Esa vez


Felipe me apoyó contra la puerta de entrada y me besó intensamente. Sus labios eran una caricia, incluso cuando su deseo irradiaba más sexo que otra cosa. Extraño esos labios. Me metió adentro de nuestra casa y antes de llegar a la cama me subió arriba de la mesa. Me sacó el vestido y la bombacha, dejándome desnuda. Él sólo se desabrochó el pantalón y comenzó a hacerme el amor.

-Te voy a amar siempre.

-Yo a vos.- le dije.

-No te puedo perder. No te quiero perder, Eugenia.

Nos miramos a los ojos. Sin culpa y sin remedio. Así nos manteníamos. Todo lo que me costaba alcanzar con Luciano, lo tenía con Felipe: el amor, la aventura, la complicidad y la expiación. Felipe se desplomó sobre mí luego de su orgasmo. Me acarició el rostro con ternura y se quedó ahí, un buen rato, como si la imagen se hubiera congelado. Me reí.

-¿Qué te pasa? – me preguntó.

-Estamos arriba de la mesa hace un buen rato.

-Me dan ganas de comerte, por eso.

-Eso es por tu parte de lobo.

-Así que de animalada viene la cosa, ¿y vos?

-Yo, ¿qué? – indagué.

-Qué animal serías.

La puerta se abrió de golpe. Felipe y yo nos incorporamos, mientras me cubría con mi vestido. Estaba asustada. Felipe se acercó a la puerta y miró hacia afuera.

-Cuidado.- le dije.- ¿Ves algo?

-No, no hay nadie. – me respondió.

Esta vez sólo había sido el viento.

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