Las cartas sobre la mesa
Lo llamé por teléfono. Nunca lo hacía. Siempre nos mandábamos mensajes o notas de voz. Pero esta vez necesitaba hablar. Atendió en un susurro, escuché el ruido de la puerta corrediza. Salía al patio para hablar más cómodo. Me hizo un pequeño reclamo sobre mi inoportuna llamada, pero lo interrumpí sin meditarlo. En un ataque de histeria, le dije que la situación me colmaba, que Luciano no se merecía esto. "Ingrid, tampoco", acotó. Me llené de furia. Por primera vez solté el tema.
-Estoy embarazada, Felipe.
-Ya lo sé.
-Me hace mal esto.
-También lo sé.
Luego de que nombrara a Ingrid, lo mío parecía más una rabieta de celos que un planteo sesudo sobre lo que me pasaba. Pero lo cierto es que sí me pasaba. Y no lo podía soportar.
-Yo soy la que lo llevo en el cuerpo, y en mi cabeza. Crece, Felipe, cada día más.
-Lo sé.
Sus respuestas monocordes también me invadieron de ira.
-Lo sé, lo sé, lo sé. ¿Es lo único que vas a decirme, Felipe?
-No, no es lo único.
-Entonces decime de una buena vez. Decime algo, por favor.
-¿El bebé es mío?
No pude responder.
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