Capítulo II

Mis neuronas, que ya habían desconectado un buen rato antes de cruzar el umbral de la sala, decidieron que, a falta de algo mejor, aquel era un buen lugar para tomarme mi merecido descanso; así que allá me fui yo: a dormir la mona al lado del músico más mono que vería en mi vida.

Aquello tenía pinta de ser un plan perfecto de no ser porque, treinta minutos después, alguien me estaba fastidiando el sueño con ligeros toquecitos en el pelo. Era un despertar raro porque ni mi madre me despertaba con tanta delicadeza, pero en principio todo bien... Hasta que abrí los ojos y vi que ya, así de primeras, todo apuntaba bastante mal.

¡Me había quedado dormida encima de las musicales posaderas de mi vecino!

Mi nivel de vergüenza en ese momento rozaba las nubes, para qué mentir. Empecé a replantearme las formas más rápidas de morir sin dolor y los movimientos que suelo hacer dormida para intentar justificar qué hacía yo en esa postura tan comprometedora y, ahora que lo noto, bastante incómoda. A pesar de los esfuerzos, no conseguí entenderlo y, si no me equivocaba, había un músico adorable esperando una explicación así que, hice de tripas corazón y lo miré a los ojos.

-Eh... ¡Lo siento muchísimo de verdad! No se qué narices pasó pero te juro que no se como... -empecé a disculparme con él mientras me levantaba y olvidaba lo más cerca que llegaría a estar del culo de Jack Simpson.

-Ey, tranquila. No pasa nada. A veces el cansancio le puede a uno y simplemente se deja ir -me cortó dándome una sonrisa.

Si es que cuando yo os digo que es adorable, es que es adorable, ¡y punto!

-Aún así, de verdad que lo siento. Además, tuvo que ser súper incómodo para ti...- seguí intentando justificarme.

-Tranquila, en serio. Esta sala me tiene visto en despertares y situaciones mucho peores -y añadió en tono confidencial- y creo que hasta ahora nadie se ha muerto por ello.

-Me dejas más tranquila si -dije haciendo lo único que supe hacer en ese momento: sonreír como una completa imbécil para disimular un poco la vergüenza. Aunque ya no sé si sería peor el remedio o la enfermedad.

-Por cierto, ¿tú eres de segundo verdad? -me preguntó.

Cabe señalar, así solo por satisfacer la curiosidad de las que me leéis, que para ese momento ya estábamos sentados como personas normales y mi sonrojo había disminuido ya un par de tonos, aunque seguía siendo perceptible.

-Sí. De hecho vamos a alguna clase juntos -le contesté sin perder la sonrisa.

-Ya decía yo que tu cara me sonaba de algo -me contestó también sonriendo.

¿Oís eso? Es mi corazón inflarse de la emoción.

-Aunque lo siento, pero no recuerdo tu nombre -dijo algo avergonzado.

Y ese sonido que habréis oído ahora también era mi corazón, pero estampándose contra la primera farola que encontró a mano. Que sí, que no lo culpo por no acordarse de mi nombre pero es algo que, queráis que no, duele. Y que conste en acta que, el que diga lo contrario, miente.

-Layla. Me llamo Layla.

-Sí, cierto Layla. Perdona, tengo una memoria horrible para los nombres, pero intentaré acordarme a partir de ahora -contestó guiñándome un ojo y dirigiéndose hacia la puerta.

Para no quedarme más cuál imbécil yo también salí del aula donde todavía quedaban algunos de mis compañeros dándoles un descanso a sus neuronas y me dirigí a acabar el trabajo que me había marcado para aquel día. Es cierto que entre redacciones y trabajos voluntarios se mezclaban imágenes de un músico, muy cuco él, que me distraían pero creo que la tarea fue realizada con éxito. Mis profesores quizás opinasen distinto, pero por ese día yo me quedé con que la intención era lo que contaba.

Y hasta aquí, señoras y señores, más o menos, el primer intercambio de palabras con mi crush, con tortazo sentimental incluido. La verdad es que, como siguiese así, este año la cosa prometía.

Es por eso que espero que este curso que empieza hoy la cosa cambie para bien. Me conformo con que él se acuerde de mi nombre, ¿es mucho pedir?

- ¡Corazón de melón!

Espero que no.

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