soy el problema, ¿no? ¿Y qué hay de esos amigos que metieron el auto en la piscina?

Joel inclinó la cabeza hacia un lado, como si esperara ese comentario.

—¿De verdad quieres discutir quién invitó a esos amigos? —replicó con una sonrisa cínica.

Tory apretó los labios. Sabía que no podía ganar esa discusión.

—Bueno, genial. ¿Y ahora qué? —espetó—. ¿Van a mandarme a un internado en Suiza?

Barbara suspiró, pasando una mano por su frente como si estuviera agotada.

—Ojalá fuera tan sencillo. Pero no, no vamos a deshacernos de ti...

—Por ahora. —Joel completó la frase, ajustándose las gafas mientras volvía a su laptop.

El sarcasmo de su padre hizo que Tory sintiera un nudo de frustración en el pecho.

—¿Entonces qué? —dijo, alzando la voz—. ¿Van a contratar a otra ama de llaves que me odie?

Barbara la miró fijamente, como si midiera cada palabra antes de decirla.

—No exactamente.

Joel cerró su laptop y se acomodó en su silla, como si estuviera por hacer un anuncio importante.

—Contratamos a alguien para que se encargue de ti.

Tory frunció el ceño, confundida.

—¿Qué significa eso?

—Alguien que supervise cada cosa que hagas. —La voz de Barbara era fría, cortante.

—¿Un niñero? —dijo Tory, incrédula, con una sonrisa burlona que intentaba ocultar su enojo.

—Llámalo como quieras —replicó Joel con indiferencia—. Pero estará aquí mañana.

Tory sintió que su paciencia estaba a punto de agotarse.

—¡Esto es ridículo! No soy una niña. ¡No necesito un niñero!

Barbara cruzó las piernas con la misma calma calculada de siempre, tomando otro sorbo de vino.

—Ridículo es el Lamborghini en la piscina.

Tory levantó las manos en señal de frustración.

—¡Yo no metí ese puto auto en la piscina!

—¿Quién organizó la fiesta? —interrumpió Joel, apoyándose contra el respaldo de su silla con una sonrisa triunfal—. Ahí está la respuesta.

Ella apretó los puños, luchando por contenerse.

—Esto no tiene sentido. Soy adulta. ¡Puedo cuidar de mí misma!

Barbara arqueó una ceja, como si hubiera estado esperando esa declaración.

—Una adulta no organiza fiestas descontroladas mientras sus padres están fuera.

Joel asintió, como si fueran un equipo perfectamente sincronizado.

—Cariño, esto no es negociable.

—Esto es tan injusto —murmuró, sintiendo cómo la frustración la consumía—. Ni siquiera me están dando una oportunidad para explicarme.

Barbara se levantó, alisando su vestido con movimientos suaves y calculados.

—No hay nada que explicar. La decisión ya está tomada. Prepárate, Victoria. Mañana empieza tu supervisión.

Joel cerró su laptop, recogiendo sus cosas con una sonrisa irónica.

—Buena suerte, hija. La vas a necesitar.

Ambos salieron del salón, dejando a Tory sola en el sofá. Ella se dejó caer de espaldas, mirando al techo con frustración.

—Supervisión... niñero... ¿qué será lo próximo? ¿Un microchip rastreador?

El silencio de la casa se sentía abrumador. Se levantó con brusquedad, caminando hacia la ventana. La vista de la piscina, con el Lamborghini todavía visible bajo el agua, le recordó que estaba metida hasta el cuello en problemas.

La puerta principal se cerró de golpe en el piso superior, confirmando que sus padres se habían retirado por completo. Tory dejó escapar un largo suspiro.

—"Fuera de control". Claro, porque ellos son tan perfectos —murmuró con sarcasmo antes de dirigirse a su habitación, prometiéndose que de alguna forma encontraría la manera de recuperar el control de su vida.

Y de paso, vengarse.

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